Oteiza en el Museo Nacional de Escultura

Oteiza en el Museo Nacional de Escultura por José Carlos Sanz Belloso

Imaginamos a Jorge Oteiza paseando por El Museo Nacional de Escultura en los años setenta del siglo pasado. Aquel viejo y tétrico almacén de tallas de madera policromada, fragmentos de retablos, oscuros cuadros. Deambulación silenciosa. Visita de niños de un colegio caminan rígidamente y callados, entre los restos de naufragios de mil empresas cuidadosamente amparados, de un lejano pasado. La maravilla espera a la luz reflejada en destellos plateados y dorados. La Magdalena vestida de estera atada con cuerda. Estera, cuerda y pelo de madera, y el aire extraviado. Pedro de Mena manifiesta su maestría en esta extraordinaria figura. Miradas inexpresivas, miradas incongruentes, miradas alucinadas, las de los niños, las nuestras.

Alonso Berruguete construye con aire la no materia encerrada entre los brazos, las manos, las piernas y los dedos de sus tallas. Golpes de azuela y gubia dados con manos que piensan solas, con ángulos y tensiones irrepetibles, tan despreocupados como precisos. Sonidos de mazo sobre gubias con cadencias moduladas según la veta, según si se ataca por la derecha o por la izquierda, cambiando mazo y gubia a manos contrarias. Virutas que se enroscan, deslizan y saltan con la suavidad de la madera vencida. Juegos maestros de materia desocupada. ¡Qué difícil ha de ser trabajar con casi nada, incluso con nada!

Oteiza en el exterior del Colegio de San Gregorio vería un muro al aire, como es una escultura encontrada, con pequeñas ventanas góticas de cielo abiertas en densa piedra, como un gran lienzo casi volado. Se trata de un gran paño de piedra exento, resto de una construcción arruinada, y que está unido por un extremo a la rara portada del Colegio, y por el otro a la capilla de su fundador. Construido en sillería caliza, con recia crestería, y sin apenas huecos, se hace muy presente en una precaria consistencia dada por su esbeltez y tersura, de ecos neoplasticistas. Uno de los muros más bellos conocido.

Tallas huecas

Las tallas de la imaginería castellana se caracterizan por estar generalmente huecas. Se construyen con dos piezas no macizas, vaciadas previamente, con paredes de madera relativamente delgadas. Luego se unen encolándolas. Un revestimiento superficial unifica el conjunto que luego llevará, simplificando, procesos del estofado, dorado y policromado. Unas tallas de madera maciza se agrietarían y sufrirían alteraciones importantes, por las propias características de este material, casi vivo y con memoria. Por lo tanto estas esculturas no son si no contenedores de secretos vacíos. En el Museo se puede apreciar esta técnica en algunas obras y en las partes traseras de retablos, en los que son visibles los golpes de azuelas y gubias aplicadas para el vaciado y desbaste interior.

Berruguete tras Oteiza

La no materia que Jorge Oteiza genera en sus cajas huecas presenta resonancias míticas: cajas generador, cajas de resonancia, cajas anecoicas, casa de materia oscura… ¿o de antimateria? Sus series de Cajas vacías y de Cajas Metafísicas concluyen su proyecto experimental y su proceso escultórico. El maestro trabaja con aire, el del cielo que veía de niño, dentro de un hoyo excavado en la arena de una playa del Cantábrico.

Ahora procederíamos a colocar algunas cajas de hierro un poco delante, un poco desplazadas a un lado, y un poco por debajo de los personajes bíblicos de Berruguete, como profetas o San Sebastián. Doble juego de vacíos en madera y chapas de acero con cortes místicos, soldaduras indelebles y metafísicos ensamblajes constructivistas.

Transiciones entre lo presente y lo ausente. Indicación de lo que no se ve pero está. Materia, huecos… y aire en vilo perturbado silenciosamente, apenas confinado. Lugares desocupados en el indiferente espacio interferido por intrusión. El poder del centro trastocado al ser vaporizado. El no centro es indicado con lo silente e invisible, en su justa posición, nunca vacío ni ausente.

Ciertos vacíos en la ciudad histórica con patios a calles

Dentro de la ciudad histórica, no ocupada, aparecen a veces algunos jardines a la calle, en un ensanchamiento o incursión del espacio público en otro privado, en aparente continuidad, como permeados mutuamente. Si bien hay varios límites tangibles e intangibles, como el que marca la pertenencia a varias propiedades. Dentro de esos espacios, muchas veces ajardinados, podemos encontrar pequeños oasis de tranquilidad y verdor, públicos o privados.

Odiseo y árbol del amor

En uno de estos patios se encuentra, en la calle del poeta Núñez de Arce de Valladolid, la Fundación Segundo y Santiago Montes. Un zócalo de piedra sustenta una reja alta que nos invita a asomarnos entre sus barrotes. La maravilla es que en el jardín, con plantas y árboles, también habita un vacío apenas contenido por un guerrero de hierro; un espacio generado por unas chapas de acero pintadas de negro, apoyadas sobre un bloque cúbico posado en el suelo. Espacios de diferentes escalas encapsulados a la manera de las muñecas rusas, pero aquí sin sus carcasas cerradas.

Se trata de una caja vacía de Jorge Oteiza, donada a esta Fundación por vínculos de amistad; vacío aparentemente inerte, que encuadra un Cercis siliquastrum. Este árbol del amor, con una de sus dos guías desaparecida, hace de contrapunto orgánico, formal, material y espacial a este Gudari. Ambos llevan tiempo en conversaciones secretas.

Lo que la ciudad esconde

Regalos que la ciudad esconde al apresurado viandante, que se autotransporta de un punto a otro, sin importar el recorrido ni sus “accidentes”, con decididos y apresurados trayectos, de punto a punto, en un tiempo rápido. Son pocos los seres semovientes que ahora deambulan inopinadamente, en un tiempo lento, observando con atención curiosa y sensible, lo que depara su paseo.

Calle Cadenas de San Gregorio y el Colegio como morada fortuita de cajas vacías

Paseemos por la calle Cadenas de San Gregorio, sin cadenas, con sus plazas, atrios, pasajes y jardines. El paisaje medieval conserva muros de construcciones con alineaciones no paralelas, integrando el Palacio de Villena, el Colegio de San Gregorio, la Casa del Sol (palacio del Renacimiento castellano) y la iglesia adosada a esta de San Benito el Viejo. Los dos primeros se organizan mediante patios cúbicos, que como las cajas de Oteiza, contienen otra sustancia de denso aire ¿vaciados de vacío? Estas edificaciones pertenecen al conjunto del Museo Nacional de Escultura. Ligados a ellas se abren diferentes plazas más o menos regulares o informes y atrios, hiladas por la referida calle. Señalamos que la tipología de estos palacios renacentistas y colegios tardogóticos se genera en torno a espacios huecos muy formalizados, zaguanes abiertos, patios de honor, secundarios… alrededor de los cuales se van añadiendo los diferentes cuerpos edificados por adición, yuxtaposición… Se parte de una idea esencial y primigenia que es la de definir con precisión la ubicación de estos lugares sin ocupación, así como su orientación, sus dimensiones y proporciones… para luego definir lo construido según una determinada jerárquica simbólica, un programa funcional y de necesidades, la forma del solar, etc.

Ahora invitamos a pensar en un hipotético traslado de algunas pequeñas Cajas vacías de Oteiza dentro al gran patio cúbico del Colegio de San Gregorio, en diferentes lugares y agrupaciones. La acción del Sol, y de la Luna, en sus caminos provocarían sombras en los interiores de las cajas y de estas en el propio patio, a veces marcadas y negras, a veces desdibujadas y tenues. Las Sombras arrojadas que por lo general serían oscuras, casi negras en verano. En negro sobre blanco se produciría una escritura encontrada, con premeditación (y nocturnidad) cambiante a cada momento, y como en los relojes de sol, obedientes de la limpieza del cielo, a sus matices lumínicos, a los virados de los azules hacia añiles, o sus veladuras por agentes contingentes. Veríamos sorprendentes signos dibujados sobre las losas del suelo, proyectados sobre sus resplandecientes muros y plegados en difíciles contorsiones en las pieles de las torsas columnas. Suelos y columnas de blanca caliza, y muros de claro revoco. Aconteceríamos a otros juegos de cajas dentro de cajas, de vacíos dentro de vacíos, con sombras polimórficas combinadas, interceptadas y distorsionadas.

Miradas reflejadas

Ahora Berruguete pasea por las salas de la Fundación Museo Jorge Oteiza en Alzuza, cerca de Pamplona (de igual forma a como imaginábamos a Oteiza en el Museo de Escultura) y cerca de dónde el maestro vasco descansa. ¿Un Berruguete sorprendido, desconcertado o desubicado? Quizá no. No están tan lejos en sus propósitos clasicistas o experimentales y viceversa, según se aplique a uno o a otro. Lo espiritual en Oteiza es una premisa incuestionable, en Berruguete no sería menos esencial.

Esta publicación sobre Oteiza en el Museo Nacional de Escultura esta publicado en Revista Atticus Nueve

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José Carlos Sanz Belloso

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