Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana (2/3)

Sofonisba Anguisola, historia de una artista por Christian Mielost

En nuestro artículo vamos a conocer a una pintora, una mujer que desafió una vez más los prejuicios de su época para seguir su vocación, el arte, aunque Giovanni Bocaccio (1313-1375), autor de una de las obras más importantes de la literatura medieval, el Decamerón, dijera sobre el arte y las mujeres: «el arte es ajeno al espíritu de las mujeres, pues esas cosas sólo pueden realizarse con mucho talento, cualidad casi siempre rara en ellas». Una vez más la obsesión por negar cualquier virtud y cualidad a la mujer, excepto la de cuidar al marido y tener hijos. Por fortuna no todos pensaban así, pues dos siglos después, Giorgio Vasari (1511 – 1574), el más importante de los biógrafos de pintores, escultores y arquitectos del siglo XVI, escribiría:

«Pues si las mujeres son capaces de hacer tan bien a los seres humanos al darle vida, ¿cómo puede maravillarnos que aquellas que lo desean sean capaces de hacerlos igualmente bien pintándolos?»

Esta mujer que desafió a los convencionalismos de la sociedad de su tiempo, y que son casi los de las sociedades de todos los tiempos, se llamaba Sofonisba Anguissola, hija de Amilcare Anguissola, miembro de la baja nobleza de Génova, y de Bianca Ponzone. Aunque no conocemos con certeza la fecha de su nacimiento, se cree que fue hacia 1532 en la ciudad italiana de Cremona, siendo la mayor de siete hermanos, de las que seis eran hijas y sólo uno era varón. Si el nombre de su padre era un homenaje al gran general cartaginés Amílcar Barca (275 – 228 a. C.), padre de Aníbal Barca (247 – 183 a. C.), quien a punto estuvo de acabar con el poder de Roma en el siglo III a. C., Sofonisba era el nombre de la hija de otro de los generales cartagineses, Asdrúbal Giscón. Era esta una costumbre familiar que también se cumplió con su hermano, al que pusieron por nombre Asdrúbal, en homenaje al hermano de Amílcar. Los embarazos debieron ser la causa de la muerte de la madre de Sofonisba, pues Bianca Ponzone moriría en 1537, cinco años después del nacimiento de su hija mayor, por lo que los embarazos debieron ser consecutivos y alguno de ellos múltiple.

Muchas mujeres murieron en aquellos años como consecuencia del excesivo número de embarazos en una época donde cada parto suponía un gran riesgo para la vida de la madre. Así Amilcare se quedaba al frente de una familia con seis hijas y un hijo, pero lejos de recluir a sus hijas en el ámbito privado de la casa en espera de casarlas, Amilcare era un hombre de su tiempo, el Renacimiento, y deseaba la formación más completa posible para sus hijas, animándolas a seguir sus inclinaciones artísticas e intelectuales. Así, además de Sofonisba, otras cuatro de sus hermanas se inclinaron por la pintura. La más brillante de ellas junto con Sofonisba, Lucía, que era discípula de su propia hermana mayor, moriría a temprana edad, otra de ellas, Elena, ingresaría en un convento después de hacerse monja, y dos hermanas más, Europa y Ana María Anguissola siguieron pintando hasta el momento de su matrimonio. Sólo una de ellas, Minerva, no siguió los pasos de Sofonisba, y se dedicó a la escritura, mientras que el único varón, Asdrúbal, estudió como sus hermanas aunque no compartió sus inclinaciones artísticas.

Los motivos que empujaron a su padre a darles esta educación, que debía parecer una excentricidad en aquel tiempo, cuando el arte no era considerado algo digno de un aristócrata, son desconocidos, aunque me gustaría pensar que Amilcare amaba a sus hijas y apreciaba su sensibilidad y cualidades artísticas y decidió apoyarlas para que las pudieran desarrollar. ¿Cuántas mujeres de talento a lo largo de la historia jamás habrán tenido esa posibilidad y hayan ahogado sus dotes artísticas e intelectuales en una vida oscura dedicada a la familia y el cuidado del hogar? Por fortuna, no era este el caso de Sofonisba y sus hermanas. En 1546, cuando Sofonisba cuenta unos catorce años de edad, se convierte junto a su hermana Elena en la alumna del joven pintor, también de Cremona, Bernardino Campi (1522 – 1591). Los aprendices en los talleres del Renacimiento durante tres años Campi las enseñaría desde preparar el lienzo para pintar, la elaboración de los pigmentos hasta realizar sus primeras obras, que generalmente eran copias de obras de otros pintores.

Las dos hermanas permanecieron en el taller de Campi durante tres años, hasta que en 1549 este abandona la ciudad para trabajar en otra. Es entonces cuando Elena abandona la pintura para ingresar como monja en un convento y Sofonisba decide seguir su formación junto al pintor Bernardino Gatti (1495 – 1576). Durante los años anteriores Sofonisba se había dedicado a realizar retratos, principalmente de su familia, ya que debido a su condición de mujer no estaba muy bien visto que retratase a otros modelos que no formaran parte de la familia. Esto, que podría haber significado una rémora para su formación como pintora, dio a la pintura de Anguissola una característica que la diferenciaba de otros pintores, una pintura más intima, más personal, en definitiva, más humana, emocional y tierna que la solemne y más fría pintura de aquellas obras que tenían como modelo a nobles, príncipes o autoridades de la Iglesia. Estas primeras obras plasman escenas de la vida cotidiana, esos pequeños gestos íntimos que prestan a sus obras ese espíritu íntimo y humano, cercano al espectador, que parece que se asomase por una ventana para contemplar la vida en casa de la familia Anguissola.

Lejos de ver a sus modelos como frías estatuas sin vida, lo que podemos ver en muchas obras de esta época, Anguissola se preocupa por esos pequeños detalles que revelan el estado de ánimo, el carácter del retratado, desde una sonrisa levemente esbozada a una mirada intensa o un gesto de una mano, todo lo que pueda darnos una idea del espíritu del retratado. También comenzará en esta época con una larga serie de autorretratos que se prolongarán durante su dilatada existencia. Durante el tiempo que trabajó con Bernardino Gatti, la joven Sofonisba comienza a labrarse una reputación como retratista, destacando entre sus obras de esta época su Bernardino Campi pintando a Sofonisba Anguissola (ilustración 1), pero necesitaba salir de la cerrada sociedad de Cremona y buscar horizontes más amplios. Así, en 1554, cuando cuenta con veintidós años de edad, decide dejar la compañía de Bernardino Gatti y probar fortuna en Roma, contando en esta empresa con el apoyo de su padre Amilcare, cada vez más convencido del talento de su hija.

Quizás fue gracias a la influencia de su padre que Sofonisba pudo conocer al ya entonces legendario Miguel Ángel Buonarrotti (1475 – 1564), entonces ya un anciano de casi ochenta años de edad pero lleno aún de vitalidad y que era conocido como «Il Divino», siendo el único artista hasta entonces del que, estando con vida, se habían escrito dos biografías suyas. En aquellos años Miguel Ángel había abandonado prácticamente la pintura y estaba volcado en la arquitectura, sobre todo en la finalización del Palacio Farnese y , por supuesto, la Basílica de San Pedro del Vaticano. Sin embargo, bien fuera por la influencia de su padre, o de la de otros pintores que ya conocían la obra y el talento de Sofonisba, Miguel Ángel aceptó entrevistarse con ella. En aquella ocasión pidió a Sofonisba que pintara a un niño llorando y ella dibujó una obra que tituló Niño mordido por un cangrejo. Tuvo que convencer a Miguel Ángel del talento de aquella joven, pues durante los dos años siguientes Miguel Ángel se encargaría de manera informal de su formación, supervisando su trabajo, lo que tuvo que ser un honor casi inimaginable para la joven artista.

De aquella época se conservan varias cartas de agradecimiento escritas por Amilcare, como esta de 1557 dirigida al gran maestro, extraída de la obra Las olvidadas de Ángeles Caso, del que he obtenido gran parte de los datos de este artículo, y donde podemos leer:

«Vuestra alma bondadosa, excelentísima y virtuosa me ha dejado de vos el recuerdo que merece un caballero tan extraordinario. Y lo que me convierte, a mí y a toda mi familia, en vuestro más humilde servidor, es haber comprendido el afecto honesto y sincero que sentís hacia Sofonisba, mi hija, a la que habéis iniciado en el tan honrado arte de la pintura. Os aseguro que me siento más agradecido por el favor que recibo de vuestro honestísimo afecto que por todas las riquezas que un príncipe podría conceder, pues me siento obligado por las gracias generosas y virtuosas que nos habéis concedido, y que coloco por encima de cualquier honor y beneficio que se pueda dar en este mundo. Os pido pues, ya que en el pasado habéis sido tan generoso, con vuestra encantadora cortesía de dirigiros a mi hija y animarla, que os dignéis compartir con ella vuestro divino pensamiento ».

Tal vez os pueda parecer demasiado intenso y exagerado el tono de la carta, pero era la forma de escribir en aquel tiempo.

Un año después, en 1558, volvía a escribir Amilcare a Miguel Ángel:

«Os aseguro que entre los numerosos favores que le debo a Dios, figura el de saber que un caballero tan eminente y tan repleto de talento, más que ningún otro ser en el mundo, ha sido tan bueno como para examinar, juzgar y alabar las pinturas realizadas por mi hija, Sofonisba».

Leyendo estas palabras hay que reconocer que debía ser muy difícil conservar los pies en el suelo y no envanecerse en demasía, pues los elogios no podían ser más excesivos, aunque en el caso de Miguel Ángel se correspondían a su inmenso talento. Sin duda para Sofonisba haber estado bajo la protección y dirección de Miguel Ángel era la mejor carta de presentación que podía tener para abrirse camino como pintora. Fue en esta época cuando conoció a alguien que ya he citado al inicio de este artículo, el pintor, arquitecto y escritor Giorgio Vasari (1511 – 1574).

Vasari era ya entonces conocido por la obra que había publicado en 1550 en Florencia, titulada Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, donde por primera vez se utilizaba el término Renacimiento por escrito, haciendo referencia al Renacimiento de las artes que se estaba viviendo desde el siglo XV, y en la que recogía una serie de biografías de pintores, arquitectos y escultores de la época. Años después de este encuentro con Vasari, éste escribiría sobre Sofonisba:

«Pero Sofonisba la cremonesa, hija del señor Amilcaro Angusciola, se ha esforzado más que ninguna otra mujer de nuestros tiempos, con más estudio y con mayor gracia, en las cosas del dibujo, pues ha logrado no sólo dibujar, colorear y retratar del natural y copiar excelentemente cosas de otros, sino que por sí sola ha hecho obras de pintura únicas y bellísimas; por lo que ha merecido que Felipe, rey de España, habiendo escuchado de boca del señor duque de Alba sus virtudes y méritos, haya mandado a buscarla para conducirla muy honorablemente a España, donde la mantiene al lado de la reina, con gran liberalidad y para asombro de toda aquella corte, que admite como algo maravilloso la excelencia de Sofonisba».

Pero nos estamos adelantando en el tiempo, a la época en que Sofonisba se hallaba en la corte del rey de España Felipe II (1527 – 1598), pero antes regresa entre 1555 y 1556 a Cremona, pintando retratos de su familia como El juego de ajedrez (ilustración 4) de 1555 en el que aparecen retratadas sus hermanas Lucia, Minerva y Europa y el Retrato de Amílcar, Minerva y Asdrúbal Anguissola (ilustración 5) y también recibe muchos encargos de la nobleza y miembros de la Iglesia de las ciudades vecinas, como Milán o Mantua, siempre con cuidado de elegir modelos que no pudieran comprometer de ningún modo la reputación de Sofonisba, que se encontraba también con el impedimento de no poder estudiar la anatomía humana ya que era considerado impropio para una mujer, como también era considerado impropio que una mujer cobrara por su trabajo lo cual se veía como un atentado contra su honor. ¿Qué recibía a cambio de sus obras? Regalos, los que el cliente estimase oportuno, aunque tal vez se llegase a un acuerdo antes de la realización de la obra. Ya veis la cantidad de obstáculos que tenía que superar una mujer que deseaba ser artista, en este caso pintora, ni podía retratar a personas que comprometieran su reputación, ni podía estudiar la anatomía humana, ni tampoco cobrar por su trabajo, lo que explica el motivo de que hubiera tan pocas artistas en cualquier rama del arte. Simplemente, no se lo permitían.

Sofonisba estaba en Milán en 1558 cuando se encuentra con el español, Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba (1507 – 1582), al que en 1555 el monarca español Felipe II había nombrado duque de Milán y un año después virrey de Nápoles, el mejor general español de la época y en quién el rey confiaría hasta el final de sus días, cuando entre 1580 y 1582 fue virrey de Portugal hasta su muerte en ese mismo año. Como nos contaba Vasari, en Milán Sofonisba pinta un retrato del Duque de Alba, hoy desaparecido, que queda impresionado por las dotes artísticas de la pintora de Cremona. Mientras, en la escena internacional, España y Francia firmaban la paz después de un largo período de guerras que las había estado enfrentado durante casi toda la primera mitad del siglo XVI. Entre el 2 y el 3 de abril de 1559 los reyes Felipe II de España, Enrique II de Francia (1519 – 1559) e Isabel I de Inglaterra (1533 – 1603) firmaban unos acuerdos, los de Cateau Cambresis, que dibujaban un nuevo panorama internacional y algunos de los cuales permanecerían vigentes durante casi un siglo. Entre los acuerdos figuraba el matrimonio entre la hija del rey francés, Isabel de Valois (1546 – 1568) y Felipe II. La boda se celebró por poderes en junio de 1559, y a pesar de la gran diferencia de edad entre el Rey e Isabel, casi veinte años, sería el matrimonio más feliz del monarca español.

Felipe II amaba a su joven esposa a la que el historiador Henry Kamen describe como «una adolescente de cabello oscuro y ojos brillantes; sus inmensas vivacidad y energía compensaban de sobra su falta de belleza natural. Devolvió a Felipe las fuerzas de su juventud. Él le dedicaba su tiempo, e incluso discutía su trabajo con ella». Como el rey la mimaba y trataba por todos los medios que estuviera a gusto en su nuevo hogar, acepta el consejo del Duque de Alba para que lleve a Sofonisba a la corte para hacer compañía a la joven reina, pues su educación, dotes artísticas y la nobleza de su origen la convertían en una compañera ideal. Así se convirtió Sofonisba en dama de honor de Isabel de Valois y en la única italiana, pues el resto de damas de honor que acompañaban a la reina se repartían entre siete españolas y ocho francesas. Aunque Sofonisba era catorce años mayor que la reina, se estableció entre ambas una estrecha relación que la convertiría en una de sus damas de honor favoritas. Según recoge Ángeles Caso en Las olvidadas el embajador del duque de Mantua en Madrid escribía a su señor: «La Reina ha empezado a pintar, y dice Sofonisba la cremonesa, que es quien le enseña y es muy favorita suya, que retrata del natural con un carboncillo de tal manera que enseguida se conoce a la persona que ha retratado».

Ambas comparten la música, lecturas y las clases de pintura que Sofonisba daba a la joven reina. Mientras, Sofonisba trabaja con el pintor de la corte Alonso Sánchez Coello (1531 – 1588), discípulo de otro de los pintores de la corte, Antonio Moro (1519 – h 1578). La mayoría de las obras que Sofonisba realizaría durante estos años serían retratos de miembros de la familia real, desde Isabel de Valois y Felipe II, pasando por el príncipe Carlos (1545 – 1568), hijo primogénito de Felipe, que había sido el primero en estar comprometido con Isabel aunque luego Felipe anuló este compromiso y el que se casó fue el propio monarca, y las infantas Isabel Clara Eugenia (1566 – 1633) y Catalina Micaela (1567 – 1597). Muchos de estos retratos realizados por Sofonisba en aquellos años se atribuyeron posteriormente a Moro, a Coello e incluso a Tiziano (1477 – 1576) y sólo en las últimas décadas del siglo XX ha comenzado a descubrirse que en realidad habían salido de los pinceles de Sofonisba, como el célebre retrato de Felipe II que siempre se había atribuido a Alonso Sánchez Coello y era obra de la pintora italiana.

Para atribuir la autoría de estos cuadros a Sofonisba hay dos grandes obstáculos, el primero, que nunca firmaba sus obras ya que, en realidad, no trabajaba en la corte como pintora sino como dama de honor, y al no cobrar por su trabajo tampoco existen documentos escritos que confirmen sus obras. Sus retratos eran muy apreciados, porque al igual que sucediera con los retratos de su familia, estaban dotados de vida con gestos y posturas que revelaban la personalidad del retratado. Fueron buenos años para Sofonisba, pero en 1568 se suceden las desgracias en la corte española. Primero se descubre una conjura contra el rey en la que está implicado su propio hijo, el príncipe Carlos, quizás resentido con su padre desde que este se casara con Isabel de Valois, que en un primer momento había sido su prometida y también posiblemente afectado por algún tipo de enfermedad mental, agravada desde que en 1562 sufriera una caída en la que se golpeó la cabeza. El príncipe es encerrado en sus propios aposentos desde enero de 1568, amenaza con suicidarse en varias ocasiones por lo que se retiran los cuchillos y cualquier objeto que le pudiera causar daño, se pone en huelga de hambre, luego comienza a comer en exceso y finalmente moriría el 28 de julio de 1568. Muchos acusarían, sin pruebas, a Felipe II de la muerte de su hijo.

Isabel de Valois estaba muy unida al hijo de Felipe II y su muerte la afectó en el peor momento, pues estaba embarazada y su embarazo había estado rodeado de complicaciones que se agravaron en julio de ese año. Así se describe su estado en una carta dirigida al Duque de Alba:

«La venían unos desmayos temerosos, tales que unas veces le faltaban los pulsos, otras la acudía una dificultad de resuello hasta venir en peligro de ahogarse, otras unos entumecimientos de cabeza… salían de su orina muchas arenas rojas, y esto se complicaba con algunas cámaras leonadas y negras».

Sofonisba Anguissola - Wikipedia, la enciclopedia libre

Isabel de Valois moría el 3 de octubre de 1568, con veintidós años de edad, al dar a luz un feto que no sobrevivió. La corte se hallaba abrumada por el dolor, un dolor aún más agudo en cuanto que el rey se había quedado sin sucesor masculino a la corona. Sofonisba, tan unida a Isabel, entra en un estado cercano a la depresión, tal y como lo describe el embajador de Urbino: «La señora Sofonisba dice que ya no quiere vivir». Aunque tras la muerte de Isabel todas sus damas de honor regresaron a sus lugares de origen, el afecto que el retenía por Sofonisba como consecuencia de su buena relación con Isabel, hizo que Sofonisba permaneciera en el Alcázar.

El 24 de enero de 1570 Felipe II volvía a casarse por cuarta y última vez, en esta ocasión con su sobrina Ana de Austria (1549 – 1580), los matrimonios consanguíneos eran corrientes en la dinastía de los Austria, lo que en el futuro tendría graves consecuencias. Pero este matrimonio suponía un cambio de la vida en la Corte. Sofonisba verá como su vida también pega un giro súbito cuando se concierta su matrimonio, bien por voluntad del rey o por acuerdo del rey y Sofonisba, con don Francisco de Moncada, hijo del virrey de Sicilia. Sofonisba tenía casi cuarenta años, lo que en aquella época era ya una edad muy tardía para casarse, pero sin duda no le habían faltado candidatos debido a la destacada posición que ocupaba en la Corte. El propio monarca se encargaría de la dote de Sofonisba y así lo escribe el monarca:

«Dada la estima que sentimos por la manera exquisita como vos, Sofonisba Anguissola, habéis servido a la muy serena reina Doña Isabel, mi muy amada esposa y habéis sido su dama de honor, y como prueba de satisfacción por vuestra presencia, los cuidados de vuestro cargo y otras tareas que habéis cumplido entre el personal de su casa, y por las cuales ella os concedió un legado en su testamento, y por toda responsabilidad y obligación que la citada reina y nos mismos podemos tener hacia vos, tenemos la intención de concederos por este documento 3000 ducados».

Aún habría algunas cantidades más añadidas a esa dote, y al final de este documento el rey señalaba: «Deseo de vos otro favor; que residáis en una de nuestras propiedades reales de Castilla o algún lugar equivalente » quizá para que no viviera fuera quién había tenido un contacto tan cercano con la vida en la Corte y pudiera dar algún detalle inconveniente a los muchos enemigos del rey español. Sofonisba se casaba por poderes el 26 de mayo de 1573 y a continuación emprendía viaje a Sicilia para encontrarse con su marido, al que no conocía. Los siguientes cinco años suponen un vacío en la biografía de Sofonisba, hasta la muerte de su marido durante un asalto pirata cuando viajaba hacia Nápoles en mayo de 1578, aunque otras fuentes afirman que fue en 1579. Sofonisba decide regresar a su Cremona natal, junto a su familia y zarpa en un barco bajo el mando de Orazio Lomellino

Lo que sucedió durante el viaje no lo sabemos, pero Sofonisba nunca llegó a Cremona, porque se enamoró de Orazio, que era notablemente más joven que ella, casándose con él en 1580 y estableciéndose en Génova, donde viviría los siguientes treinta y cinco años. De Orazio apenas conocemos nada, aunque sí sabemos que el matrimonio no fue bien visto debido tanto a la diferencia de edad como, y sobre todo, a la diferencia de clase social, ya que Sofonisba era de la nobleza y Orazio no. Sufren presiones para evitar el matrimonio, incluida la del duque de Florencia, Francisco de Médicis, que le escribe:

«Mirad muy bien lo que hacéis, pues, por la consideración de mujer sabia en que siempre os he tenido, estoy convencido de que no querréis perder el buen nombre que con tanto esfuerzo habéis adquirido, y yo me ofrezco con toda presteza a hacer todo lo que juzguéis adecuado y beneficioso; que Dios os conceda felicidad».

Pero la carta de Francisco llegó tarde para evitar el matrimonio, pues Sofonisba contesta:

«Pero como los matrimonios se hacen primero en el cielo y después en la tierra, la carta de Vuestra Alteza Serenísima me llegó tarde, por lo que no puedo demostrarle mi muy afecta obligación a Vuestra Alteza Serenísima, a quien suplico ardientemente que me perdone».

Orazio la apoyó en su trabajo como pintora, instalándose en una gran casa en Génova, donde podía disponer de su propio taller, ayudados tanto por la generosa pensión que le había concedido Felipe II como por la fortuna personal de Orazio. Durante estos años seguiría pintando, en particular escenas religiosas, y recibe constantes visitas de pintores más jóvenes que desean aprender de la que ya era considerada una maestra por sus contemporáneos. Mantiene el contacto con la corte española y en 1599, cuando ya había muerto el rey Felipe II un año antes, su hija, la infanta Isabel Clara Eugenia en compañía de su marido el archiduque Alberto de Austria (1559 – 1621) la visita de camino a los Países Bajos que habían recibido en herencia del fallecido monarca y del que Isabel sería gobernadora hasta 1633. Sofonisba se encargaría de realizar el retrato de la boda de aquella infanta a la que había visto nacer cuando era dama de honor de Isabel de Valois.

En 1615, con ochenta y tres años de edad, se traslada con su marido a la isla de Sicilia, instalándose en la ciudad de Palermo. Allí pintaría la última de sus obras, un autorretrato fechado en 1620, con unos ochenta y ocho años de edad. En 1623, con noventa y uno, una edad extraordinaria en aquella época, Sofonisba recibe la visita de un joven y brillante pintor flamenco, Anton Van Dyck (1599 – 1641), discípulo de Pedro Pablo Rubens (1577 – 1641) y uno de los retratistas más solicitados en Europa en aquellos años. De su visita a la gran pintora de Cremona, Van Dyck escribiría en su diario:

«Sigue teniendo una buena memoria y el talante muy vivo, y me recibió muy amablemente. A pesar de su vista debilitada por la edad, le gustó mucho que le enseñase algunos cuadros. Tenía que acercar mucho su cara a la pintura, y con esfuerzo conseguía distinguir un poco. Se sentía muy dichosa. Mientras dibujaba su retrato, me dio indicaciones que no me colocase demasiado cerca, ni demasiado alto, ni demasiado bajo, para que las sombras no marcasen demasiado sus arrugas. También me habló de su vida y me dijo que había sabido pintar muy bien del natural. Su mayor pena era no poder pintar a causa de su mala vista. Pero su mano no temblaba nada».

Sofonisba Anguissola, aquella mujer que fue protegida por Miguel Ángel, que había sido dama de honor de la reina de España, que había conocido a los grandes pintores de su época, que rompió los convencionalismos de su época casándose por segunda vez con un hombre de una clase social inferior, cuya obra era reconocida por sus contemporáneos que la consideraban uno de los grandes nombres de la pintura de aquellos siglos maravillosos del Renacimiento y comienzo del Barroco, la mujer que una vez dijera: «La vida está llena de sorpresas; intento capturar estos preciosos momentos con los ojos bien abiertos», cerró por última vez aquellos ojos siempre atentos y curiosos, ávidos de capturar el color y la belleza, el 16 de noviembre de 1625, a la edad de noventa y tres años. Sin embargo, su obra pasaría pronto al olvido y, como ya hemos visto, muchas de sus creaciones serían atribuidas a otros pintores. Sólo en las últimas décadas se ha hecho justicia, reconociéndole la autoría de esas obras y, sobre todo, reconociendo la energía, el valor, la decisión de una mujer que desafió los convencionalismos y los límites establecidos por un mundo de hombres.

Para cerrar este artículo nada mejor que las palabras que su segundo esposo, Orazio Lomellini, colocó en su tumba en 1632, siete años después de su muerte y cuando se cumplía el centenario de su nacimiento:

«A Sofonisba, mi mujer…. quien es recordada entre las mujeres ilustres del mundo, destacando en retratar las imágenes del hombre… Orazio Lomellino, apenado por la pérdida de su gran amor, en 1632, dedicó este pequeño tributo a tan gran mujer».

Cuando ahora veamos su obra, veremos detrás la personalidad de esta mujer que hizo historia y desmintió las palabras de Boccaccio con la que habría este artículo: «El arte es ajeno al espíritu de las mujeres, pues esas cosas sólo pueden realizarse con mucho talento, cualidad casi siempre rara en ellas». Cuánto daño hicieron durante siglos opiniones como esta a miles, a millones de mujeres anónimas que hoy son representadas por grandes mujeres como Sofonisba Anguissola.

Este artículo sobre Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana (2/3) está publicado en Revista Atticus 39

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