Patricia Highsmith la fascinación por el mal (1/2)

Patricia Highsmith la fascinación por el mal por Àngel Comas

Edgar Allan Poe escribió el primer relato de ficción criminal (género literario conocido en España genéricamente como novela negra) en 1842. La primera mujer fue Anna Katharin Green, en 1878. Entre ella y Patricia Highsmith aparecen otras muchas mujeres, entre las que destacan: Vera Gaspari, Elisabeth Sanxay Holding, Margaret Millar o Agatha Christie. Patricia Highsmith (Forth Worth, Texas, 1921 – Locarno (Suiza), 1995), nacida como Mary Patricia Plangman, revolucionó el género, narrando la mayoría de sus obras desde la perspectiva del criminal, siguiendo las tendencias del existencialismo, incorporando factores psicológicos de manera abierta y haciendo que el lector se cuestionara la ética de los actos criminales desde la perspectiva social establecida, No puede decirse que sus novelas tuviesen un toque femenino ni feminista, a ella no le hubiese gustado, y sería excesivamente reduccionista. Extraños en un tren (1950 – Strangers in a Train) fue su primera novela, un auténtico bombazo impulsado por la adaptación al cine que Alfred Hitchcock hizo casi inmediatamente. Highsmith escribió veintidós novelas y decenas de historias cortas durante cinco décadas y su influencia es notoria en escritores y escritoras posteriores de la ficción criminal.

Muchos de los personajes de sus novelas reflejan su vida y su compleja personalidad, Arisca, misógina, malhablada, alcohólica, solitaria, intratable (llegó a decir que escribían mejor cuando no hablaba con nadie), lesbiana declarada y militante, comunista, amante de los gatos y los caracoles… su vida personal estuvo marcada por la depresión y la enfermedad (acabó muriendo por un cáncer de pulmón). En 1970 escribió en su diario íntimo: “Soy cínica, bastante rica, solitaria, depresiva y totalmente pesimista”. Fue desgraciada en amores y una feroz defensora de su espacio personal y también profesional en el mundo editorial, dominado por los hombres. Con sentimientos contradictorias por Estados Unidos, se auto exilió en 1963 y nunca más volvió a su país de origen. Prefería estar sola en su casa de Locarno con sus gatos y sus caracoles que llevar una vida mínimamente social. Y siempre luchó para que no la encasillaran en la ficción criminal.

Políticamente, cuando ya era una escritora famosa, se declaró abiertamente antisemita, escribiendo artículos contra el estado de Israel y la influencia del lobby judío en Estados Unidos, mostrando además sus simpatías por el pueblo kurdo. Esto no impidió que muchas de sus amantes fueran judías. En Francia le concedieron en 1990 la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura. Y en su constante provocación, hizo pública una lista de consejos para aquellos niños que quisieran asesinar a sus padres (Little Crimes for Little Tots: Things Around the House Which Small Children Can Do) en la que advertía que los niños pueden poner cuerdas en la parte alta de las escaleras para que algún adulto se caiga o pueden llenar el frasco de la harina con veneno para ratas. Odiaba a los niños y no soportaba sus gritos hasta el punto de que una vez preguntó a una amiga: ¿Cuántos golpes se necesitan para matar a un niño de ocho años? Ella sabía perfectamente los que se necesitaban para matar a un adulto.

Sus primeros años ya fueron de lucha, primero contra la situación de hija de padres separados, aunque con un padrastro y los cuidados de su abuela; después para abrirse camino en aquella tupida sociedad de hombres. Vivía en New York. En 1945 consiguió publicar un relato corto (unas tres mil palabras), La heroína (The Heroine) en la revista Harper’s Bazaar, donde ya anticipaba la futura ambigüedad moral de algunos de sus futuros personajes. Su vida fue conflictiva porque le gustaban las mujeres, en unos momentos en que la homosexualidad era tabú y, por su alcoholismo, no llegó a tener relaciones estables, ni personales ni sentimentales. «Desde muy pequeña aprendí a vivir con un intenso odio que me hacía tener sentimientos asesinos», escribió. También confesó que a los 12 años sentía que era un chico en un cuerpo de chica y que se sentía culpable y se avergonzaba de su homosexualidad. Quizá por ello se entregó al alcohol de forma compulsiva.

Según sus memorias, leía desde los cuatro años y entre los diez y los catorce leyó Crimen y castigo, de Dostoyevski; Los falsificadores de moneda, de André Gide, y La mente humana, del psiquiatra Karl Augustus Menninger. Los análisis de este sobre conductas humanas anormales influyeron en el tratamiento de sus futuros personajes de ficción.

En 1942 se graduó en estudios literarios en el Barnard College, que formaba parte de la Universidad de Columbia. Escribió guiones de comics, trabajó como dependienta en unos grandes almacenes y en 1948 se alojó en la colonia para artistas Yaddo, coincidiendo con Truman Capote y Chester Himes, entre otros. La colonia, que todavía existe, proporcionaba tranquilidad y aislamiento a artistas de todo tipo. En la actualidad pueden encontrarse establecimientos similares en todo el mundo, incluso en España.

Durante su juventud era completamente diferente a como fue en su madurez: era muy atractiva y vivía frívolamente de fiesta en fiesta, de amor en amor, seduciendo a hombres y mujeres, alegre, vital, despreocupada… Pero en realidad era una tapadera para de su visión real de la vida. A los 26 años, hizo un brindis para el año nuevo:

«Brindo por todos los demonios, por las lujurias, pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho: que nunca me den descanso».

Preocupada por su homosexualidad trató infructuosamente de tener relaciones heterosexuales estables, primero con su amigo el fotógrafo Rolf Tietgens (que llegó a retratarla semi desnuda) y después con el novelista Marc Brandel. Según se desveló a raíz de encontrarse su archivo personal. llevaba una lista de sus múltiples amantes femeninas, que empezó a los 25 años, en la que registraba la edad, el color del pelo (la mayoría eran rubias), descripción física, profesión, tipo psicológico, duración de la relación, motivo de la ruptura y puntuación de cada relación en una escala de 100 puntos (ninguna obtendría menos de 80).

El gran comienzo: Strangers on a Train (Extraños en un tren)

En 1950 consigue publicar su primera novela, Strangers on a train (Extraños en un tren), con un éxito tremendo al que no fue ajeno Alfred Hitchcock que le compró los derechos (por 7500 dólares) y la convirtiera en película de éxito, con guion de Raymond Chandler que la modificó sustancialmente, “porque no le gustaba”. La novela vendió en el primer año más de un millón de ejemplares y la carrera de Patricia subió como un cohete, convenciéndola de que podía vivir de la literatura. Tal vez sin proponérselo, Patricia había dado un vuelco a la literatura criminal desvelando sin tapujos las normalmente escondidas sombras del comportamiento humano, adentrándose en el peligroso terreno de
aspectos psicológicos, en sus variantes más perversas, en lo moral y lo amoral, en el bien y el mal, en el interés material… en una serie de elementos que pueden conducir hasta el crimen en una sociedad normal. Dos hombres se conocen en un tren y uno de ellos propone al otro intercambiarse dos asesinatos: tú matas por mí, yo por ti, un crimen doble sin móvil aparente que les garantizaría la impunidad. “Cualquier persona es capaz de asesinar. Es puramente una cuestión de circunstancias”— dijo Highsmith.

Es cierto que Hitchcock hizo una película diferente a la novela (Con Farley Granger y Robert Walker como protagonistas) pero convirtió a Highsmith en la autora estrella de la época y en el modelo a imitar por escritores y escritoras. La literatura criminal ya nunca más sería la misma. “Hitchcock cambió mi novela, pero siempre le estaré agradecida porque gracias a él pude seguir escribiendo y viviendo de escribir”.

Muchas de las constantes de sus futuras novelas se encuentran ya en Extraños en un tren: la falta de escrúpulos morales, la ausencia de culpa, la ambigüedad de sus personajes; la débil frontera entre el bien y el mal; la hipocresía de ciertos sectores burgueses; el destino inexorable; la infelicidad cotidiana… y el asesinato como única salida, para la realización personal. Sus estudiosos señalan también que en aquella novela ya se advierte su habitual estilo narrativo: profusión de diálogos, concisión descriptiva llevada al límite, ausencia de metáforas, y lo más importante, narración desde la perspectiva de su héroe-criminal, su antihéroe, convirtiendo así al lector en su cómplice. Según uno de ellos, sus descripciones están más cerca de un cuadro impresionista que del tipo de literatura entonces en boga.

A diferencia de otros autores del género criminal, que quizá solo buscan bestsellers o ser los típicos libros de aeropuerto, sus novelas poseen una inusitada calidad literaria. Tienen argumentos interesantes, pero también inusuales introspecciones en la psicología de sus personajes (no solo en los protagonistas) que suelen ser seres solitarios, sexualmente confusos, e imprevisibles. Sus analistas le atribuyen influencias de Dostoyevsky, Camus, y Henry James, entre otros, pero ella tiene su propia personalidad, sus personajes suelen ser horripilantes por su amoralidad y ella los convierte en cercanos, hasta simpáticos, haciendo que el lector les comprenda y hasta empatice con ellos. Y, por cierto, detestaba a Hemingway.

Puritanismo y mojigatería

Su segunda novela, The Price of Salt (El precio de la sal), publicada en 1952, se vio obligada a firmarla con pseudónimo, Claire Morgan, porque trataba de un tema entonces tabú, el lesbianismo, y lo que era peor, que el amor de las dos protagonistas terminase bien, no había en ella ningún castigo por amar a alguien de tu propio sexo, algo desacostumbrado en aquella época. Según la autora:
“Antes de este libro, en las novelas estadounidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban), o cayendo en una depresión infernal”.

Efectivamente, las dos mujeres de su libro tratan finalmente de compartir un futuro juntas. Es cierto que en aquellos momentos iban apareciendo con cuentagotas, casi clandestinamente, novelas homosexuales, pero siempre sobre hombres.

Poniendo mucho de sí misma, trató el tema con mucha delicadeza y sensibilidad, pero con pasión, y en ningún momento resulta sexualmente explícito. Sería una de sus pocas novelas con una mujer protagonista, ya que en casi todas suelen tener un rol secundario, siempre como complemento de los hombres. Su libro no es sobre el lesbianismo sino sobre la fragilidad de las relaciones humanas, representado en este caso por dos lesbianas y no es aventurado encontrarle toques autobiográficos. En su diario personal publicado años más tarde, escribió:

“Aquella noche concebí una idea, una trama, una historia sobre la mujer rubia y elegante del abrigo de piel (a la que había simplemente visto en la tienda en que trabajaba). Escribí unas ocho páginas a mano en mi cuaderno de notas de entonces Surgió de mi pluma como de la nada: el principio, el núcleo y el final. Tardé dos horas, quizá menos”.

Explicó que Harper & Bros rechazó The Price of Salt, y se vio obligada a buscar otro editor estadounidense. “Lo hice muy a pesar mío, pues me molesta mucho cambiar de editor”. En 1952, cuando se publicó en tapa dura, The Price of Salt obtuvo muchas críticas serias y respetables, pero el éxito llegó un año después, con la edición de bolsillo, que vendió cerca de un millón de ejemplares y “seguro que fue leída por mucha más gente”. En el mencionado diario, dice que “Me alegra pensar que este libro dio a miles de personas solitarias y asustadas algo en que apoyarse”, Ni que decir tiene que la novela levantó ampollas.

Años más tarde justificó que: “Mi joven protagonista puede parecer ahora demasiado timorata, pero en aquellos tiempos los bares gays eran sitios secretos y recónditos de alguna parte de Manhattan, y la gente que quería ir cogía el metro y bajaba en una estación antes o una después, para no aparecer como sospechosa de homosexualidad”.

Hacía casi diez años que Patricia había descubierto su homosexualidad.

En sus notas, Highsmith escribió: “Nunca he vuelto a escribir un libro como este. Mi siguiente libro fue The Blunderer (El cuchillo). Me gusta evitar las etiquetas, pero, desgraciadamente, a los editores estadounidenses les encantan”

El libro se reeditó en 1984, con el título de Carol y fue una verdadera sorpresa descubrir que Patricia Highsmith era su autora. Y en 2015, Todd Haynes dirigió una excelente adaptación de estilo clásico, Carol, protagonizada por Cate Blanchet y Rooney Mara, que tuvo nueve nominaciones al Oscar. Patricia Highsmith ya había muerto.

Este artículo sobre Patricia Highsmith la fascinación por el mal (1/2) está publicado en Revista Atticus 40

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