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Crítica novela Y si aparece de Salvador Navarro

Y si aparece de Salvador Navarro por Carlos Ibañez

Salvador Navarro

            ¿Qué trabajo más duro es a veces reseñar libros o películas? Aunque éste no es el caso, dado que la nueva novela de Salvador Navarro juega a ambas artes en un solaz de divertimento e intriga al estilo de Peter Stone o el siempre interesante Ernest Lehman. Es decir, ese juego de novela que nace para ser guion, antesala de una película. Tal y como se planteaba en sus inicios Arturo Pérez Reverte, pero escrito con mejor gusto y calidad que no engaña, tal y como nos suele regalar Salvador.

            Aquí nos plantea un divertimento a caballo entre el suspense y la esquizotipia que no se resuelven con la facilidad de un asesinato ni con un cóctel de antidepresivos y ansiolíticos de calidad, sino con la otra parte de la terapia para este mal: la psicoterapia cognitivo conductual, de apoyo y la familiar, que es la que hábilmente diseña a lo largo de su novela el autor y que lúdicamente nos conduce a conocer a todos y cada uno de los miembros de la familia de la protagonista, Lara, como la amada de Yuri Zhivago, quien curiosamente arranca dejando claro que se fue a Londres huyendo de su propio clan, con unos padres prácticamente ancianos y unos hermanos mayores que estaban a lo suyo.

            Los terapeutas de Lara tras el supuesto abandono por gravísima enfermedad de su amante español en la capital del Támesis son: su hijo, Abel, boya a la que se agarra ella cuando todo sale mal, o así lo juzga. Reyes, una barriobajera (con todo lo bueno y malo que eso encierra) venida un poco a más tras ser peluquera también en la desmesurada ciudad británica. Pablo, un librero cultísimo y homosexual y su casera, la enigmática Merche, mujer tan carismática como escondida. Éstos en su reciente etapa dirigiendo un hotel en Sevilla. Mientras que en Londres, donde es más joven y fogosa, y mucho menos reflexiva, tiene una jefa estupenda francesa, un arquitecto lituano con quien convive en la carísima zona de Hamsted Heath (aquí me chirría un poco, pero dado que es una mujer con suerte quiero creer que también en su vivienda), un compañero de trabajo amable pero demasiado paternal, un alcohólico de buen corazón y una señorona y jefa de otro de sus mejores trabajos y, por fin, Reyes, conexión entre Londres y Sevilla y sin la cual no podría jugar el novelista a barajar ambas ciudades a lo largo de su obra.

            Con esto mimbres y situaciones entre lo teatral y lo novelesco, pero muy bien orientadas a una lectura cinematográfica donde las descripciones parecen acotaciones bien escritas entre diálogo y diálogo jugando con la universalidad y el localismo sin caer en el patético chauvinismo paleto de tanto autor solipsista cuyo editor no hace su parte del trabajo. Salvador ama su ciudad, pero no dice aquello de que es la mejor, la más grande ni sandeces ad hoc que tanto retumban desde que los nacionalismos gobiernan o influyen en éste.

            Se lee con fluidez, con cierto apresamiento del lector (detalle de buen escritor), al estilo de las obras de Ferenc Molnar, pero con ese saber hacer del buen guionista de ocultar y descubrir a su antojo, pero por la necesidad creada anteriormente al leyente. Aquí se ve la influencia de Joel Dickers o de los magníficos diálogos creados por Billy Wilder y Charles Brackett (o Iz Diamond) reconducidos al siglo XXI, tal y como hacen Jorge Guerricaechevarría o Cesc Gay en el cine español.

            El juego de constantes flashbacks también es muy cinematográfico, pero, sobre todo, es un resquicio por el que el autor da pistas o las esconde a lo que Lara más desea saber: ¿qué es de su amado enfermo?

            Así que la baraja, que comienza siendo francesa, con corazones, se vuelve española, porque a ratos pintan bastos, pero, lo que nadie sabe, aunque se intuya, es que es una de tarot donde todo lo que parece pasado es, en realidad, futuro.

            Otro punto a favor de la novela es el juego de culpabilidades que siempre asoma en los diferentes personajes de la novela y la capacidad de perdón, bien vía pequeños secretos, bien a corazón abierto, de todos los actuantes. Hasta el final o casi, cuando todo conduce a la incomprensión o al odio por la ocultación, y aparece una escena al más puro Fritz Lang en su gloriosa Furia,y todo con un halo de humanidad que consigue que parezca fácil ese juego de psicoterapias sin fármacos y de amores de todo tipo: desde el más puro al más enfermo, desde el platonismo de manual al más enfermizo, del filial al maternal, del homosexual al pansexual pasando por el heterosexual… Amor tal y como mandó Jesús en su único mandamiento, y Salvador Navarro nos deja claro, el resto es mera literatura coercitiva.

            Espero que venda mucho y sea muy leída. Y que encuentre un productor para convertirla en eso que dijo en Valladolid Stanley Donen: “una mentira a veinticuatro fotogramas por segundo”. 

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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