La ciudad como trampantojo

La ciudad como trampantojo texto: Jesús Trapote ilustración: Enrique Diego

La «Operación Canalejas» de Madrid, es decir la reconversión de siete edificios con fachadas a la calle Alcalá y a la Plaza de Canalejas, en hoteles y viviendas de lujo con el argumento de que habían quedado vacíos y sin uso, ha derivado en el auto de procesamiento para el arquitecto que dirige las obras. El fiscal de Medio Ambiente cuestiona también las decisiones de la Directora de Patrimonio de la Comunidad de Madrid. Los edificios afectados pertenecieron en su día a La Equitativa y forman una especie de barco con la proa en la confluencia de Alcalá y Sevilla. También albergaron la sede de Banesto. Son todo un ejemplo de un urbanismo que antepone el lucro sobre la conservación, ante la cara bobalicona de unos ciudadanos que encuentran más placentero pelear por las ofertas de Primark que pasear por el Jardín Botánico que mandara construir Carlos III.

No sé en qué parará la actuación del Fiscal, pero me temo el auto no perturba el sueño del arquitecto, arropado en toda su actuación por el Colegio Profesional al que pertenece. Y menos la de la directora del Patrimonio que, ante la evidencia de que han sido destruidos elementos muy valiosos del conjunto sobre el que operan las grúas, afirma con el mayor descaro que «hay elementos que la empresa no ha entendido como crujías y los ha destruido», «además no está clara cuál es la definición de una crujía».

En fin, que no habrá condena y si la hay será leve, que el decorado se mantiene, el hotel de lujo y las viviendas de más lujo ya están levantadas asomando con el mayor descaro sobre los restos conservados de la fachada, y un montón de elementos originales de albañilería, carpintería, cerrajería, forjados, etc. han desaparecido. Son «los errores de todos los días» que define el arquitecto Lamela (echen un ojo a los almacenes de los anticuarios).

Esta es quizás una de las actuaciones más sonadas y perversas de cuantas se registran cada día en Madrid y en lo que no es Madrid. Valladolid mismo es una ciudad en la que el vaciado de edificios para construir de nueva planta en el interior es el pan de cada día. El beneficio es tan considerable que no importa mantener durante años una fachada solitaria soportada por vigas metálicas hasta que el Ayuntamiento o quien proceda dé el visto bueno al negocio saneado, a la manipulación estética, a la conversión de la ciudad en un trampantojo.

El argumento o los argumentos son muy perversos.

«¿Y qué hacemos: dejamos que se caigan las casas? Mejor será mantener la fachada y que el tono general de la ciudad se conserva a que un buen día veamos los escombros por el suelo».

El propietario de un edificio tiene la obligación de conservarlo. Si no lo hace, argumentos legales hay para sustituirlo en el compromiso. Y los organismos correspondientes deben ser consecuentes con el compromiso cívico que han asumido y defender lo de todos frente a lo de algunos. La «Operación Canalejas » rendirá beneficios incontables y los paseantes de Primark miran embobados el lujo del Madrid Central. Un Madrid, por cierto, al que no tendrán acceso nunca porque el hotel Marriot de una constelación de estrellas que está ya en fase de amueblamiento será para otras gentes, otras fortunas, otras sensibilidades (otra billetera).

Es como si en Valladolid el emblemático edificio del Casino de la calle Duque de la Victoria, se declarase protegido solamente en su exterior y por dentro, una vez «vaciado», albergara un moderno salón de juegos. Todos sus salones, artesonados, salas de lectura y biblioteca, desaparecían de un plumazo para dar cabida a unas modernas, pero frías instalaciones. Y quien dice el Casino pues podría decir, por ejemplo, el Ayuntamiento o el Palacio Pimentel. ¿Por qué no meter un hotel Marriot en el antiguo Palacio Real? La técnica es mantener la fachada, derribar todos los interiores, conservar algunos elementos decorativos para que no diga la gente y exhibir poderío en una ciudad que mantendría el tono general de sus calles. Es algo que se ha hecho en la Plaza Mayor o en el inicio de la calle Felipe II y hasta en el Paseo de Zorrilla. No se trata solamente de proteger ciertas fachadas para su conservación, sino de mantener vivo el recuerdo de como era ese lugar con sus limitaciones y desventajas. Bien está que se añadan complementos actuales que sirvan para una mejor condición vital, pero manteniendo el espíritu original del lugar.

Vendrán ahora las opiniones de que es viable la convivencia estética de lo moderno y lo antiguo y sinceramente, a mí no me convence. Cada objeto, o espacio construido tiene un objetivo y espacio apropiado que ocupar y mantener. No se debe destruir el pasado y dejar la tramoya para el desecho. Si se trata de conservar la parte exterior y en muchos casos, «bonita», se debería mantener lo interior con todos los medios que la modernidad permita.

No caigamos en el equívoco de ofrecer al espectador una ciudad de «decorados teatrales» cuyo único interés sea el exterior y por dentro sea un convencional lugar, eso sí: de mucho lujo.

Conste que no estoy en contra de las nuevas experiencias, pero solamente señalo que se deberían aplicar en los edificios y lugares de nueva construcción y no en los existentes y en especial los históricos.

Hubo un tiempo en que la confluencia de arquitectos municipales complacientes, catedráticos tolerantes, promotores venales, constructores olvidadizos… acabó con los palacetes de las calles Juan Mambrilla, Duque de Lerma, Esgueva, Rosarillo, etc. (en Valladolid). En estos casos, los elementos arquitectónicos de interés acabaron en los chalets de constructores, ediles, personajes notables de la ciudad, etc. (incluso viajaron a otros chalets y casas solariegas de otras ciudades). Si una operación maquillaje como la de Canalejas hubiera salvado aquel patrimonio tal vez aceptaríamos la reconversión de la ciudad en un decorado. Pero no fue posible. El poder de los que mandaban y la mansedumbre de los que obedecían destrozó el Valladolid del XVI y el XVII.

Conservemos ahora lo que nos queda. Pero todo. O la ciudad será un decorado. Eso sí, plenamente habilitada para desarrollar todo tipo de operaciones de marketing.

Esta publicación sobre La ciudad como trampantojo esta publicado en Revista Atticus Nueve

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La ciudad como trampantojo

Jesús Trapote

ilustración: Enrique Diego Blanco

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