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66 SEMINCI – Crítica película Ballad Of a White Cow (El perdón)

Crítica Ballad Of a White Cow de Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha por Carlos Ibañez

Ficha

Título original: Ghasideyeh gave sefid

Año: 2020

Duración: 105 min.

País: Irán

Dirección: Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha

Guion: Mehrdad Kouroshniya, Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha

Fotografía: Amin Jaferi

Reparto: Maryam Moghadam, Alireza Sani Far, Pouria Rahimi, Avin Poor Raoufi, Farid Ghobadi, Lili Farhadpour

Productora: Coproducción Irán-Francia; Caractères Productions, Filmsazan Cooperation

Género: Drama

Sinopsis

    Una mujer cuyo marido es ejecutado pasa por apuros a la hora de cuidar de su hija minusválida. Pese a sus problemas, la familia de su antiguo cónyuge insiste en que debe casarse con su hermano y permanecer con ellos. Posteriormente descubren que la sentencia de muerte es errónea y que el principal sospechoso es en realidad el único testigo que incriminó a su marido.

Comentario

            Dicen que hay personas con capacidad de perdonar y personas a las que se lo arrancan de las entrañas por la hipocresía que les rodea. Pues sobre esto va la película, sobre una mujer a la que la vida le extirpa al vivo, matando a su esposo por un error judicial y un sistema que considera la pena de muerte uno de los derechos humanos (válgame el dios del que tanto hablan los que confunden venganza con justicia), toda posibilidad de perdón.

            A veces parece una tragedia griega, con un deus ex machina final incluido en forma de llamada de teléfono, y muchas veces recuerda a Monster’s Ball, la película que oscarizó a Halle Berry. Los elementos son parejos: viuda joven por el ajusticiamiento de su marido, con hijo con problemas, en este caso la hija es sorda, en el que comparamos el niño era mórbido, y que tiene contacto con quien condujo a su esposo hasta el cadalso, en este caso es uno de los jueces que firmaron la condena de muerte, cosa que en Irán es bastante común, parece ser que la misericordia no es uno de los fuertes del régimen de los ayatolas, y en el de Marc Forster con un empelado de la penitenciaría que le condujo hasta su último paseo.

            Pero la valentía de esta cinta iraní radica en que critica toda la corrupción, la falta de humanidad de quien dice servir a Dios y una ley, la Sharía, que es de todo menos humanitaria. Pero a todos nos va a encantar el Mundial de Qatar sin preguntarnos por el número de ahorcados, decapitados y mutilados de ese régimen y esa ley durante la celebración, como ya hicimos con los Juegos Olímpicos de Pekín. Volviendo al cine, hay que hablar de una mujer fuerte que sufre todo tipo de penalidades incluida la enemistad del padre de su liquidado esposo, la mentira continua que ha de decir a la niña para que no sepa nada de la verdad de su padre, y un supuesto amigo, antiguo amigo, del condenado que va dando y dando: primero le cuenta que tenía una deuda, después que tiene una casa a la que se pueden mudar porque el administrador de la finca  le ha visto en la casa sin ser familia, y allí todo eso no es que esté mal visto es que podría tener hasta pena de cincuenta azotes en plaza pública y si es reiterado pena de muerte por lapidación para la mujer (¡cuánto me gustaría ver a tanta feminista de postal reclamando derechos de mujeres que de verdad sufren!).

            Y el hijo, que aparece poco y es la fuerza moral del abolicionismo, pero que no quiere trato con su padre, ni con la vida, ni con ese Irán anestesiado por una entelequia, porque toda religión no es más que eso. En mis padres aún veo la huella de haber sido durante media vida la “reserva moral de occidente”. Ese hijo que se marcha al ejército con tal de no ver a su padre, el firmante de una pena de muerte que resulta que nunca debía haber firmado porque el ahorcado era inocente. Pero las autoridades lo quieren zanjar sólo con dinero, ni un perdón, ni una carta, ni nada. Su marido valía esto y esto le daremos. En eso no estamos muy alejados cuando fallece un trabajador en su puesto y se valora en dinero su vida, pero rara vez quien comete la negligencia pide perdón, incluido el estado que no vigiló el cumplimiento de la ley.

            Y el guion nos lleva a denuncias por parte del suegro para quedarse a su nieta, es decir, para quedarse con todo el dinero de la indemnización, el supuesto amigo que es el juez y que no se lo dice a la mujer por vergüenza, sigue ayudándoles, hasta el punto que la niña le comienza a llamar tío, y la muerte por sobredosis del hijo en el ejército (otro paralelismo más con la película de Forster) y ella comienza a sentir algo muy fuerte por él. Mina abandona el luto y se pinta los labios, aunque sea sólo en casa, y Rezah va de lado a lado sin saber qué hacer ni qué decir porque está más solo que nunca con su secreto y su sentimiento de culpabilidad.

            Y como siempre con un buen guion tras lo que es la cúspide de la alegría aparece el desencuentro, el odio y la venganza tras ese ya citado deus ex machina tan del teatro de Sófocles en forma de llamada de teléfono del cuñado maldiciendo y contando la verdad de quién es el chófer que le está llevando a casa. Un buen movimiento de cámara previo al desenlace final y una nota aclaratoria de las directoras, Maryam Moghaddam y Behtash Sanaeeha, en forma de cuarteto de cuerda de Schubert para quien lo quiera pillar, un hermoso subrayado final.

            Plausible película abolicionista hecha por mujeres en un país donde poco o nada cuentan fuera del orden familiar, como llevamos viendo en las tres películas de este país que nos ha programado la sección oficial del festival.

Os dejo un tráiler:

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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