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Jean-Pierre Melville

Jean-Pierre Melville por Àngel Comas

Se llamaba en realidad Jean-Pierre Gumbauch y estaba considerado como el más norteamericano de los directores franceses de su época, años 50 y 60 del pasado siglo. Se cambió el apellido como homenaje a Herman Melville, el autor de Moby Dick, quizá su obra de ficción predilecta. Sentía una auténtica fascinación por la cultura (cine y literatura) norteamericana y en la mayoría de películas que aparece como actor se le reconoce por su look made in USA copiado de personajes normalmente fuera de la ley del film noir de los años 40: sombrero Stenson de esos que todavía se ven en las grandes y pequeñas ciudades del Viejo Oeste en los estados de Texas, Arizona o Nevada; grandes gafas de sol, chaqueta clara con corbata. impermeable y un cigarro puro como complementos. Conducía un enorme Cadillac, bebía Coca Cola y escuchaba La Voz de América.

Sus películas tienen resabios de aquellos films baratos de serie B de John Huston, Howard Hawks, Jules Dassin, Jacques Tourneur, Richard Fleischer o Anthony Mann, un género menospreciado que acababa de ser puesto en los altares por algunos intelectuales franceses, convirtiéndolo en modelo a seguir. Jean-Pierre Melville los adoraba, pero su obra es rabiosamente francesa, aunque se le noten esas influencias. No imita ni mucho menos aquel cine norteamericano, pero lo tiene en cuenta. Cuando decidió hacer cine, intentó infructuosamente entrar en el oficio como ayudante de director, pero al no conseguir la licencia oficial del sindicato se lanzó a hacerlo por su cuenta. Jean-Pierre Melville fue siempre un marginado porqué él quiso serlo, fue uno de los ilustres francotiradores del cine francés que nunca se plegaba a los gustos ni a los estilos de su país, como Godard, como Bresson. El siempre iba a la suya y, analizando la mayoría de sus films, se vislumbra en seguida que no se parecen en nada a los de sus contemporáneos y que, desde un punto de vista estructural, rompen todos los esquemas y se convierten en verdaderos rara avis.

Fue uno de los grandes precursores de aquel movimiento que se llamaría la nouvelle vague en lo que respecta a su ruptura con el llamado cine de papa, el tipo de costoso cine comercial, artísticamente impecable, hecho con gran oficio y grandes estrellas, que buscaba los gustos del gran público y que nunca hacía propuestas arriesgadas, ni temáticas ni formales. Era el cine de Marcel Pagnol. René Clair, Abel Gance o Jacques Feyder y otros nombres ilustres, el cine perfecto para una sociedad forzosamente conformista que todavía vivía con el recuerdo de la reciente ocupación alemana. Para conseguirlo JPM, sabiendo que las historias del cine en definitiva eran siempre las mismas, se empeñó en narrarlas desde perspectivas diferentes a como se habían narrado hasta entonces. para abaratarlo, aligeró los equipos de producción y fue uno de los pioneros en el cine francés de rodar en escenarios naturales, igual que sus modelos norteamericanos. Creó además a mediados de los años 50 los estudios Jenner, situados en un terreno sin calificación urbanística en el número 26 de aquella calle en el distrito 13 de París —entonces uno de los barrios más pobres de la capital— en la rive gauche, tocando el hospital de La Pitié. Allí rodó seis de sus películas y durante el rodaje de la última, El silencio de un hombre, fueron destruidos parcialmente por un incendio, seguramente provocado, en junio de 1967.

Los construyó porque para defender su independencia, Melville necesitaba unos estudios propios —un verdadero taller— por su condición de autor total de sus films. Aunque muchas veces no estuviera acreditado, él lo hacía prácticamente todo o lo controlaba todo: decorados, fotografía, sonido, música, producción ejecutiva, montaje… escribía o adaptaba los guiones, los diálogos y lógicamente dirigía. Ocasionalmente podía aparecer como figurante o como actor secundario con diálogo o como protagonista en Dos hombres en Manhattan. Es el responsable total de la mayoría de sus films y con su actitud profesional rompió los departamentos estancos en que suele dividirse la producción de una película. ¿Hay mejor prueba du condición de autor que ver un fi lm como un todo? Se consideraba un artesano que no le gustaba rodar («es una tediosa formalidad») ni trabajar con actores, pero le entusiasmaba escribir y el montaje. Permitidme que haga un paréntesis y diga que en este sentido y salvando las evidentes diferencias creativas, Melville sería un equivalente a nuestro Ignacio F. Iquino cuando era el mandamás de Emisora Films o IFI, pero esto sería otra historia.

Una vida acccidentada De origen judío alsaciano, desde muy niño, Melville (20 octubre 1917) siempre tuvo muy claro que quería hacer películas. A los seis años ya tuvo una cámara en sus manos, una Pathe Baby, pero tuvo que esperar hasta 1946 (a los 29 años) para poder hacer su primer fi lm, el cortometraje Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (pasado precisamente en la pequeña retrospectiva que le han dedicado la SEMINCI y otros festivales en 2017) que fue un éxito relativo. La guerra mundial le había alterado su vida como a medio mundo, pero le brindó la oportunidad de vivir grandes experiencias que luego aparecen en sus películas como sello de autenticidad: se enroló en la Francia Libre del general de Gaulle en Londres (fue entonces cuando adoptó el pseudónimo de Melville, primero como nombre de guerra), participó en la resistencia, en Dunquerque y en Montecassino. Durante toda su vida apoyó incondicionalmente al general y no tuvo ningún rubor en declararse de derechas y reaccionario. Paradójicamente era amigo de Yves Montand (declaradamente de izquierdas) a quien confesó que se consideraba un individualista extremo y un anarquista de derechas, una muestra de sus contradicciones. Era profundamente chauvinista y, a pesar de su prominente vientre y su falta de atractivos era un notorio don Juan. Sin embargo, él afirmaba que era un puritano.

Personalmente era un maníaco-depresivo, un megalómano que tuvo muchos problemas con sus colaboradores, entre ellos Lino Ventura, que no volvió a dirigirle la palabra después de una disputa en un rodaje o Jean Paul Belmondo quien le dio una bofetada por sus críticas en el plató y le dejó plantado. Cuando rodó su última película, Crónica negra (Un fl ic, 1972) se hizo construir una cabaña en un bosque cerca del plató de la que sólo salía para el rodaje. Según su colega José Giovanni (otro de los grandes maestros del polar), se alegraba de los tropiezos de los demás. Murió poco después del fracaso comercial de este fi lm de un ataque cerebral a los 55 años, mientras cenaba en el restaurante del hotel PLM Saint-Jacques de París. con el luego realizador Philippe Labro. Está enterrado en el cementerio de Pantin.

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