Crítica película Mereces un amor de Hafsia Herzi

Mereces un amor de Hafsia Herzi

Ficha

Título original: Tu mérites un amour

Dirección: Hafsia Herzi

Reparto: Hafsia Herzi, Djanis Bouzyani, Jeremie Laheurte, Anthony Bajon, Sylvie Verheyde, Myriam Djeljeli

Año: 2019

Duración: 102 min.

País: Francia Francia

Guion: Hafsia Herzi

Música: Nousdeuxtheband

Fotografía: Jérémie Attard

Productora: Les films de la bonne mère

Género: Drama. Romance

Sinopsis

Después de conocer la infidelidad de Rémi, Lila, quien lo amaba más que nada, tiene dificultades para lidiar con la inevitable separación. Un día, él anuncia que viajará solo a Bolivia para buscarse e intentar comprender sus errores. Allí, él le deja saber que su historia de amor no ha terminado. Entre discusiones, buscando el consuelo y el aliento de sus amigos y la locura del amor, Lila se pierde a sí misma.

Comentario

            La fantástica actriz Hafsia Herzi, en su primera incursión en la dirección, nos regala una visión de una joven europea de comienzos del milenio, a través de las vivencias de una mujer real: de origen migrante, sin pretensiones de alcanzar la luna ni, mucho menos, de que ningún hombre lo haga para ella, sino la de una persona con la necesidad de encontrar pareja para compartir esta senda efímera que es la vida. Una mujer que ama y sufre, que pierde, se extravía, se equivoca, y se levanta.

            Hafsia alterna la cámara entre el hombro y el trípode para introducirnos en la escena o distanciarnos de la protagonista. Toma de su mentor, Abdellatif Kechiche, el juego con los espectadores para convertirnos en amigos o meros observadores. Rueda en 1:85 para que todo sea más plano y a la vez más creíble, simulando formalmente un documental. Con todo ello Herzi nos cuenta una historia de desamor, de cómo se siente una joven mujer que sufre por la traición, el engaño de la persona a la que ama, pero no sabe cómo dejar de querer, ni apartarse de quien le hace daño. Harta de la angustia, decide conocer a otras personas y nos va mostrando las extrañas relaciones que vivirá hasta encontrarse.

            La historia comienza cuando la protagonista, Lila, descubre que su ex novio Rémi, con quien acaba de romper, ya estaba con una antigua novia, también magrebí como ella, justo antes de anunciarle que la quiere y que se marcha a Bolivia solo, para corregir sus errores y replantearse la vida. Ella le cree en principio, pero el guapo francés de ojos claros es un mentiroso sin escrúpulos ni ningún tipo de ética, y con orientaciones sexuales en ‘expansión’. Y Lila huye del dolor que siente y comienza una travesía extraviada a la que le conduce el desamor, hasta que toma conciencia de sí misma.

            La directora, y también guionista, protagonista y productora, nos ofrece un discurso de una sinceridad aplastante, contándonos que no es ninguna santa sino una chica normal, que no sabe cómo poner fin a un enamoramiento tóxico, que se desorienta una y otra vez con malsanas y efímeras relaciones, que juzga equivocadamente a las personas, y que se apoya en su mejor amigo, otro chico franco magrebí, dicharachero, sardónico, ácido, y homosexual, que sin pelos en la lengua, juega a ser un Pepito Grillo con tendencia a adjetivar todo lo que se mueve en derredor. De manera que ella vive en el medio de una confusión sentimental continua, entre el sexo libertino y el encierro en su casa, y la  frustración que conllevan ambos comportamientos extremos.

            Mención aparte merece el episodio del SPA y su consecuencia, donde Lila se ve atrapada por el espejismo de la fantasía sexual de un trío con una pareja licenciosa y escandalizadora. Muy bien rodada e interpretada, sin caer en el morbo fácil, lo que sería sencillo dada la situación. Nos recuerda mucho a las preciosas escenas de amor a tres de Un amor de verano, de Randal Kleiser, donde el capacitado director rodó con una pulcritud que Herzi, desde luego, no toma de Kechiche, mucho más proclive a los excesos. Ella prefiere que la demasía aparezca en los previos, y nos introduce en ese amor múltiple con una cámara al hombro muy bien coreografiada con los actores, para que los besos lésbicos y a tres con el hombre nos sumerjan en la dinámica de lo que va a pasar, creando una elipsis narrativa en la mesa de montaje, que para ser una ópera prima es más que digna de encomio.

            Más adelante conocemos a un personaje de una extraordinaria ternura y sensibilidad, casi supra humanas, que es el tímido camarero de origen polaco que desea entrar en la escuela de arte para estudiar fotografía, y ve en Lila a su musa. Él es Doisneau, Diego Rivera y Man Ray juntos en un personaje, Charlie, que enamora desde su primera aparición en la cinta, muy avanzado el metraje. Es como un sueño, una visión onírica de un ángel de luz donde no la esperas. Y sabemos que va a ser el catalizador de ese guion auténtico, sin fisuras ni concesiones a la galería.

            El camarero a tiempo parcial, y sobrino del dueño, la ve sentada y cuando va a atender su mesa se le dispara la inspiración al ver a Frida Kahlo encarnada en la protagonista. Pero es tan tímido que le pide a su tío que haga el papel de intermediario. Lila accede y todo se dispara y juega a disiparse en una sesión de fotos para que el joven pueda conseguir el sueño que tanto desea, ingresar en la escuela de arte.

La película ahora transcurre en una atmósfera honda, más sentimental, sin aspavientos, sobreactuaciones o momentos Rhett Butler. Con una intimidad conseguida a través de la ternura, diálogos en voz baja y ponderado recato, hasta alcanzar la ilusión de la belleza eterna que concede la instantánea perfecta. Hafsia juega con la sutil insinuación de lo que el maestro Berlanga definía tan bien: el erotismo, frente a la pornografía, que calificaba muy acertadamente como «erotismo para tontos». Las imágenes se recrean sublimando la belleza de la piel aterciopelada de Lila y de su espalda mientras cubre con un velo la desnudez de su torso, y el fotógrafo la observa, contemplándola tras la cámara a través del objetivo mientras encuentra el retrato perfecto.

            Repasando su reciente pasado, Lila repara en lo patético que ha sido su comportamiento al dejarse  arrastrar por la ilusión de retomar un amor idealizado. Cae en la cuenta de que el objeto de sus desvelos era sólo un tonto que le ha terminado contagiando (ya lo decían nuestros sabios antepasados, un tonto hace a ciento si le das lugar y tiempo). Ella huye y llora. Y reaparece Charlie, con su racional y tierna sensualidad y su voz queda, dulce y embelesadora,… y consuela a la protagonista regalándole la foto con la que le admitieron en su idolatrada escuela de arte,… y le recita, a modo de tisana sedante, los versos atribuidos a la pintora de Coyoacán, que dinamitan en silencio el último vínculo con el ex que desaparece con su postrera lágrima, y da inicio el duelo postergado, que comienza con un poema al meritoriaje femenino.

Lila deja de llorar y todo recomienza con dulce calma, esa voz sanadora y palabras hermosas… Mereces un amor.

Mereces un amor que te quiera despeinada,

incluso con las razones que te levantan de prisa

y con todo y los demonios que no te dejan dormir…

Os dejo un tráiler:

Pilar Cañibano

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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