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Ha caído una estrella

Ha caído una estrella por Katy Villagrá Saura

Los que amamos la época dorada de Hollywood, con sus luces y sus sombras, admiramos su valentía a la hora de tratar las miserias que se escondían entre bambalinas, bajo el oropel del lujo y el glamour. Y es que, desde siempre, a Hollywood, le gustó mirarse a sí mismo de forma crítica y, a su vez, redentora. “A pesar de todo, ha merecido la pena”, parece que nos susurra una voz, desde el otro lado de la pantalla1. Son numerosos los títulos que, de una u otra forma, se adentran en el proceloso mundillo cinematográfico: Espejismos, de King Vidor (1928); La última orden, de Josef Von Sternberg (1928); Cautivos del mal, de Vincente Minelli (1952); La condesa descalza, de J. L. Mankiewicz (1954); Los viajes de Sullivan, de Preston Sturges (1941); El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder (1950); Cantando bajo la lluvia, de Stanley Donen y Gene Kelly (1952); El hombre de las mil caras, de Joseph Pevney (1957); Dos semanas en otra ciudad de Vincente Minelli (1962), etc. Desde la comedia al melodrama más descarnado, se puede decir que hay todo un subgénero, “el cine dentro del cine” (el metacine o metacinema), al que los cineastas norteamericanos han vuelto una y otra vez. A este subgénero pertenece Ha nacido una estrella2 (A Star Is Born), la mítica historia de la muchacha desconocida que alcanza la fama al mismo tiempo que su pareja, descubridor y Pigmalión enamorado, se derrumba irremediablemente, víctima de la incomprensión y el olvido de una sociedad que no tolera el fracaso.

Antes de la primera versión de 1937, cuyo enorme éxito propiciaría más de un remake, George Cukor realiza Hollywood al desnudo (What Price Hollywood, 1932), magnífico fi lm que contiene algunos de los componentes más significativos de Ha nacido una estrella3. Su director, desde la primera secuencia, nos introduce en la fascinación que el star-system ejercía en las clases más humildes (no olvidemos que nos encontramos a principios de los años 30, en los tiempos de la Gran Depresión y el cine se ha convertido en el medio de evasión y entretenimiento favorito de los americanos que sueñan con salir de la pobreza). Una joven hojea una revista especializada en cine. En un primer momento, no la vemos a ella sino, en primer plano, la revista y sus manos, pasando las páginas. A continuación, se nos muestra un plano de sus labios mientras se los pinta. La vemos también poniéndose las medias (en el plano, sólo sus piernas) y doblar la revista para poder darle un beso en los labios a Clark Gable (es la primera vez que vemos su rostro en esta simpática escena, que nos hace sonreír. Y más, si pensamos en el actor escogido por Cukor, con el que no se llevaba especialmente bien4. La joven se mira al espejo, ya vestida, y posa, de cuerpo entero, como si fuera una de esas actrices a las que tanto admira. La secuencia se cierra, de forma ingeniosa y original, con la música de un gramófono que deja de sonar (la realidad y la fi cción se mezclan como parte de un todo: la música que elige el personaje es la misma que ha elegido el director para acompañar la acción).

Mary Evans, la joven protagonista, interpretada con desparpajo por Constance Bennett, es una camarera que trabaja en un restaurante donde acude gente del ambiente hollywoodiense5. Ansiosa por hacerse un hueco en la meca del cine, le ruega a su compañera que le deje atender a un famoso director, Max Carey (Lowell Sherman), quien se presenta borracho al recinto y pide que le traigan diez vasos de agua, que distribuirá, con unas fl ores dentro, entre los clientes (previamente, le había comprado toda su mercancía a una vieja florista amiga suya y le había ordenado a su chofer que la llevara a casa). Mary cae simpática al achispado director y se presta para ir de acompañante al estreno de su última película al Grauman’s Chinese Theatre. Llegan en un coche que echa humo (Max se lo compra en la calle a un desconocido, que estaba intentando que arrancara) y la gente que abarrota la entrada para ver a sus ídolos se parte de risa. “Quédese con él”, le contesta Max al ordenanza cuando le avisa de que no puede aparcar un coche así en el teatro (impagable, la vis cómica de Lowell Sherman). La desmitificación del idealizado Hollywood no ha hecho más que empezar.

A los apuntes humorísticos de Cukor, que acabamos de señalar, hay que añadir una visión realista de los platós cinematográficos: el rodaje de las escenas, con sus repeticiones, sus tiempos de espera y los trucos y efectos especiales que se revelan al espectador (la lluvia hecha con mangueras, los decorados de cartón); la fallida prueba de la aspirante a actriz y su posterior ensayo en las escaleras de su modesto apartamento (la cámara no se aparta de las piernas de la actriz, subiendo y bajando los escalones repetidamente) refuerza la intención de veracidad de su director. Por contra, el ascenso al estrellato de Mary Evans se resuelve mediante una significativa metáfora visual6: la fi gura de la actriz sobre fondo oscuro, simulando el cielo, rodeada de estrellas, elevándose, nos recuerda a las características fotografías de actores de los 30 (avanzado el metraje, cuando a la protagonista le empiece a ir mal, su fi gura, recortada entre las estrellas, irá empequeñeciéndose y descendiendo).

Resulta interesante la historia de amor de Mary con un afamado playboy aficionado al polo: lo que empieza siendo la típica “caza del marido rico” acaba en una “guerra de sexos”, típica de la Screwball Comedy (comedia alocada) y de la más clásica comedia norteamericana (Rock Hudson, por lo que vemos, no fue el primero en sacar de la cama en brazos a la mujer que lo había puesto en ridículo, Doris Day). La vampiresa Constance Bennett tiene el encanto y el saber hacer suficientes para resolver la escena con soltura, llegando, incluso, a la parodia (“Soy rubia y, además, actriz de cine. Soy una actriz rubia”, le espeta, a su pretendiente, para darse importancia) y Neil Hamilton da la talla como galán y más adelante, sufridor esposo de la estrella.

A partir de la ascensión al estrellato de Mary Evans, sigue la labor desmitificadora de Cukor a través de la boda de la estrella, preparada por el jefe de prensa del estudio, con el subsiguiente histerismo de los fans a la entrada de la iglesia; las reuniones de todos los miembros del equipo en la piscina; las continuas interrupciones de la pareja cuando desean estar a solas… Sin embargo, es en la prensa sensacionalista donde se cargan las tintas. Y no sólo por la visita que una periodista de dudosa calaña hace a la pareja (y de esto sabía un poco Adela Rogers, la artífice del argumento del filme) sino también por los recortes de prensa de la susodicha7, que aparecerán en primer plano, a lo largo de la película, anticipándose a lo que veremos a continuación o dando una tergiversación interesada de los hechos, algo que propiciará la separación de la pareja y el descrédito de la actriz. Así la sainetesca entrada de Max Carey al dormitorio del matrimonio, en estado de embriaguez, que provoca la ira de Lonny, el marido de la actriz, se convierte en un episodio de adulterio, causa de un más que eminente divorcio.

La amistad incondicional entre la actriz y su descubridor, que será despedido del estudio por su afición al alcohol, es la parte más emotiva del largometraje. Ella pagará la fianza y sacará de la cárcel a Max, llevándolo a su casa. La vergüenza de su situación le hace levantarse de la cama para fumar un cigarrillo. La fatalidad hará que abra un cajón equivocado en busca de cerillas y encuentre un revólver. La imagen que reflejaba el espejo una mañana de reseca se ha vuelto más insoportable, ensombrecida por los barrotes de la cárcel (el uso de sobreimpresiones para mostrar el horror del personaje hacia sí mismo, en forma de pesadilla surrealista, antes de que se oiga el tiro, es impactante). Como adivinamos, en el personaje de Max Carey, el director alcoholizado, soberbiamente interpretado por el actor y director Lowell Sherman, está en germen el personaje de Norman Maine de Ha nacido una estrella. “Sólo quería oír tu voz”, le dice acostado a Mary, cuando la llama, antes de que ella cierre la puerta de la habitación. Será esta última frase la que pronuncie Maine, con sus variantes, antes de suicidarse, en todas las versiones de la historia.

Multitud de trágicas historias han protagonizado la historia de Hollywood. Los guionistas de Hollywood al desnudo bien pudieron inspirarse en la vida de la actriz de cine mudo Colleen Moore, mujer del productor John MacCormick, cuya carrera se vio arruinada por el alcoholismo. Tom Forman, director de la época, se pegó un tiro a bocajarro en el corazón cuando se estaba recuperando de una depresión en casa de sus padres. El personaje de Max Carey podría ser un compendio de los personajes asociados a la actriz.

Quizá la aceleración de los acontecimientos, después del suicidio del director, el juicio (prescindible, a mi entender), la huida a Francia y el encuentro de Mary con un marido enamorado, ansioso de volver a su lado, sea lo más flojo de esta —injustamente— olvidada película. La primera versión de Ha nacido una estrella (A Star Is Born) fue dirigida por el prestigioso William A. Wellmann (y Jack Conway, no acreditado), responsable de su argumento junto con Robert Carson, que, a su vez, elaboró el guión junto con la inestimable ayuda de la escritora Dorothy Parker y su marido, el guionista Alan Campbell (el productor, David O’Selznick, como era habitual en él, influiría en el resultado final). En la mente de todos ellos estaba el fi lm de de Cukor y la azarosa y trágica existencia de algunas estrellas del periodo silente (se cree que Cukor no quiso dirigir un guión que le recordaba demasiado a la que había realizado años antes). La película se presenta al espectador como un guión que se abre para que leamos su contenido. Es revelador que el aspecto formal quiera desvincularnos de la realidad y presentarnos la cinta como un mero producto de ficción (“cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”), a la par que alejarnos, como si de una cuarta pared se tratara, de todo sesgo sentimental. Eso no significa que su desarrollo argumental resulte frío, de una objetividad cortante o documental.

En la primera secuencia, entramos en el modesto hogar de Esther Blodgett (Janet Gaynor), una pequeña villa donde vive una muchacha que suspira por triunfar en Hollywood. En una discusión con su primo, sale el nombre de norman Maine: “Ese Norman Maine —dice el muchacho— lo único que sabe hacer es besar a las chicas”. A lo que replicará Esther: “Eso no es cierto; es un buen actor”. Será la primera vez que arrope, sin saberlo, al astro que empieza a declinar, al que se convertirá en el hombre de su vida. A pesar de la oposición de su tía a que viaje a Los Ángeles, encuentra un firme apoyo en su abuela, que le da todos sus ahorros y que le advierte: “Tendrás que entregar tu corazón a cambio”. Su llegada a la ciudad de los sueños va precedida de un gran titular que llena la pantalla: “Hollywood, la llamada, el Dorado, la Metrópolis de la ficción en las colinas de California”. Seguidamente, se muestran los lugares más emblemáticos de la ciudad en un realista technicolor de su tiempo (la imponente llegada de un avión da grandilocuencia al lugar). Esther, fascinada,recorrerá esos lugares hasta detenerse en las famosas huellas dejadas por sus estrellas favoritas (Jean Harlow, Shirley Temple, Buster Keaton…). Resulta elocuente que meta sus pies en las dejadas por Norman Maine (Good Luck!, había dejado escrito el actor). La cámara sólo nos enseña las piernas de Gaynor, dejándonos para el fi nal su resplandeciente cara, en primer plano. A partir de aquí, las cosas ya no serán tan idílicas para la aspirante a actriz y se impondrá la cruda realidad: una secretaria le enseña las miles de cartas y de llamadas telefónicas que reciben a diario de gente que sueña simplemente con actuar como extra en una película. Es entonces cuando un amigo, compañero de piso y futuro ayudante de director (Andy Devine, habitual en los westerns de Ford), le consigue un trabajo de camarera en una fi esta frecuentada donde estará lo más granado de la profesión. Con la bandeja en una mano, se acercará a cada uno de los invitados, impostando la voz y adaptando exageradas poses, a la manera de actrices como Mae West o Greta Garbo (Janet Gaynor resulta divertida, imitando a las actrices del momento10). Como era de esperar, nadie le hace ni caso, a excepción de un invitado, que le espeta: “¿Mae West? ¡Lo sabía!” Y en este ambiente de comedia amable será cuando Esther conozca a Norman Maine, que protagonizará una sonada pelea con su última conquista. Ella, celosa de que una camarera acapare la atención de su amante, le rompe un plato en la cabeza. Esther y Norman huyen de la cocina, cogidos de la mano y a partir de ese momento, se empezará a fraguar una historia de amor entre el actor y su protegida. Y antes de marcharse, cuando la deje en casa, la llamará para decirle: “¿Le importa si la miro una vez más?”. Y Esther le sonreirá.

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