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La memoria en sepia

La memoria en sepia por Carlos Ibañez

I

Pelaba patatas. Charles pelaba patatas como los poetas de verdad escriben versos: con dolor, parsimonia y pulcritud. Pero, como buen obrero de las palabras, lo hacía con vehemencia y amor. Charles Hidalgo, marinero francés enrolado en el destructor HMS Admiral Howard se encontraba allí, en esa bodega hedionda con un cuchillo como única arma de guerra para liberar Francia, su Francia, de las terribles manos alemanas enguantadas con elegancia y sadismo por los nazis, y de las del usurpador traicionero y marioneta, el mariscal Petain. Charles era fotógrafo en París cuando Hitler invadió Polonia al ritmo de Wagner y de la Guerra Relámpago.

Y a él le movilizaron y destinaron, nada más declarar su gobierno la guerra, a El Havre. La Wehrmacht les aplastó y los británicos huyeron sin remilgo a su isla dejando tirados a los franceses. Pero Charles, al que en el otro lado del canal llamaban Charly, trasladó a un oficial galés malherido cargado sobre sus hombros hasta un pesquero de bajura y el capitán del barco le hizo subir a bordo en lugar de seguir la orden de dejar a los franceses tirados en sus playas mientras cubrían su retirada, oprobio que los ingleses convertirían en heroicidad, como solían al manosear su historia.

Lo hacían siempre, recordaba y sonreía mientras mondaba tubérculos, porque su padre (un historiador español huido por ser republicano en aquel país que se desmoronaba por un rey lelo que escribía guiones para películas pornográficas y un ejército con delirios de grandeza tras la pérdida de un imperio que se pasaba el día desangrando gente joven en el norte de África) así lo afirmaba con la vehemencia de un amante encendido. Y por qué pelaba patatas y lo hacía con amor Charles (que así se llamaba por el amor de su padre a Dickens y ahora era como el de una de sus obras cumbre, Historia de dos ciudades, de St. Evrèmonde en París, Darnay en Inglaterra, extraña broma del destino). Porque le habían obligado a seguir en filas, reconvertido en marinero de segunda y destinado a cocinas, ante su incapacidad para entender el inglés, según constaba en su hoja de servicios, y porque estaba enamorado de una peruana, patria de la patata. Y cuando quitaba aquellos feos pellejos para hervirlas en agua y servir como guarnición a vete tú a saber que engrudo de carne o pescado que aquel cocinero, torturador de estómagos, hacía con ellas Charles era feliz.

La tersura de la piel de Selena (que así se llamaba la muchacha), su sonrisa entre infantil y pícara, su acento suave y dulce al hablar aquel francés nada académico pero tremendamente práctico, y sus posados, siempre secretos porque la mamá de la sudamericana no quería que su niña se arrimase a artistas, bohemios y titiriteros, que en la Ciudad de la Luz abundaban, aunque él, Charles no se tenía por tal, sino como un superviviente trípode al hombro y cámara en mano. Se enamoraron. Lo hicieron como obligados por las circunstancias: todos en contra. Hasta la historia, al parecer, con Hitler como urdidor de aquel instante, estaba en el otro bando. Pero aquello no les privó de la pasión, del placer y de las lágrimas que todo amor verdadero conlleva entreverado con muchas carcajadas y tantas complicidades como se pudieran acumular.

Al principio pasear. Después pasear de la mano. Después pasear de la mano y sentarse en un café. Y tras tantos después como se pueda uno imaginar Charles besó, abrazó, desnudó y provocó orgasmos en Selena. Y en uno de sus encuentros llegó el momento principal de su memoria. Lo que le hacía no odiar las patatas y seguir con vida. Una foto, revelada en sepia, que le hizo mientras se calzaba los tacones de charol granate que le había regalado él tras hacer un reportaje de boda y cobrarlo bastante mejor de lo que pensaba. Selena se quitó la ropa. Se tendió sobre la cama y se incorporó logrando un movimiento armónico y poético de sus preciosos pechos hasta girar la rodilla izquierda hacia dentro rozando ambos y parando su ondear de enseña de la sensualidad para poder abrocharse aquellos epítomes de la feminidad al tobillo: refulgentes mary jane. No pudo evitarlo y tomó su cámara, alemana, para más gracia, aunque no la tuviese, y sacó aquella instantánea que ahora le aliviaba y torturaba a un tiempo. Le aplacaba porque le recordaba a su chica tan bella que no podía dejar de agradecer a Dios el haber nacido. Y le daba tormento porque se la había dejado puesta en el tocador, junto a unas viejas gafas y un collar de ella el día que hubo de partir para defender aquella república llena de valores en Europa y no tanto en el resto del mundo. Le dijo que lo recogiese todo ella antes de partir para Lima, donde fue repatriada, y en su última carta, la que recibió en su destacamento del Atlántico normando antes de cruzar, dos días más tarde, el canal de La Mancha, le contó que no había podido ir al piso ante los bombardeos alemanes y que le vería tras el armisticio.

II

De eso hacía demasiado tiempo, casi cinco años. Su primera intención de desertar e irse a Perú en el primer carguero que saliese de Southampton se quedó en nada justo tras desembarcar en Dover, junto a sus celebérrimos acantilados blancos, donde un sargento con muy malas pulgas le apartó y le puso con los franceses como columna para repatriar. Pero entonces llegaron los muchachos de la Luftwaff e y luego de sus saludos en forma de bombas y ametrallamientos vinieron las noticias de la caída de los puertos atlánticos del norte. Y Charles pasó a ser Charly, y Charly pasó a ser marinero de segunda Hidalgo, de la Columna Francesa de la Royal Navy.

Rápidamente le instruyeron para matar y le dieron su pelador, su mandil y sacos y sacos de papas, como le decía Selena a aquel salvador de hambrunas que llegó al Viejo Continente como flor ornamental. Y su memoria era quien le mecía más que las aguas tibias del Mediterráneo aquel mes de julio en el que se sentía afortunado por no haber sido movilizado para desembarcar en las playas de Normandía.

Su barco asediaba, cuando era menester, Creta y trataba de ayudar a los guerrilleros locales con bombardeos selectivos en la costa occidental de aquel paraíso del que salió El Greco para nunca volver. Pero él ni atisbaba el posible peligro. Estaba demasiado abajo apostado junto a un mamparo entre sacos de patatas y hedor a cazuelas mal fregadas, como para enterarse. Selena era su eterna compañía, la única mano, aunque fuese onírica, que acariciaba su espalda y le consolaba cuando su pensamiento le llevaba a territorios de franca desesperanza. La guerra acababa para las trincheras, aunque no para las venganzas, los odios y los repartos nada equitativos.

Charles sabía que su contienda comenzaría el mismo día que le licenciasen. Primero una batalla para regresar. La siguiente para retomar su vida profesional. Una tercera para que le permitiesen buscar a Selena y que ella no se hubiese cansado de esperar y compartiese ya su vida con otro allende los Andes. Debía volver a ser el de su tarjeta para que todo eso aconteciese:

Charles Hidalgo
Artisan de la Photographie

Y ya no más órdenes voceadas por un imbécil con aire de superioridad y una arrogancia repleta de tópicos. No más pestazos a pescado y carne enlatadas con guarnición de patatas hervidas. Y, sobre todo, no más pelar tubérculos en todo lo que le quedase de vida. Claro, que, para eso, debía aguantar un poco más su posición antes de que algún obús enemigo o mina suelta de algún puerto a bombardear impactase contra el casco de aquella nave de su majestad el tartamudo Jorge VI y su alcohólica esposa. Le dio la risa. Como él era algo español y algo francés siempre pensó que lo peor del planeta se hallaba entre el perro inglés y el cabeza cuadrada boche. Hasta que se dio cuenta de que lo peor no son las personas sino los odios intestinos que abrigamos y alimentamos en nosotros mismos. Y se había dado cuenta cuando la madre de Selena, una nueva rica por matrimonio con aquel hacendado de pelo graso y escaso, se sentía asqueada ante la posibilidad de que su hija: tan alta, tan guapa y con tantos posibles, a la que había enviado a París a perfeccionar su francés, estuviese con un muerto de hambre que para comer caliente se tenía que comer las chispas del fl ash. Jamás había albergado ningún sentimiento, ni siquiera una opinión sobre los habitantes del Cono Sur, hasta ver a Selena y su belleza descomunal y a su madre y la náusea que le provocaba su mera presencia cuando fue a visitarla a la vieja Lutecia.

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Carlos Ibañez

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