Microrrelatos – Fernando Fernández Calvín

La niña verde

Se llama Laura, tiene diez años y una melena púrpura
con la que estela las noches de luna llena.
Le gusta perderse en los centros comerciales, pues
siente que el zafiro de sus ojos revienta de curiosidad.
Toquetea sin pudor los pétalos de las orquídeas y
acaricia las baldas de todos los anaqueles.
Juega a desordenar el viento y descorcha sabores
imposibles en los cucuruchos de los helados.
En la playa filtra arena con el cedazo de sus dedos, y
pinta sus granos con amor de orfebre.
Tiene tres gatos, a los que cada mes renombra, y enhebra
constelaciones con bramante plateado.
Frota sin desmayo la alcuza de la cocina hasta que se
asoma el genio.
Los niños la señalan con extrañeza, que paga con
sonrisas tañidas en una campana de miel.
Se llama Laura, y es verde.

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El niño niño

Tiene siete años y agarra los rabos de
nube con la codicia del poeta que encuentra
un verso verdadero.
Su padre es astronauta y la madre actriz
de cabaret, y todo esto da para hinchar
un montón de globos.
Sobrevuela la ciudad en Zeppelin y en
las noches merodea los confines de la Vía
Láctea en busca de medusas e hipocampos
color azul, la tinta con la que el mar
tiñe las velas de los barcos corsarios.
Un día de abril inventó los girasoles,
que desde entonces inundan los campos
que antes eran tristes.
Los días impares acompaña a su madre
al teatro y se sienta en el proscenio, pues
le fascina el frufrú con que su falda rompe
el silencio, y aplaude con las mejillas.
Las noches impares su padre le hace
un hueco en el Apolo XI, y siempre alunizan
en un cráter sembrado de musgo.
Es el niño niño, y no quiere crecer.

Mar de Primavera

Las noches impares de esta primavera desgalichada,
abro la ventana de mi alcoba, a ver
si me alcanza el mar.
Desde un tiempo en el que no había tiempo
viajan el rumor de las olas cosidas por el
bramante del lomo de las sardinas, fortalezas
de arena que se vencen con dulzura ante el
primer embate del Mar Cantábrico y los ojos
de una niña cuyo nombre nunca he podido olvidar.
Cierro el toldo de mis párpados y veo a mi
padre mordisquear con los pies el festón del
agua sobre la arena, y a mi madre capitana de
una nave corsaria en la que todos llevamos la
bandera pirata tatuada en la frente.
Atardece y el cielo pone orden en las olas,
que se tornan azul pastueño.
Regreso a casa y mis pies son de arena y sal.
Vuelvo la mirada atrás para cuajarla de nostalgia,
como Edith, la mujer de Lot.
Mi alma, como la suya, siempre se quedó allí.

Estos Microrrelatos – Fernando Fernández Calvín está publico en Revista Atticus 40

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Microrrelatos – Fernando Fernández Calvín

Fernando Fernández Calvín

Revista Atticus

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