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Cines desaparecidos

Cines desaparecidos una ruta ciclista urbana por algunos de los
cines desaparecidos en Valladolid por Alfonso J. Población Sáez

Valladolid, como otras ciudades y pueblos de nuestro país, contó con más de una veintena de salas cinematográficas desde los años cuarenta hasta finales de los ochenta del siglo pasado, aproximadamente (algunos surgieron antes, otros aguantaron un poco más, además de los que aún perviven, por supuesto). Estos locales fueron en ese tiempo testigos y guardianes del ocio y de la difusión cultural de la sociedad de cada época, y a muchas personas, en parte por nostalgia de los buenos momentos vividos, en parte con el deseo de que no caiga su existencia en el olvido, nos parece justo recordar dónde se hallaban y qué tipo de cine podía disfrutarse en cada uno de ellos.

Hace unos meses la Asamblea Ciclista de Valladolid (ASCIVA) inició una serie de tres rutas en bicicleta por los cines desaparecidos de nuestra ciudad. La primera tuvo lugar el 18 de noviembre, la segunda el 17 de junio, y la tercera está pendiente de concretar una fecha para su realización. A un ritmo asequible a cualquier tipo de público, la idea fue hacer paradas en los lugares donde estuvieron esos locales, con breves explicaciones de la historia de los mismos, el recordatorio de algunas de las películas que se proyectaron, y como no, los recuerdos de los asistentes. La primera ruta fue por los cines del centro de la ciudad, y las dos siguientes por los distintos barrios, agrupándolos en recorridos asequibles y razonables dado que algunos de estos cines van de punta a punta de la ciudad.

Para la segunda de estas rutas, el colectivo ciclista contó con dos “maestros de ceremonia”: Jesús Anta Roca, escritor, conferenciante y divulgador de la historia, patrimonio y curiosidades de Valladolid y su provincia; y el que esto escribe, profesor de la Universidad de Valladolid, divulgador de las matemáticas, y amante del séptimo arte. Ambos con amplio bagaje sobre los cines desaparecidos de la ciudad, tanto en su faceta histórico- cronológica, como en la de haber podido disfrutar como espectadores de muchas tardes de sesiones cinematográficas en todos ellos.

El punto de encuentro fue la Plaza de la Fuente Dorada. Allí, mientras iban congregándose los entusiastas participantes (una treintena aproximadamente, aunque durante el recorrido se fueron añadiendo algunos más, mientras otros se apeaban dependiendo de la hora y las obligaciones de cada cual), se hizo un pequeño repaso de cómo llegó el cinematógrafo a nuestra ciudad, una de las pioneras en hacerlo, en septiembre de 1896, sólo cuatro meses después de la primera proyección en España, y a nueve de la histórica presentación en París por parte de los hermanos Lumiere. Cierto es que en un principio no pasa de ser una más de las atracciones de las ferias de septiembre de la ciudad, siendo varias las ofertas para disfrutar del nuevo invento, como apreciamos en la imagen del anuncio en El Norte de Castilla, pero más como curiosidad que como un espectáculo con futuro. Dos hermanos de una familia de seis, José y Manuel Pradera Antigüedad, vislumbran aquello de otro modo, y en 1900, José, el hermano mayor, fi rma con el Ayuntamiento de la ciudad un contrato para realizar proyecciones al aire libre en el entorno del Campo Grande, actividad que se prolongaría durante varios años y siempre en las ferias de septiembre. El 14 de septiembre de 1904, los hermanos Pradera inauguran el primer cinematógrafo estable en Valladolid. En principio fue un simple barracón, combinando espectáculos de variedades con proyecciones de películas de pocos metros (en sus inicios las películas se medían por metros y no por su duración). En años sucesivos, aquel barracón acabará convirtiéndose, tras varias vicisitudes en el Teatro Pradera, demolido, con gran disgusto tanto por parte de coetáneos como de generaciones posteriores que hemos ido descubriendo, gracias a imágenes, crónicas y fotografías antiguas, la envergadura y aspecto de aquel recinto.

La aceptación del público hacia el cinematógrafo debió ser grande, ya que los grandes teatros de la ciudad (Lope de Vega, Calderón y posteriormente Zorrilla y Carrión) incorporan sistemas de proyección que irán mejorando ante los sucesivos nuevos avances (sonoro, color, formato panorámico, etc.). A modo de curiosidad, recordamos antes de iniciar la ruta, otros lugares menos nombrados y conocidos por el público, bien por la escasa documentación, la lejanía en el tiempo, o bien por el breve lapso de tiempo que dedicaron a la proyección de películas: el Gran Café Colón, en la calle Santiago 17 (hacia 1919); el Cine Ideal Rosales (sólo de mayo a agosto de 1927); o el Cinema Malako, cine de verano situado en la calle Doctrinos, detrás de la Academia de Caballería, inaugurado el 16 de julio de 1932 que apenas duró un año. Al hilo de esto también se comentó que en Valladolid ha habido un montón de lugares donde se han hecho proyecciones (salones de actos, asociaciones, centros culturales, etc.), aunque en la ruta nos ceñimos estrictamente a locales comerciales.

Dando un pequeño rodeo para digerir un poco el rato de espera y charla en Fuente Dorada y calentar las bicicletas, nos dirigimos al primero de los hitos de esta ruta por la Bajada de la Libertad, calles Angustias, Solanilla, Paraíso, Avenida Ramón y Cajal, para girar a continuación por la calle Chancillería, y proseguir por Madre de Dios. Un nuevo giro a la izquierda por la calle de la Penitencia, otro por la Avenida de Palencia, para continuar por la Calle de Santa Clara. Cruzamos entonces la calle Gondomar, iniciamos la calle Torrecilla, y nos apeamos en el paso de cebra para proseguir andando por la calle Cadenas de San Gregorio, como indica el reglamento ciclista en las vías peatonales, deteniéndonos a la altura de los números 10 – 12, lugar donde se encontraba el Mini Cine Groucho.

Esta pequeña sala constaba únicamente de siete fi las, con un total de 90 butacas, y fue inaugurado el 5 de octubre de 1984. En los años ochenta la asistencia del público a las salas cinematográficas empezaba a disminuir. Varios fueron los motivos, que fueron comentados a lo largo de la tarde, y también varias las fórmulas que los empresarios de estos locales pusieron en marcha para intentar animar al público. Una de ellas fueron los multi cines (varias salas proyectando películas distintas) y otra los mini cines. El Groucho fue el primero de estos últimos de Valladolid, que además proponía una programación diferente a la comercial: ciclos de cine clásico, proyecciones en versión original, pases de medianoche, películas de autor no estrenadas en la ciudad, bonos más baratos para varias sesiones, etc. Estas iniciativas convirtieron este local en un lugar ideal para cinéfilos empedernidos, universitarios, y cualquiera que deseara disfrutar de un cine distinto al ofertado mayoritariamente por las distribuidoras.

La práctica totalidad de los asistentes éramos personas de cierta edad (jóvenes, pero no mayores) que frecuentamos algunos de los cines que íbamos recorriendo. Como la idea era disfrutar de una actividad participativa, cualquiera podía aportar el recuerdo que tuviera de cada uno de estos lugares, o indicar alguna película, o algún aspecto o anécdota que mantuviera en la memoria sobre ellos, que no consistiera sólo en una lectura, sin más, de fríos datos. Además, la propuesta de una cartelera concreta y su análisis proporciona datos significativos, no sólo sobre el propio local, sino sobre las preferencias y gustos de los espectadores, que a la larga caracteriza el tiempo y la sociedad en que tuvieron lugar. En ese sentido, en cada una de las paradas que se realizaron, se mantuvo un interesante diálogo entre todos, y en algún caso incluso, la discusión (amigable, por supuesto) sobre diferentes puntos de vista.

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