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El arte del tallado: del modelado de las manos

El arte del tallado: del modelado de las manos por Alicia Escart Arias

La historiografía ha considerado que el primer ejemplo de autorretrato en la escultura pertenece al artista Bak, escultor personal del faraón egipcio Akhenatón. Hacia 1365 a.C., éste tuvo la osadía de realizar una estela en la que aparecían él y su esposa Taheri. Pero dejemos este dato para más adelante y hagamos un ejercicio de reflexión… Resulta casi imposible hacer un estudio del autorretrato en este terreno sin recabar en las primitivas imágenes de períodos prehistóricos que gracias a los estudios pormenorizados de arqueólogos y antropólogos, entre otros, tenemos la oportunidad de contemplar en nuestros días.

Así, si indagamos un poco en las manifestaciones encontradas tanto en arte mobiliar como en rupestre, sin entrar en la calidad o técnicas, podemos observar aquellas fi guras humanas de bulto redondo, conocidas como venus, pertenecientes al período gravetiense, que formaban parte del círculo próximo de la persona que la tallaba. Todos hemos visto estas estatuillas de las que tan solo nos han enseñado a catalogar cronológicamente, saber mirar sus formas, la técnica utilizada y el material, e incluso a querer buscarle un sentido, un motivo para su hechura, pero que después de las más novedosas investigaciones, no se puede concretar nada sobre ellas.

Estas venus, se muestran con formas voluminosas, exagerándose sus atributos femeninos, como podemos observar en la Venus de Willendorf, encontrada a orillas del Danubio a principios del siglo XX. Sus pechos son de gran tamaño, sus muslos, su vulva, el abdomen, e incluso las caderas, presentan una apariencia redondeada, casi de manera desmesurada.

De si estas figuras antropomórficas quizás fueran un amuleto, representaciones de la actual belleza, o de si hace referencia a cualquier tipo de fetiche para la fertilidad, no es el asunto que ahora nos ocupa. Sobre ellas, está claro que no se sabe el fi n de su creación, sólo hipótesis sobre fecundidad, o cánones de belleza, pero en definitiva y desde el punto de vista a tratar, son la representación de una mujer. Cuando la miramos con el propósito de entender su creación, e intentamos trasladarnos a la época, todos nos imaginamos a esos hombres rudos, vestidos con pieles, provistos de los utensilios necesarios para tallar dicha escultura. Hace tiempo que me hago una pregunta; desde que se tiene conocimiento de la existencia de estas estatuillas, se piensa en la mano del hombre como tal, como género masculino, para encontrar la explicación de las mismas. Pero, ¿y si la persona que la hubiese tallado fuera una mujer? Si fuese así, todo cambiaría, tal vez porque quizás sólo sea la representación de una mujer vista desde otra mujer.

La historia hace mención a la escasez de autorretratos femeninos en comparación con los masculinos, porque un corto número de mujeres se dedicaron a las Artes en esa sociedad patriarcal, relegándolas a la fecundidad, el placer, la maternidad y los trabajos domésticos, y excluyéndolas de la cultura. Mas, ¿quién nos dice que la venus de Willendorf no está realizada por ella misma y estemos ante un posible autorretrato? Para algunos, sin olvidar que este siempre ha sido un mundo de hombres, es imposible, una verdadera sandez, y para otros una posibilidad más, otra hipótesis tan válida como las demás. Mi hipótesis. Volvamos a la escultura egipcia de Bak y centrémonos en la que realmente se conoce como el primer autorretrato en el campo de la escultura.

Realizada en altorrelieve, en ella podemos observar al matrimonio en posición hierática, guardando la ley de la frontalidad, y con una clara isocefalia, sin jerarquía alguna. Teniendo en cuenta que se enmarca en el período de Amarna, de la dinastía XVIII, esta representación recordaría a épocas anteriores, al Imperio Antiguo. Tan solo hay un resquicio en el que se ve la similitud a dicho periodo, y es la forma abultada del abdomen de Bak.

Observándola, cabría preguntarnos qué motivación o finalidad llevó al artista a reflejarse junto a su esposa en una estela, seguramente mortuoria, reservada sólo a los faraones y su familia y que con el paso del tiempo fue extendiéndose a sacerdotes y altos dignatarios. ¿Sería un afán de ostentación? Puede ser, pero lo que es obvio es que estas personas eran del círculo del faraón y que tenían su permiso para dejarse inmortalizar de tal manera. En esta cultura en la que se le tenía gran respeto, y por qué no, miedo a la muerte, el escultor de Akhenatón tal vez con la hechura de esta lápida se sintió inmortal, a la altura de su venerado rey.

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Alicia Escart Arias

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