Comparte esto:

" /> Una casa de otro tiempo | Revista Atticus

Una casa de otro tiempo

Una casa de otro tiempo por Àngel Comas

La casa estaba en pleno centro de Valladolid, en el casco antiguo, tocando a la plaza Mayor, a tiro de piedra de la iglesia conventual de San Pablo, a un par de minutos de la plaza del Coso… El Pisuerga no quedaba demasiado lejos; en la ciudad nada queda demasiado lejos. La calle hacía años que la habían hecho peatonal, pero no vieron en ella a casi nadie, al menos en estos momentos. El silencio era tan clamoroso, tan ensordecedor incluso, a aquella hora del día, que te preguntabas si te funcionaban bien los oídos. Ni siquiera se oía el ruido de los autobuses ni de los coches que pasaban a pocos metros por la calle de al lado. Parecía como si las casas que quedaban de otros tiempos actuasen como pantallas cortarruido.

La fachada les recordó la de aquellos viejos palacios de la rica burguesía de dos siglos atrás, aquellos que se construían con aires de modernismo catalán en unos momentos de auge de la ciudad, cuando corría dinero fácil entre los poderosos. Todavía quedaban algunos palacios más en aquella zona, unos cuantos heroicos supervivientes de aquella continua especulación que todavía no había cesado. Pero cada vez había menos, ahora los palacios se derribaban y eran substituidos por caros apartamentos y, como muestra del cambio, vieron una vieja iglesia con el cartel de vendida y con el añadido de «inauguración en breve de la discoteca Kamikaze». Eran otros tiempos, incluso para ellos dos que eran jóvenes.

La casa estaba rodeada por un muro, pero una mirada al interior por la reja que servía de puerta les descubrió un pequeño patio ajardinado y parcialmente porticado. Tenía un estilo encantador, pero ya pasado de moda. El cartel que les había llamado la atención estaba pegado a la puerta y no dejaba lugar a dudas: «Se alquila una parte de esta casa a pareja joven sin hijos y sin animales de compañía. Razón aquí». —¿Entramos a preguntar? —dijo ella con ojos de quien todavía no ha perdido las ilusiones, y que adornaban una cara, digamos que agradable, de buena persona, pero nada especial, igual que la de muchas otras mujeres. No llegaba a los treinta, era alta y bien formada, con un cuerpo de los que persiguen los hombres en celo. En eso sí que destacaba. —Será muy caro, ya lo verás —dijo él con ojos de escéptico experimentado. Tampoco llegaba a los treinta. Llamaba la atención porque medía casi dos metros y por una barba cerrada que se había radicalizado después de resistir afeitados intensos y le dejaba media cara como pintada de negro. Era un hombre atractivo. Los dos formaban, lo que se dice, una buena pareja. Hacía dos años que se conocían y dos años menos un día que empezaron a amarse intensa y violentamente. Sentían una pasión irrefrenable el uno por el otro, necesitaban amarse a todas horas, siempre, necesitaban huir de todo el mundo, desnudarse y hacer el amor sin respiro. Y lo hacían siempre que podían, buscando cualquier oportunidad para quedarse solos. Por ello, hacía seis meses que habían decidido emanciparse de sus familias sin dejar la ciudad en que habían nacido y en la que se sentían tan a gusto. Él era funcionario administrativo del ayuntamiento, ella enfermera de la Seguridad Social y, juntando los dos sueldos, estaban convencidos de salir adelante. Todo valía para tener un refugio para el sexo. Nunca llegaron a preguntarse si su deseo sexual tan intenso sería suficiente para vivir juntos toda la vida, pero, de hecho, no les importaba en absoluto. Formaban parte de una generación hecha para vivir en lo inmediato.

Llamaron al timbre dos veces. Nadie respondió. A la tercera, se abrió un pequeño porticón que no habían visto antes, en mitad de la puerta, y apareció la cara y parte del cuerpo de una señora que ya no cumpliría los ochenta. A ella, aquella mirada le recordó la del ama de llaves de Rebeca pero mucho más anciana y con otras ropas. El no era cinéfi lo y simplemente pensó en una señora de edad a la antigua. Soportaron un molesto escrutinio antes de que fi nalmente les abriera la puerta —Venimos por lo del anuncio —dijo ella algo amedrentada. Cuando les hizo pasar al patio, se dieron cuenta de que vestía con ropas al estilo de al menos un par de siglos atrás, un vestido oscuro, sobrio, cerrado herméticamente desde el cuello hasta los pies, igualito al de las grandes señoras de las series de TVE de las sobremesas. Su rostro era alargado y enjuto, sin maquillaje ni joyas, el pelo recogido. A los dos les pareció una señora amable pero algo estirada, un poco altiva, quizá algo desdeñosa. Después de unos minutos inspeccionándoles a conciencia les hizo entrar y sentar en un banco del patio, bajo un porche. Se estaba bien en aquel patio. La señora se quedó de pie, casi inmóvil, en una pose parecida a la de la pequeña estatua que parecía vigilar una fuente de la que manaba agua sin cesar. Sus rostros eran casi iguales.

—Veo que habéis notado el parecido. Es una estatua de mi abuela. Habló sin gesticular, moviendo solo los labios, sin mirarles a los ojos, como si recitara una lección bien aprendida. —Me veo obligada a alquilar una parte de esta casa. Las exigencias del ayuntamiento me están matando. Si llegamos a un acuerdo en el alquiler os cedería la parte de arriba. Con sorprendente agilidad, les mostró la parte de la casa que les ofrecía. Él y ella se miraron y sonrieron. Era perfecta. Tenía de todo, lo que ellos dos siempre habían soñado. Un par de habitaciones, amuebladas a la antigua eso sí, un cuarto de baño con una enorme bañera, una sala de estar de grandes dimensiones con un moderno televisor y una cocina comedor. Todos los suelos estaban cubiertos por gruesas alfombras y las ventanas protegidas por pesados cortinajes, todo de color oscuro y adornado con tupidos dibujos que no supieron ver lo qué representaban. Había radiadores de calefacción. Para su gusto todo era demasiado recargado, hasta opresivo, pero les excitó la posibilidad de hacer el amor en aquella cama tan enorme… o en el suelo alfombrado tan mullido. La señora no debió captar sus pensamientos. Iba a la suya.

—Lo único que pido es tranquilidad, silencio… por eso no quiero niños, ni perros, ni gatos… – y anticipándose a la inevitable pregunta, esbozó una sonrisa por vez primera – claro que pueden traer amigos, faltaría más… pero siempre respetando mi tranquilidad. Tendrían que hacer mucho ruido para que les oyera desde mi parte de la casa…, además aquí las paredes son muy gruesas, no como las de ahora. No les enseñó su parte de la casa, sólo la indico con un gesto. Desde la ventana vieron que quedaba al otro extremo del patio. Acordaron el precio, algo caro, pero que con un poco de sacrificio podrían pagarlo. Aceptaron darle todas las garantías que les pidió, avales, certificado de trabajo, cuentas bancarias… las acostumbradas. El contrato sería, como era habitual de dos años renovables de común acuerdo. Se mudarían a la semana siguiente, tiempo suficiente para comunicarlo a sus familias.

—Y también quiero, exijo, que no hagan reformas, que dejen todo tal como está. Si quieren hacer alguna modificación, me lo dicen y hablamos. Piensen que este palacio tiene más de doscientos años y apenas se ha modificado, ha sido siempre de mi familia y quiero que siga igual… hasta que yo falte. Sus padres les hicieron las advertencias de rigor, id con cuidado, pensad dónde os metéis, que quién era aquella mujer, no os fieis, que si esto, que si aquello… sabiendo que no se les podría detener. Solo hacía falta mirarles para ver que se querían y que estaban decididos a vivir juntos. De momento parecían muy enamorados, después ya se vería. Los padres sabían que el amor más grande puede deteriorarse por la convivencia. Ellos todavía no. Solo llegar al piso, no pudieron aguantar más y se pusieron frenéticamente a hacer el amor en seguida que la señora les dejó solos. Luego se pusieron a colocar sus cosas en sus sitios.

Se fijaron en la gran cantidad de lienzos y fotografías que llenaban todas las paredes. Eran retratos de hombres y mujeres o de parejas que iban desde épocas pasadas, muy pasadas, hasta la actual. Los marcos eran señoriales. Algunas pinturas y fotografías debían valer una fortuna. No reconocieron a nadie. Cuando se lo comentaron a la propietaria en la cena de bienvenida con que les obsequió, fue muy escueta. —Parientes y amigos. Todos durmieron en vuestra habitación. La cena fue excelente, sobria, muy bien cocinada, sabrosa… pero lo mejor fue el vino. —De las bodegas de mi familia. Debe tener más de cien años. Celebro que os guste. La señora y ella no bebieron, eran abstemias. Él se puso las botas y al final estaba tan achispado que no se tenía en pie. Las dos mujeres le ayudaron a subir a la habitación y a tenderse en la cama. Después, la señora les pidió permiso para hacerles una foto a los dos juntos. —Espero poneros junto a las de mis otros amigos. Solo pongo a quienes lo merecen. El vino no impidió que volvieran a hacer el amor, parecía actuar como un afrodisíaco contagioso porque ella ni lo había catado. En seguida que acabaron, ella se puso el uniforme de enfermera y le dejó durmiendo plácidamente. Aquella noche tenía guardia.

Se cruzó con la señora que estaba leyendo en el patio y pareció contrariada —Me habría gustado que hubieras pasado la noche en casa. Es la primera. —A mí también, pero hoy trabajo. He de irme. Dormiré durante el día. Salió por el pequeño porticón y, aquella noche, el trabajo se le hizo interminable, tenía unas ganas locas de volver al piso. A las siete de la mañana volvió a su nueva casa, impaciente, él todavía no habría salido y tendrían tiempo para hacer el amor. Sorprendentemente, la llave que le había dado la señora no encajaba en la cerradura. No se alarmó y tocó el timbre. Al cabo de unos minutos se abrió el porticón y apareció el rostro y medio cuerpo de una señora. No era la misma que les había alquilado el piso. —Aquí solamente estoy yo con mi marido. No sé de que señora me habla. Yo nunca he alquilado ningún piso. —Pero, mi pareja está arriba durmiendo. Yo dejé mis cosas en la habitación. Le juro que es verdad. —Mire señorita, no puedo perder el tiempo. Váyase. Y le cerró el porticón.

Fue a la policía y no la creyeron. La tomaron por loca. Estaba desesperada. Habló con sus padres, con sus suegros, con amigos. Los papeles del arrendamiento se habían quedado en el piso. No tenía ninguna prueba de nada. Su pareja no había acudido al trabajo y no sabía por dónde buscarle. Finalmente, a través de un amigo consiguió un contacto. Era un renombrado ladrón profesional que, por una módica cantidad, se ofreció a hacerla entrar en el piso. Habían pasado varios días, no demasiados. Aprovecharon el momento en que salió la señora que le abrió la puerta. Entraron, reconoció el patio y subió corriendo las escaleras hasta la habitación que les habían alquilado. No había nadie ni parecía que hubiese habido nadie durante los últimos tiempos, incluso había algo de polvo. Buscó infructuosamente alguna huella que probara su presencia, sus bolsas de viaje, ropas… nada, como si nunca hubiesen estado allí. Los retratos de las paredes parecían mirarla con sorna. Se fijó en el del extremo más alto y se le heló la sangre. Era la fotografía que les había hecho la señora, pero solamente estaba él. Ella había sido borrada con mucha habilidad. Meses después, el palacio fue derruido por completo. Ahora en aquel solar hay un gran edificio de lujosos apartamentos.

Esta publicación sobre Una casa de otro tiempo por Àngel Comas esta publicado en Revista Atticus 37

Puedes seguir leyendo el articulo en el siguiente enlace:

Una casa de otro tiempo

Àngel Comas

Revista Atticus

No Comments Yet

Comments are closed

Suscribete

Copyright ©2017, Revista Atticus

Siguenos
  • Facebook
  • Twitter