63 SEMINCI Crítica The Miseducation of Cameron Post

63 SEMINCI The Miseducation of Cameron Post

El oxímoron de la educación religiosa

 

“No se puede proyectar esta película… Va a dar mucho gusto a los homosexuales”

(Frase del censor sobre la proyección de Muerte en Venecia)

     Afortunadamente la sociedad occidental, entre la que incluimos la española, va quitándose estos absolutos sociales sobre cómo debe ser la sociedad, la familia, la personalidad, el deseo y el amor, aunque aún suframos coletazos (últimamente un grupúsculo de abogados, no hace tanto un partido llevando al Constitucional la unión civil entre ciudadanos del mismo sexo). Y de eso, de la salvación del alma por parte de un grupo religioso de unos adolescentes que no siguen los férreos dictados judeocristianos sobre todo lo que no sea su estrechísimo camino hacia Dios.

Y con ese comienzo, que no excusa, la directora estadunidense de origen iraní nos cuenta la historia de la búsqueda individual de la libertad de una chica cuyo mal es no pertenecer a los estándares cuadriculados sociales que las sociedades otorgan groseramente a sus ciudadanos y consideran asociales o, incluso, antisociales, a los que no se quieren meter en esos escaques. Lo que buscan, tanto la protagonista como todos los moradores de tan castrante lugar, es definirse. La dimensión la da, tanto en la cinta que hemos visto hoy como en la última parte de la novela, la religión, quizás en su término más oscuro, obtuso y, quizás, etimológico: religar, reunir… Frente al concepto originario de lo que los allí confinados son: herejes, es decir, personas que buscan su propio camino. Y en la senda individual se encuentra la libertad, el conocerse y aceptarse, no con el hedor a que somos malos por naturaleza, tenemos un pecado original y ojo con tu cuerpo que se lleva a tu alma.

Y el guion nos manda preguntas: ¿cómo se puede construir si os dedicáis a destruir? ¿Cómo se sabe si estás curado? ¿Cuál es la enfermedad? ¿Quién define lo que es normal o no? ¿Pecar es una virtud si es gente que improvisa sobre la idea más que constreñida de Dios quien define lo que es pecado?

Y poco a poco todo el mundo va definiéndose, en matices, en esos detalles tan pequeños que son capaces de engrandecer o no una obra, tal y como decía Miguel Ángel, y las guionistas muestran entonces el elenco de inseguridades que todos los institucionalizados poseen en su yo más, o menos, íntimo.

Por desgracia, el detonante es un intento de suicidio, tema quizás demasiado manido en las películas de gente diferente… Creo que la gran Patricia Highsmith quebró aquella negatividad con su preciosa novela El Precio de la Sal, de la que hace un par de años se hizo una adaptación cinematográfica, la interesantísima y pulquérrima Carol. Pero aquí, en aquella América de 1993 en la que se desarrolla la cinta, todo es ambiguo, nadie prohíbe, pero tampoco consiente y el hedor sectario de toda religión aparece en plena actividad con el pecado nefando como eje para terminar en algo más hermoso: la libertad. No gritada como Mel Gibson en kilt y pintado de azul sino con tres muchachos en esa edad donde hay que sufrir y gozar para conocerse y reconocerse en la parte trasera de una furgoneta: un sioux bisexual, una mulata indefinible y una huérfana abiertamente lesbiana… Cameron Post, la única dueña de su deseducación.

Película muy recomendable para padres que lleven a sus hijos a catequesis, profesores que tengan valores apartados de cualquier idea de Dios adquirida y gente que piense, como Solón, que la libertad es la forma suprema de conocimiento.

Os dejo un tráiler:

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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