Miguel Delibes y el cine

Miguel Delibes y el cine por Àngel Comas

Miguel Delibes y el cine español (4): Los santos inocentes (1984) | Cinema  Nostrum

A diferencia de una mayoría de escritores de la generación del 50, a Miguel Delibes le encantaba el cine. No es casual que empezase haciendo de comentarista cinematográfico (y teatral), no le gustaba que le llamasen crítico, en El Norte de Castilla, donde llegó a ser director hasta que dimitió por sus desencuentros con el ministro Fraga Iribarne. La influencia del cine es palpable en su obra literaria y sus novelas están presentes en buena parte del denominado Nuevo Cine Español. Delibes asistía regularmente a la SEMINCI, iba mucho al cine, defendiendo que literatura y cine tenían formas narrativas diferentes, hasta opuestas. Su biógrafo Ramón García dijo que cuando paseaba con Delibes hablaban más de cine que de literatura.

Aunque de niño ya había demostrado su gran afición al cine asistiendo regularmente a los programas dobles del Cine Hispania y el Teatro Pradera, oficializó su cinefilia haciendo comentarios cinematográficos en El Norte de Castilla (cuando todavía no había publicado ninguna novela), comenzando con el de Deliciosamente Tontos de Juan de Orduña en abril de 1943 y terminando en mayo de 1962 con Fanny (Josuah Logan), un total de 388 ilustradas con caricaturas o dibujos propios, que complementaba con artículos sobre cine. El 2 de febrero de 1966, cuando llega a director, creó un cinefórum en El Norte de Castilla, inaugurándolo con Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles, que todavía no se había estrenado oficialmente en España, reafirmando así su cinefilia. En la mesa redonda La imagen y la palabra, organizada por la SEMINCI, Fernando Lara remarcó que el escritor
había dicho que “fueron críticas hechas sin demasiada preparación, con urgencia y de puro compromiso, para cubrir una necesidad del periódico» pero que estaba seguro de que “revisándolas en profundidad, se podrían encontrar elementos interesantes que sin duda enlazarán con la actitud actual del notable cinéfilo que es Delibes”. En resumen, de sus críticas queda claro que “en el buen cine sobran las palabras”, que en las adaptaciones “hay que sintetizar y podar” o “contar la misma historia mediante un instrumento distinto, sustituyendo la calidad literaria por la calidad plástica” y elogiando Oliver Twist (1948) porque su director David Lean “sabe conservar el espíritu de Dickens”. Le entusiasma el neorrealismo italiano porque dice que, entre otras cosas, se centra en el ser humano, dejando el tema o el mensaje en segundo plano. Gran parte de sus novelas están impregnadas de este neorrealismo y debió sentirse muy contento cuando Ana Mariscal adaptó El Camino, con estilo de aquel movimiento italiano. El llamado Nuevo Cine Español y gran cantidad de obras de la generación de los 50 estuvieron marcados por los mismos planteamientos.

Su curiosidad por el cine le llevó a participar en la revisión literaria de los diálogos de Doctor Zhivago (1965 – precisamente de David Lean) o en escribir los guiones de estos documentales televisivos:

Tierras de Valladolid (1966) Dr. César Ardavín.

Valladolid y Castilla (1983) Dr. Manuel Serrano.

Delibes solía participar en la producción de las adaptaciones de sus novelas y colaborar en la elaboración de los guiones. No era extraño verle en algún rodaje. Solía aceptar de buen grado los resultados, aunque no le gustasen, consciente de que cine y literatura tienen poco que ver. En general, las adaptaciones no estuvieron a la altura de sus novelas, lo cual resulta habitual. Cada director tomó lo que más le convino y, aunque con rigor y respeto, convirtió su filme en propio con Delibes en segundo plano.


El escritor ha sido de largo el más adaptado de sus contemporáneos, lo que como novelista fue una gran experiencia: “siempre he sido partidario de la economía literaria, de decir con el menor número de palabras el mayor número de cosas posibles”. Participar en las adaptaciones, y su experiencia como periodista le fue muy útil para sus novelas. Quizá por ello, todos los directores que le adaptaron manifestaron que era muy fácil llevarlas cine, tanto por la profusión de diálogos como por la utilización de imágenes gráficas muy cinematográficas.

Su hija Elisa, presidenta de la Fundación Miguel Delibes recordó «la gradual desilusión» de su padre a medida que observaba en la pantalla el resultado de las adaptaciones de sus libros, ya que no se ajustaban del todo a lo que él creía que debía hacerse. «Era muy exigente, pero ya en los años noventa acabó por comprender que el cine era otra realidad, que él vendía los derechos y que no podía ‘meter mano’ así como así. Gradualmente se fue desilusionando por esta razón”.

Curiosamente, nunca escribió directamente para el teatro y tenía su justificación: “Me coarta mucho la limitación de tiempo y la limitación de espacio. Es decir, que lo que ocurre en el drama que tú quieres narrar no tenga más que una hora y media o dos horas de duración. Y otro tanto diríamos del espacio físico: Toda tu historia debe estar ceñida a uno, dos o tres escenarios a lo sumo. Estas limitaciones me molestan”. Sin embargo, la abundancia de diálogos de sus novelas hacía relativamente fácil su adaptación teatral.

Para entender las consideraciones que se han hecho de sus adaptaciones hay que tener en cuenta la evolución del escritor: al principio utilizaba un lenguaje más pulcro y estético y, al no estar satisfecho, empezó a escribir tal como la gente hablaba. Se enamoró del medio rural y le fascinaba su situación y la de sus personas marginadas o malogradas. Sus novelas buscan ofrecer la máxima fidelidad y por eso las trabajaba a fondo, hablando con la gente o aprendiendo palabras nuevas. Le molestaba que se estuviese perdiendo aquel estilo de vida. Estéticamente confesó que trataba de ocultar su estilo.

Esta entrada forma parte de un extenso artículo dedicado a la figura de Miguel Delibes y el cine por Àngel Comas publicada en la Revista Atticus 41.

Puedes leer el artículo completo en este enlace:

Miguel Delibes y el cine por Àngel Comas

Àngel Comas

Revista Atticus

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