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Nunca hubo una mujer como Rita

Nunca hubo una mujer como Rita por Àngel Comas

Nunca hubo una mujer como Rita. Este fue el slogan de la película que convirtió a Rita Hayworth (18 de octubre de 1918 – 14 de mayo de 1987) en estrella de la noche a la mañana: Nunca hubo una mujer como Gilda (1946) y se le quedó pegado a su carrera posterior de gran luminaria de Hollywood. Fue una imagen que le persiguió durante las veintiuna películas que protagonizó después del fi lm noir mitológico que rompió todos los esquemas de la tradicional femme fatale. Había sido morena y muy latina en sus treinta y nueve películas anteriores, no en balde se llamaba realmente Margarita Carmen Cansino, nacida en Brooklyn, pero con padre (Eduardo Cansino) bailarín español, de ascendencia sefardita y con raíces en Sevilla y Madrid. Ella actuaba son su padre desde muy niña, ocupando el puesto de pareja de baile que había dejado su tía Elisa, y actuando principalmente en México porque las leyes de California impedían que una menor (tenía catorce años) actuara en sitios donde vendiesen alcohol. No colaba que la niña hubiese madurado espectacularmente hasta el punto de que muchos espectadores pensaban que aquella pareja de bailarines era matrimonio, hecho que fomentaba su propio padre. Rita le confesó años más tarde a Orson Welles que su propio padre la desvirgó y que abusó sexualmente de ella durante muchos años.

Años más tarde, aquella morena latina –muy al gusto de Hollywood de entonces– se tiñó de rubio para componer a la mujer fatal por excelencia de la postguerra dándole a su rostro la expresión justa de devoradora de hombres que la hizo merecedora de la bofetada más célebre de la historia del cine propinada por quien después sería su gran amigo Glenn Ford. Decían las mentes calenturientas españolas de los años cuarenta que aquella bofetada hacía caer el ajustado vestido negro de satén, lo que era imposible porque estaban tan pegado a su escultural cuerpo como si fuese una segunda piel. Hizo famoso su escote sin tirantes (que luego se conocería como el escote Gilda). A los setenta y tres años de su realización, el fi lm todavía no ha perdido su pulsación erótica. Aparte de ella, Gilda sigue siendo una de los film noir más representativos de aquel movimiento cinematográfico, que muchos denominan género.

Una vida de cine

Para bien y para mal, sus cinco matrimonios tuvieron una importancia capital en la vida y la carrera de Margarita que primero acortó su nombre para llamarse Rita Cansino y después se inspiró en el apellido de su madre, Haworth, para su definitivo nombre artístico. Pasó al cine cuando la descubrió a los dieciséis años bailando en el Caliente Club de Tijuana, un directivo de la Fox. El 29 de mayo de 1937, Rita se casa con un tal Edward C. Judson, veinticinco años mayor que ella que le hizo de Pygmalion. Primero la desmarcó de su encasillamiento como belleza latina y la convirtió en una despampanante pelirroja, consiguiéndole un contrato con la Columbia. La sometió a una cura de adelgazamiento y a una electrólisis consiguiéndole así otra imagen más acorde con los gustos de Hollywood. Judson le presentó a Howards Hawks que la dirigió en Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings) y allí nació la gran estrella. Judson la hizo posar ligera de ropa, como complemento a su trabajo como actriz en diversos estudios. De aquella etapa hay que destacar la nueva versión de la obra de Blasco Ibáñez, Blood and Sand (Sangre y arena, Rouben Mamoulian, 1941) junto a uno de los máximos galanes de entonces, Tyrone Power.

Antes de separarse de Judson en 1943, y ya convertida en una gran estrella, Rita triunfa junto a Fred Astaire en You’ll Never Get Rich (Desde aquel beso) y en You Never Were Lonely (Bailando nace el amor), ocupando el lugar que había dejado Ginger Rogers. Al separarse de Judson declaró: “Me casé con él por amor, pero él se casó conmigo para hacer una inversión”. Entonces no dijo que se había casado para liberarse de la tutela de su padre, lo que no evitó que cayera en una de pendencia aun peor. Después reafi rmó su condición de gran estrella del musical con Cover Girl (Las modelos, Charles Vidor, 1944), una indudable precursora de Singing in the Rain (Cantando bajo la lluvia, Stanley Donen y Gene Kelly, 1952). Fue entonces cuando, ya libre de ataduras por primera vez, vivió una intensa aventura con Victor Mature, entonces uno de los galanes más cotizados de Hollywood, asediado por todas las mujeres por sus enormes atributos sexuales de los cuales solía hacer gala. Cuentan que cuando le recibía alguna fémina solía colocarlos ostensiblemente sobre la mesa del despacho, o donde fuese, para que se notaran. Para Rita, igual que para muchas mujeres, Mature sólo fue una ardiente aventura. Cuando se aplacaron sus ardores, conoció y se casó con un genio, Orson Welles

La convivencia imposible con el “genio” de Hollywood

La relación de Rita con Orson fue muy parecida, salvando las distancias, con la que vivieron años más tarde, Marylin Monroe y Arthur Miller. Ellas buscaban la intelectualidad, ellos la belleza. Era como intentar unir una imposible utopía, el talento con la belleza. La prensa dijo que eran “La bella y el cerebro”. Ninguna de las dos matrimonios acabó de funcionar. Orson Welles tenía tres años más que Rita y era el enfant terrible de Hollywood. Había deslumbrado con Citizen Kane (1941, El ciudadano Kane) y The Magnificent Amberson (1942, El cuarto mandamiento), había enfurecido a la industria y había cambiado para siempre la tradicional narrativa cinematográfica. Es tan difícil la vida con un genio que el matrimonio acabó como el rosario de la aurora y la relación tuvo su punto álgido en la única película que la dirigió Orson, The Lady from Shangahi (rodada en 1946 pero estrenada en 1948, La dama de Shanghai), que más que una película es como una venganza personal. Deliberadamente o no, todo hace pensar que Welles trató de destruir su imagen como estrella, hizo que le cortaran su espléndido pelo y que se lo tiñeran de rubio platino y le escribió un personaje odioso, tan “veneno de taquilla” que Harry Cohn, el propietario de la Columbia, no la quiso estrenar y la reservó para después de que Welles y Rita se separaran y ella hiciese la gran película de su carrera, Gilda (1946. Charles Vidor). Rita se consoló sexualmente con el cantante Tony Martin quien después se casaría con Cyd Charisse. Con Welles tuvo una hija, Rebecca. Vista en perspectiva, y dejando aparte estas consideraciones sobre las malas artes de Welles, La dama de Shanghai sigue siendo una gran película que lleva el sello inconfundible de Orson Welles, está en ella toda su imaginación e inventiva. A pesar de todos los pesares, Rita siempre dijo que Orson fue el gran amor de su vida.

Gilda, una bomba erótica lanzada en el atolón de Bikini

Rita tenía entonces veintiocho años y Gilda fue su película número cuarenta y cinco. Ya era una gran estrella pero Gilda la convirtió en mito, consolidando su condición de perturbador símbolo erótico. Se estrenó en Los Angeles el 27 de mayo de 1946 y en España el 23 de diciembre de 1947, en el Callao de Madrid. y en el Coliseum de Barcelona, después en todo el país. Aquí fue un gran escándalo y todavía hoy día no puede explicarse cómo la censura franquista autorizara su estreno porque tal como escribió Gómez Tello en la revista Cinema, “el único objetivo del film era la exhibición de los encantos de Rita (…) sin prácticamente cortes, con aquellos hombros desnudos y todo su encanto erótico”. Igual que en todo el mundo, en España tuvo un éxito fabuloso, en aquellos tiempos de férrea censura, un éxito al que indudablemente contribuyó la pastoral del obispo de Canarias, de la que se extrae este fragmento: “Enterados con profundo dolor de nuestra alma de que durante estos últimos días se ha venido proyectando en el Cine Cuyás de Las Palmas la película Gilda, gravemente escandalosa; ante las noticias que a Nos nos llegan de que existe el propósito de exhibirla en otros cines, tanto de pueblos como de la capital, velando por atajar el gravísimo mal espiritual que amenaza a muchas almas de nuestros ciudadanos, y en cumplimiento de uno de los más sagrados deberes de nuestro cargo pastoral, prohibimos la dicha película Gilda y os amonestamos, amadísimos hijos, haciendo saber a los empresarios que no la pueden exhibir, y a los fi eles que no podrán presenciarla sin gravar su conciencia con pecado mortal. Si alguno hubiera que se mostrara rebelde, sepan que habrán de dar cuenta de su conducta ante el Tribunal de Dios”.

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