Relato El sexo de las medusas por Àngel Comas

El sexo de las medusas por Àngel Comas

La maldición de la medusa de la mitología griega

Desde siempre, Medusa Torres, había tenido problemas con su nombre, en el colegio, con sus amigas de vecindario… normal llamándose Medusa. Al principio, todo el mundo se le burlaba sangrientamente, pero, como era muy atractiva, sacaba notas extraordinarias y, para escarnio de los psicólogos que auguraban todo lo contrario, era extrovertida, sana y simpática, todo cambió. Las burlas ya habían cesado cuando lo acortó y se lo cambió por Med, aunque ella nunca olvidase que realmente su partida de nacimiento ponía Medusa Torres y González —¿Por qué me pusisteis Medusa, mamá? —Para seguir la tradición, chiquilla. Todas las mujeres de nuestra familia se llaman así. Tu tatarabuela, tu bisabuela, tu abuela y yo. No se nos permite romper la cadena, hija. —Pero ¿quién no os lo permite? No lo entiendo. —Algún día lo sabrás, chiquilla. Cuando cumplas los dieciocho te lo diremos. —Pues los cumplo dentro de seis meses, madre. —Ya lo sé. Entonces hablaremos. Su padre, Camilo Torres García las había tenido que abandonar perseguido por la justicia por estafa múltiple y ahora estaba en paradero desconocido en situación de búsqueda y captura. Su madre no quería hablar de él, “Mejor no hacerlo, no me apetece, no lo merece”. Durante mucho tiempo indagó preguntando a las otras Medusas, pero finalmente desistió, siempre acababan en lo mismo: esperar al día de su aniversario. No tenía hermanos, pero tenía novio, Miguel, un buen chico dos años mayor que ella, con quien se casaría algún día. A Miguel tampoco le importaba su nombre, “Med o Medusa, ¿qué más da? Los nombres no significan nada”. Ninguno de los dos compartía la idea tan generalizada de que el nombre marcaba la personalidad, aunque reconocían que en algún caso pudiese ser así. A los diez y siete años estaba ya a punto de entrar en la universidad, quería especializarse en inteligencia artificial, Miguel ya llevaba un año estudiando robótica. Ella era una lumbrera y su punto fuerte era la curiosidad. Lo investigaba todo y su ordenador echaba chispas buscando incesantemente por internet. Yendo de visita a casa de su tatarabuela, Medusa García, descubrió una inmensa biblioteca sobre medusas. Y ojeando por encima los lomos de los libros, encontró uno que le llamó la atención, Medusa García, Medusa Poirier, Medusa Lozano y Medusa González, la historia moderna de las Medusas. Más que un libro parecía material informativo impreso y encuadernado por una imprenta rápida. —¿Me lo dejas, tata? —Claro que sí, guapa. Te será muy útil para cuando tengamos tu reunión de aniversario. Pero, mira, te voy a dejar otro que lo complementará, Enciclopedia de la Mitología, pienso que no está en Internet. —¿Y que busco, tata? —Empieza por Medusa y sigue el hilo. Ya en casa, abrió la Enciclopedia y siguió el hilo: Medusa era una de las tres górgonas, mujeres monstruosas que no se andaban con chiquitas y se divertían convirtiendo en estatua de piedra a quienes las miraban sin permiso. Suerte que Perseo le cortó la cabeza y allí terminó su poder. ¿Por qué querría su abuela que supiese todo esto? Siguió con Medusa García, Medusa Poirier, Medusa Lozano y Medusa González, la historia moderna de las Medusas y descubrió que era la historia de su familia, al parecer escrita por su tata (tatarabuela). Lo resumió así en el bloc de notas de su móvil: El nombre les viene de principios del siglo XX cuando la primera Medusa, (Medusa García) cuyos orígenes nadie ha podido descubrir, cantaba y se prostituía en un cabaret de mala muerte de París. Medusa García fue toda una celebridad durante la parte final de la mal llamada belle èpoque (fue bella solo para algunos) y hasta hizo sus pinitos en películas porno, clandestinas por supuesto, que desgraciadamente se han perdido. De su matrimonio con un joven millonario, un tal Poirier, que la dejó viuda en seguida por empeñarse en estar a la altura de su exigente propuesta sexual, tuvo una hija –aunque vete a saber de quién– que se llama Medusa Poirier, la bisabuela, la cual con veinte añitos se fue a vivir a la Barcelona de la república donde se ganó estupendamente la vida con su casa de putas, chez Medusa, apareciendo también como secundaria en los tres videos porno que se rodaron para el rey Alfonso XIII, El confesor, El ministro y Consultorio de señoras, y fue la amante fi ja de varios industriales textiles, de aquellos que forjaron la burguesía catalana. Amasó una fortuna más que notable y quizá para evitar que los moscardones habituales la asediaran más por su capital que no por el simple interés, no se casó nunca, aunque tuvo una hija, Medusa Lozano, (como madre soltera, le puso apellido que quiso) a la que enseñó todos los intríngulis de la profesión. La hija de su hija, Medusa González, era una eminencia todo terreno y aumentó la fortuna familiar mejorando los negocios de la madre, picando más alto en la categoría de sus fulanos, y hasta mucho después de la Transición conoció las mejores camas de falangistas y prohombres del Reino. De ella el libro solo decía que: la hija de la hija de su hija, Medusa Torres, “que sigue haciendo honor a sus antepasadas y se espera que las supere”. La lectura y su propia experiencia le descubrió o le confirmó varios aspectos de su familia: todas las Medusas han sido, y siguen siendo, bellísimas, lo que justifica que todos los hombres perdiesen la chaveta por ellas y que pudiesen vivir del sexo, un terreno en el que son grandes expertas. Los retratos de cada época no engañan, y muestran un sorprendente parecido. Con las diferencias lógicas de modas y atuendos y posibilidades fotográficas de cada época, son como cinco gotas de agua, idénticas. Además, parece que no envejezcan y, por descontado, todavía no ha muerto ninguna de las cuatro. ¿Cómo se explica? Sus edades justificarían que, al menos la tatarabuela y la abuela hubiesen dejado el mundo de lo vivos. Pero no, y encima ni se les nota la edad. ¿Cómo se explica que la última Medusa parezca de la misma edad que la primera? El sexo es el motor principal que ha movido a las cuatro Medusas y está por ver si también lo será para ella, la quinta, el centro de la reunión de bienvenida que está a punto de celebrarse. Medusa Torres ya ha cumplido los dieciocho años y ella piensa que el sexo no será el motor de su vida. La reunión de las cinco mujeres empezó puntualmente en un salón privado de un hotel de lujo de Cadaquès. Medusa García la tata, la fundadora, tomó la palabra: —Bienvenida oficialmente a nuestro clan, pequeña Medusa. —Gracias, tatarabuela. —Empecemos. Excepto yo que soy la primera Medusa de la era moderna, todas las aquí presente hemos tenido un acto similar a este, un acto de iniciación. Siempre al cumplir los dieciocho años. —¿Cuáles son nuestros orígenes, tatarabuela? —No se saben. Tu ya conoces la mitología, pero entiendo que no te la creas, es mitología y basta. A mi nadie me ha dicho nunca nada y, con el tiempo, me he ido montando mi propia historia. —¿Y cuál es esta historia, tatarabuela? —Mira, yo pienso que nos parecemos más a las medusas de mar que no a lo que cuenta la Mitología. —¿En qué? —De entrada, no tenemos el físico horroroso de las gorgonas, somos guapísimas y, además no tenemos poder para convertir a los hombres en estatuas de piedra, ¡que más quisiéramos! —¡Ja! ¡Ja! ¿y qué tenemos de las medusas marinas? —Varias cosas, principalmente en que prácticamente somos inmortales. Cuando estamos a punto de morir, nos regeneramos, renacemos Eso es lo que hace cierta especie de medusa, pero piensa que hay más de tres mil especies. Tu todavía eres demasiado joven para hacer este renacimiento. —Vamos, tatarabuela, vamos, esto no hay quien se lo crea. —Pues mira, hija. En el Japón hay tres variedades de medusas, a las que se denominan inmortales y un científico, un tal Shin Kibota, hizo un experimento con una de ellas, la llamada escarlata, y afirma que primero encogió y luego se rejuveneció. Todavía es pronto para saber si este proceso se repetirá y hasta cuando, pero, mira, como ejemplo, nos tienes a nosotras cuatro. ¿Tú dirías que yo paso de los cien años? ¿Y que me dices tu bisabuela o tu abuela? ¿O de tu madre? —Sí claro, no parecéis la edad que tenéis. ¿y cómo lo hacéis? —Lo creerás o no, pero en un momento dado nos aislamos y experimentamos el mismo proceso que la medusa escarlata: nos hacemos pequeñas hasta un tamaño ínfimo y luego renacemos. Esto dura unas dos semanas. —No sé si creerte, tatara… —pero calló en seguida ante la mirada de las otras tres Medusas. —Te he de decir que yo no creo ni en milagros ni en brujerías, niña, pero es lo que hay. Es lo que pasa y punto. Y también te he de decir que lógicamente no nos pasa únicamente por llamarnos Medusa, hay bastante más… pero no lo he podido descubrir. —Pues mira, yo no me creo nada de esto. —Es natural, a mí me pasaría lo mismo, pero hay otros rasgos de las medusas marinas que nosotras cuatro compartimos. En general, somos bastante iguales excepto en una cosa: ellas no necesitan el sexo para reproducirse y para nosotras es esencial, por algo somos humanas y, además, todo lo que somos nos lo hemos ganado con el sexo. Todas hemos hecho de putas o de entretenidas. Todo lo hemos conseguido con el sexo, pero mejorando en cada nueva generación y hasta ahora nos ha ido muy bien. Y además necesitamos practicarlo intensamente y con muchos hombres para regenerarnos. —¿Algo más que deba saber? —No, de momento. —Bueno, pues ya me lo has explicado y, la verdad es que ahora todavía tengo más dudas. ¿Y ahora qué? ¿Qué he de hacer? —Mira, niña, lo que sí que sé, es que en la edad que tienes, dieciocho, has de hacer un juramento si es que quieres beneficiarte de un estado como el nuestro. —¿Un juramento para ser como vosotras? —Exactamente. Tu bisabuela, tu abuela y tu madre lo hicieron en su momento. Yo no hice nada, ya te lo dije. —¿Y en que consiste el juramento? —Más que un juramento es manifestar públicamente que quieres conservar tu nombre de Medusa, para que todo funcione. Sería algo así como el sacramento católico de la confirmación. —Pues mira tatarabuela, no voy a hacerlo, no me gusta el nombre de Medusa y me lo cambiaré por el de María, que no es tan pagano. A mí me gusta más. —Finalmente, un último aviso, lo tienes que decidir ahora mismo y no hay vuelta atrás. Piensa en todo lo que te puedes perder y lo mucho que puedes ganar. —No, tata, no, a partir de ahora me llamo oficialmente María, aunque todo el mundo me seguirá llamando Med, como siempre. Yo no creo en esas supersticiones. Mirad, yo no os juzgo por vuestras vidas, pero yo pienso vivir de otra manera. Las cuatro Medusas se miraron y trataron de argumentar. Med lo tenía muy claro, había reflexionado mucho antes de la reunión. —Pero mujer, ¿qué te cuesta? —Supongo que una condición es vivir del sexo como vosotras. No es solo conservar el nombre. —Sí, naturalmente. —Pues yo no quiero. —¿Acaso no te gusta el sexo? —Sí, muchísimo, pero así no, no quiero venderlo. Quiero usarlo cuando me apetezca, no por interés. —Todo es cuestión de un pequeño esfuerzo. —No me apetece hacer ese esfuerzo. Además, estoy enamorada y no podría ser infiel a mi novio. —Ahora nos ha salido romántica. —No es romanticismo, es otra cosa. Me imagino que no la entendéis. Y no hubo manera de convencerla. María nunca más volvió a llamarse Medusa. Consolidó oficialmente su decisión en el registro civil, se casó con Miguel, tuvo hijos y envejeció después de haber vivido mejor que todo el mundo, gracias a su excelencia en inteligencia artificial. Fue feliz, le fue siempre fi el a Miguel y nunca tuvo ninguna aventura, algo que no podría decirse de su marido, situación que las Medusas atribuyeron a que se preocupaba más de su trabajo que del sexo. En su funeral, las cuatro Medusas parecían sus hijas jóvenes y, al parecer, el sexo seguía siendo el motor de sus vidas.

Este relato El sexo de las medusas está publico en Revista Atticus 40

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El sexo de las medusas

Àngel Comas

Revista Atticus

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