Relato – La psicóloga por Marina Caballero

La psicóloga por Marina Caballero

Las tempestades domésticas suelen ensañarse con los objetos, a fi n de cuentas un mal menor; y, en ocasiones, lo hacen de una manera selectiva, según la mala leche de quien las provoca. En esta ocasión, fueron algunos cuadros los que se estamparon contra el suelo; después, un violento portazo para no variar y silencio.

Amil, mi nieto, tras echar por la boca toda clase de improperios, se había encerrado en su dormitorio, sin la menor intención de asistir a terapia aquella tarde. Que fuera yo en su lugar, chilló. Así las cosas, me vi en la necesidad de informar a Nora por teléfono, quien, semanas atrás, ya me citó en su consulta para analizar el deterioro creciente de nuestro día a día familiar. Pero esta vez, hecho inusual, la psicóloga se mostró dispuesta a pasarse por mi casa. Ello me causó agobio e intenté disuadirla. Le conté la verdad: que, tras la disputa, había desistido de ir al peluquero y que ahora, sin casi ánimo, no me quedaba más remedio que arreglármelas yo sola con el peinado, pues esperaba una visita a media tarde y andaba ya con el tiempo justo. Ante mi sorpresa, Nora se ofreció a colocarme rulos y pinzas tan pronto llegase; que lo dejara en sus manos, afirmó.

Nerviosa, busqué un peine con mango de larga púa; así ella podría separar los mechones fácilmente. Sin embargo, el peine no presentaba el aspecto impoluto que yo creía necesario. Entonces me apresuré a frotarlo con los dedos bajo el grifo abierto del lavabo; pero apenas mejoró su aspecto.

Paradójicamente, cuando Nora entró en casa, poco o nada pareció importarle mi pelo mojado. En cambio, se interesó por la habitación de Amil, ahora con la puerta entreabierta. Extendí un brazo fuera del cuarto de baño para guiarla. Me sentía un tanto desconcertada; desde luego, no cabía esperar que mi nieto soltara palabra alguna. Con semblante serio pero tranquilo, Nora echó una ojeada desde el pasillo al interior del dormitorio, y no se le escapó el estado de las paredes, demasiado blancas por lo vacías. Amil, sentado ante su portátil, se giró con desinterés; luego volvió a enfrascarse en lo suyo, o eso aparentaba.

Palpé mi cabeza; visto y no visto, yo misma me había colocado algunos rulos. Después de todo, no se me daba mal hacerlo y con prontitud completé la tarea. Al poco sonó el timbre. Reaccioné con sobresalto; cómo podía ser, todavía faltaba un rato para la hora convenida. La psicóloga, aún por el pasillo, resolvió. Que ella atendería a quien fuera, dijo, y, sin dilación, abrió la puerta de entrada. Buena idea, juzgué; así yo, secador en ristre, apresuraría mi arreglo personal.

Si bien apenas pude oír las voces de una y otros, y menos entender sus saludos o presentaciones, en solo varios minutos, todo un logro, conseguí dar forma al cabello. Quería abreviar; de hecho, tan pronto me cambié de ropa, fui para el salón.

Desde el pasillo divisé a los recién llegados, al fondo, cerca del ventanal, ocupando sendas butacas frente a Nora. Sí, se trataba de un matrimonio amigo, que se había adelantado al horario previsto. Observé que ambos escuchaban con gran deferencia a Nora, quien, sentada en una silla de comedor, tomaba rápidas notas en su libreta, acaso sobre una patología, y tendía a sus interlocutores varias tarjetas de visita.

¿A qué venía tomarse tantas confianzas? Me quedé perpleja; no daba crédito, o sí. Futuros pacientes, ya preveía yo. Desde luego, a la psicóloga le cundía bien el tiempo en su beneficio, lamenté; aunque, tal vez, alguna réplica de cualquiera de mis allegados la había inducido a ofrecer sus servicios.

Decidí no darme por enterada y crucé sonriente el umbral del salón. Entre muestras de cariño, este matrimonio amigo se justificó de su temprana llegada; que el autocar del pueblo había suprimido algunas paradas a lo largo del trayecto, contaron.

Al poco, yo depositaba sobre la mesa de cristal una bandeja con pastas de té, y servía un aromático café para nosotros cuatro.

La psicóloga está publico en Revista Atticus 40

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Marina Caballero

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