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La redención de Don Juan 2/2

La redención de Don Juan por Katy Villagrá Saura

Byron escribe su extensísimo poema Don Juan de 1818 a 1823, que no llega a acabar por su prematura muerte. Las aventuras de este Don Juan comprenden solamente los primeros años de juventud del seductor en Sevilla, Grecia, Rumanía y Londres. No llega a haber, por tanto, ni muerte ni enfrentamiento con el más allá. Más que una auténtica versión del mito, Don Juan le sirve a Byron como mero pretexto para dar su opinión sobre distintos temas: desde la invectiva literaria o política, hasta desahogos personales contra su mujer o Lady Caroline. Este Don Juan tiene un papel amoroso pasivo: no conquista; más bien, se deja querer. Su éxito radica en su sola presencia, irresistible para las mujeres. El libro destila por todas sus páginas una sensualidad claramente panteísta: la sexualidad de Don Juan, como la conciencia angustiada del hombre romántico, se ha abierto a la naturaleza. De la sexualidad con conciencia de pecado del Barroco, hemos pasado al hedonismo punitivo del XIII con Don Giovanni a la cabeza, para acabar en un donjuanismo romántico sin ataduras religiosas ni morales. Pensativo, melancólico a veces, seductor y seducido, Byron crea un Don Juan a imagen y semejanza de Byron, de él mismo. Existen en la propia vida del escritor ingredientes donjuanescos que hicieron de él toda una leyenda en este sentido: sus amores adúlteros, libérrimos y escandalosos; su irresistible encanto; sus cínicos desplantes a los convencionalismos sociales de su tiempo; su avidez de aventura, etc. Pido perdón por no contar las aventuras cuasi bizantinas —y muy entretenidas— de este atractivo donjuán viajero; el tiempo nos apremia, como al irredento seductor. Bástenos lo que cuenta Derek Parker en su biografía sobre el escritor: “Su reputación era tal que, cuando anunciaron una vez su nombre en los salones de Madame Stäel, una dama inglesa novelista se desplomó sin sentido”.

El convidado de piedra, de Pushkin (1830) es la única obra sobre Don Juan en la que el comendador no es el padre de doña Ana sino su marido. El autor renuncia a la interpretación clásica de Don Juan como un malvado embaucador de mujeres: ama con tanta pasión a doña Ana que le perdonamos todo y llegamos a identificarnos con su sentimiento amoroso. El héroe de Pushkin encuentra en doña Ana todo lo que había estado buscando sin éxito en las demás. Es sincero cuando dice: “Por largo tiempo fui alumno diligente/ del vicio. Mas, desde que la vi, paréceme que vivo renacido/ Yo, al amarla, amo la virtud/ y por primera vez ante ella yo doblo las rodillas temblorosas”. Falta en la obra de Pushkin un elemento esencial del discurso mítico: la doble cena. La razón de esta ausencia está en que, a pesar del título de la obra, El convidado de piedra, el comendador es ahora invitado por Don Juan, no a cenar sino a guardar la puerta de su viuda mientras ésta se entrega a Don Juan. El amor prohibido arrastra a doña Ana —la viuda— contra su voluntad sin que ella pueda hacer nada por impedirlo. ¡Ah, si yo pudiera odiaros!, llega a confesar a Don Juan. Es la constante lucha de la heroína romántica destinada a redimirlo. Don Juan será castigado sin compasión y sus últimas palabras serán para doña Ana: “Estoy perdido. Es el fi n. ¡Doña Ana, doña Ana…!12 Las palabras de Don Juan no reflejan sólo un último pensamiento de enamorado; manifiestan una llamada de ayuda a aquella que podría interceder. Falta muy poco para que Don Juan encuentre a su virgen mediadora.

Alfred de Musset da una visión romántica y ensalzada del mito en Una matinée de Don Juan (1833). Este autor nos presenta a un Don Juan adolescente, sentimental, “sediento de amor, buscador de la fuente limpia y clara que no llega a encontrar”; un Don Quijote del amor, en busca de algo imposible, que no existe, en palabras del propio autor14. La leyenda de Don Miguel de Mañara, noble sevillano del siglo XVII, influirá en obras como Las ánimas del purgatorio, de Merimée (1834) o Don Juan de Marana o La caída de un ángel, de Dumas (1836). Las ánimas del purgatorio es, sin lugar a dudas, fruto de los muchos viajes que hizo su escritor por España, en concreto, el de 1830 al Hospital de la Caridad de Sevilla, lugar donde fue enterrado Don Miguel de Mañara. Merimée queda fascinado por las leyendas, llenas de imaginación que le cuentan los andaluces. Nace así su particular Don Juan, que él mismo explica al comienzo de su relato, a manera de prólogo: “…sólo Sevilla ha tenido varios Don Juanes —explica Merimée—, pero otras muchas ciudades citan al suyo… Con el tiempo, todas (las leyendas) se han fundido en una sola… Se cuentan de la misma forma la vida de uno y la del otro (Tenorio y Mañara); sólo el desenlace las distingue… Don Juan Tenorio, a quien, como todo el mundo sabe, se lo llevó una estatua de piedra, y Don Juan de Mañara, cuyo final fue distinto… Acaban bien o mal según la sensibilidad de los lectores…” Y continúa: “En cuanto a la veracidad… es indiscutible, y ofenderíamos enormemente el patriotismo provinciano de los sevillanos si pusiéramos en duda la existencia de estos dos bribones… A los extranjeros se les enseña la casa de Don Juan Tenorio, y ningún hombre que sea amigo de las artes ha podido pasar por Sevilla sin visitar la Iglesia de la Caridad… Nuestro cicerone nos contará cómo Don Juan (no sabemos cuál) hizo unas extrañas proposiciones a la Giralda… y cómo la Giralda las aceptó; cómo Don Juan, mientras paseaba, harto de vino, por la ribera izquierda del Guadalquivir, pidió fuego a un hombre que pasaba por la ribera derecha fumando un puro, y cómo el brazo del fumador, que no era otro que el diablo en persona, se estiró tantísimo que cruzó el río y ofreció su cigarro a Don Juan, que encendió el suyo sin pestañear y sin sacar provecho alguno de la advertencia…”

Acaba Merimée diciendo: “Yo he tratado de atribuir a cada Don Juan la parte que le corresponde del fondo común de maldades y crímenes… Me he esforzado en no relatar de Don Juan de Mañara, mi héroe, más que aventuras que no pertenecieran, por derecho de prescripción a Don Juan Tenorio, tan conocido entre nosotros por las obras maestras de Molière y Mozart”15. Hay, en esta deliciosa, entretenida y, a ratos, humorística obra de Merimée varias semejanzas con el Tenorio de Zorrilla: Don Juan de Mañara hace el firme propósito de conquistar a una monja en el plazo de un mes. Sor Águeda, al igual que doña Inés, cae desmayada a los pies del conquistador nada más verle. Consciente de la atracción pecaminosa que le inspira Don Juan, le confiesa: “Habéis derramado la sangre de mi padre, pero no puedo odiaros ni olvidaros. Tened compasión de mí”. Más tarde, a la salida del convento, Don Juan tendrá una horrible visión que le hará cambiar de vida: contempla su propio entierro y su más que probable condenación eterna. A su muerte, después de una vida dedicada a la caridad —aquí Merimée sigue a Mañara—, se le entierra por orden suya con la siguiente inscripción: “Aquí yace el peor hombre que hubo en el mundo”, que es la inscripción que reza en la tumba del verdadero Miguel de Mañara en el Hospital de la Caridad de Sevilla.

Dumas nos ofrece dos versiones igualmente románticas en Don Juan de Marana o la caída de un ángel: la de 1836, en la que el malvado Marana se condena; y la de 1864 —fuera ya cronológicamente del Romanticismo—, en la que el seductor se salva. Se vuelve a ver en Dumas la fi gura de la enamorada redentora que intentará salvar con su amor el alma de Don Juan. Estamos ya muy cerca de la Inés de Zorrilla; así, Marta (la monja que le faltaba a Don Juan en su lista) baja a la tierra en forma de ángel bueno para interceder por Marana (en la obra de Zorrilla, doña Inés sale del panteón familiar para tender la mano a Don Juan). Asimismo, da mil años de bienaventuranza a cambio de un solo día con Marana (doña Inés pone en peligro su alma intercediendo por la salvación de Don Juan). Sin embargo, Marana no llega a enamorarse de su ángel bueno y resulta indigno de semejante amor. El protagonista de Dumas es un canalla que nada tiene que envidiar en maldad a sus predecesores de otras épocas. Como ya veíamos en Hoff mann, su posible salvación no es, en modo alguno, merecida; no la debe a sus virtudes sino al amor, merecido o no, de una mujer, que actuará de mediadora entre el cielo y Don Juan. Por otra parte, como ya se ha dicho, la crueldad del Don Juan de Dumas no contradice en absoluto su naturaleza de héroe romántico —recordemos a don Félix de Montemar, segundo Don Juan Tenorio, protagonista de El estudiante de Salamanca—. Estamos en el Romanticismo, donde el amor es el Dios supremo y, además, tiene apellido de mujer, de Virgen mediadora. Veamos cómo Marta confiesa su amor a Don Juan: “Te he amado, Don Juan, estando loca; siendo ángel, te he amado. Y te estoy amando muerta”.

En la edición de 1836, Marana morirá impenitente. De nada valdrán los ruegos de Marta para que se arrepienta: “Eva —le dice Don Juan— no era tan hermosa como tú y Adán perdió el Paraíso por ella”. Sin embargo, en la edición de 1864, don Juan se salva. ¿Influencia, tal vez de nuestro Don Juan Tenorio? En la escena final, Don Juan se enfrenta no al comendador (Dumas prescinde de este personaje) sino a los fantasmas de sus víctimas. Uno lo hiere de muerte y, entonces, cuando los otros fantasmas intentan llevarse al moribundo, llega Marta, lo exhorta a arrepentirse y detiene las manecillas del reloj (en el Tenorio, aparece un reloj de arena). En el último instante, Marana exclama: “¡Perdóname, Dios mío!” Ha triunfado el ángel de amor, el ángel bueno de Marana, su fiel enamorada.

Don Juan Tenorio (1844) se inscribe dentro de la atmósfera romántica que le tocó vivir y sobre todo leer al joven Zorrilla. Don Juan ocupaba un lugar tan privilegiado en esa atmósfera de pasiones, que era muy extraño que a don José no le hubieran llegado los ecos de sus conquistas europeas. Otra cosa es que nuestro autor se nos muestre coqueto y finja ignorancia en sus Recuerdos del tiempo viejo. El éxito del Don Juan de Zorrilla quitará de la cartelera de aquel tiempo al Don Juan de Zamora, No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y convidado de piedra, que religiosamente se representaba todos los noviembres hasta la llegada del Tenorio.

Zorrilla ya se había interesado por Don Juan en dos de sus leyendas: El capitán Montoya y Margarita, la Tornera, escritas en 1840. Él mismo reconoce que son “claros esbozos de su Don Juan Tenorio. En estas leyendas va dando forma, perfi lando, a su Don Juan. El capitán Montoya es descrito ya con los dos rasgos que mejor defi nirán al Burlador: su satanismo y su misterioso poder de seducción con las mujeres. La enamorada del capitán es un claro antecedente de la Inés del tenorio: es monja, se llama también Inés y trata de salvar el alma de su enamorado. Destaquemos por su belleza, las dulces palabras que le dedica doña Inés a Montoya. Éste cree contemplar su propio entierro y en esos momentos escucha una conocida voz que le susurra: “Sí, te conozco, mi bien. / Abre, ¿qué tardas?, partamos; / Yo soy tu amor, soy tu Inés”. La conversión fi nal del protagonista, que se hace monje tras contemplar su propio funeral, acerca esta obra a la leyenda de Mañara. El protagonista de Margarita, la tornera se llama Don Juan y hace honor a su nombre: es bravucón, jugador, mujeriego y blasfemo; y en su rostro, siempre se dibuja una sonrisa diabólica. Zorrilla incluye una escena fantástica en la que los fantasmas acosan a Don Juan. De esta leyenda, copiará Zorrilla más de 30 versos, que se incorporarán, con leves variaciones, a la 1ª parte de su Don Juan Tenorio.

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La redención de Don Juan

Katy Villagrá Saura

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