Crítica película Corpus Christi de Jan Komasa

Corpus Christi de Jan Komasa por Gonzalo Franco Blanco

Ficha

Título original: Boze Cialo.

Año: 2019.

Duración: 116 min.

País: Polonia.

Dirección: Jan Komasa.

Guion: Mateusz Pacewicz.

Fotografía: Piot Sobocinski Jr.

Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine.

Reparto: Bartosz Bielenia, Eliza Rycembel, Aleksandra Konieczna, Tomasz Zietek, Leszek Lichota, Lukasz Simlat, Barbara Kurzaj, Zdzislaw Wardejn.

Productora: Coproducción Polonia-Francia; Aurum Film, Canal+ Polska.

Género: Drama. Religión. Delincuencia. Impostura.

Proyección en Valladolid: Cines Broadway. Lunes en V.O.S.

Premios: Nominación a los Oscar 2019.

Sinopsis

Daniel, un chaval violento y, a la vez, apaleado, sale de un reformatorio en libertad condicional. Le encuentran trabajo en el aserradero de un pueblo, en un lugar de la mano de Dios. Por puro azar, consigue hacerse pasar por sacerdote y ejercer provisionalmente de párroco en la iglesia local. El nuevo cura introduce nuevas formas en las misas y en sus relaciones con los feligreses, sobre todo con los familiares de seis jóvenes de la localidad muertos en un accidente de tráfico que necesitan consuelo.

Crítica

¿Impostor? ¿Alma redimida? ¿Sinvergüenza? ¿Víctima de los prejuicios? El director Jan Komasa y su guionista, Mateusz Pacewicz, no han rodado esta película para darnos respuestas simples, sino para dejarnos con más preguntas que antes de la presentación de su personaje al inicio del film. Porque el personaje, Daniel, es violento, jefe de una banda dentro del reformatorio, probablemente un impostor como monaguillo del sacerdote del centro penitenciario, pero también es alguien fascinado por la fuerza simbólica de los ritos de la misa y, sobre todo, por el poder de la institución y su capacidad de manipulación del carisma.

Daniel es una bestia, un cocainómano, un borracho, un follador, alguien atrapado y sin una posibilidad real de salir de ese mundo. Cuando le dice al cura del reformatorio que quiere ser seminarista, este le corta tajante: nunca va a será admitido con su pasado de delincuente. En el autobús que le lleva al pueblo del aserradero, un policía le dice que “huele” a escoria. Es un estigma (su pasado) del que no pude ni podrá desprenderse. Aunque lo quisiera de verdad, y no fuera, quizá, una impostura su deseo de ser sacerdote y redimirse de su vida pasada.

El azar hará que el párroco de ese lugar remoto de Polonia donde le han “desterrado”, necesite hacer una cura de desintoxicación. Es el momento propicio, único a veces en la vida, para dar el salto desde la fatalidad del destino (seguir siendo escoria) a demostrarse y demostrar que puede ser aquello que le ha negado la Iglesia y la sociedad: ser un sacerdote, ser un buen sacerdote. En el momento culmen saca su alzacuello (que lleva en la maleta) y se inicia la impostura.

Una impostura que se revelará más potente (y más sincera) que la “impostura” cotidiana que vive el cura alcohólico, su ama de llaves, y los habitantes de ese pueblo atormentado por una tragedia: la muerte de seis de sus jóvenes en un accidente. Una impostura, la de Daniel, que revolucionará la propia misa (en la línea del capellán del reformatorio, al que imita) y sobre todo la forma de consolar a los padres y madres de los jóvenes muertos.  Desde una descarada manipulación de su dolor, Daniel, irá tirando del hilo de la “impostura” oficial que determina que un conductor borracho se estrelló contra el coche de los chavales. Esa versión con un culpable muerto, el presunto borracho, una culpable viva, la viuda, (que es culpable por serlo), va a ser desmontada por Daniel hasta llegar a la verdad y hacérsela ver a los padres y madres.

Podríamos decir que la impostura de Daniel ha desmontado otra impostura de mayor calado, esta oficial, admitida socialmente, bendecida y protegida por las autoridades. La que no está protegida y tiene fecha de caducidad será la impostura de Daniel.

He visto Corpus Christi después de haber visto la siguiente película de Jan Komasa, Hater (Sala samobójców. Hejter), 2020. Reconozco que la historia de Tomek, un informático arribista y manipulador, que quiere introducirse en la vida de una mujer a la que desea y en su familia bien situada, me resultó desasosegante y admirable como obra. Una caja china, a punto de desarmarse, pero que nunca lo hace.

En Corpus Christi vuelve a contar con el mismo guionista, Mateusz Pacewicz, para articular un argumento que funciona como un mecanismo de relojería, preciso, apoyado por una fotografía grisácea, fría, en la que ciertos colores resaltan de forma obsesiva. Una película que sería difícil de concebir sin un actor, Bartosz Bielenia, capaz de emanar sentimientos contrapuestos en el espectador, desde el aborrecimiento a la comprensión: su cara de loco “rallado” por la coca, con los ojos sobresaltados, es difícil de olvidar.  Junto a Pawel Pawlikowski (Ida, Cold War), me parece un director a seguir en la que es una cinematografía, la polaca, de una apabullante capacidad de expresión.

Daniel volverá a sus orígenes, al reformatorio, pero el final solo puede ser abierto, acerado como ese fundido en blanco final. No hay moraleja o lección. Solo hay propuestas: como esa tan bella, como incumplida en esta historia, de que “perdonar no es olvidad, perdonar es amar”.

Os dejo un tráiler:

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus

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