Jennifer Jones, la mítica Perla de Duelo al sol

Jennifer Jones, la mítica Perla de Duelo al sol por Katy Villagrá Saura

Apasionada hasta la extenuación en Duelo al sol; etérea, inalcanzable en Jennie, o frágil y enamorada en La colina del adiós, parece que la viéramos aún proyectarse en las salas de nuestra memoria con su mirada altiva, sus marcados pómulos, su redondeada barbilla y sus peculiares mohines (tan criticados) de niña. Actriz de una sensibilidad extrema —dicen que O. Selznick se decidió a contratarla al verla estallar en lágrimas después de finalizar su prueba de estudio—, Jennifer Jones daría lo mejor de sí misma en personajes románticos y vehementes («señorona del drama», que decía Terenci), como Madame Bovary o la ya citada Duelo al sol.

Phylis Lee Isley nació el 2 de marzo de 1919 en Tulsa (Oklahoma). Hija única de unos actores de teatro ambulante a los que acompañaba de gira en verano, desde niña ya tenía clara su vocación. Y así, acabados sus estudios, consigue una beca de interpretación en la Northwestern University. Buena alumna universitaria, decide, a los dos años, continuar su formación en la Academia de Arte Dramático de Nueva York de Lee Strasberg de 1936 a 1937, donde conocerá al que sería su marido en 1939, el actor Robert Walker, el inquietante asesino de Extraños en un tren, de Alfred Hitchcock.

Trabaja como locutora de radio, modelo y actriz de teatro antes de su definitivo salto al cine en 1942 de la mano del todopoderoso David O. Selznick. La elección no pudo ser más acertada: con La canción de Bernardette, de Henry King, logró un Óscar a la mejor interpretación femenina de ese año. Esta entrañable —a ratos, dramática— película obtuvo también ese año tres estatuillas otorgadas a la mejor fotografía, decorados y banda sonora original. Jennifer lució fresca, encantadora, natural, como la niña enfermiza a la que se le aparece una «hermosa dama» (la Virgen de Lourdes). Este biopic tan bien narrado por el injustamente olvidado Henry King, con guion de George Seaton, basado en la famosa novela de Franz Werfel sobre la vida de la joven Bernardette, contó además con unos excelentes secundarios: Charles Bickford, Lee J. Cobb, Gladys Cooper y el siempre excelente Vincent Price, que protagoniza una de las escenas más emotivas de la película, cuando, ya enfermo, intenta recobrar la fe apoyado en la verja que protege el lugar de la aparición. Quedémonos con la tímida e inocente caracterización de la adolescente Bernardette (¡y la actriz tenía ya veinticinco años!), escarbando la tierra y manchándose la cara, a instancias de la Virgen ante la burla de todo un pueblo.

En su siguiente película, Desde que te fuiste (J. Cromwell, 1944), con la que volvería a ser de nuevo candidata al Óscar, la actriz pidió la colaboración de Robert Walker, su marido. El matrimonio hacía aguas por todas partes y ya a nadie en Hollywood se le escapaba la especial atención que O. Selznick brindaba a su protegida. El famoso productor de Lo que el viento se llevó decide guardar las apariencias (ambos estaban casados) hasta la plena explotación comercial de los dos filmes de Jones.

Cartas a mi amada (William Dieterle, 1945) y la encantadora comedia de Ernst Lubitsch El pecado de Cluny Brown (1946) con Charles Boyer, serán sus siguientes filmes antes de la mítica Duelo al sol, una imperecedera historia de amor y muerte. El propio O. Selznick adaptó el guion de la novela de Niven Busch de la que había adquirido los derechos; eligió a sus principales protagonistas (Peck y Cotten, dos hermanos enfrentados por el amor de una misma mujer) y lanzó a su musa como a una auténtica estrella de los estudios. Jennifer Jones nunca se mostró más bella y sensual que en este atípico western con altas dosis de melodrama. La acompañaban en el reparto, además de Greg y Cotten, todo un elenco de grandes actores: la veterana estrella del cine mudo Lilian Gish, Lionel Barrymore, Herbert Marshall, Walter Huston —repitiendo el papel del fanático religioso de Lluvia, pero esta vez caricaturizado— y Charles Bickford. King Vidor, su director, que realizaría algunas de las escenas amorosas más tórridas de la historia del cine (El manantial, Pasión bajo la niebla) se fue a mitad del rodaje harto de la continua intromisión de O. Selznick. Y como pasaría con la mítica Lo que el viento se llevó, la película contaría con una larga lista de colaboradores «dirigidos» por su productor (W. Dieterle, W. Cameron Menzies, Sidney Franklin, Joseph Von Sternberg…).

Su estreno fue todo un escándalo: Selznick desafi ó al código Hays, a las autoridades eclesiásticas (el arzobispo Cantwell, de Los Angeles, prohibió a sus feligreses ver la película) y a la Legión de la Decencia, logrando con ello un inmenso éxito de taquilla y la incomprensión de los críticos de su época. Y es que O. Selznick acentuó los aspectos más sensuales y violentos de la novela y se atrevió incluso a cambiar el fi nal de la misma, uniendo a los dos amantes en un apasionado beso antes de morir (en la obra de Busch, Perla no muere y se casa con Jesse). Esta morbosa y romántica historia de amor fou tampoco sería comprendida en España, donde la censura se empleó a fondo con algunas escenas (en la versión española, por ejemplo, no aparece la controvertida “violación consentida” de Perla). La actuación de Jennifer Jones, que consiguió con ella su tercera candidatura a los Óscar, tachada a menudo de artifi cial y exagerada por sus detractores (recordemos ese mohín enfurruñado que luce la actriz en su travesía por el desierto), posee una fuerza en la pantalla que se acentúa en los momentos más dramáticos del filme. Quedémonos con la antológica secuencia final en la que Perla, herida de muerte, se arrastra desesperadamente, arañándose las manos ensangrentadas, por estar una vez más con su amado Lewt. En definitiva: una obra maestra del productor David O. Selznick por la que Jones merece ser recordada en toda buena antología cinematográfica que se precie.

El retrato de Jennie (W. Dieterle, 1948) es una bella película que fue aclamada por los críticos y adorada por los surrealistas. No fue demasiado bien recibida por el público, pero la Academia la obsequió con un Óscar a los mejores efectos especiales y una candidatura a su magnífica fotografía. Jennifer Jones cambia de registro interpretativo y se nos muestra ingenua, misteriosa, evanescente, casi soñada. La acompañan en el reparto una estupenda y sensible Ethel Barrymore y un emotivo Joseph Cotten en el papel de un pintor inmerso en un maravilloso hechizo de amor. Un hermoso «poema visual», otra obra maestra de amor fou de la que Jones volvía a ser su inolvidable intérprete en una lucha desaforada contra el tiempo y el espacio.

Madame Bovary (Vincent Minelli, 1949) se benefició del buen hacer de su director que filmó una fi el adaptación del clásico de Flaubert al más lujoso estilo hollywoodiense. Es de destacar su inteligente puesta en escena, llena de audacias narrativas —recordemos la secuencia del baile, donde Minelli combina con maestría fundidos, planos largos o panorámicas— y su intuitiva capacidad a la hora de sacar lo mejor de cada actor (Van Hefl in, Louis Jourdan, James Mason). Jennifer Jones realiza aquí una de sus mejores interpretaciones —para algunos, la mejor— encarnando a la soñadora, caprichosa y trágica heroína de Flaubert. La ilusión, el desencanto, la vergüenza o la desesperación de Emma Bovary quedan reflejadas con extremo sentimiento en el expresivo rostro de la actriz.

Divorciada ya de Robert Walker, Jennifer sufre un colapso mientras prepara Corazón salvaje y tiene que ser rápidamente hospitalizada. Le diagnostican una fuerte tensión nerviosa e ingresa en una clínica de Zurich, donde se la somete a una eficaz cura de reposo. A su salida, su enamorado la obsequia con un romántico crucero. Allí deciden casarse en una íntima ceremonia con Louis Jourdan y su mujer de testigos (el mismo día volverían a casarse en una ceremonia civil en Génova). Tres años después, en 1954, tendrían una niña a la que llamarían Mary Jennifer. Recuperada anímicamente (también tuvo que sufrir la pérdida de su ex marido Robert Walker), rueda la conmovedora Carrie (William Wyler, 1951) y la tempestuosa Pasión bajo la niebla (King Vidor, 1952), de la que no olvidamos sus tórridos encuentros amorosos con el atractivo Charlton Heston (es antológica la escena en la que se revuelcan por el barro antes de que les sorprendan los disparos).

Con William Wyler vuelve a ser la heroína idónea de otro clásico de la literatura: Sister Carrie, del americano Theodore Dreiser. Novela escandalosa desde su publicación, el filme no lograría estrenarse en España, al igual que la anteriormente citada Pasión bajo la niebla1, hasta muchos años después. A pesar de la excelente labor de Laurence Olivier, la película no tuvo el éxito que merecía su factura.

Estación Termini (1954) fue un íntimo y emotivo fi lm del gran Vittorio de Sica que resultó un terrible fracaso. Con guion de Truman Capote, que también colaboraría en la incomprendida humorada de Huston La burla del diablo, la cinta nos ofrece un dramático y maduro duelo interpretativo en tiempo real entre Jennifer Jones y Montgomery Cliff.

Desmoralizada por tantos fracasos, la Fox le brinda protagonizar una bonita historia de amor que sería candidata a varios Óscar, entre ellos al de mejor actriz principal. Hablamos de la romántica La colina del adiós. Esta taquillera película contaba con una espléndida y oscarizada banda sonora, cuyo tema principal Love is a many splendored thing se convirtió en todo un clásico interpretado entre otros por Frank Sinatra. William Holden, en el mejor momento de su carrera, interpreta al enamorado corresponsal de guerra y Jennifer Jones, estupendamente caracterizada para la ocasión (el diseño de vestuario logró otra estatuilla), interpreta a la doctora euroasiática. Henry King, que ya había trabajado con Jones, es el responsable de ponernos un nudo en la garganta en los momentos más emotivos del drama. A pesar de los muchos detractores de la película, que la definen como un mero producto rosa, Henry King filma con gran destreza narrativa elegantes, contenidas y, a su vez, intensamente bellas escenas de amor.

El fracaso de los siguientes filmes de la actriz (El hombre del traje gris, N. Jonson, 1956; The Barretts of Wimpole Street, S. Franklin, 1957) hace que David O. Selznick tire la casa por la ventana y produzca para su esposa un espectacular remake del clásico de Hemingway Adiós a las armas (Charles Vidor, 1957). Rodada en un lujoso cinemascope, con gran derroche de medios (impresionantes secuencias de acción) y un metraje de 146 minutos (no en España, donde el «tijeretazo» hizo su agosto), la película fue un estrepitoso fracaso en taquilla. Ni el guion (bastante fi el a la novela) de Ben Hecht ni el despliegue de medios utilizados (John Huston dimitió al no aguantar las continuas intromisiones de su productor), ni el tirón de sus protagonistas (el partenaire de Jones era el galán de moda Rock Hudson; Vittorio de Sica hace un soberbio trabajo como secundario) lograron hacer olvidar la primera versión de Frank Borzage, con Gary Cooper y Helen Hayes. Después del sonoro fracaso comercial de Adiós a las armas, Jones decide apartarse temporalmente del cine y dedicarse a su familia. En 1961, su amigo Henry King la convence para que sea la protagonista de Suave es la noche, adaptación de la novela homónima de Scott Fitzgerald. Si bien es cierto que la película no está entre lo mejor de su director, la crítica se ceba con la actuación de la actriz: «El director Henry King se enfrenta en la película con un gran problema y es la actriz Jennifer Jones […] Esta señora ha limitado […] su tono interpretativo a una risa histérica y a unos tics alarmantes y casi enfermizos» (Time).

A partir de aquí, sus apariciones en el cine van a ser escasas hasta su definitiva retirada en los setenta con El coloso en llamas (J. Guillermin, 1974). En 1965, muere su Pigmalión, artífice en gran parte de su carrera, el gran productor David O. Selznick y dos años más tarde, su buen amigo y compañero de rodaje de Duelo al sol, Charles Bickford. Emocionalmente hundida, se marcha a un hotel de Malibú y llama a su psiquiatra después de haber ingerido un puñado de pastillas y una botella de vino. En el hospital, le realizan un lavado de estómago. Años después, en 1971, en un evento organizado por Newsweek, conoce al multimillonario y candidato a senador Norton Simon. Se enamoran y emprenden un viaje por Europa que acabará en matrimonio. Pero a Jennifer, aún le faltaba sufrir la peor tragedia de su vida: en 1976 su hija Mary Jennifer se suicida con tan sólo veintidós años de edad. Dos años antes, la actriz había regresado a las pantallas con un pequeño papel en la taquillera El coloso en llamas junto a un maduro Fred Astaire.

La muerte de su hija la aleja definitivamente de la vida pública. Su amor por el arte y su entrega a causas relacionadas con la salud mental ocupan desde entonces su tiempo. La vimos sonreír en los Premios del Cine Alemán, en 1997 y nos dijo adiós el 17 de diciembre de 2009 a la edad de noventa años en su casa de Malibú.

Actriz intuitiva y pasional, tímida, solitaria, emocionalmente inestable, siempre asociaremos su expresivo rostro a Bernardette, a Madame Bovary, a Jennie… y, sobre todo, a Perla, la bellísima y sensual mestiza, salvaje como la flor del desierto, «presta a florecer y pronta a morir», que unió sus labios, en un postrer suspiro a los de su amante, el impetuoso y pendenciero Lewft McCanles.

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