Justicia, jueces y abogados en la pintura

Justicia, jueces y abogados en la pintura por José Carlos Brasas Egido

Al igual que sucede con el tema de la Medicina y la profesión médica1, las Bellas Artes, y en especial la pintura, han mostrado en múltiples ocasiones los diferentes aspectos del ejercicio del Derecho. A lo largo de los siglos se constata el refl ejo y la traslación del mundo de la jurisprudencia a las formas plásticas, pudiéndose citar gran número de pinturas, grabados o dibujos que tienen por protagonistas a jueces y abogados.

Comenzando por la propia imagen de la Justicia, abundan las representaciones alegóricas, tanto pictóricas como relativas a las artes gráficas. Su origen se remonta a la Antigüedad clásica, al ámbito de la mitología griega y romana. La Justicia es la personificación de la diosa Temis en Grecia y de su equivalente romana, “Iustitia”, imagen que se mantiene como prototipo iconográfico a través de toda la historia del Arte. La virtud de la Justicia se simboliza mediante una joven y bella mujer, entronizada o de pie, a veces con los ojos vendados, si bien no necesariamente (la venda, como es sabido, es símbolo de imparcialidad), al tiempo que porta en una mano una espada (que significa la fuerza para el desempeño de sus labores), y en la otra, una balanza de dos platillos en perfecto equilibrio, donde pesa las buenas y malas acciones.

Son incontables los ejemplos que hallamos en la pintura desde la época del Renacimiento. Por seleccionar sólo algunos, podemos recordar las alegorías pintadas por Rafael en las Estancias Vaticanas, en concreto el célebre tondo de la bóveda de la Sala de la Signatura, en la que aparece como Arte Liberal acompañada por la Filosofía, la Teología y la Poesía. La alegoría de la Justicia de la Sala de Constantino es también otra de sus más bellas creaciones.

Representaciones similares pintadas en decoraciones murales renacentistas, principalmente en el ornato de los Palacios Públicos donde se ejercía la Justicia, menudean en la obra de algunos de los más famosos pintores manieristas, como por ejemplo Domenico Beccafumi, en el Palazzo Público de Siena; Ventura Salimbeni, en el techo del Palacio del Consejo de los Doce, de Pisa, o también la alegoría pintada por el célebre pintor, arquitecto y tratadista Giorgio Vasari, en el Palacio de la Cancillería en Roma.

Otros ejemplos de alegorías de la Justicia igualmente sugestivos menudean también ya en siglos posteriores, fundamentalmente en los conjuntos decorativos del barroco tardío, en especial los pintados por la escuela boloñesa del siglo XVIII. A uno de ellos pertenece el bello dibujo a la sanguina de la Apoteosis de la Justicia de Giuseppe María Crespi, o la hermosa pintura de factura muy abocetada de uno de los últimos representantes de la pintura boloñesa, Gaetano Gandolfi , fechada en 1760 y conservada en el Museo del Louvre.

No faltan imágenes insólitas como la que dejó el famoso pintor alemán renacentista Lucas Cranach el Viejo, que pintó a la Justicia como una joven desnuda, apenas cubierta con un delicadísimo y transparente velo; o bien, ya en el siglo XVIII la clasicista interpretación de la Justicia del retratista inglés Joshua Reynolds.

Frecuentemente también aparecen alegorías de la Justicia en el arte del grabado, sobre todo como ilustraciones en tratados de iconología, corpus de alegorías y libros de emblemática (así las encontramos en la Iconogía de Cesare Ripa o en Le imagini de i dei degli antichi de Vincenzo Cartari). Asimismo, los grabadores manieristas nórdicos ofrecen interesantes representaciones, como la del holandés Hendrik Goltzius, y lo mismo puede decirse de algunos ejemplos ya del siglo XVIII, de la etapa de la Ilustración, como la alegoría del francés Hubert-François Gravelot y Cochin.

En algunos casos, la Justicia no aparece sola, sino acompañada de otras virtudes, y en particular muy frecuentemente teniendo a la Paz como compañera. Es el tema del Abrazo de la Justicia y la Paz, en una clara alusión al beneficio de la Paz que trae consigo el mantenimiento de la Justicia.

En ese sentido y entre otras representaciones, se pueden recordar los lienzos con este tema pintados por el flamenco Theodor van Thulden, un colaborador y seguidor de Rubens, que pintó varias versiones de este asunto, algunas de ellas fechadas en 1649 y pintadas con motivo del final de la Guerra de los 30 años; muy bellas son también algunas versiones, ya del siglo XVIII, y en concreto la de Corrado Giaquinto, pintor rococó, de la escuela napolitana. En el cuadro, conservado en el Museo del Prado, vemos en clara referencia a la dinastía borbónica, cómo la Justicia y la Paz traen la Abundancia, simbolizada en el cuerno o cornucopia llena de frutos; la Paz y la Justicia triunfan sobre la muerte, la violencia y la guerra.

Tenemos otros ejemplos en que se representan a ambas virtudes, tanto de cuerpo entero como de busto, como podemos ver en el lienzo que se conserva en la Rea Academia de Bellas Artes de San Fernando de la pintora del siglo XVIII Catherina Cherubini Preciado, artista casada con el sevillano Francisco Preciado de la Vega, primer director de los pensionados españoles en Roma por la Academia de San Fernando. El cuadro es copia de otro de Ciro Ferri y fue enviado a dicha Academia por la pintora desde Roma como reconocimiento por su nombramiento como académica de mérito. Fue también académica de la de San Lucas en Roma.

Ahora bien, las representaciones artísticas no se limitan a meras alegorías, abundan también pinturas con escenas de juicios célebres, bien tomados de la Biblia o de la historia profana. Desde el siglo XV se extendió la costumbre de pintar con destino a los ayuntamientos y las salas de los tribunales temas relacionados con el ejercicio de la Justicia, con la finalidad de que pudieran servir de modelo ejemplarizante para magistrados y jueces, como se evidencia en las ciudades de los Países Bajos. Muy interesantes son algunos ejemplos de juicios de la historia de la Antigüedad que muestran a reyes o emperadores romanos como jueces, son los casos de Trajano y del emperador Otón III o bien el episodio de la justicia del rey persa Cambises II.

Los más conocidos son los realizados por algunos de los primitivos flamencos del siglo XV, como La Justicia de Otón III, de Dierick Bouts, en el Museo de Bruselas, un enorme díptico encargado en 1468 para decorar la sala de justicia del ayuntamiento de Lovaina. Como podemos constatar por el tema, el asunto se avenía muy bien con el lugar pues representaba la historia de un juez justo. En la primera tabla, el panel de la izquierda, se representa El castigo injusto o decapitación del Conde inocente. La esposa del emperador Otón se enamoró de un conde de la Corte, pero al rechazar éste sus requerimientos, la reina lo acusó de adulterio y ordenó decapitarlo. En la segunda tabla, en el panel de la derecha, vemos el episodio ulterior, La prueba del fuego, la ordalía o Juicio de Dios. La mujer del conde ajusticiado, la condesa viuda había prometido a su esposo demostrar su inocencia, y para ello, se presentó ante el emperador, y para demostrarlo, cogió una barra de hierro incandescente sin quemarse ni mostrar dolor alguno. Ante la prueba, quedó demostrada la inocencia del difunto marido; el emperador ordenó que su mujer, fuera condenada a morir en la hoguera, momento que se representa en un segundo plano.

Otro asunto similar es La Justicia de Cambises. Según narra el historiador griego Herodoto, el cruel rey de Persia Cambises ordenó despellejar a Sisamnes, uno de sus jueces, acusado de prevaricación por haber aceptado un soborno. Con su piel mandó tapizar una silla en la que a partir de entonces se sentarían los jueces para que no olvidaran nunca la justicia del rey, ordenando incluso que se sentara en el sillón el propio hijo del juez venal, al que Cambises nombró sucesor de su padre.

La sentencia la plasmó, también en un díptico, el pintor fl amenco Gerard David, obra pintada en 1498 para el Ayuntamiento de Brujas. En una tabla, la de la izquierda se representa El Juicio de Cambises, y en la otra, en el panel de la derecha, El castigo ejemplar, en la que el juez prevaricador es desollado vivo. Este acto constituía una advertencia a los magistrados locales que veían las tablas todos los días.

No obstante, y por supuesto, el modelo más perfecto de justicia la hallamos en las Sagradas Escrituras: es la justicia divina y por eso, uno de los temas bíblicos más característicos es la representación del Juicio Final, paradigma de la justicia humana. Y así, por encargo de los magistrados de las ciudades de los Países Bajos y con destino a las capillas de sus ayuntamientos y a sus salas de Justicia se pintan grandes tablas e incluso trípticos del Juicio Final con el pesaje de las almas. Véase como ejemplo el magnífico tríptico de Hans Memling, en el Museo Nacional de Gdánsk, Polonia.

También se ha de recordar una de las tablas del retablo de la Adoración del Cordero Místico, de la catedral de San Bavón, en Gante, el célebre políptico de Jan Van Eyck, tabla que muestra a los “Jueces justos” (íntegros), precisamente el panel que fue robado en 1934 y que aún no ha sido encontrado, habiendo sido sustituido por una copia.

Entre otros ejemplos, también se puede recordar otra tabla flamenca del Juicio Final, obra del romanista Martin de Vos, pintor muy influenciado por Miguel Ángel.

Por lo que se refiere a los temas bíblicos fueron asimismo temas recurrentes tanto el conocido episodio del Juicio de Salomón, como el Juicio de Daniel proclamando la inocencia de Susana, (la casta Susana acusada de adulterio por los dos jueces a los que se representa como ancianos lujuriosos). Del Juicio de Salomón, entre otras, se pueden recordar las versiones de Nicolas Poussin, Valentin de Boulogne o del napolitano Luca Giordano.

Por último, alusiones simbólicas a la Justicia también las hallamos en el Nuevo Testamento, sobre todo en pinturas y grabados de la Pasión de Cristo, como las que en representan a Cristo ante Pilatos o ante el sumo sacerdote Caifás. En otro orden de cosas, y si bien no son tan numerosos como en el caso de los médicos, tampoco faltan los retratos de juristas, abogados y notarios en la historia de la pintura. Hallamos ya algunos ejemplos en Italia a partir del Renacimiento, como el Retrato de un abogado, obra del pintor de la escuela de Umbría Luca Signorelli en el Museo de Berlín; o bien dentro de la pintura de los Países Bajos, el Retrato de un notario, de Quentin Massys). Muy curioso resulta el grotesco y perturbador retrato fantástico de El Abogado (Statens Konstsamlingar Gripsholm Slott Stokholm), obra del pintor manierista milanés Giuseppe Arcimboldo, cuyo rostro está formado por un pollo desplumado, (para la
nariz y las mejillas) y por un pez con su cola (para la boca y la barbilla).

En la pintura española, por citar también algún ejemplo podemos recordar los retratos de los hermanos toledanos Diego y Antonio de Covarrubias, teólogos y juristas, pintados por su amigo El Greco. Diego perteneció a la célebre Escuela de juristas de Salamanca y su hermano Antonio fue profesor de Derecho en la Universidad de Salamanca). Ambos eran hijos del arquitecto toledano renacentista Alonso de Covarrubias.

La pintura flamenca y holandesa nos muestra a veces la figura del abogado en su estudio, solo o con sus ayudantes en su despacho, como podemos apreciar en una curiosa tabla del siglo XVI del pintor de la Escuela de Amberes Marinus van Reymerswaele, “el pintor de los cambistas”; o bien en un lienzo muy realista del pintor holandés del siglo XVII Adriaen van Ostade. Una centuria después, ya en el siglo XVIII, abundan también ejemplos en las escuelas pictóricas francesa o inglesa, con retratos de elegantes y refinados letrados, abogados y jueces, muchas veces vestidos con sus togas y luciendo las características pelucas. Pero, al mismo tiempo y al igual que sucede a la hora de retratar a la profesión médica, también en los siglos XVIII y XIX se prodigan las interpretaciones satíricas de jueces y abogados. Así, se puede comprobar en Inglaterra en la obra del célebre pintor William Hogarth que vuelca su más feroz crítica a la profesión en algunos de sus óleos y grabados caricaturescos. Es el caso del titulado The Bench (El Tribunal), en el que retrata a varios miembros del Tribunal de apelaciones, algunos de cuyos juristas eran famosos por su inmoralidad y su vanidad. Orondos, revestidos con sus pomposas togas y tocados con sus grotescas pelucas muestran una absoluta indiferencia y falta de atención, dedicándose a dormir, sumidos en profundo sueño, o a leer en medio
de las sesiones.

Un siglo después en Francia, surge la visión despiadada de Honoré Daumier, que pinta varios óleos y sobre todo publica en la prensa satírica numerosos grabados sobre jueces y abogados. Así, su célebre serie titulada Les Gens de Justice (Las Gentes de Justicia), que consta de cuarenta y una litografías impresas y que constituyen mordaces caricaturas sobre los abogados y jueces parisinos. En ellas nos muestra espléndidas imágenes de los hombres de toga en el Palacio de Justicia. Por lo general se trata de fi guras de abogados muy expresivas, movidas y gesticulantes. Unas veces los representa caminando con gesto altivo yendo arrogantes y presurosos a las salas del Tribunal; otras conversando entre ellos en los vestíbulos o los pasillos de la Audiencia; en ocasiones, vemos también a los abogados susurrando misteriosamente sus acuerdos, como conspirando; otras veces se trata de tipos enojados o suspicaces, enfurecidos ante sus clientes que se muestran atemorizados; abogados pérfidos o furiosos en sus
defensas o ataques.

Daumier es recordado sobre todo como el gran maestro de la sátira y la ironía. Defensor de la liberta de expresión, con su agudeza y su genio mordaz se burla de lo ridículo de quienes se sienten superiores sin serlo. Es el antecedente de los dibujantes del semanario Charlie Hebdo y de todas las publicaciones satíricas que han punzado al poder. Para ello se valió de la exageración de los rasgos, del recurso a la fealdad, acentuándola. No otra cosa significa el vocablo italiano del que procede el término caricatura: el verbo “caricare”: cargar, acentuar, exagerar… Considerado el artista por el Poder como un dibujante transgresor y subversivo, muchas de sus obras fueron censuradas por lo que hubo de afrontar el pago frecuente de multas, terminando incluso en prisión debido a la audacia de su crítica.

Por último y ya en la pintura del siglo XX, encontramos también buen número de cuadros de jueces y abogados, en algunos de los cuales no falta tampoco esa visión crítica y caricaturesca de los miembros de la profesión; como por ejemplo las esperpénticas figuras que pintó uno de los más grandes expresionistas de comienzos del siglo XX, el belga James Ensor, el pintor de las máscaras y los esqueletos. Nos ha dejado una terrible visión de los jueces en el estrado, una serie de grotescas máscaras que constituyen una aterradora y corrosiva visión satírica con toda su carga de denuncia y ataque a la profesión. Ensor lo tituló sarcásticamente “Los jueces sabios”.

Con similar enfoque y entre otros ejemplos, asimismo se podría citar la serie de cuadros de jueces pintada por otro gran expresionista, el fauvista francés Georges Rouault. Por último, y para cerrar este recuento, también se ha de recordar el impresionante retrato expresionista, casi vampírico, del abogado Hugo Simons, pintado en 1925 por el alemán Otto Dix, conservado en el Museo de Montreal.

Como fácilmente se puede comprender, el tema se presta para extenderse mucho más, e incluso para abordar otros aspectos igualmente interesantes, como es el de la transgresión de la Justicia, el tema del delito y los delincuentes en la pintura, pero ello, por su amplitud, sobrepasa el propósito de este texto y exigiría sin duda otro artículo.

Por último y ya para concluir, otro asunto que no está de más abordar para completar esta visión de nuestro tema, sería el referido a la iconografía de los santos patronos y su reflejo en la pintura. Por lo que respecta a los abogados, no faltan cuadros en los que se representa a San Ivo, santo del siglo XIII, nacido en la Bretaña francesa y que estudió en la Universidad de París, donde se doctoró en Derecho. Al regresar a su tierra natal se convirtió en el defensor de los pobres viudas y huérfanos ante los usureros. A su muerte, los vecinos de San Ivo compusieron un epitafio un tanto burlón que decía: “San Ivo era bretón/ Era abogado y no era ladrón/ Santo Dios: ¡qué admiración!”.

De entre los cuadros dedicados al santo sobresale el magnífico del pintor flamenco del siglo XVII Jacob Jordaens, del Museo de Bruselas, que representa a San Ivo entre un grupo de pobres que imploran su intervención, mientras que los usureros esperan sólo el momento propicio para posesionarse de sus bienes y llevarse hasta el último céntimo.

En el caso de España, sin embargo, se prefirió como patrono de los juristas y abogados al catalán San Raimundo de Peñafort, santo dominico del siglo XIII, barcelonés, que fue eminente jurisconsulto. Entre otras representaciones, se ha de recordar la idealizada imagen pintada por Fra Angélico.

Para finalizar, y como fácilmente se ha podido comprobar en este breve artículo, bien puede afirmarse que no faltan las conexiones y relaciones entre el mundo del Derecho y las Bellas Artes, y singularmente por lo que se refiere al ámbito de la historia de la pintura, pudiéndose evocar gran número de ejemplos de obras artísticas que tienen por protagonistas a los jueces y los abogados. Al fi n y al cabo, no lo olvidemos, el Derecho es también todo un arte: el arte de saber legislar y ejercer con equidad la Justicia.

Este artículo sobre Justicia, jueces y abogados en la pintura está publicado en Revista Atticus 39

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Justicia, jueces y abogados en la pintura

José Carlos Brasas Egido

Revista Atticus

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