Películas que permanecen en mi recuerdo, Luisjo Cuadrado

Películas que permanecen en mi recuerdo. Luisjo Cuadrado Gutiérrez

Se trata de una serie de películas que no destacan posiblemente por ser excelentes películas ni alcanzaron la categoría de obra maestra. Son películas de las que obstinadamente guardo un recuerdo. A la hora de confeccionar esta lista no tengo que hacer mucho esfuerzo para recordar una docena de ellas. Trataré de explicar el porqué de la selección, teniendo en cuenta del momento en que la vi y las circunstancias que rodean al mismo.

Posiblemente la película que me hizo amar el cine sea Los diez mandamientos (1956, Cecil B. DeMille). No recuerdo muy bien la edad que tenía cuando fui a ver esa superproducción hollywoodiense. Debía de contar con cerca de 10/12 años. Acudí al cine con el bocadillo, de la mano de mi hermano mayor y tras habernos dejado nuestro padre a la puerta del cine, nos sumergimos en un mundo fantástico. Permanecí con la boca abierta hasta la mitad de la proyección momento que la llené con el bocadillo. Había que cambiar el rollo. ¡Duraba casi cuatro horas!

Es el recuerdo de un gran cine épico hoy, sin ninguna duda, desaparecido. La música y aquel novedoso sistema de proyección contribuyeron a que esta película haya pasado a mi imaginario particular. 

La trastienda (1975, Jorge Grau) ha pasado a la historia del cine español como la primera película de la Transición Española en la que aparecía un desnudo integral (poquita y fugaz cosa). Por aquel entonces contaba con 14 años y veníamos de «una sequía» que cualquier «felpudo» nos despertaba nuestra libido hasta cotas insospechadas. ¡Cuánto daño ha hecho esa falta de libertad en el apartado sexual! Por aquel entonces concebíamos el sexo ligado al pecado, sin apenas fuentes de información salvo las barriobajeras. Pensando en la autosatisfacción como un recurso pecaminoso que de practicarlo o bien te quedabas calvo o lo que era casi peor, ciego. Estábamos en el año 1975. Por aquel entonces la panda de amigos nos encontrábamos en las redes que habían lanzado un grupo juvenil ligado al Opus Dei. Desnudos y una velada crítica a la «obra» nos aseguraba un buen rato.

La película en sí no tiene más enjundia que la de ser una de las integrantes de la categoría de destape (alto contenido erótico, pero sin mucha chicha). Hay que tener en cuenta que desde ese año «de liberación», 1975 hasta que el PSOE gana las elecciones, 1982, las películas con contenido sexual en el cine español toman dos caminos. Por un lado, surgió el erotismo con cintas interesantes de la mano de directores preocupados por ofrecer buenas propuestas, pero para satisfacer esa alta demanda: Carlos Saura, Pedro Almodóvar, Vicente Aranda, Bigas Luna (entre otros). Y el otro camino fue el que tomaron las películas que abandonaron el destape para pasar a la línea de pornografía ligera –solft-(las denominadas S) sin sobrepasar la frontera que marcaban las películas clasificas como X. Estas últimas no podían exhibirse nada más que en salas especializadas.

En esta línea y en esta época son otros dos ejemplos que en su día tuvieron mucho tirón: Bilitis (David Hamilton, 1977) y Enmmanuelle (1974, Just Jaeckin). Entre ambas han hecho más amenas las veladas de muchos ciudadanos. Se dice que de esta última la han visto más de 300 millones de espectadores.

La trastienda también supuso para mí un paso más en el abandono de la infancia. Suponía acudir a los grandes cines ya como un adulto, dejando a un lado las dobles sesiones de los cines de barrio (Embajadores o Delicias) o los populosos pases en cines de colegios donde veíamos las películas, fundamentalmente, del oeste ya que eran las que mejor podían pasar la temida censura de los curas que regían estas instituciones.

Apenas contaba con 13 años cuando vi Frenesí (1972, Alfred Hitchcock) cuando se proyectó como una actividad extraescolar. El colegio se adhirió a un plan de fomento para educarnos para ver cine. Creo recordar que sería un sábado. Nos llevaron en autocar hacia el recinto de la Feria de Muestras donde se encontraba un gran cine hoy desaparecido. Era el descubrimiento del genio del suspense. Quizás no era la película más adecuada para ver en esa etapa de la vida. Siendo tan inocentón como era, ver plasmada en la pantalla una violación y el posterior estrangulamiento de la mujer a manos del protagonista me causó una fuerte impresión. Aquella corbata y, sobre todo, aquella aguja/alfiler que usa el protagonista para limpiarse los dientes después de comer me marcó.

Hay que tener en cuenta que por aquel entonces, en esta España nuestra, solo había dos cadenas y era muy difícil ver películas con cierto interés y sin censura. Para ayudar a los padres, los programadores ponían en la esquina superior derecha los famosos dos rombos («hala, a la cama»). A partir de la caída del franquismo los censores se fueron relajando, pero este símbolo se mantuvo hasta 1984 (ya está bien).

Con esta película Alfred Hitchcock volvió a la escena londinense tras los 20 años de ausencia que supuso su paso por los EE. UU. Fue la penúltima película del genial director no perdiendo la fuerza ni la calidad. En ella se mezcla la muerte con la repugnancia y la frustración sexual (tema muy habitual en su filmografía).

Cuando se estrenó en España La última noche de Boris Grushenko (1975) era el momento de Woody Allen. Las primeras películas del director neoyorquino coincidieron con el final del franquismo y, por lo tanto, con unos claros síntomas de progresismo. Artísticamente esta película junto con Bananas o Coge el dinero y corre son las más graciosas y, a pesar de ello, con mucha enjundia. Una comedia alocada donde los personajes se debaten en discusiones filosóficas en momentos inoportunos. Con reflexiones existenciales hacia una parodia de la literatura rusa. Muy sagaz, muy irónico, y muy gracioso. Todo lo contrario de esas películas de grandes éxitos (como la anterior que hemos visto).

Por aquella época, por lo menos entre mis amigos, si no habías visto la de Woody Allen no eras un moderno, un progre. Este término iba asociado inevitablemente a algo intelectual. Había gente (y hoy también) que lo le hace ni puñetera gracia Allen y que su humor no le gusta. Pero para muchos, Woody Allen marcó nuestra juventud. Recientemente la he vuelto a ver y me sorprende. Es una película que no acusa el paso del tiempo (Woody Allen, sí, pero como a cualquiera de nosotros).

El expreso de medianoche (1978, Alan Parker) es una brutal película de la que no he sido capaz de volver a verla. La circunstancia de que estuviera basada en un hecho real y de que en esos años uno comenzara a salir al exterior la hacían temible. Por aquel entonces era frecuente oír a la gente decir que tuviéramos cuidado con las maletas no siendo que nos metieran alguna sustancia que comprometiera nuestro regreso a casa.

Las terribles imágenes de las torturas a las que era sometido el protagonista me revolvieron el estómago hasta la actualidad. Hoy cualquier cinta que contenga este tipo de imagen me remite a Estambul, a El expreso de medianoche.

La selección de esta película obedece a que estas cintas se proyectaron en el desaparecido cine Vistarama en Valladolid. La mayor sala que conocíamos y que causó furor por su pantalla panorámica de grandes dimensiones.

El coloso en llamas (1974, John Guillermin) es una cinta que forma parte de una «generación» de grandes películas, algunas de ellas supusieron auténticos taquillazos no por ello exentas de calidad. Entre otras tenemos la saga de los Aeropuertos (Aeropuerto 75 o 77) Alguien voló sobre el nido del cuco, Tiburón, Taxi Driver, Novecento, La guerra de las Galaxias, La escopeta nacional, Allien el octavo pasajero, La vida de Brian o Manhattan.

El coloso en llamas fue de esas grandes producciones de Hollywood que relanzaron la industria que no tenía más ánimo que el de entretener. Y bien que lo hacía con su largo metraje y protagonizada por dos grandes: Steve McQueen y Paul Newman. Además, fue una buena oportunidad de ver en esta cinta (ganadora de un buen puñado de premios) a viejas estrellas como Fred Astaire, Jennifer Jones o William Holden (una de sus últimas apariciones). Fue la primera vez que se unieron dos grandes productoras 20th Century Fox y Warner Bros.

La profecía (1976, Richard Donner) es una de las pocas películas que merecen la pena en cuanto a terror de algo sobrenatural. Estrenada en 1976 daba bastante miedo (y sobre todo con apenas 15 años) ver esos sucesos que se plasmaban y por la intervención del «maligno». Y sobre todo lo que más me marcó fue que al salir de ese cine de barrio, de doble sesión, lo que allí sucedía se recogía en un pasaje que llegué a memorizar y que hablaba del 666. Se recogía en Apocalipsis 13 11:18 «Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis».

No dormí en toda la noche recordando este pasaje y aquella fotografía en la que se veía una mancha y en la que el protagonista aparecía con la cabeza cortada al día siguiente. Son de esas películas que las recuerdas no por que fueran muy buenas sino por el poso que te dejaban.

La película Grease (1978, Randal Kleiser) supuso para muchos de nosotros darnos cuenta que un musical podía ser una película entretenida y divertida, y digna de ver (Cantando bajo la lluvia nos quedaba lejos). Cada uno optaba por su modelo, unos por John Travolta y otros por Olivia Newton-John, pero juntos formaron una de las parejas más cinematográficas que ha habido (junto con el Gordo y el Flaco, Fred Astaire y Ginger Roger o Humprey Bogart y Lauren Bacall) sobre todo en esa última escena con el cambio de roles en la pareja antes del último y festivo baile. Hoy en algún estante de un rincón olvidado de mi tratero está el doble LP que compré con uno de mis primeros sueldos (eso sí, junto a doble álbum azul de The Beatles).

Curiosamente este director fue el realizador de una serie mítica que preconizó lo que vendría después en cuanto a los médicos en la pequeña pantalla. Me refiero a Doctor Marcus Welby (1969), en lucha fratricida con Centro médico (y su famoso Doctor Gannon). Pero de la televisión hablaremos en otro momento.  

La mujer del teniente francés (1981, Karel Reisz) es de esas películas con las que me adentré al cine adulto. No era mala película, recibió muchas nominaciones a importantes premios y seguro que ganó alguno de ellos. No han destacado por su calidad, pero la recuerdo por la gran actuación de Meryl Strep y de Jeremy Irons.

No puedo elegir solo una película del oeste. Hay toda una generación que nos hemos criado frente a la pantalla de nuestros televisores viendo eso… una del oeste. John Wayne y John Ford van ligados a este género cinematográfico. Y si hay una imagen icónica que lo representa la tenemos (más allá de esa típica calle polvorienta con las casas de maderas a ambos lados) en el Monument Valley. Esa depresión situada en la frontera sur de Utah con Arizona, en los Estados Unidos fue el poster que veía continuamente en mi infancia. Y si hay que hablar y elegir una de las películas más emblemáticas rodadas allí, me quedo con Centauros del desierto (1978, John Ford). Ahora no recuerdo si fue en esta película o en otra, pero tengo la evocación de una escena que me marcó. Siguiendo a los indios, se encontraron con una casa, asaltada, de la que solo quedaban los rescoldos. John Wayne entraba en la habitación donde estaba una de las mujeres muertas. Salió horrorizado, no dejando entrar a nadie más. Insinuó que le habían torturado (era habitual el corte del cuero cabelludo) y no ver lo que había sucedido acrecentó en mi la imaginación llegándome a imaginar las más diversas tropelías. Un recurso magistral; hablar de ello y no mostrar la imagen.

Otro buen recuerdo que tengo de las películas del oeste va ligado a mi infancia. Existe lo que se denominaba el Centro Cultural (una institución de enseñanza que tenía un gran salón de actos donde se proyectaban películas) en Valladolid. Allí acudíamos la tarde de los sábados o domingos a ver cine. Cuando llegaba el séptimo de caballería, todo el patio de butacas vitoreaba para acabar con los sioux o los comanches. Eran otros tiempos y era otra forma de ver cine.

Centauros del desierto está considerada como una de las películas más importantes de la historia del cine. Una película que ha influenciado en largometrajes como Star Wars, Taxi Drivers, Apocalipse Now o Lawrence de Arabia. Y es una película de la que han bebido directores como Steven Spielberg, George Lucas o Martin Scorsese.

Matar a un ruiseñor (1962, Robert Mulligan) la encuadro en una fase adulta porque ha marcado el devenir de mis últimos doce años. La inquietud de un grupo de amigos nos llevó a leer la obra homónima y a ver la película con espíritu crítico. De ahí surgió la propuesta de crear Revista Atticus. Son innegables e incuestionables los valores que se recogen en la cinta, muchos de ellos personificados en un hombre bueno: Atticus Finch. No pasa de moda pues se siguen cuestionando cosas tan fundamentales como el derecho de todo hombre a tener un juicio justo (aunque sea negro –por dios, que energúmeno puede pensar que por el solo hecho de tener una piel diferente pues ser o considerarte superior o inferior-). Es una película que no adoctrina y que una de las máximas que lanza Atticus Finch es que no puede juzgar a una persona hasta que no te calzas sus zapatos y andas un poco con ellos. Debería de ser de proyección obligatoria en nuestras escuelas.

El diablo sobre ruedas (Duel, 1971, Steve Spielberg) es un peliculón que muchos ni tan siquiera conocen. Se trata de la primera película de Steven Spielberg, por supuesto que antes de sus grandes producciones/taquillazos. Y es en esa pequeña producción donde despliega su maestría cercana a Alfred Hitchcock. Fue una película creada para la TV pero que perfectamente puede competir con el gran cine. De hecho, hoy, tras el innegable éxito del director se la considera como una película de referencia. Es una película que da miedo en plena sobremesa. Tenía un argumento sencillo, cotidiano. Una persona que viaja en su coche por la carretera comienza a ser acosado, sin razón aparente, por un camionero. Cuando el conductor creía que se había desecho de la amenaza, ahí aparecía de nuevo. Era muy inquietante y daba mucho miedo. En algún momento de nuestra vida, todos aquellos que conducimos nos hemos visto involucrados en algún incidente con nuestros coches (sigue habiendo gente a la que no le gusta que le adelanten y otros que piensan en la carretera como un lugar de competición o donde la Ley de Tráfico y Seguridad Vial no existe). Sale de nosotros la mala baba y vociferas y gesticulas más de la cuenta. Ahora cada vez que me sucede cualquier mínimo incidente con otro conductor me acuerdo de que tal vez pueda existir un conductor que me espere a la vuelta de la curva. Terrorífico.

Jacques Tati es uno de esos directores que sus obras no tuvieron reconocimiento en su día. Han tenido que pasar unos años para que el conjunto de su obra adquiera vital importancia. En sus películas hay mucha crítica social, pero con altas dosis de humor. Es un realizador francés que se estudia en casi todos los cursos o asignaturas que se dediquen a esta industria cinematográfica.

He de reconocer que, a pesar de esas recomendaciones en los cursos, no ha sido hasta hace bien poco cuando he descubierto a ese genial director. A la hora de elegir una película dudaba entre Mi tío (1958)o Las vacaciones de Mr Hulot (1953).

Me incliné por esta última, pero cualquiera de las dos aguanta perfectamente una revisión en estos días y sobre todo supone un aire fresco. En ella podemos encontrar con un protagonista interpretado por el propio Tati. Constituye un arquetipo del cual han copiado otros artistas como Mr Bean 

La irrupción de Quentin Tarantino revolucionó el mundo cinematográfico en un momento en que estaba un poquito anquilosado. Pulp Fiction (1994, Quentin Tarantino) está considerada por muchos como una de las películas con las que arranca el cine posmoderno (si es que alguien sabe qué es eso). Su estructura y su estilo, poco convencionales, así como por su influencia, se ha convertido en una película de culto (Las películas de culto son la cristalización cinematográfica de la cultura que ignora los estándares de la cultura principal y se asimila en los géneros del cine B, el cine de explotación, el cine camp y el cine independiente, caracterizados por sus ideales de transgresión social, la temática de ficción de explotación y los niveles bajos en la producción cinematográfica –Wikipedia-). Venía precedida por una magnífica Reservoir Dogs (1992).

Uno siempre vuelva a Casablanca (1942, Michael Curtiz). Ya sea en navidades (un momento muy propicio) o en cualquier otro momento, Casablanca siempre aguanta una re-visión. Ese tono que rezuma como de una de las películas «de las de antes», en blanco y negro, con esos dos pedazos de actores que formaron un gran binomio cinematográfico: Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. ¿Quién no ha estado enamorado de alguno de sus protagonistas? Y que levante la mano aquel que no lo ha estado de la propia película.

Dejo para el final una gran obra maestra. Luis García Berlanga es un genio que no ha tenido el reconocimiento de otros grandes directores como por ejemplo Luis Buñuel. El verdugo (1963) pasa por estar considerada como una de las diez principales películas en la historia del cine. Su alegato en contra de la pena de muerte con esa forma tan sutil y el retrato que hace de la sociedad española en pleno franquismo la hacen un documento útil para estudiar aquella época y, sobre todo, para disfrutar del buen cine.

Sencilla en su propuesta tuvo que sortear la censura. Consiguió alzarse con el premio FIPRESCI en el Festival de Venecia. No recuerdo muy bien cuando fue la primera vez que la vi. Desde luego no fue en mi juventud. Ahora no me canso de verla (claro que hay tanto que ver…) y a ella le estoy dedicando mi próximo trabajo. Como ven, el cine es una fuente de satisfacción constante. Esperemos que esto de la pandemia se aleje y podamos disfrutar doblemente del cine: acudiendo a las salas y compartiendo la velada con los amigos.

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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