Crítica Being The Ricardos de Aaron Sorkin- Carlos Ibañez

Crítica película Being The Ricardos (Ser los Ricardo)

Ficha

Título original: Being the Ricardos

Dirección: Aaron Sorkin

Reparto: Nicole Kidman, Javier Bardem, J.K. Simmons, Nina Arianda, Tony Hale, Alia Shawkat, Clark Gregg, Robert Pine, Linda Lavin, Christopher Denham, Jake Lacy, Nelson Franklin, John Rubinstein

Año:2021

Duración: 132 min.

País: Estados Unidos

Guion: Aaron Sorkin

Música: Daniel Pemberton

Fotografía: Jeff Cronenweth

Productora: Escape Artists, Amazon Studios, Big Indie Pictures. Distribuidora: Amazon Studios

Género: Drama. Comedia | Biográfico. Televisión. Años 50

Sinopsis

    Película sobre la actriz, pionera de la televisión, Lucille Ball (1911-1989). La historia se desarrolla durante una semana concreta de la producción de la exitosa serie de la época ‘I Love Lucy’ cuando Lucy y su marido, Desi Arnaz, se enfrentan a una crisis que podría terminar con sus carreras y también con su matrimonio.

Comentario

            De hito en hito el cine comercial nos cuenta una historia que narrada de esta manera podría ser una película indie o europea de bajo presupuesto, pero que estando detrás el poderoso caballero del que hablaba Quevedo se convierte en todo un espectáculo de perversidad, donde se expone la vida pública y privada, matrimonio y existencia al límite del matrimonio de Lucille Ball, estrella de la televisión donde las haya habido, y su esposo, Desi Arnaz, músico, buscavidas y exiliado cubano, más por eso que tanto miedo da ahora, como es la pobreza, que por política.

            Aaron Sorkin, el guionista y director, cuenta impecablemente la semana más importante de la pareja, en la que ella fue tildada de comunista por un tabloide angelino en plena caza de brujas del miserable McCarthy y pasividad, aún más mezquina, de esa dupla que había en la Casa Blanca, Eishenhower y Nixon; y la supuesta infidelidad de su marido, cuya sangre caliente nadie sabía si iba más allá de la música.

            En constantes flashbacks va mostrando lo dura que fue la llegada hasta la cima de la televisión por parte de ella y la lucha para que su esposo estuviese a su lado, cuando se cruzaban en el camino porque él salía de trabajar, tocando y cantando en un club de la ciudad, y ella madrugaba, para interpretar el papel, al menos hasta que Kirk Douglas rompió su contrato y fundó la Bryna Company para ser él quien controlase su propia carrera. Así, descubre una carta del presente y cómo batalla Lucille cada escena, incluyendo el asco que da a sus colaboradores ante tal perfeccionismo, y, a la vez, os destapa un detalle del pasado con un hilo conductor repleto de elipsis narrativas y vínculos que el espectador debe encontrar para regocijo del cinéfilo y odio de los críticos actuales y su ausencia de conocimientos sobre el tema del que escriben (baste como ejemplo la supuesta crítica que acompañó a José Luis Garci en su programa y que no había visto un clásico como ForajidosThe killers, R. Siodmak, 1946- o algunos de los que evalúan películas en los festivales).

            Donde el uso del color tiene un motivo que descubrimos a lo largo de la cinta y cuyo colofón está en la escena del pañuelo. Y cómo los protagonistas y los excelentes secundarios (J.K. Simmons, Nina Arianda, Tony Hale, Alia Shawkat, Clark Gregg, Robert Pine o Linda Lavin) cohesionan el guion con unas interpretaciones impecables y dignas de alabanza. Nadie va a descubrir a estas alturas a Nicole Kidman y Javier Bardem, pero es maravilloso redescubrirlos ajustando sus personas hasta hacerlas desaparecer en sus roles. Ambos merecen cada aplauso que se lleven y las estatuillas, premios y demás que reciban. La evolución en inglés de Bardem es magnífica (recomiendo, como siempre, ver las películas en el idioma en el que son rodadas, por respeto a los actores) y su acento cubano inglés con dejes del sur de California, y no de Florida, me llevan a pensar en lo concienzudo que fue preparando el trabajo con el director y su entrenador (coach, que le dicen los que no conocen su propia lengua).

Y como ella, con una neutralidad de voz radiofónica nos va mostrando matices de su personalidad frente a la dictadura del machismo y xenofobia campantes en La Meca del Cine, algo que ya apuntaba subrepticiamente Norman Mailer en su sangrante, y también con el tema de la Caza de brujas de fondo, El parque de los ciervos (The deer park, 1955). Porque como dice una pintada que hay nada más abandonar el aeropuerto JFK de Nueva York: “Bienvenidos a América donde el racismo es tan nuestro como el béisbol” y Sorkin es despiadado mostrando la trastienda de ese Hollywood que no ha superado esto, ni mucho menos. Pero los Ricardo eran unas estrellas, uno de cada cuatro americanos estaba enganchado a su programa y su grabación en directo (no, no fue Friends quien inventó esto) logró colas kilométricas en las puertas de los estudios donde se registraba cada viernes.

Y el guion, como si de naipes se tratase desvelaba una nueva carta y después el porqué de ésta generando un ritmo siempre adecuado entre las escenas del presente y del pasado y una explicación para que nada quedase reducido a tijeretazos digitales en la sala de montaje de edición no lineal, aunque el color y la película utilizados por la producción nos sugiera una moviola y celofán para enganchar lo montado.

La caracterización de ambos protagonistas también nos conduce a la reflexión de los productores para que no faltase ni un detalle, incluidos los retoques, realces y plegado de orejas de Kidman para que pareciese la Ball y el corte de pelo, afilado de pómulos y tono de piel de Bardem.

Y debemos hablar de lo alejado que es el actor español cuando actúa en España o en una película independiente del Javier Bardem hollywoodiense. La muleta del idioma y la falta de contención a veces le hace algo abusivo dentro del excelso control de cámara que tiene, mientras que, en Estados Unidos, también con Woody Allen en Oviedo y Barcelona, sujeta las tripas de su papel y lo convida a una economía de gestos que nada tiene que ver con sus trabajos, por ejemplo, con León de Aranoa, quien le deja hacer lo que le da la gana, tal y como comprobamos trabajo tras trabajo. En ambos casos logra muy buenas interpretaciones, pero su trabajo con acentos, idioma y la comprensión de la idiosincrasia del país en el que trabaja logra hacer disfrutar a quien se sienta en una butaca tras abonar su entrada. Javier es un animal de cine, como lo era la casi centenaria Ava Gardner (nació en 1922), pero con una calidad interpretativa que debería hacer sentirse orgulloso a cada español, independientemente de su ideología, pero la envidia, aquí los ideales políticos son una excusa, conducen a que tengamos que soportar titulares y comentarios groseros sobre alguien tan grande que no será bueno para algunos, como buenos hipócritas, hasta el día que muera. No hay más que leer las críticas a la película y a su papel a ambos lados del Atlántico para trasparentar ese pecado capital tan español.

Regresando al cine hay que citar a Nicole Kidman como deudora de su papel como chica del tiempo ambiciosa, o excesivamente ambiciosa, que hizo para Gus Van Sant en Todo por un sueño (To die for…, 1995) y también a su trabajo como mujer herida, pero nunca muerta de Retrato de una dama (Portrait of a lady, J. Campion, 1996) y Las horas (The hours, S. Daldry, 2002), recompone los tres papeles y los enriquece con una facilidad pasmosa convirtiendo un duro papel como es el de Lucille Ball en un ejercicio de estilo, que no de método, como se puede comprobar a la hora de trabajar su intuición como actriz y su interpretación, algo kabuki, si se me permite el término, bajo una máscara, aunque en este caso sea con un exceso de maquillaje.

Por último, hay que hablar de Sorkin como guionista demostrando, una vez más, que es un escritor que dirige, al estilo de Billy Wilder, y que vigila mucho que sus actores sigan los parámetros que hay en su libreto. Creo que empezó a dirigir para que nadie le sobase y destrozase sus palabras y tener cierto control sobre éstas, tal y como hemos visto en sus siempre dignas de mención El juego de Molly (Molly’s game, 2017) y El juicio de los 7 de Chicago (The Trial of the Chicago 7, 2020).

Sorkin construye diálogos muy intensos nacidos de simples anécdotas hasta demostrarnos que no son meras historietas, muy al estilo de Dalton Trumbo y es capaz de teatralizar una escena encerrando las palabras en un escenario y haciéndolas que no tengan sentido fuera de ese espacio, tal y como hacía George Axelrod, lo cual nos habla de que el cine sin martillos, tipos verdes, multimillonarios con exoesqueletos de aleaciones imposibles y público de cociente intelectual bajo mínimos existe y tiene futuro en esa industria que a veces arriesga componiendo historias para gente que disfruta reflexionando tras la visión de la cinta.

Muy digna de ser paladeada y no sólo vista.

Se puede ver en Amazon Prime. Os dejo un tráiler:

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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