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Matt Dillon Espiga de Honor en el 63 SEMINCI

Matt Dillon a través de los diálogos de Barry Gifford

Matt Dillon Espiga de Honor en la 63 SEMINCI

 

 

Matthew Raymond Dillon, un muchacho neoyorquino de New Rochelle aparece como extra en una película, y el director al verle le ficha para su primer papel. Muchos años después y tras numerosas interpretaciones memorables, aquel joven ya consagrado como gran actor, Matt Dillon, decide dirigir. Tiene ya madurado un guion que comparte con un polifacético escritor, el novelista de la desmesura y de historias disformes en garitos de frontera, llevadas a la gran pantalla por los directores más insensatos  e intrépidos de la industria cinematográfica.

 

Barry Gifford abraza la idea, la moldea, y genera un controvertido personaje, Jimmy, que se guarda para sí el propio Dillon, aunando los parámetros de sus mejores interpretaciones. Crea un sujeto con límites interpretativos desdibujados, dotado de un perfil psicológico ambiguo, muy distante de la encorsetada, impecable y publicitada moral oficial de Hollywood, tan del gusto de aquel país escorado hacia la ortodoxia puritana y el pundonor patriotero, exacerbado en demasía tras el ataque del once de septiembre de 2001.

Barry y Matt escriben juntos el guion de la película que protagoniza y dirige Dillon: City of Ghosts (2002).

 

Para convertirse en Jimmy, Matt va incorporando matices a medida que crece su personaje. En él se encuentra el ácrata honesto de Criaturas Salvajes, que pasa de ser el descreído amoral de Rebeldes al tipo con ética tras chocarse con la verdad desnuda y darse cuenta de que la vida es otra cosa. El chulo anquilosado en sus años de instituto de esa pequeña obra maestra que es Beautiful Girls, después de encontrarse con el camarero Emile interpretado por un comedido Gérard Depardieu, uno de esos personajes tan típicos del universo de Gifford, quien conduce a ambos guionistas a continuar el abanico interpretativo de Dillon hasta llegar al hombre que siempre se advierte de fondo en su interpretación. El individuo que desea regenerarse y rehacerse porque descubre que la vida sólo se vive una vez y hay que estar a gusto con uno mismo, que ese es el gran papel. O el yonki salteador de farmacias de Drugstore Cowboy, Bob, y que retoma en 2005, tres años después; y el policía que pasa de repulsivo a héroe en Crash.

            Para que su personaje sea aún más humano el joven Jimmy, que sólo sabe de negocios turbios, se ve forzado a buscar a Marvin (interpretado por el gran James Caan), su mentor en el negocio de los seguros a pequeños inversores y gente de clase media baja; en principio para solicitar consejo y después para exigirle que devuelva todo lo estafado. Viaja hasta una Camboya en evolución tras el genocidio de un cuarto de la población y el terror del salvaje Pol Pot.  Poco después de aterrizar conoce y se enamora de una arqueóloga (Natasha McElhone) que trabaja en una ONG y que combate contra corruptos y estafadores como Marvin. Inesperadamente tanto Gifford como Dillon dan un giro isabelino al guion y se aprecian algunos matices de El Mercader de Venecia y de Trabajos de Amor Perdidos, y muchos de Julio César, pero jugando a que es Marco Antonio quien descubre la oscuridad de Julio César, sin deshacerse en elogios como hace Shakespeare. Aquí, el novelista del tándem toma al guitarrista grunge que su compañero de escritura encarnó en Singles, para mostrar cómo el cinismo que envuelve su dimensión tierna retrocede ante el amor, algo que ya había mostrado aunque de manera más comercial en ¿Con quién caso a mi mujer? y en su sensacional y fresca aportación de estrella con un óscar recién ganado de In & Out, cuando se niega a sí mismo que quien realmente le atrae es su profesora de Literatura, aunque ahora esté flaca.

 

Ambos guionistas componen un personaje lleno de retratos, retazos y matices de todos sus grandes personajes hasta ese momento. Y Dillon, bendito actor, cautiva también como escritor y director. Genera una historia sensacional, creíble y digna de un grande, donde el guion literario es traspasado a guion técnico sin florituras ni notables elipsis narrativas, pero con la efectividad de un maestro del cine. De hecho, no hay errores de cámara ni equivocaciones de montaje, lo cual habla muy bien de Dillon como director.

 

Esta semana, la SEMINCI le concede su espiga de oro honorífica. Rezaremos a los dioses del séptimo arte para que alguien tenga la genial idea de invitarle de nuevo a visitarnos con motivo de un ciclo completo de sus excelsos trabajos, desde el drama más crudo hasta la comedia más gamberra, mostrando que este camaleón de la interpretación ha sabido engrandecer todos y cada uno de sus papeles.

Gracias, Sr. Dillon.  Y enhorabuena por su merecidísima espiga.

 

Carlos Ibañez / Pilar Cañibano

Revista Atticus

 

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