Relato Vidas mojadas de Laura Cabedo

Vidas mojadas por Laura Cabedo

Amanece en el paseo de plataneros que lleva al puerto de Nápoles. El viento se lleva el otoño de 1.890 y remueve la hojarasca amarilla de una vieja historia, justo al caer las primeras gotas. Ya no llueve como antes y Giulia solo sale cuando llueve.

Las farolas de gas titilan en el agua. Unas nubes inquietas cascabelean sobre el vidrio, Giulia despierta y sonríe. Sabe que esa es la señal. Arrastra hasta el puerto sus sesenta años sobre los tacones de charol, llena su bolso de olas o se bebe el alcohol de lo lejano, sentada en el último banco bajo el soportal de la pasarela, hasta que, con los ojos repletos de azul, regresa vida abajo a aquella noche de su juventud:

El aliento del viejo gaviero huele a vino agrio. Ella le niega la boca, se limita a dejarlo restregarse por su cuerpo tiernísimo con un vaivén pegajoso que la aplasta contra la pared de la callejuela más oscura. Él le oprime los pechos con fuerza y lucha por sacárselos torpemente del corpiño babeando sobre el escote. Empuja fuerte su sexo y pone la vista en blanco mientras va repitiendo palabras groseras entre jadeos. Un último espasmo y el viejo se pierde en la oscuridad. Giulia sabe que ya puede descansar. Ha sido rápido ganar ese dinero. Mucho más rápido que cuando aquellos hombres dejaban sus sombreros elegantes en el perchero, a la entrada de la habitación de su madre, y ella jugaba a probárselos durante horas, haciendo muecas frente a
un espejo acecinado.

La calle serpentea hasta la plaza y la joven se detiene bajo la única farola a arreglarse la ropa. En la incandescencia dos insectos revolotean en círculos. Muy lejos se escucha el mundo. Seguramente arden en bullicio las calles de ciudades extrañas, pero ella está allí, sola, tremendamente sola. Las cadencias mortecinas de un fonógrafo que emite un aria de Rossini la atraen hasta la cantina. Hace frío; es solo una adolescente que mira desde fuera y se reconforta, como si contemplara el chisporroteo de una chimenea encendida. Tras la campanilla de la puerta se abre un espacio recargado donde por fin puede beber vino caliente, congelar las retinas y escuchar los sonidos que la rodean. Unos pescadores discuten con encono en la mesa de cartas allá al fondo. La señora Evelina anda friendo boquerones y se la intuye ventruda a través de la cortina de canutillos de madera, con su eterno delantal gris lleno de lamparones y canturreando por debajo de la voz de la soprano que siempre soñó ser. En el último sorbo, Giulia percibe la suavidad de aquellas palabras que flotan entre el humo de la primera mesa. Un joven frágil y borracho recita poemas al aire y mueve los brazos parsimoniosamente, como si dirigiese la orquesta que acompaña la ópera. Súbitamente el chico se levanta, la coge del brazo y la saca a la calle. Mientras caminan deprisa ella le advierte que cuesta 100 liras. Cuando llegan al solitario rincón de los astilleros, Giulia desabrocha mecánicamente su abrigo y él la abraza con fuerza.

—No tengo ni una lira, princesa —le murmura. La estrecha más fuerte, comienza a recitar un canto de Giacomo Leopardi y las palabras se elevan como globos de gas que explotan sin hacer ruido. Ella se rebela, pero algo la impulsa a dejarse mecer entre esos versos que escucha con todo su cuerpo, con la piel alerta, con la sangre llena de espinas, y siente, por primera vez en su vida, algo parecido a un orgasmo de convulsa ternura.

Un cielo deshilachado en escarcha y bruma les envuelve. Él vomita en el muelle. Apenas puede caminar recto y se ve obligada a ayudarle hasta llegar a un estudio entre los callejones del barrio marinero. Desde la escalera destartalada del cubil se percibe un olor a pintura y barnices asfixiante. Giulia escudriña aquella habitación llena de polvo, gruesos troncos de árbol se apilan en un rincón y figuras fantasmales cubiertas con sábanas la observan. Hay un colchón descosido en el que duermen abrazados, mientras allá afuera, la noche, la lenta noche, esparce su cola nupcial de silencio.

—¡Te he dicho muchas veces que no traigas putas a mi estudio! —resuena la voz potentísima de Verini entrando por los sentidos como la flecha hiriente del sol, que sale disparada al abrir bruscamente el arco de la ventana y se les clava en los ojos.
—Padre, no grite por favor, me duele la cabeza.
—¡Ve a ganarte la vida, estúpido, en lugar de beber tanto! ¡Y no vuelvas! —barrunta, propinando una patada en el estómago del chico. Lo levanta y le empuja por la escalera.

Giulia intenta alcanzar su abrigo para marcharse. Al atravesar el rayo de sol proyectado, su piel blanquísima y su cabello rojo se inflaman como una hoguera. Verini la contempla petrificado. Es uno de esos hombres que infunden una mezcla de pánico y admiración. Como todos los escultores, es fuerte, y sus manos toscas parecen dispuestas a doblegar el mundo. El cabello blanco y la barba feroz le hacen viejo, pero su espíritu contiene tanta pasión, que regurgita vida en cada palabra.

Se acerca a ella, respiración a respiración. Con un hilo de voz Giulia murmura sin mirarle: «100 liras». Él coloca 200 liras en el bolsillo de su abrigo, acto seguido, se aleja cinco pasos y la observa ladeando la cabeza. La joven comienza a temblar mientras un escozor incierto le sube por el alma y brilla como una Venus emergiendo de la más pura e inaudita belleza.

En los días siguientes los vecinos no pueden dormir por los golpes del cincel. Tras la oscuridad, la calleja mojada parece deshabitada, hasta los gatos en los tejados huyen del ruido infatigable. Solo los fragmentos de luna que parpadean en algún charco y la vela de la habitación de Verini siguen encendidos toda la noche.

Cuando se queda dormida, Verini la abriga sin atreverse a tocarla. Conduce la luz por su piel como si la inventara con las manos, para medir exactamente la forma del amor con que domará la madera hasta convertirla en carne. Examina cada uno de sus músculos, los brazos en cascada abrazando el espacio vacío. Sus pies, sus delicados pies… Al amanecer, un cielo deshecho en jirones ocres despierta sobre los pináculos de la ciudad y sigue junto a ella, aprehendiéndola de memoria.

En las largas tardes Giulia le observa. Cada movimiento de sus manos enharinadas de serrín va dejando un rastro de tristeza donde acaricia la escultura. De alguna manera la está amando. Ella siente que también en cierto modo, no sabe muy bien cómo, le quiere a través de aquella obra.

Podría ser feliz allí, en el cubículo de sueños donde el candil siempre vuela encendido como una estrella. Por las noches fantasea y se imagina deshaciendo con el escultor un nudo de besos, devolviéndose al alba los ojos, las entrañas, el alma, todo lo que la noche ha unido. La boca se le llena de ese sabor a fresa que tiene el amor, y, por un instante, cree que aquello puede ser la felicidad. Por fin, un indicio de su deseo, su mayor sueño, ser importante para alguien, querida y respetada por algún ser de este mundo.

Los días grises la luz se torna plomiza y resulta incómoda para trabajar. Se miran, se sienten, es todo; y hay en el aire eso que no encontraron nunca antes; algo que no atinan a comprender y entrelaza zonas del corazón, a salvo de los cercos que la vida les echó encima. La vaguada de la punta platea a lo lejos. En la calle languidece la tarde y se desnuda poco a poco para vestirse de una paz rumorosa y extraña, esa calma que ambos aman, mientras llueve. Otros días ocurre lo contrario, los momentos son como arcos tensos. Él sufre, desespera incapaz de plasmar toda aquella plenitud, impotente, pequeño, y ronda por la habitación como un animal acorralado. A ella se le columpia una lágrima en las pestañas y permanece inmóvil cual estatua golpeada por un cincel invisible. Todo lo cubre la niebla gris, una tristeza húmeda que les rezuma desde los huesos.

Verini llora cuando Giulia duerme. Allí descansa esa niña de ojos enormes y tristes que solo se atreve a acariciar en sus horas de sueño. Esos luceros que superan lo que sus manos repiten una y otra vez en los esbozos. Recuerda el día en que su madre lo abandonó en la puerta de la Chiesa de Girolamini. Vinieron después años de mendicidad y duros trabajos como peón de estofas en los talleres de la escuela Genovesa, donde dormía entre el yeso y comía a duras penas. Mariana, con quien dio unos frenéticos y desmanotados pasos de amor principiante, marchó una mañana con un pescador de Capri. Le dejó un hijo y un hueco entre los brazos. Ahora sobrevive en la creación y camina en el fondo de un mar oscuro, como si viviese en una torre sumergida.

Tras varios meses la mujer de madera va cobrando vida y Verini pasa horas abstraído. Hace mucho que no llueve, Giulia vuelve a sentirse el animal solo y desgraciado de siempre. Está convencida de que, finalmente, la vida acaba teniendo una parte de esclavitud inevitable. La noche en que Verini completa la figura, se arrodilla, la venera y duerme abrazado a sus pies. Giulia le descubre de madrugada, agotado, vulnerable. Todo está en calma y el mar parece un gato estirado en la puerta. Le besa y, antes de salir se mira las manos, blancas, vacías; su porción de felicidad es tan pequeña que se le escapa entre los dedos. Nunca más regresará a aquel estudio.

Cuentan que Verini la buscó durante semanas. Deambuló por los muelles, por las cantinas del puerto, al pie de los faros; buscó incluso en las barcazas que atracaban al amanecer cargadas de salitre y de cansancio. Le vieron roto, tirado entre las redes y en los rincones más sucios de los mercados, merodeando el río y los parques cubiertos de hojarasca y lluvia. La tibia soledad necesaria para el creador le resultó un agujero insoportable. Enloquecido, en una de esas noches desesperadas prendió fuego a su taller de escultura. Dicen que bien podría haber pasado a la historia del arte italiano, pero perdió casi todo en el incendio. Todo el barrio contempló atónito como la luz de su candil brillaba más que nunca. Él, en un momento de arrepentimiento, se abrasó las manos y los ojos al intentar rescatar una de sus tallas del fuego. Ciego y destrozado, jamás pudo volver a trabajar como escultor.

Llueve despacio, con una especie de melancolía acuosa, y Verini sólo sale cuando llueve. Su piel quemada no soporta el sol ni el viento seco. Ha pasado tanta vida… quizá, toda una vida. Su hijo que ahora es camarero en un bar del Viale Sanseverino, le deja, como un muñeco desbagado por el tiempo, bajo el soportal donde le gusta consumir las tardes húmedas escuchando el mar, palabra a palabra. Giulia le espera allí, como cada
día gris, sentada en el banco de la pasarela. Se cogen las manos en silencio y, pausada, amorosamente, igual que llegan las olas, van devolviéndose toda la lluvia que se deben.

El viejo Verini nunca verá cuánta belleza le han restado los años a su Giulia. Tampoco comprenderá la compleja maquinaria del amor ni los motivos por los que le abandonó. Ella jamás sabrá que es la Virgen dormida de la Catedral de Cagliari. La más querida, respetada y venerada por miles de fieles de todo el mundo, que año tras año, acuden a besarle los pies.

Este relato de Laura Cabedo Cabo está publico en Revista Atticus 41.

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Vidas Mojadas por Laura Cabedo Cabo

Laura Cabedo Cabo

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