Circunnavegación se escribe con V de Valladolid (2/2)

Circunnavegación se escribe con V de Valladolid por Carlos Ibañez y Pilar Cañibano

Y, así, el estrecho de Magallanes quedó inaugurado para las rutas marítimas hasta que Theodore Roosevelt compró las tierras de Panamá para hacer el famoso canal en el istmo entre ambas Américas siguiendo el trazado de la ruta del oro hasta Portobello que había inaugurado el coetáneo de la circunnavegación Antonio Tello de Guzmán por tierra y que Felipe II había sopesado hasta que su ultra catolicismo le negó al mundo esa posibilidad después de leer aquello de lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Profundas gargantas, zonas donde la estrechez obligaba a pensar que el casco se iba a quedar atorado y plomadas lanzadas en algún espacio para comprobar la profundidad para evitar encallar en tan agrestes parajes fueron algunas de las tareas de la marinería además de la impagable pericia de los primeros pilotos y timoneles de las naves que tan fundamental paso descubrieron, doblar el cabo de Hornos era prácticamente un suicidio, o casi, en aquella época.

Pero Magallanes y el resto de los capitanes tenían claro que si pasaban ese tramo el viaje tomaría otros derroteros por la moral de la tripulación, que subiría exponencialmente.

Y así fue como la teoría de Américo Vespuccio e, incluso, la de Juan Caboto, quienes habían planteado empresas parecidas de llegar a la Especería sin tocar África y saltarse, así, las restricciones que los portugueses imponían a las rutas comerciales, se llevó a la práctica, pero con un aliciente adicional, las tierras asiáticas que hollasen los expedicionarios serían tomadas en nombre del rey de Castilla y rey de las Españas tras jurar ante las cortes de Aragón en junio del año 18.

Pero antes Magallanes hubo de superar el miedo de su tripulación a que aquel paso no tuviese fin y fuera un golfo o una ría, incluso un fiordo al estilo del norte del viejo continente. Aunque el autor de la crónica dice que muchos la creían simple bahía. De manera que coligió con sus capitanes una solución para evitar amotinamientos o atisbos de asonada.

Toda la tripulación estaba tan persuadida que este estrecho no tenía salida al oeste, que no se habría aun pensado en buscarla sin los grandes conocimientos del comandante en jefe. Este hombre, tan hábil como valeroso, sabía que era necesario pasar por un estrecho muy oculto, pero que él había visto figurado en un mapa que el rey de Portugal conservaba en su tesorería, construido por Martín de Bohemia, muy excelente cosmógrafo.

Tan pronto como entramos en estas aguas, que sólo se creían ser una bahía, el capitán envió dos naves, la San Antonio y la Concepción, para examinar dónde desembocaban o terminaban; en tanto que nosotros, con la Trinidad y la Victoria, los aguardábamos a la entrada. (Recordemos que la quinta nave del viaje, la Santiago, había naufragado pocos días antes, frente a las costas de la Patagonia y que Magallanes pensó que se había retrasado hasta que vio como en la desembocadura del río Santa Cruz zozobraba y mandó redistribuir a la marinería superviviente).

Porque para ser capitán general de tamaña aventura además de saber de navegación había que saber de hombres y el portugués había mamado la marinería. De forma que hábilmente jugó sus cartas y guardó su nave de mayor calado para empresas más duras que una exploración entre tierras.

Y llegó el esperado mal tiempo, tan propio de latitudes extremas. Y durante día y medio se desató una tormenta que hizo pensar lo peor, especialmente a los dos barcos que iban de avanzadilla. Todo hacía presagiar lo peor cuando, súbitamente, la climatología abandonó su fiereza y la San Antonio y la Concepción descubrieron que tras una bahía había otra y tras ésta otra más y decidieron regresar para informar a la Victoria y la Trinidad, donde se encontraban Magallanes y el resto de sus capitanes para informarles de todo lo descubierto gracias a estar a punto de zozobrar.

El paso quedó franco, pero el piloto de la San Antonio decidió regresar a España provocando una asonada con captura del capitán, y primo de Magallanes, Álvaro de Mezquita. Así, el envidioso e infamante primer piloto, Esteban Gómez viró hasta retomar las costas de Patagonia y nunca más supo la expedición de la nao San Antonio. Gómez fue juzgado al regresar a Sevilla y se libró diciendo que había retornado para informar del paso bioceánico de los Patagones, actual estrecho de Magallanes. En su camino de regreso los vientos le llevaron hasta las islas Sansón, hoy Malvinas, y por un nuevo paso hacia la ruta de Guinea.

Los perjuicios fueron mucho para las otras naves y parte de la enfermedad que asoló después a la marinería durante la travesía del Pacífico en dirección sur para aprovechar que no había noche en esa latitud durante el verano austral, vino porque gran parte de los cítricos contra el escorbuto iban a bordo de la nave amotinada.

Magallanes retomó la ruta hacia poniente y afrontó con sus capitanes la cruda situación, con lo cual descubrir el estrecho no fue tan feliz como desde lontananza podría parecer.

Todo esto aconteció durante treinta duros días de aquel primero noviembre, el día de todos los santos, ocurrió el alzamiento y el veintiocho salieron hacia la inmensidad del Pacífico, el que avistó Vasco Núñez de Balboa por primera vez con ojos de hombre blanco y que denominó mar del Sur y que Pigafetta cuenta que rebautizaron como Pacífico, craso error, como se puede comprobar diariamente por su inmensidad, oleaje y por encontrar en él el cinturón de fuego.

Miércoles 28 de noviembre, desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco.

Atrás quedaba la entrada por bahía Posesión, frente a la de Lomas hasta alcanzar la de Felipe y llegar al paso hoy conocido como Proward y desde ahí dejar la isla de Santa Inés a babor y avistar la isla de Riesco hasta la contigua isla de Desolación y, por fin, el nuevo océano, el Pacífico.

Y tras ciento diez días de navegación donde los gusanos eran lo más alimenticio del pan y el hedor a orines de rata inundaba cada mendrugo que ingirieron los miembros de aquella tripulación de aguerridos valientes las naves avistaron tierra.

Pero para ello debieron primero alimentarse de cuero duro de vaca y hasta de rata por las que se llegó a pagar medio ducado de oro por pieza, tal y como narra el cronista. Y en esos tres meses, casi cuatro, murieron de escorbuto diecinueve marineros y el gigante patagón que el inmoral sentido del comercio que tenía Magallanes esclavizase en el sur de la actual Argentina además de un pobre brasileño que se había alistado con ellos.

El sueño de riquezas y grandeza al regreso se diluía como las estrellas del firmamento al cambiar al mediodía. Los hombres andaban con la moral por los suelos, y el famoso dicho de que la danza sale de la panza aquí se convertía en pura realidad. La muerte acechaba en cada rincón y Magallanes, tras asonadas, abandonos, enfermedades y muerte ya no sabía como elevar el ánimo de la marinería.

Y entonces avistaron Guam, era el 6 de marzo de 1521, donde los indígenas en cuanto atracaron asaltaron las naves para llevarse cosas, de ahí que la primera denominación occidental de la que luego fue la última posesión de ultramar española fuese isla de Ladrones. Como correspondía por estar mucho más allá de la línea equinoccial trazada en Tordesillas aquellas islas fueron declaradas españolas en nombre del césar Carlos I, aunque no fueron oficialmente incorporadas y tomadas en nombre de su hijo Felipe por Miguel López de Legazpi quien toma posesión efectiva de ella y de las islas aledañas, las Marianas y las Carolinas), realizando la incorporación de la isla a España el 22 de enero de 1565, cuarenta y cuatro años más tarde.

Fondearon, se aprovisionaron y tomaron agua dulce limpia para continuar viaje. El mero hecho de ver tierra y hollarla hizo que las tres tripulaciones volviesen a ver la vida como un futuro en lugar de como el valle de lágrimas que gente inmoral trató de imponer. Quién les iba a decir a aquellos ladrones que iban a acabar hablando un dialecto entre su lengua vernácula y el español de nombre chamorro que aún hoy es oficial en esa posesión estadounidense de ultramar tomada de manera vergonzante en 1898, como todo el reinado de Alfonso XIII.

Y primero fueron violentos y la marinería española hubo de defenderse y asaetear a alguno de los más osados y los enfermos de escorbuto quisieron sus vísceras creyendo que si se las comían mejorarían, a modo de antropofagia selectiva, aunque lo que realmente les mejoró fue la ingesta de agua y leche de coco. El pescado, las vitaminas de los plátanos, de más de una cuarta de dimensión y que les proporcionaron miembros de una tribu bastante más amistosos que los primeros y que les mostraron que la base de su alimentación era el coco y el pescado, y del primero extraían aceite, carne, vino y vinagre, confiriéndole ese nombre de cerdo vegetal porque se aprovechaba absolutamente todo, y explica Pigafetta lo que es el coco, desconocido hasta este viaje por los occidentales.

Los cocos son el fruto de una especie de palma, de que sacan su pan, su vino, su aceite y su vinagre. Para procurarse el vino, hacen en la cúspide de la palma una incisión que penetra hasta la médula, por donde sale gota a gota un licor que se asemeja al mosto blanco, pero que es un tanto agrio. Recogen este licor en los tubos de una caña del grueso de una pierna, que se ata en el árbol y que se tiene cuidado de vaciar dos veces al día, mañana y tarde.

El fruto de esta palmera es del tamaño de la cabeza de un hombre y aun algunas veces más grande; su corteza primera, que es verde, tiene dos dedos de espesor y está compuesta de fi lamentos de que se sirven para hacer las cuerdas que usan para sus embarcaciones. Encuéntrase, en seguida, una segunda corteza más dura y más consistente que la de la nuez, de la cual, quemándola, sacan un cierto polvo que utilizan. Hay en el interior una médula blanca, del espesor de un dedo, que se come a guisa de pan, con la carne y el pescado. En el centro de la nuez y en medio de esta médula existe un licor transparente, dulce y fortificante, y si después de haber vaciado este licor en un vaso, se le deja reposar, toma la consistencia de una manzana. Para procurarse el aceite se toma la nuez, dejando fermentar la médula con el licor, y haciéndolo hervir en seguida resulta un aceite espeso como mantequilla.

Para obtener el vinagre, se deja en reposo el líquido solo, el cual, estando expuesto al sol, se pone ácido y parecido al vinagre que se hace del vino blanco […]

A los pocos días avistaron nuevas islas y partieron. Como era quinto domingo de pascua, llamado según la tradición católica, domingo de Lázaro, denominaron a las nuevas islas, archipiélago de Lázaro (luego Filipinas en honor al rey, aún no nato del emperador Carlos) saliendo el día de lunes santo, 25 de marzo, con agua limpia y de calidad de dos vertientes y haciendo intercambio de regalos con los enviados del nuevo rey de la isla, cuyo poder era grande ya que tenía esclavos de la vecina Sumatra, aunque el cronista se equivocó al pensar que el siervo era de la mítica Taprobana, actual Sri Lanka, y citarla como la isla indonesia.

Así, Magallanes comenzó sus últimos pasos por la vida hermanándose con el dignatario filipino. Y la codicia apareció tras el perfecto anfitrión y su hermano, un rey hermano de otro rey y que habló de trozos de oro del tamaño de un huevo en su isla, vecina de la del rey pródigo que les había invitado a comer, cenar, dormir y regresar a su mesa a la mañana siguiente. Es curioso que Pigafetta comió carne de cerdo en viernes santo, que era, pero las reglas del perfecto invitado exigen que donde fueres haz lo que vieres, más allá de convencionalismos e imposiciones religiosas.

Y pasaron de la isla del rey (raja) Colambu a la del raja Siagu, su hermano y su preciado metal pero antes, por ser domingo de resurrección, 31 de marzo de 1521, se celebró una santa misa, la primera de la historia en Filipinas:

El domingo de Pascua, que era el último día del mes de marzo, el comandante envió temprano a tierra al capellán con algunos marineros para hacer los preparativos necesarios para decir misa; despachando al mismo tiempo al intérprete para que dijese al rey que desembarcaríamos en la isla, pero no para comer con él sino para cumplir con una ceremonia de nuestro culto: el rey aprobó todo y nos envió dos puercos muertos.

Y los nativos imitaron a los cristianos venidos de lejos en el sacrificio de la misa y contaron a Magallanes que su único dios era Abba y que la base de su monoteísmo era del agrado de los europeos al no ser animistas o politeístas como en África u otros puntos de América explorados por éstos en esta o anteriores expediciones.

Magallanes regaló una cruz con clavos y corona de espinas al raja de las otorgadas por el rey Carlos, y en su nombre el secretario de los Cobos, para que se viesen protegidos por el poder del césar. Y aquello generó una gran amistad entre ambos y el capitán general de la expedición ayudó con hombres al rey filipino a cosechar el arroz para poder ir hacia sus posesiones y allí recibir víveres y otras lisonjas para poder continuar viaje hacia la Especería. Y de qué se podrían aprovisionar, Pigafetta hace un listado de qué moraba y crecía en la isla:

Los animales que hay en esta isla son perros, gatos, cochinos, cabras y gallinas, y como vegetales comestibles el arroz, el mijo, panizo, maíz, cocos, naranjas, limones, plátanos y jengibre. Hay también cera.

Aquí Pigafetta señala las coordenadas de la isla y después parten hacia Cebú, tumba de Magallanes y desmoralización de la marinería en general.

Los Últimos Días de Magallanes

Y hablando con el raja le preguntó Magallanes sobre los puertos (naturales) cercanos y habló el rey de tres islas cercanas, aunque, sin duda, el mejor era el de Cebú (Zubú, en terminología del cronista) y hacía allí ordenó el comandante poner proa. El mandatario local le cedió pilotos para conducir las naves hasta el puerto elegido.

Y al arribar el portugués cometió su primer gran error.

El domingo 7 de abril entramos en el puerto de Zubu. Pasamos cerca de varias aldeas, en que vimos casas construidas sobre los árboles, y cuando estuvimos cerca de la ciudad, el comandante hizo enarbolar todos los pabellones y arriar todas las velas, haciendo una descarga general de artillería que produjo gran alarma entre los isleños.

Aquello puso a la población local en contra de tan enormes barcos desde el primer instante. Trataron de tranquilizar al nuevo rey encontrado en Zubú y éste, con su propio intérprete dijo que parecía portugueses, con toda la mala fama que por aquellas latitudes arrastraban por sus tratos en la India meridional y Malaca. Y el reyezuelo de la isla dijo ser más poderoso y aquello derivó un malentendido tras otro. Para no sentir más embarazo el poderoso ofreció a los enviados del comandante un almuerzo y dejó su respuesta de trato para el día siguiente, con lo cual se dio a sí mismo veinticuatro horas de tregua.

Y todo se calmó tras comprobar que no eran portugueses y que el rey al que representaban era mucho más poderoso que el lusitano y con el consejo de un comerciante (moreno, según la descripción de escritor). Así que en unos días se concertó la firma de un tratado de comercio exclusivo entre España y el rey de Massana y en esto, mientras se oficializaba el acuerdo Magallanes hizo labor evangelizadora y logró el alborozo de los autóctonos contándoles las bondades de la fe verdadera y que los bautizados serían más amados por el rey de España que los no bautizados, en el famoso la fe mueve montañas y sobre todo intereses, y consiguió que hasta le rogasen que dejase hombres para su instrucción y catecismo. Magallanes prometió traer con él gente en próximos viajes e inclinó al bautismo como acceso al cristianismo a los allí presentes.

Así pues, armó y dio corazas a los primeros en acristianarse y regalos al príncipe y otros agasajos y el rey llenó las despensas de todos los barcos de carne fresca y víveres de todo tipo. Y pasados un par de días se hizo la ceremonia del primer sacramento para el rey filipino.

Habiendo prometido el rey a nuestro comandante abrazar la religión cristiana, se había fijado para que tuviese lugar esta ceremonia el día domingo 14 de abril. […]

Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza, se publicó un bando para que quienquiera que desease abrazar el cristianismo, debía destruir todos sus ídolos y en su lugar poner la cruz, en lo que todos consintieron. El comandante, tomando entonces al rey de la mano, le condujo al cadalso, donde le vistieron completamente de blanco, bautizándole junto con el príncipe su sobrino, el rey de Massana, el mercader moro y otros hasta el número de quinientos.

El rey, que se llamaba raja Humabon, fue llamado Carlos, por el nombre del Emperador

Así comenzó el cristianismo en las islas Filipinas. Y con éste las promesas a unos jefes y a otros, a reyes y reyezuelos y la recepción de tributos, o algo así, de parte de unos y de otros llevó a los celos de uno de los jefes, uno de la isla de Matán, donde fondeaban los barcos de Magallanes y allí había dos cabecillas y uno era proclive a las formas venidas por mar y el otro no, hasta tal punto que montó una revuelta y esto llevó, al parecer, a la quema de una aldea por parte del capitán general. Cilapulalu, que así se llamaba quien no se ciñó a las ideas y usos de los españoles y, de hecho, intimidó a Zula, el otro jefe de Matán, para que no les entregase a los marinos nada y éste se lo contó al intérprete y Magallanes, preso de un ataque de soberbia, en lugar de contemporizar hizo quemar la aldea. Zula le pidió tres chalupas con soldados armados para deshacerse del otro jefe. Y así lo hizo el comandante. Era 26 de abril aquella mañana. Y al amanecer mil quinientos nativos juramentados se lanzaron a por las tropas españolas, que tuvieron que defenderse de tan número de enemigos con ballesteros y mosqueteros, pero con muy poca fortuna y menos bajas aún. Todo fue de mal en peor durante la media hora siguiente. En cuanto atacaron a Magallanes éste ordenó quemar la aldea para ver si de esta manera retrocedían, pero Filipinas siempre fue tierra de aguerridos guerreros y lanzaron de todo lo que tenían a mano, desde lanzas a estacas de caña, piedras y bolsas de tierra para nublar la vista de los tiradores del comandante portugués.

Y entonces una flecha envenenada atravesó la pierna del capitán general ordenando éste la retirada. La marinería huyó como bien pudo y supo y sólo ocho personas se quedaron en derredor suyo para trasladarle hasta su camarote. Los indígenas comprobaron así, que sus saetas no atravesaban las armaduras, pero sí las piernas y el ataque de los hombres de Cilapalalu comenzó a ser de cintura para abajo. Después hizo retroceder a los españoles, que se encontraron en el agua, con el peligro del peso de cascos y armaduras y con el miedo a sacar las piernas. Al final unas cuantas bombardas colocadas en el puente de popa y proa de dos naos lograron contener el ataque y que los españoles pudiesen regresar a los barcos, aunque, tal y como narra Pigafetta, no fueron todos.

Como conocían a nuestro comandante, dirigían principalmente los tiros hacia él, de suerte que por dos veces le hicieron saltar el casco de la cabeza; sin embargo, no cedió, combatiendo nosotros a su lado en reducido número. Esta lucha tan desigual duró cerca de una hora. Un isleño logró al fin dar con el extremo de su lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela en el cuerpo. Quiso entonces sacar su espada, pero le fue imposible a causa de que tenía el brazo derecho gravemente herido. Los indígenas, que lo notaron, se dirigieron todos hacia él, habiéndole uno de ellos acertado un tan gran sablazo en la pierna izquierda que cayó de bruces; en el mismo instante los isleños se abalanzaron sobre él. Así fue cómo pereció nuestro guía, nuestra lumbrera y nuestro sostén.

Y todo esto pasó ya entrada la mañana del sábado 27 de abril. Las chalupas y sus bombardas mal colocadas hicieron el resto, tal y como apunta el escritor veneciano, también herido en la refriega.

Esta desgraciada batalla se libró el 27 de abril de 1521, en un sábado, día que el comandante había elegido porque lo tenía en particular devoción. Perecieron con él ocho de los nuestros y cuatro indios bautizados, y pocos de nosotros regresamos a las naves sin estar heridos. Los que habían quedado en las chalupas pensaron hacia el fi n protegernos con las bombardas, pero a causa de la distancia en que se hallaban, nos hicieron más daño que a los enemigos, quienes, sin embargo, perdieron quince hombres.

Y la moral de la marinería cayó tanto como lágrimas vertió el rey, ahora recién bautizado, como Carlos. Acababa de perder a un aliado y, sobre todo, a un amigo y todo el mundo sabe que la pérdida de un amigo es irrecuperable.

Se eligieron nuevos comandantes: Duarte de Barbosa, portugués, y Juan Serrano, español y las desgracias continuaron. El rey bautizado fue a ver a los beligerantes de la isla para que devolviesen los cadáveres, incluido el de Magallanes, a sus compatriotas para darles cristiana sepultura, pero el envidioso Cilapalalu, también llamado Lapulalu en algunas nomenclaturas, que no era más que un triste envidioso al que la miserable literatura nacionalista (los nacionalismos siempre son mentirosos, resentidos y celosos) y ha encumbrado a categoría de héroe, aunque cualquiera que lea un poco ve que sólo era eso: un envidioso, negó esa posibilidad.

Y Barbosa amenazó al esclavo traductor de Magallanes con azotarle ante la negativa de éste a seguir con su trabajo y bajar a tierra con la excusa de una heridita en el combate. Éste, haciéndose el desentendido, bajó a tierra y ofreció al reyezuelo asaltar las naves y quedarse con ellas tras las palabras de Odoardo (Duarte).

Lapulalu, el uno de mayo, invitó a una tregua a los españoles ofreciendo un regalo (una ofrenda de pedrerías) para el rey. Y bajaron veinticuatro incluido Andrés de San Martín, el astrólogo, el recién nombrado capitán Serrano y el traductor (el traidor). Al poco se oyeron gritos. Todos degollados salvo el felón, ahora con los de Matán y Serrano al que tenían herido y sujeto quien rogaba que le ayudasen y que dejasen de bombardear desde las naves hacia tierra. Pero al ver su mejor amigo, Juan Carvallo, que aquello era un ardid y que lo que se podía sacar de allí era poco o nada, mandó recoger las chalupas e izar velas ante, primero, el ruego del cautivo, que ya se veía muerto, y, después, la imprecación por parte de éste ante el abandono flagrante de sus compañeros pidiendo que en el juicio fi nal el alma de Juan Carvallo acarrease su muerte (pecado de omisión). Nada supieron más, si vivo o muerto, de Serrano, pero sí de poner rumbo a la Especería, las famosísimas islas Molucas, hoy parte de Indonesia y por las que España y Portugal pugnaron hasta que el rey luso pagó por ellas en Medina del Campo tras la firma del Tratado de Zaragoza y las Molucas (islas de los Reyes) enarbolaron la bandera de Juan III. Pero nada de esto hubiese pasado sin este viaje proyectado por Faleiro, desembarcado y en Sevilla, y Magallanes, muerto.

Rumbo a las Molucas

Y en mayo, con la moral por los suelos y viendo que todo lo que había sido bueno se convirtió en peor que malo con felonías, asaltos, batallas y muerte, con Pigafetta herido en la frente por una flecha envenenada y con el rostro hinchado, sin astrólogo para controlar las estrellas de navegación y con dos capitanes muertos o cautivos en pocos días, pusieron rumbo sur hasta la Especería, la excusa para este viaje.

Allí Barbosa esperaba abundancia y eso traería una subida de ganas de todo a la marinería, que había perdido dos barcos y muchos camaradas enfermos o asaeteados. Entonces hubieron de darse cuenta que tantas pérdidas no daban para pilotar tres naves y resolvieron quemar la Concepción en la bahía de la isla de Bohol, alejada dieciocho leguas de Zubú.

Siguieron durante días explorando las islas a medida que iban hacia el sur y viendo la posibilidad de aprovisionarse y de comerciar. En una había mucho oro, pero pocos víveres y en otras sólo grandes árboles y moros desterrados, según el narrador. Y en un momento dado el viaje debía volver a tomar aguas abiertas y buscar las Molucas.

Se comerció con los habitantes tras estar a bien con el rey de la isla más al sur y se aprovisionaron de agua y leña para continuar, ya sólo con dos naos, tan arduo viaje. Y se siguió hasta la isla más meridional del archipiélago filipino. Allí había elefantes y se producía alcanfor y se daba bien la caña de azúcar, producto, éste último que llevaron consigo. Además, poseían manufacturas de seda y tejían palmas para hacer esteras, colchones y almohadones. Aquí encontraron canela y su árbol, tan apreciado en la hegemónica Europa y que hizo que Orellana descubriese el Amazonas en su búsqueda de la ruta de la canela desde Perú.

Y desde el cabo más al sur pusieron popa hacia las controvertidas, por ricas, como siempre pasa y pasará, Molucas. Paraíso de las especias, tan apreciadas por los paladares de los poderosos, tan causantes, por la codicia de éstos, de guerras, de hecho, hay autores, como Carlo M. Cipolla en su ensayo Allegro Ma Non Troppo, que fija el germen de las Cruzadas, con todas las salvajadas que conllevaron (sirva como ejemplo la palabra asesino —cuya etimología es bebedor de hachís— y que acuñaron los habitantes de Tierra Santa al ver el barbarismo de las tropas cristianas en Acre al pensar que sólo los muy drogados son capaces de tal violencia), en las dificultades para atravesar la ruta de las especias desde oriente ante el empuje agareno en el Mediterráneo oriental.

Así pues, los aguerridos marinos con sus dos barcos, pusieron proa al pequeño archipiélago y sus vastas riquezas. Aquello era un salto cualitativo de proporciones homéricas porque era dejar las rutas terrestres, con todas sus dificultades y la marítima portuguesa doblando el cabo de Buena Esperanza.

Con esto quedaba atrás, al menos para los españoles, lo que luego describía tan bellamente Alessandro Baricco en su obra Seda

HERVÉ JONCOUR partió con ochenta mil francos en oro y los nombres de tres hombres, procurados por Baldabiou: un chino, un holandés y un japonés. Cruzó la frontera francesa cerca de Metz, atravesó Württemberg y Baviera, entró en Austria, alcanzó en tren Viena y Budapest para luego proseguir hasta Kiev. Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó por cuarenta días hasta encontrar el lago Bajkal, que la gente del lugar llamaba: el mar. Remontó el curso del río Amur, caboteando la frontera china hasta el océano, y cuando llegó al océano se detuvo en el puerto de Sabirk por once días, hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a Cabo Teraya, sobre la costa oeste del Japón. A pie, recorriendo caminos secundarios, atravesó las provincias de Ishikawa, Toyama, Niigata, entró en la de Fukushima y alcanzó la ciudad de Shirakawa, la rodeo por el lado este, esperó dos días a un hombre vestido de negro que lo vendó y lo llevó a un poblado en las colinas, donde pasó una noche, y a la mañana siguiente hizo el negocio de los huevos con un hombre que no hablaba y tenía el rostro cubierto con un velo de seda negra. Al atardecer escondió los huevos entre las maletas, le dio la espalda al Japón y se dispuso a tomar el camino de regreso.

Sirva como ejemplo de la importancia de la nueva ruta y que los franceses debían hacer ésta, la que describe el novelista italiano, tres siglos y medio más tarde, aunque éste fi jase el eje de su novela en la seda y no en las especias, otras islas y unos grados de latitud al sur del Pacífico.

Y entonces arribaron por el norte de las islas tras pasar islotes y catorce nuevas leguas de navegación.

El miércoles 6 de noviembre, habiendo pasado estas islas, reconocimos otras cuatro bastante altas, a catorce leguas hacia el este. El piloto que habíamos tomado en Saranghani nos dijo que ésas eran las islas Molucas. Dimos entonces gracias a Dios y en señal de regocijo hicimos una descarga general de artillería; no debiendo extrañarse la alegría que experimentamos a la vista de estas islas, si se considera que hacía veintisiete meses menos dos días que corríamos los mares y que habíamos visitado una multitud de islas buscando siempre las Molucas.

Y la moral caída se elevó súbitamente y la expresión taciturna de la marinería se convirtió en jovialidad y agradecimiento de todos al comandante muerto y que, al igual que Moisés con la Tierra Prometida, la verás, pero no la pisarás, le ocurrió a Fernando de Magallanes.

Recorrieron varias islas e islotes hasta alcanzar, casi al atardecer del 8 de noviembre, a Tadore, la isla donde las especias abundaban y los portugueses conocían. Además, éstos sabían la dificultad de navegación entre islas por las incontables pozas, bajos sembrados y nieblas casi perpetuas en algunas costas. De esa abundante humedad surgía la calidad de sus plantas especieras.

Al día siguiente, nueve de noviembre, se presentó el rey con unos presentes en forma de hojas y bayas de betel traídos en sendos cofres, con todas sus propiedades curativas y con un espléndido deseo de comerciar y saber quienes eran tan poderosos viajeros que habían hecho una descarga de artillería en cuanto habían arribado a las costas de su isla.

En pocos minutos fue invitado a subir al castillo de popa de la Victoria y vestido a la manera turquesa, para regocijo y placer del rey, que contó que había soñado la llegada de estos viajeros tan alejados de sus hogares y pronto dijo querer ser parte de tan vasto imperio y de nación tan grande declarándose amigo y vasallo de rey tan poderoso capaz de hacer tales barcos para atravesar el orbe. Y renombró su adorada isla moluca: Tadore y desde ese día la llamó Castilla (luego nos vendrán a contar sandeces de comunidades históricas cuatro zafios con carné).

Cuando supo quiénes éramos y cuál era el objeto de nuestro viaje, nos expresó que tanto él como sus súbditos tendrían gusto en ser los amigos y vasallos del rey de España; que nos recibiría en su isla como a sus propios hijos; que podíamos bajar a tierra y permanecer en ella como en nuestra propia casa; y que, por amor al rey nuestro soberano, quería que en adelante su isla no se llamase más Tadore sino Castilla.

Y durante los siguientes días se fueron informando de la situación política y comercial de tan fantástico paraje, de cada isla y lo que en ellas crecía. El rey se sintió tan cercano que quiso pabellón español para izarlo y mostrar su adhesión. Era hombre moro, de religión árabe y cuya fi esta había sido el viernes, el día de la llegada de las naos españolas, lo cual era gran presagio para aquel pueblo sencillo, que no ignorante.

Y el rey comentó la situación comercial y política a Pigafetta, quien tomó nota de todo tal y como aquí refleja.

Os será agradable, sin duda, monseñor, tener algunos detalles acerca de las islas en que crecen las especias. Son cinco: Tarenate, Tadore, Mutir, Machián y Bachián, de las cuales la principal es Tarenate. El último soberano dominaba casi enteramente sobre las cuatro restantes. Tadore, donde entonces nos hallábamos, tiene su rey particular. Mutir y Machián no tienen rey: su gobierno es popular; y cuando los reyes de Tanerate y de Tadore se hallan en guerra entre sí, estas dos repúblicas democráticas suministran combatientes a los dos partidos. La última es Bachián, la cual tiene también su rey. Toda esta provincia en que crece el clavo se llama Maluco.

Con esta información y el deseo del rey, de nombre rajá sultán Manzor, de que más que cosas dejasen personas, españoles que les mostrasen cómo ser más español, y que cualquier mercadería sería mucho menos apreciada que aquellos viajeros dispuestos a formar parte de las Molucas.

Y la casualidad hizo hablar al rajá hablar de un tal Juan Serrano muerto meses atrás, un marino portugués que se había asentado en las islas como militar durante la guerra con una ínsula vecina, Tarenate, y que había sido envenenado. Hombre emparentado y gran amigo de Magallanes, por lo visto y que le había animado, años atrás, en Portugal, a emprender rutas hacia las Molucas, dada su riqueza en clavo, betel y canela, entre otras muchas especias muy apreciadas en la vieja Europa.

Pronto vino uno de los hijos del rey muerto de la isla aledaña para ofrecerse a ser vasallo de España y abandonar Portugal, que no les había traído gran fortuna, a decir verdad, y más teniendo en cuenta la afición a esclavizar y a ejercer de ventajistas de los marinos lusos, cosa que a nadie gusta. Está bien comerciar, no timar, y mucho menos hacer siervo a cualquiera que se crea pueda ser útil en lugar de aliado. Ésa fue una de las enseñanzas que Carlos I recibió de su abuela, quien siempre habló de matrimonios mixtos y equidad legal entre los españoles de ambas orillas del océano. Y los navegantes españoles llevaron esa impronta con ellos, lo cual, como describe Pigafetta y después podríamos ofrecer en otros conquistadores y viajeros fue impronta española. Los indios de Arizona, por ejemplo, poseen hoy sus tierras nuevamente y que habían sido robadas por colonos blancos al extenderse la frontera occidental de los Estados Unidos gracias a los títulos de propiedad extendidos entre un jefe cherokee y Vázquez de Coronado durante su exploración del río Colorado, donde descubrió para ojos blancos el Gran Cañón.

Pero regresando a las Molucas y a finales de 1521, decir que la situación política se convirtió súbitamente en más importante que la meramente comercial para aquel rey que poseía una esposa y un serrallo con doscientas bellas esclavas proveídas por todas las familias de la isla.

Y llegó el portugués, ya más moluqueño que luso, porque llevaba allí dieciséis años, y éste les informó de la situación y noticias que desde el oeste de la península ibérica le habían llegado.

La misma noche, el portugués Pedro Alfonso de Lorosa, habiendo sabido que el rey le había enviado a buscar para advertirle que, aunque fuese de Tarenate, debía guardarse bien de engañarnos en las respuestas que diese a nuestras preguntas, subió efectivamente a nuestra nave y nos suministró todos los datos que podían interesamos. Nos contó que hacía dieciséis años que estaba en las Indias, de los cuales había pasado diez en las islas Molucas, a donde había llegado con los primeros portugueses, que ahí estaban de hecho establecidos desde ese tiempo, pero que guardaban el más profundo silencio acerca del descubrimiento de estas islas. Añadió que hacía once meses y medio que un gran barco había venido de Malaca a las islas Molucas para cargar clavo, como lo hizo, pero que el mal tiempo lo había retenido durante algunos meses en Bandán. Este navio venía de Europa, y su capitán, un portugués que se llamaba Tristán de Meneses, refi rió a Lorosa que la noticia más importante que por entonces había era que una escuadra de cinco naves había partido de Sevilla al mando de Fernando de Magallanes para ir a descubrir el Maluco en nombre del rey de España; y que el de Portugal, que estaba doblemente irritado por esta expedición, por cuanto uno de sus súbditos trataba de perjudicarle, había despachado buques al cabo de Buena Esperanza y al de Santa María en el país de los caníbales, para interceptarle el paso en el mar de las Indias; pero que no lo habían encontrado.

Esto hablaba de las malas artes del rey portugués, Manuel I, al que sucedió, y con idénticas artes, Juan III, respecto a las leyes del mar y el respeto al Tratado de Tordesillas. Pigafetta era veneciano con lo cual su relato no podía ser más neutral respecto a las veleidades entre los reyes ibéricos.

Y el portugués de Tarenate habló a la expedición española de juncos que iban y venían de la cercana Malaca para negociar con clavo y cambiarlo por macis y nuez moscada, también muy apreciadas en las cortes de príncipes y reyezuelos de toda esa Europa que estaba despertando al Estado Moderno que fundase en Valladolid Fernando el católico y que elevó y estiró hasta límites que el rey aragonés ni podía soñar su nieto Carlos tras las Cortes de la ciudad a la vera del Pisuerga.

Y por todo esto los capitanes le ofrecieron la posibilidad de abandonar tan peligroso terreno para él y su familia tras la muerte violenta de su rey y que si hiciese a la mar con ellos para regresar a España y que el rey le otorgase premios y lisonjas por sus servicios a esta expedición, de capital importancia para la corona del Habsburgo.

Y después, con la amistad y el permiso del rey, bajaron hasta una isla mayor, Geailolo, donde fueron recibidos cálidamente por su rey, autonombrado padre putativo del rajá de Tadore, y que dijo que esto les habilitaba como amigos suyos. El nuevo rey se llamaba raja Papua.

Tras cargar en menos de los treinta días que parecían preceptivos el clavo y la nuez moscada y su macis. Así que nada retenía a la expedición allí salvo el deber de seguir contentando a aquel rey tan proclive al que al final los capitanes entregaron sello y pabellón del rey para hacerle ver que aquello sellaba más que una alianza una fraternidad. Y lo hizo a pesar de que muchos de los notables de Tadore pedían matar a todos los españoles y reafirmar la alianza con Portugal para vengar al rey envenenado y muerto de la aledaña Bachián.

Y entre finales de noviembre y mediados de diciembre, esperando a mejores mareas y agasajar al rey y a los dignatarios de las islas vecinas terminaron de llenar las bodegas de bahares de clavo, que son más de cuatro quintales por bahar, y se aprovisionaron de agua, que les llegaba caliente por la actividad volcánica de las islas y que enfriaban al raso de las cubiertas de las naos.

En la segunda semana de diciembre el portugués Lorosa, su esposa e hijos se vinieron a la Victoria para abandonar aquellas tierras y regresar a España, ya que a Portugal no podría volver tras hacerse a la mar con la expedición considerada pérfida y enemiga de los intereses de Portugal y su rey, que aún estaba instalado en un extraño medievo político en su retórica y forma de gobierno.

Después comenzaron las idas y venidas de reyes, gobernadores y demás de las islas para sacar el último provecho de la expedición antes de su retorno a Europa. Hubo intercambios, buenos deseos y los expedicionarios españoles fueron testigos de amistades, alianzas, protocolos y otros defectos humanos como desconfianzas, perfidias y felonías, frustradas o a punto, antes de continuar con la circunnavegación.

Y cuando ya todo estaba dispuesto para partir la nao Trinidad comenzó a hundirse por tener una vía abierta y el rey envió a sus hombres a repararla de tal suerte aviesa que tras varios días de trabajo se resolvió descargar el clavo y dejar allí la nave para su reparación ofreciendo el rey a sus doscientos cincuenta carpinteros para trabajar en su puesta a punto. Y hubo revuelo, de tal forma que Carvallo y cincuenta y tres europeos más decidieron quedarse en Tadore tras cargar todo cuanto fue posible en la nao Victoria, última de las cinco que habían partido de San Lúcar de Barrameda.

Despidiéronse entonces las naves una de otra por una descarga recíproca de artillería. Nuestros compañeros nos siguieron en sus chalupas hasta donde les fue posible, y todos nos separamos llorando. Juan Carvallo se quedó en Tadore con cincuenta y tres europeos: nuestra tripulación se componía de cuarenta y siete de éstos y de trece indios.

Y la Victoria tuvo, desde ese momento, todo el peso de la Historia además del cabotaje por la ingente cantidad de bahales de clavo, más la nuez moscada y los ochenta toneles de agua enfriada en la cubierta bajo el puente de popa, donde se encontraba el castillo y el timón además de sendas bombardas. Aquél era el lugar donde todo debía funcionar para llegar a Sevilla y a Valladolid, donde todo había comenzado y todo debía concluir.

Y desde la última isla partieron, tras recoger la leña prometida por el rajá y dejar allí al gobernador elegido por el rey para acompañarles hasta la salida de sus posesiones. En esta isla se daba el famoso árbol del pan: sagú (que es el árbol de que hacen el pan) y que luego fue, casi tres siglos después, el motivo del celebérrimo motín de la Bounty, en 1789, porque el capitán negó el agua dulce a sus marineros para conservar y regar las plantas de este árbol para ser plantadas en Inglaterra. Y los británicos, expertos en amoldar la Historia a su propia grandeza, cuentan esta felonía como una heroicidad y que daban recuerdos del capitán Cook, descubridor de esas islas, desde Hawái hasta Nueva Zelanda, cosa, que como hoy se sabe, no es verdad, al menos las que el marino inglés denominó islas Sandwich, por el patrocinador de su viaje, tal y como nos muestra el historiador José Antonio Crespo Francés discordando de la grosera idea de Henry Kamen de que los españoles no poseían barcos capaces de navegar el Pacífi co sur, incluyendo las actuales Nueva Guinea, Vanuatu, Tuvalu, las Marquesas y las Salomón. Y también sabemos que Cook navegó con cartas españolas y portuguesas, quienes durante sesenta años fueron una única nación, entre 1580 y 1640.

Lo que sí debemos dejar claro es que, con verdaderos cascarones de nuez, Ruy López de Villalobos partió desde Acapulco en 1542 llevando como piloto al sevillano Juan Gaetano o Gaytán, que describió LAS ISLAS DEL REY, luego Hawaii en 1555, siendo el primer europeo que allí llegó.

Esta publicación sobre Circunnavegación se escribe con V de Valladolid (2/2) esta publicado en Revista Atticus 38

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Circunnavegación se escribe con V de Valladolid

Carlos Ibañez y Pilar Cañibano

Revista Atticus

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