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Bruno Vepkhvadze Georgia on my brush

Bruno Vepkhvadze Georgia on my brush por Pilar Cañibano y Carlos Ibañez

El pintor georgiano Bruno Vepkhvadze nació el 20 de febrero de 1986 en la ciudad de Tbilisi y es el representante de la cuarta generación de una dinastía de artistas con largo pasado pictórico. Inició la saga el bisabuelo Iván (1888-1971), que se convirtió en el artista nacional de Georgia, y su hijo Alexey (1921-1982), reconocido pintor, ganador del premio estatal. Su nieto Iván (1949- 2016), que adopta el nombre italiano de Giovanni, ha continuado con la artística tradición familiar, la pintura, y le ha pasado el testigo a su hijo Bruno. Además de los conocimientos pictóricos Giovanni le ha transmitido a su hijo el amor a su país, a la tradición, y la pasión por el mundo clásico, en especial por toda la cultura italiana, incluido el nombre propio, Bruno.

Desde su infancia, Bruno se interesó por el dibujo y de 1993 a 1996 estudió en la escuela de Arte Infantil. En 2002 viajó a Italia como traductor, formando parte de una delegación georgiana.

En 2003, después de graduarse en el instituto, vuelve a dedicarse a la pintura bajo la dirección de su padre, Giovanni, y prepara el ingreso en la escuela de arte. Superadas las pruebas de admisión, se matricula en el tercer curso de la facultad de pintura de la escuela de arte de Tbilisi.

Al estudiar en la escuela, forma parte de la Asociación de artistas georgianos. En 2005, presenta el cuadro Jerusalén liberada como prueba final de etapa, y en 2006 se convierte en miembro de la Unión de artistas de Georgia. Finaliza sus estudios en la Academia de las Artes de Tbilisi en 2009, y ese mismo año realiza su primera exposición personal. Las obras de arte de Bruno Vepkhvadze se encuentran en colecciones privadas, en países como Georgia, Italia, Estados Unidos, Francia, Rusia, China, Singapur, Turquía e Irán.

Bruno Vepkhvadze: Mi trabajo, mi profesión, podría defi nirse con un gran don de la vida, un regalo que me permite sentirme útil: para mi familia, para mi país, y para todos aquellos que contemplan mis obras. Esta labor ensancha mi vida haciéndola más interesante, permitiéndome viajar a través del arte en el tiempo, y conocer distintos mundos, desde las montañas georgianas hasta la Antigua Roma, diversas culturas e historias. En resumen, una verdadera fortuna.

R.A: ¿Con qué etiqueta de las que le colocan se siente mejor definido? ¿Realista, hiperrealista o, simplemente, alguien que traslada la belleza que ve o que imagina hasta convertirla en Arte? B.V: He escuchado muchas definiciones diferentes sobre mi estilo, como hiperrealismo, fotorrealismo, academicismo, neoclasicismo, etcétera. Pero prefiero simplemente llamarme realista, porque es un término más común, que me asocia, de esta manera, tanto con mis antepasados pintores, como con célebres artistas del pasado a los que admiro. Soy un realista que transmite la belleza sobre el lienzo, porque para mí la parte estética es fundamental. R.A: Su pintura ¿se apoya más en la recreación onírica o en la realidad? B.V: La fantasía y la realidad son dos componentes necesarios, sin los cuales difícilmente compondría una obra en mi estilo. La fantasía es el inicio, aquello que te empuja a crear una obra nueva, pero para realizarla técnicamente, necesitas la realidad, objetos, disfraces, modelos… La imagen es como un ser humano, que requiere del alma y la materia.

R.A: ¿Cuáles son sus influencias? ¿Incluye a su familia? B.V: El factor familia ha sido fundamental para mi elección profesional. Me convertí en pintor como mis antepasados, y al igual que ellos, un pintor realista. Sin embargo, los cuatro somos diferentes, desde el estilo y el tema. Hemos vivido diferentes épocas y cada una con sus distintas e inmediatas influencias; como, por ejemplo, mi bisabuelo y mi abuelo, que fueron representantes del arte soviético. Mi padre fue un gran amante de la época del Renacimiento. En cambio, yo, que soy de otro período, vivía en los tiempos de Internet, descubrí el arte neoclásico, el arte del siglo XIX, y esto me influyó más. R.A: Es pintor, está claro, pero con respecto a las diferentes artes ¿hay alguna otra que le subyugue en particular, como espectador o simplemente como disfrute? B.V: Si no hubiera sido pintor, me gustaría haber sido escultor, es lo que más me atrae después de pintar. En la historia del arte conocemos pintores que hicieron hermosas esculturas y escultores que pintaron, pero la vida moderna en estos tiempos es diferente a la de los siglos pasados, y parece difícil tener éxito. También me apasionan las corazas de caballos del medievo, que se encuentran en muchos museos y castillos de Europa. En mi tiempo de ocio disfruto haciendo alguna armadura medieval.

R.A: ¿Y sus artistas favoritos, tanto en pintura como en otras artes, escultura, literatura, etcétera? B.V: Entre mis pintores favoritos, citaría a Jean-Leon Gerome, Edmund Blair Leighton… No sólo por el estilo sino también por el tema, ya sea el clásico grecorromano o el oriental. Pero también muchos de sus contemporáneos, tantos… que no podía mencionarlos a todos. En la escultura, sin duda, el retrato romano, tantos trabajos realizados con increíble maestría. Cuando miras esas caras romanas, sin conocerlas, estás seguro de que existe un gran parecido no sólo en el aspecto físico, sino también en el carácter de la persona representada. R.A: Su estancia en Italia, ¿qué le ha aportado en su pintura? ¿Y en su forma de ver el arte? ¿Y en su forma de vivir? B.V: Cuando visité Italia todavía no pintaba, estaba estudiando en el instituto. Pero conocí su arte, literatura, cinematografía e historia en mi casa gracias a mi padre. Todo esto ha determinado mi futuro, mi vida y mis intereses que, a veces, se expresan en mis obras.

R.A: Entre sus obras encontramos animales, especialmente preciosos caballos. ¿Tiene que ver con la cultura de su país? ¿De dónde procede su amor por este animal? Creemos que le encantarían los caballos que pinta Augusto Ferrer-Dalmau, con parte de su obra en el museo de Arte de su ciudad; amigo, por cierto, de Revista Atticus. B.V: Creo que, para transmitir la belleza de los animales, el caballo es el mejor ejemplo. No es casual que en muchos países diferentes sea uno de los animales más queridos, que simboliza la prosperidad, la riqueza, la nobleza y el poder. Incluso en mi país el caballo siempre fue reverenciado. Aquí, en la Edad Media había muchas granjas de crianza de caballos de raza georgiana, que, a menudo, se usaban para la caballería pesada, con un estilo de lucha muy similar a la de Europa. Los caballos que pinto, sin embargo, son diferentes, modernos, y representan más el lujo que a un tanque del pasado.

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