Mayo del 68 a través de sus imágenes

Mayo del 68 a través de sus imágenes por Pilar Cañibano Gago y Carlos Ibañez Giralda

Uno de los carteles aprovechando La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix, para denunciar y azuzar el trato, la postura intransigente, desde el primer momento, del gobierno de De Gaulle y su ministro de Cultura, Malraux respecto a la protesta estudiantil. Respondieron con prohibiciones y clausuras, y se sentaron a negociar nada hasta que los sindicatos se sumaron a la protesta y se generalizó la asonada tomando otras dimensiones. Llegados a ese punto, lo que en principio consideraron una rabieta estudiantil sin trascendencia, que había que dejar pudrir, en palabras del ya marchito presidente de la república, se convirtió en importante porque afectaba negativamente a lo único que le importa a un político mediocre, la economía.

La protesta se extiende. Los trabajadores industriales de la fábrica del rombo apoyan la huelga general y se buscan nuevos símbolos que les representen, alejados de la tradicional imagen de la hoz y el martillo, ya algo marchito gracias a Stalin y sus salvajadas. Así, se crean nuevos anagramas para involucrar a obreros y agricultores, apelando a sus conciencias y haciéndoles olvidar el nuevo término: clase media acuñado por la prensa burguesa. Aquello asustó al gobierno y a los partidos políticos de la supuesta izquierda. De hecho, Mitterrand se ofreció rápidamente para liderar un nuevo gobierno, dejando claro que nada tenía que ver con la izquierda, tal y como demostró convirtiendo la socialdemocracia en un partido meramente liberal en cuanto formó gobierno en 1981.

Las calles se llenaron de protestas: estudiantes, trabajadores y emigrantes, como en esta magnífica instantánea de Jean Claude Seine, donde los trabajadores españoles se solidarizan con los franceses y tienen su propia columna en las manifestaciones de mediados de mayo. Recordemos que el primer acto extra universitario del Movimiento 22 de Marzo fue, precisamente, la toma de las embajadas de España y Portugal, únicas dictaduras de occidente (si excluimos las del bloque del Este) que aún quedaban en Europa. La creciente protesta asustó a los dirigentes franceses que endurecieron los medios, llegando a una fuerte represión policial y a detenciones, encarcelaciones, deportaciones y a muertes en las calles que el barón Haussmann había rediseñado, por orden de Napoleón III, para evitar revueltas y barricadas en las calles de París. Debido a las medidas tan duras aparecen carteles como éste, donde la Gendarmería no sale precisamente bien parada.

Cobardemente De Gaulle cita en secreto a los agentes sociales, y firma con ellos acuerdos muy beneficiosos para las clases desprotegidas. Para llevar a cabo las negociaciones coloca a un conservador con fama de tener mucha mano izquierda y escasos escrúpulos, Jacques Chirac, que logra el famoso Pacto de Grenelle por el que los sindicatos venden por un plato de lentejas a los estudiantes y es el comienzo del fin. Aun así, los estudiantes continúan intentando involucrar a los obreros industriales y de explotaciones agropecuarias con carteles como éste que inspiraron, tal y como se puede ver el famoso cuadro de la Transición española, El Abrazo.

El abandono de la huelga por parte de las organizaciones sindicales, y de los agricultores y ganaderos principales, hace que los que permanecen en ella se radicalicen y hablen abiertamente de derrocar el sistema. Aunque ya todo era cuestión de tiempo, tal y como le aseguró el emergente Pompidou al decrépito De Gaulle y a su acólito Poher, todos citados en este cartel anticapitalista. Y de aquí nació el romanticismo de la causa perdida, que no muerta. Los estudiantes llenaron París de pintadas, tal y como los ciudadanos de Roma hicieron veinte siglos atrás contra Pompeyo o César, con todo lo que el ser humano debería ser y no era, debido a una sociedad enferma de avaricia y deseos de poder, por una parte; y por otra, debido al conformismo insolidario de los antiguos compañeros de lucha retirados al conseguir mejoras propias.

Y esta preciosa frase de Jean Vigo, dicha cuando agonizaba por la tuberculosis, pero pedía poder terminar su película, L’Atalante, se convirtió en el símbolo absoluto de la juventud. La pintada sobre el murete de un puente sobre el Sena no deja de ser una conexión entre el cineasta de origen español y la juventud en lucha porque su obra maestra se desarrolla en un carguero fluvial en aguas del río parisino. Y todo el mundo se lanzó a pedir que aquel marchito sistema diese paso a uno donde el eje fuese el ser humano y la cultura, su máxima expresión. Tal y como dijo en su día Cela tomando palabras de Madariaga, mil veces cayó la economía de Roma y siguió existiendo el imperio. Una sola vez su cultura y Roma desapareció. Pero de esto los políticos, hace cincuenta años y hoy, no tienen noticia.

Los estudiantes, muchos de ellos encerrados en La Sorbona, aquí en su Aula Magna, como dormitorio central y lugar de descanso, deciden, con audacia, pero sin apoyos, crear un caos educativo y cultural en la ciudad de la Luz. Se encierran en todos los centros superiores de enseñanza, y también en los teatros del barrio Latino. De hecho, el último bastión no es Nanterre, donde nació la protesta, ni la elitista Sorbona fundada por el capellán del rey Luis IX en 1257, Robert de Sorbonne; sino el teatro del Odeón, auténtico cuartel general de los insurgentes de Cohn Bendit, Krivine y demás organizadores.

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Pilar Cañibano Gago y Carlos Ibañez Giralda

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