NÚÑEZ SOLÉ: poética del volumen escultórico

NÚÑEZ SOLÉ: poética del volumen escultórico por Inés Gutiérrez-Carbajal

José Luis Núñez Solé (Zamora 1927 – Valladolid 1973). De padre salmantino y madre aragonesa nace en Zamora. Tenía dos años cuando su familia se traslada definitivamente a la capital del Tormes. Ya de niño destaca su afición a la escultura. Está documentado que en el jardín de su casa modelaba pequeñas figuritas de barro. Sirviéndose de un clavo realiza, a los cinco años, la primera escultura sobre una piedra blanca caliza. Pasado el tiempo, compatibiliza los estudios de bachillerato con los de la Escuela de Artes y Oficios y la academia Menéndez y Pelayo, instalada en la Casa de las Conchas. Y acude al estudio del artista salmantino Manuel Gracia: «Mis primeros pasos en el arte los di en Salamanca al lado de Manolo Gracia, Damián Villar, y Montagut», escribiría en una carta fechada en Valladolid a 7 de febrero de 1973.

En el otoño de 1941 se marcha a Madrid para formarse en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde ingresaría en 1942. Antes de dicho ingreso acude a los estudios de Mariano Benlliure y Gil, y de José Capúz Mamano. Además, frecuenta los de Victorio Macho Rogado y José Clará Ayats. Fue alumno, entre otros, de Pérez Comendador y Manuel Álvarez- Laviada y Alzueta.

En la Primera Exposición Nacional de Pintura y Escultura de Salamanca (1944) gana el tercer premio con un busto de Juan Domínguez Berrueta. Un trabajo que llamó la atención de Vázquez Díaz y una crítica muy favorable del catalán Santos Torroella. Termina la carrera en 1947 y regresa a Salamanca para trabajar en la empresa familiar Viguetas Núñez, dedicada a los prefabricados de hormigón, no sin antes haber ganado el Premio de Escultura de la Fundación Madrigal, concedido en San Fernando. Ese mismo año obtiene el tercer premio en el II Salón de Otoño de Zamora, y en octubre presenta su primera exposición individual en el Casino salmantino, con diecisiete esculturas y treinta dibujos.

En 1948 hace los relieves Maternidad y Dolor para el vestíbulo de la «Obra del 18 de Julio», de la capital charra, concurre a la Exposición Nacional de Bellas Artes en Madrid, y celebra su segunda individual en la Escuela de Peritos Industriales de Béjar. En 1949 obtiene el título de profesor de dibujo en San Fernando. En 1950 concibe el proyecto de monumento a Felipe IV, conmemorativo del centenario de la ciudad de San Sebastián, en colaboración con el arquitecto González Iglesias, y obtiene un accésit. En marzo de 1951 se traslada a París con una pensión estudios por tres meses, concedida por el Instituto Francés en Madrid. Allí será discípulo de Georges Muguet. En diciembre consigue el Primer Premio de Escultura «Francisco Gil» en la II Exposición de Artistas Locales, con la figura titulada Orfeo y una ninfa (1951), en piedra franca. Una obra donde se rastrean ciertos aires de influencia francesa.

Se ha dicho que su obra se inserta en cierta tradición renovadora, dentro de los cánones académicos o clasicistas de la escultura de su tiempo, como se observa en los numerosos encargos oficiales que realiza en un primer periodo. Entonces produce esculturas caracterizadas por la asimilación de influencias propias de una etapa formativa, un lenguaje plástico que va corrigiendo con premura hasta encontrar uno más personal, más suyo. Gustaba del retrato romano, de la escultura española de Berruguete, de Juni y de Balmaseda. Estaba muy interesado en la obra de Henry Moore, la de Manzu y Laurens. Muestra predilección por la del francés Rodin, la de Bourdelle y de Maillol, o por la del yugoslavo de origen croata Mestrovic.

De este último es posible que tenga ese gusto estético por simplificar las formas, como se advierte en las figuras de carácter conmemorativo, y en las que descarta cualquier elemento recurrente. Va a la esencia del concepto, como en la obra titulada Cabeza en piedra presentada en el Salón de Otoño de Zamora. Una obra de la que se ha dicho: «Su arte traspasó ya las fronteras de su patria chica, al merecer calurosos elogios del Marqués de Lozoya por un busto presentado en el salón de Otoño». Ahí «hay estudio, hay técnica, hay líneas clásicas». Retratos masculinos realistas en los que tiene olfato para captar los rasgos psicológicos del modelo, aprehendidos con naturalidad y emoción.

Seguramente las primeras noticias qué tuvo de la obra del yugoslavo le llegaran filtradas a través de algunas de las esculturas de artistas tan admirados como Capúz y Victorio Macho; de este último le atraía su estilizado geometrismo. A este respecto se dijo que las primeras obras de Núñez Solé se sujetaban a los cánones clásicos. No mucho después que «… las masas de sus esculturas se han ido comprimiendo, las líneas perdidas en ondulaciones recobran su vigor recio…». Un ejemplo es la Maternidad de granito (1948) de la «Obra del 18 de Julio», en la que se rastrean ciertos ecos de Victorio Macho: «pero aquí ya hay temperamento de escultor».

A partir de 1952 su actividad artística va siendo cada vez más fructífera y comprometida. Compatibiliza el trabajo en la empresa familiar con encargos de obras artísticas, y su participación en la mayoría de certámenes en el campo de la escultura que, por aquellos años, se celebraban dentro y fuera de Salamanca. Hace exposiciones individuales en Bilbao, San Sebastián, Salamanca y Madrid, donde presenta buen número de esculturas, mosaicos y dibujos. Y en diciembre recibe el Premio «Casino de Salamanca» en la III Exposición de Artistas Locales, por la obra en hierro fundido Muchacha arrodillada (1952).

Después de estos primeros años hay un segundo momento en el que su obra va a dar un giro respecto a una concepción temática más lírica, con ciertos aires renovados, seguramente absorbidos de algunas de las piezas de Benlliure, e influenciado por sus contactos con Capúz. Y quizá algunas de sus figuras recuerden de alguna manera a otras del mencionado Maillol o a las de los primeros años de Subirachs. Y a través de la orientación de su maestro en Salamanca, Inocencio Soriano Montagut, conocería el arte clásico mediterráneo de Clará, por el que también se sintió atraído como se aprecia en alguno de sus desnudos.

Su categoría profesional va afianzándose cada vez más en la ciudad del Tormes y la actividad creativa en aumento. Así, en 1953 hace otra exposición individual en la Sala Artis, y participa en la colectiva de Arte Sacro celebrada en el Seminario de San Carlos Borromeo. En diciembre vuelve a ganar el Primer Premio «Francisco Gil» por un desnudo titulado Serenidad. En 1954 elabora los relieves en barro cocido, para el vestíbulo de la Casa Sindical en la Gran Vía. Gana la Tercera Medalla en la II Bienal Hispano-Americana de Arte con la obra en bronce titulada El héroe (1951), celebrada en el Palacio de las Bellas Artes de La Habana (Cuba). En octubre presenta una exposición individual en Santander, y termina un relieve en el portal de la calle Torres Villarroel número treinta y siete. En diciembre obtiene una vez más el Primer Premio de Escultura «Francisco Gil» con la figura en piedra Torso de mujer, 1954.

Trabajó para muchos centros religiosos, sobre todo relieves, como los del Santuario de la Peña de Francia que, junto a las esculturas, verán la luz en 1955. Mismo año que se constituye el Grupo Koiné, formado por los pintores locales: Fernando Mayoral, Mariano Álvarez del Manzano, Ricardo Montero, Manuel Sánchez Méndez y el propio Núñez Solé. Grupo que cuenta con el apoyo de los padres dominicos Suárez y Cocagnac, pertenecientes al «Movimiento de Arte Sacro». Koiné desarrolla su actividad hasta 1958. Gana el concurso «Ejército 1956» sobre temas militares, para construir tres relieves exteriores en el edificio de la Jefatura Provincial del Movimiento: Unidad, Caudillaje e Imperio espiritual, que termina en el año 1957. Año que la misma institución le encarga una obra pública, en piedra franca: Monumento a la Unificación (1957- 1962), actualmente en el Jardín de las Salesas. Fabrica los relieves de la fachada y el retablo del altar mayor en la iglesia Milagro de San José y de la Escuela de Comercio. Alcanza una Tercera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes, con el relieve en piedra titulado Piedad. En 1958 se hacen realidad las fachadas del Convento de Santo Tomás de Villanueva, de los Padres Agustinos.

En 1960 firma el contrato para construir los monumentos a Fernando II y a Julián Sánchez «El charro»; es momento de su décima exposición individual en Valladolid. Continúa trabajando en obra de pequeño formato, más apropiada a las muestras individuales que presenta en 1963 en varias ciudades. Entre 1963 y 1965 acomete el trabajo las esculturas, relieves y vidrieras de la iglesia María Mediadora, y un vía crucis en la de Fátima. Realiza las imágenes y los relieves en el convento de las Salesianas y, por encargo del cabildo, acomete la obra escultórica del sepulcro del obispo Barbado Viejo, en la Catedral Vieja. Y en material de plomo termina en 1965 unas esculturas alegóricas con los signos del zodíaco para un edificio particular de Madrid. Sigue exponiendo individual y colectivamente, como en las Nacionales de los años 1965 y 1966, en esta última obtiene la Segunda Medalla de Plata con la obra en plomo titulada Figura de mujer.

Un año después (1967) ejecuta una celosía para la fachada principal y los relieves del mostrador del Banco de Vizcaya, en la calle Toro. Otras para las fachadas del Banco de Salamanca en la plaza de los Bandos (actual Banco de Castilla) e inicia los relieves alegóricos de la Facultad de Ciencias. Elabora un retablo con altar y sagrario, en hormigón fundido, para la Residencia Ve-druna (Carmelitas). Acude por séptima y última vez a la Nacional de Bellas Artes. Deja la industria familiar para dedicarse a tiempo completo a la escultura y la enseñanza del dibujo. Obras donde ya se aprecia cierto aliento más acorde con los años 60, tanto en los relieves como en las obras de bulto redondo del mencionado Santuario de la Peña de Francia o la fachada de la Facultad de Ciencias. Además, y sin tener nada que ver ni en la temática ni en la técnica, parece que algunos de sus relieves hubieran mirado un poco al arte egipcio, del que parece bebía. En 1968 gana una beca de la Fundación March para ejecutar un trabajo en dos años, que dio como resultado la plasmación de doce cabezas, fundidas en bronce, de otros tantos Premios Nobel de Literatura: Paul Heyse, Ernest Hemingway, Rabindranth Tagore, Eric Pontoppidan, Boris Pasternack, Juan Ramón Jiménez, Frans Eemil Sillanpää, Salvatore Cuasimodo, Kart Gjellerup, Peral S. Back, Luigi Pirandello, y la de André Gide en plomo. Después de sus primeras incursiones en la temática del retrato, van a ser en estas doce piezas donde apreciamos una transformación en la manera de hacer de Núñez Solé. Son rostros más simplificados, más de acuerdo con la modernidad. Ahora se mueven entre la gravedad y la sencillez, la serenidad y el equilibrio. Como ya se viera en El Héroe, una pieza de marcado expresionismo, parece abocetada, se observa su fuerza interior.

Habilidad que también lleva a las cabezas de plomo: «Elaboradas con sensibilidad, estudiadas a fondo, extrayendo de cada fisura, cada relieve o prominencia un sentido analítico ». La actualización en el tiempo se hace más evidente en esas cabezas femeninas dulces e idealizadas, de expresión serena de mucha interioridad. Además, su fecunda labor de encargo sigue a buen ritmo, y ese mismo año se inaugura el monumento a San Juan Bosco en plomo sobre mortero de hormigón para el Teologado Salesiano. La mayor parte de su producción de bulto redondo está dedicada a la temática femenina, y entre ellas el desnudo de estilo realista-naturalista. Mujeres revestidas de cierto misticismo, serias y reservadas, que nunca sonríen, cuyo rictus les da un aspecto de tristeza. Figuras con movimiento, muy expresivas. Con una justeza volumétrica de suaves contornos, llenas y compactas, contundentes. Suaves y apacibles, nunca provocativas, que transmiten un hálito de introspección casi mística. Seguramente le interesara más el adentro que el acabado final, no la piel de las esculturas. En ese modo de confeccionar escultura, o praxis artística, lo más interesante es el sentido en la proporción de las formas y mucho saber técnico del oficio. En sus desnudos se observa amplio conocimiento y dominio anatómico del cuerpo humano. Las recrea sentadas, arrodilladas, de pie o recostadas. Imágenes que parecen evocar la estética mediterránea de aquellas mujeres privadas de ropajes. El desnudo como vigorosa exaltación de la belleza, un tema inagotable y eterno de todos los tiempos, escuelas y personalidades: «… representaba un tipo de figura más o menos transformada…». Unas veces de líneas suaves y algo románticas, en otras se tornan más fuertes y duras, quizá menos acabadas, pero siempre busca la armonía de conjunto en ambos casos, por ejemplo, Mujer peinándose y Serenidad (1953), o Torso de mujer (1954) y Orfeo y una ninfa (1951). Desnudos que podrían denominarse de clasicismo renovado, más moderno, se ha dicho. Aspectos que también se aprecian en ese Torso masculino en hormigón patinado (1952), propiedad del Instituto Zorrilla de Valladolid.

Algunas figuras emergen del bloque marmóreo como buscando su fuerza en el “non finito”, por ejemplo, El sueño (1951) y Torso de mujer (1954). Un rasgo que, por otro lado, utilizan con frecuencia los artistas plásticos. Y quizá, en este caso, las de Núñez Solé evocan su admiración por ciertas obras «miguelangelescas », cuyas texturas tienen concepto y calidades de buena factura, a veces rugosas y sin pulir ¿acaso nos remiten a un mundo arcaico? Su escultura es bronca, pero aérea, en esa manera tan sutil que permite traspasar el aire a través de ella. Una asociación que quizá nos retrotrae a Moore y Subirachs, pero elaborados con una visión de obra propia y original. A mediados de los años 60, las piezas van a ser más ligeras y expresionistas, una figuración que raya la abstracción, con variadas combinaciones volumétricas. Y van a ser materiales como el plomo y el estaño los que «dirigirán» sus trabajos más exquisitos, en los que supo hallar con mucha destreza un concepto propio de las formas, de composiciones variadas muy interesantes, muy expresionistas y con mucho movimiento. Como ha dicho Ortega Coca: «Figuras derribadas, que se soportan en un plano superior para demostrar el descenso en vertical de los brazos… cansadas, a las que conviene especialmente la materia en la que suelen estar trabajadas, el estaño, y más aún el plomo», por ejemplo Mujer sentada, 1968. Formas que parecen necesitar ese tipo de materia en paralelismo a un determinado estado emocional que a veces se manifiesta en clave grafológica. O lo que es lo mismo: tristeza, igual grafismo descendente. Relaciona bien masa-vacío, muy esquemáticas que casi llegan a la abstracción, y ciertamente enmarcadas en su época. Donde se aprecia un alargamiento de los volúmenes, seguramente por la ductilidad de la materia. Sabemos que, en esas esculturas, trabajadas con plomo y estaño, especulaba una y otra vez en cualquier aspecto relacionado con la materia inerte y con las configuraciones geológicas de la naturaleza. Piezas que, como se ha dicho, tienen la apariencia de haber sido arrancadas de antiguos muros arqueológicos, como las referidas al ya mencionado tema del «Zodiaco», por ejemplo. Los monumentos conmemorativos, encargados por los mandatarios del momento, destacan por su limpieza narrativa, interpretada con sobriedad. Investiga en aquellos motivos auténticos que lleven a buen puerto el acabado de la obra, sin cosas superficiales que trastoquen el fondo temático del asunto. Como se ha visto anteriormente, esculpió no pocos relieves alegóricos de líneas puras y ágiles, en los que se observa cierto valor arquitectónico. Unas veces cincelados en piedra franca extraída de las canteras salmantinas de Villamayor, y otras en piedra de Colmenar y de Novelda. O bajorrelieves trabajados sobre techos que él mismo policromaba a veces, como los dedicados a las artes de la Escultura, la Arquitectura, la Música y la Literatura que le encargara el constructor salmantino Antonio Fernández. Ahí representa mujeres de aspecto sereno, de líneas delicadas y armonía en el movimiento, con un porte regio de ofrenda o premio. Y recrea hombres de torso desnudo, captados en acción de trabajo, donde una vez más descubrimos un desarrollo anatómico de buenas calidades, con conocimiento y dominio del desnudo, de un saber muy estimable de la anatomía humana y sentido de la proporción. Cuajados desnudos en los que exalta esas formas vigorosas, fuertes y musculadas de volúmenes, como las alegorías realizadas en 1951 en el portal de la calle Rector Lucena número 4. O aquellos otros para la sede central de la antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca (1972), donde talló directamente en mármol travertino los temas a la manera de los escultores renacentistas. Y en barro cocido son también las alegorías que para la antigua casa Sindical en la Gran Vía salmantina (actualmente Casa del Pueblo de UGT), solo por mencionar algunos de los más destacados.

Dentro de la estatuaria religiosa confeccionó tallas de vírgenes en madera, vírgenes blancas resplandecientes (èblouissants) e imágenes policromadas al óleo, como la de San José. Imágenes de bulto redondo y relieves de vírgenes suavemente idealizadas, de líneas clásicas. Quizá recuerdan al estilo florentino de «madonas cuatrocentistas». En las vírgenes de su primera época hay algunas evocaciones a la escultura griega arcaica, dotadas de una fuerza expresiva considerable. Más adelante en el tiempo estas imágenes, muchas en hormigón, adquieren una estilización más alargada, más espiritual. Por ejemplo, San Isidoro (1953) o San Francisco de Asís (1972), de estética más abreviada. En la iglesia salmantina del Milagro de San José, destaca el retablo mayor constituido por nueve mosaicos en barro cocido policromado que recrean escenas relacionadas con la Natividad. Precisamente la piedra de Villamayor fue el elemento utilizado en ese austero sarcófago, o urna funeraria, del obispo Barba Viejo (1965) que se encuentra en la Catedral Vieja de Salamanca. Sobre la urna ha labrado la estatua yacente del personaje con mitra y báculo. El rostro refl eja una fisonomía bien lograda. En el frontal, bajo arquillos, recrea una serie de frailes dominicos, y en el centro del frontal el escudo del obispo. Está rematado por la leyenda «Dignare me laudare te-in aeternum – Virgo sacrata». Por otro lado, y entre su extensa producción, encontramos a finales de los sesenta, algunas pequeñas obras abstractas. Trabajadas en materiales diversos, como la piedra pómez, el cobre patinado o el bronce. Ejemplo son los llamados «módulos » de estructura geométrica, compuestos con mucho gusto, con un lenguaje más vanguardista, rompiendo de alguna manera sus anteriores planteamientos temáticos. Entre 1969 y 1972 termina un mural para el nuevo edificio de la Caja de Ahorros de Salamanca y gana un Tercer Premio con su Torso de atleta, en plomo, en la II Bienal del Deporte en las Bellas Artes, celebrada en Madrid. Premio compartido con el italiano Alessandro Taglioni y su obra Cien metros. Celebra varias exposiciones individuales y participa en algunas colectivas. Realiza un vía crucis y otras obras para la iglesia de los Hermanos de San Juan de Dios en Palencia. El Ayuntamiento de Valladolid le encarga una imagen de la Virgen de San Lorenzo, patrona de la ciudad, como regalo al Consistorio sevillano. Y en noviembre de 1972 gana el Primer Premio de Escultura en el Concurso Nacional de Pintura y Escultura de Valladolid, con la obra en plomo y estaño Figura de mujer tendida, organizado por la Caja de Ahorros Provincial. En 1973 recibe el premio del Ayuntamiento de Madrid, en la IV Bienal Internacional del Deporte en las Bellas Artes. Y, con Figura de mujer recibe una mención de honor en la II Bienal Internacional de Arte de Marbella. Además, hace dos nuevas piezas para la orden salesiana de Santander: Santo Domingo de Silos y San Juan Bosco.

En cuanto a su estética, y revisando la obra del zamorano-salmantino, se reconoce una formación clásica, con esa base asentada en un dibujo de exigente justeza, que elabora y resuelve con la soltura de mano bien educada, con cierta libertad interpretativa y rica imaginación. Seguramente busca no someterse estrictamente a la dictadura de la técnica, como se aprecia en El beso. Cosas que no habían pasado desapercibidas a los especialistas franceses en 1951: «La soltura de vuestros dibujos y bocetos muestran un verdadero talento y estimo un acierto la beca concedida por el gobierno francés, que os ha permitido desenvolver más ampliamente vuestro arte». También de ese trabajo se escribió: «Su obra se inserta en cierta tradición renovadora dentro de preceptos clasicistas o académicos de la escultura de su tiempo. Así, tras un primer periodo marcado por los encargos oficiales, dará paso a una mayor poética en posteriores trabajos para particulares y centros religiosos…».

En su corta pero prolífica trayectoria profesional hizo un número de obras considerable, superior a doscientas treinta. Sensibles y con interioridad, de muy buena factura, tenía buen olfato inventivo. Hubo un tiempo, sobre todo en su juventud, en que prefería la escultura religiosa a la profana: «Es la que más siento y deseo expresar. Quisiera dedicarme exclusivamente a la imaginería». Artista de múltiples recursos tocó todos los campos, y todos los materiales pariguales: la piedra dura o blanda, alabastro hormigón y mármol, como el travertino del Mural alegórico de 1969 para la antigua Caja Duero (actual Caja España-Duero/Grupo Unicaja). Bronce plomo y madera, vidrio hierro y estaño, la plata o el oro. Manejaba con soltura los palillos en el modelado del barro, cocido y policromado al temple después, o la escayola, también policromada en ocasiones, incluso se atrevió con la cerámica. Elementos sobre los que investiga y a los que consigue sacar una estética muy interesante. Escultor de estilo fino, siempre se adentraba en un estudio analítico previo de las propiedades que la materia le ofrecía. Busca e indaga en sus posibilidades hasta dar con la más adecuada a las formas que ideaba, por ejemplo Profeta, de líneas geométricas puras, donde ha conseguido un juego muy interesante de cavidades. Sabía mucho de la profesión, manejaba diestramente la gubia y conocía bien la plasticidad que la piedra tiene como elemento escultórico, sobre todo la de Villamayor, casi trabajada con la maestría de un orfebre. Material al que consigue sacarle múltiples calidades, sin desdeñar otros como el cemento. Así, parece que no se le resistió ninguno de ellos: «… Instintivamente siempre he sabido que hacer con el barro cuando lo tengo entre mis manos», expresaba. Destaca su interés por esas formas de volúmenes puros, trabajados con un alto sentido de lo estético. Aunque a partir de los sesenta, y sin despegarse del todo del ideal clásico, va a la búsqueda de una mayor expresividad en esas figuras que parecen deformadas, de superficies arrugadas y costrosas, que de alguna manera nos retrotraen a las texturas arqueológicas de las esculturas grecorromanas depositadas en el mar, como apunta Teresa Ortega Coca. Todas ellas son figuras con mucha variedad de registros.

Hizo quince exposiciones individuales y participó en cincuenta colectivas. Entre sus innumerables galardones, además de los ya mencionados, destacan: Medalla de plata en la Primera Exposición Provincial de Arte de Educación y Descanso (Salamanca 1944). Premio Valladolid de Escultura (Concurso Nacional de Escultura Caja Provincial de Ahorros de Valladolid 1972). Premio Ayuntamiento de Madrid (IV Bienal Internacional del Deporte en las Bellas Artes 1973). A todo lo dicho hay que añadir la fructífera labor docente iniciada por este zamorano, en 1966. Y en 1968 obtiene, por concurso oposición, la Cátedra de Dibujo en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Oviedo, pide excedencia y se queda como ayudante de cátedra de dibujo en el «Instituto Fray Luis de León», trabajo que compagina con encargos artísticos como las esculturas para el Teologado Salesiano. Al finalizar el curso 1968-69 gana la Cátedra de Dibujo en el «Instituto de Bachillerato Zorrilla» de Valladolid, donde se traslada con toda su familia. El 23 de diciembre de 1973 fallece en la capital del Pisuerga, mientras su escultura Simbiosis había sido presentada al Concurso Nacional celebrado en Madrid entre los meses de diciembre del mismo año y enero de 1974. Mismas fechas que otra de sus piezas se exhibía en el Concurso Nacional de Pintura y Escultura de Valladolid. Desde entonces su obra ha sido expuesta en numerosas ocasiones dentro y fuera de la ciudad del Tormes, entre otras, las tres realizadas por sus amigos entre 1976-1977 como homenaje a su obra. O la individual a su memoria, celebrada entre diciembre de 2007 y enero de 2008 en la Sala de Exposiciones Santo Domingo de la Cruz, titulada Núñez Solé, un escultor en la Salamanca de la posguerra. El profesor Brasas Egido, autor del catálogo de dicha exposición, dice de Núñez Solé: «Fue sin duda uno de los artistas más destacados y representativos que trabajaron en Salamanca durante la posguerra. El desarrollo y las vicisitudes de su personalidad como artista se han de enmarcar en las duras y difíciles condiciones que vivió el arte español, y en concreto los jóvenes creadores en aquellos años de lucha constante y casi dramática por dar a conocer su trabajo». En definitiva, y pese al tiempo que le tocó vivir, la obra escultórica producida por José Luis Núñez Solé es fruto de mucha experimentación, de ensayos atrevidos cuya finalidad era la de darle un giro estético más universal. Siempre buscó una forma de arte que no solo se limitara a lo que el mecenazgo oficial exigía, e indagaba en variedad de técnicas, estilos y tendencias expresadas con un lenguaje propio. Quizá esa pluralidad de inventiva diera como resultado una obra plástica tan singular, y una apuesta segura para que su trabajo en aquellos años se valorara tan bien.

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NÚÑEZ SOLÉ: poética del volumen escultórico

Inés Gutiérrez-Carbajal

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