63 SEMINCI Crítica Aga de Milko Lazarov

63 SEMINCI Crítica Aga de Milko Lazarov

Aga la Dersú Uzala del siglo XXI

No puedo evitar la sensación de nostalgia, pero de esa saudade buena, de la positiva, de lo que los japoneses llaman natsukashii. De que el mundo que nos muestra AGA no existe ya, pero fue bueno tenerlo, conocerlo y haberlo vivido, aunque fuese a través del cine, a través de esa joya a veinticuatro fotogramas por segundo que es Dersú Uzala, del maestro nipón, como la palabra a la que me lleva, Akira Kurosawa.

            El director nos cuenta la vida de una pareja de habitantes de la tundra. Un cazador y su compañera de fatigas, ambos mayores, más cerca del descanso que de su sempiterna batalla contra el hielo. Tienen dos hijos, que viven lejos, el varón les visita y vemos que hay una amargura en el corazón de los veteranos habitantes boreales: Aga, esa hija que se marchó y que algo hizo para que aquellos padres, que saben que por esa condición podrán perdonar todo. Y Nanook, el cazador protagonista, cuyo nombre nos lleva a los orígenes del cine documental (o pseudo documental), nos va metiendo en esta historia sobre el medioambiente, pero sin intencionalidad ni pancarta ni toda esa estupidez que ahora rodea a tanto juramentado pretendidamente artista, aunque, en realidad simplemente artificioso. Desde luego no es película para veganos ni para pijos sin fronteras, sino para gente que empatiza con personas.

Y todo se va precipitando hacia un final glorioso tras muchas escenas largas, tediosas, gélidas y blancas como es la vida en el Ártico, como lo fue. Y aparece la partitura de Ryuichi Sakamoto, de nuevo otro japonés que nos conduce a la nostalgia sonriente a la manera de los escasos minutos que conducen inexorablemente al fin del mundo, valiéndonos de las palabras del director, el búlgaro Milko Lazarov, afortunadamente en inglés y no en el yakut en el que está grabada la cinta originalmente.

            Posee, al igual que la historia que nos contó Kurosawa más de cuarenta años atrás, con la poesía de la soledad, con el amor incondicional de los ancianos, con el sufrimiento de quien cree que nada tiene fin y con el mundo onírico de la narración oral a la que tanta importancia dan los moradores de la tundra.

Y el apocalipsis al que nos conduce, pero no nos seduce, de la codicia con una ciudad levantada en el medio de la nada junto a una mina a cielo abierto de diamantes en plena Yakutia…

            Cualquier lugar puede ser hermoso, hasta ese horror contra natura, si lo que se va a hacer es perdonar, amar y recuperar el tiempo perdido y eso se ve en los ojos de la sabiduría de Nanook tanto como la esperanza y el futuro en los de su hija Aga.

Gracias por tanta intensidad y por haber rodado a cuarenta y dos grados bajo cero para que todo fuese lo más real posible.

Si le gusta el cine, no se la pierda, si sólo es de los del postureo no la va a comprender, así que no vaya a verla y, más que posiblemente, jamás sentirá lo que es el natsukashii al que a mí me llevó ver esta preciosidad, el Dersú Uzala del siglo XXI.

Os dejo un tráiler:

https://youtu.be/feYyoB06aNc

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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