Una bella rosa, centenario del nacimiento de Rita Hayworth

Una bella rosa, centenario del nacimiento de Rita Hayworth

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Cuentan que, cuando Glenn Ford estuvo en el Festival de Cine de San Sebastián, pidió a la recepción del hotel que pusieran todos los días una rosa fresca junto al retrato de su querida amiga Rita Hayworth.

Si Rita viviera, los cien años de edad. Pero la que fuera una de las actrices más bellas de la pantalla, sex symbol por antonomasia de los cuarenta, mito cinematográfico y una estupenda actriz- eso nunca hay que olvidarlo-, se fue para siempre el 14 de mayo de 1987, de eso hace ya 25 años, presa del Alzheimer, sin haber cumplido aún los sesenta y nueve años de edad.

Margarita Carmen Cansino nació en Brooklyn en 1918. A los trece años, ya formaba pareja artística con su padre, el bailarín Eduardo Cansino. Se dice que Winfield Sheenan, vicepresidente de la Fox, se quedó prendado de la adolescente y le firmó un contrato en 1933; así empezaron las breves apariciones de Rita en el cine. Años después, en 1937, huyendo del yugo paterno, se casa con Edward C. Hudson. Auténtico pigmalión de la actriz, Hudson convence al todopoderoso Harry Cohn para que lance a Rita como estrella de la Columbia (Rita, desde que rodara Solo los ángeles tienen alas, de H. Hawks, recibía diariamente montones de cartas de sus admiradores. No obstante, Cohn se resistía a promocionarla. Es más, Cohn siempre menospreció el talento de la Hayworth; mejor dicho: nunca se mereció tener a una mujer como rita en su estudio).   Así y todo, con la ayuda de la Columbia, que también la presta a otros estudios, Rita empieza a destacar en películas como Sangre y arena, La pelirroja o Desde aquel beso, con Fred Astaire.

El matrimonio de Rita se rompe. “Se casó conmigo para hacer una inversión”, diría dolida. Y Welles, el genio, el chico malo de Hollywood, entra en su vida. Orson escribe y dirige para su mujer La dama de Shangai, una incomprendida obra maestra que no se estrenaría hasta 1948. En esa época Rita ya estaba separada de Welles y había estrenado la que sería su más emblemática película, Gilda.

Gilda fue un bombazo, un fenómeno sociológico dentro y fuera de Estados Unidos. El desdén con que arrastraba sus estolas o abrigos de visón con un cigarro en la mano, la bofetada de Glenn Ford o el famoso guante de satén lanzado al público están en el recuerdo de todos. Mas, no nos engañemos: detrás de la mujer fatal, se encontraba la Gilda supersticiosa, insegura y vencida, que canta de nuevo para Tío Pío el Put the Blame on Mame, boys del strip-tease; esta vez, con la guitarra, en un ritmo más lento y mínimo.

Después de divorciarse de Alí Khan, comienza el declive emocional y artístico de Rita. El estudio la vuelve a emparejar con Glenn Ford en La dama de Trinidad (1952), pero la película es un rotundo fracaso. V. Sherman, su director, cenó una noche con la actriz. No tenía mucho tiempo y se levantó a la media hora disculpándose. Rita le miró y le dijo: “Te aburro, ¿verdad? Sí, ya sé: nunca consigo retener a un hombre”.

Sus películas inmediatamente posteriores: Salomé y La bella del Pacífico no producen dinero en taquilla. Rita entra en un túnel sin salida: problemas con el alcohol, pérdida de la custodia de sus hijas, matrimonio con el fracasado cantante Dick Haymes, que llega a maltratarla en público; estrecheces económicas (“Ganó mucho dinero, pero se lo quitaron todo, empezando por Hudson y siguiendo por los demás”, decía Leonard Monroe, abogado de la actriz)… Y la humillación de la Columbia. Cohn rescinde el contrato de Rita y la coloca en la que será su última película con el estudio, Pal Joey, al lado de su nueva estrella, Kim Novak. Rita hace de una mujer madura que lucha por el amor de Frank Sinatra (en la vida real, Sinatra era incluso mayor que Rita) frente a su joven rival Kim Novak.

El productor James Hill entra en la vida de Rita y le ofrece uno de los mejores papeles de su carrera en la oscarizada Mesas separadas (1958), basada en la famosa obra de teatro de Terence Rattingan. Rita vuelve a estar deslumbrante en el papel de una mujer enferma en busca de su antiguo amor.

En su madurez, la actriz sigue apareciendo hermosa en la pantalla. Sus facciones siguen mostrándose bellas, pese a que su rostro acuse ya- demasiado pronto- la fatiga del tiempo y de las frustraciones. En El fabuloso mundo del circo, película de la factoría Bronston, Rita está muy guapa e incluso, puede aún presumir de cuerpo y piernas al lado de una juvenil Claudia Cardinale. A partir de aquí, Rita trabajará en pocas películas más. La última que rodará, gracias a su amigo Robert Mitchum, será La ira de Dios (1972). La actriz ya estaba enferma y había que poner en el suelo a alguien que le dijera cada frase que tenía que pronunciar. En 1977, Rita ingresa en una institución psiquiátrica. Su hija Yasmine corre a su lado y viejos amigos, como Glenn Ford, se interesan por ella. Los médicos le diagnostican Alzheimer. Rita morirá diez años después.

Honesta y sincera, Rita Hayworth tuvo la mala suerte de caer en una productora como la Columbia, que nunca la valoró lo suficiente. En el amor, fue de fracaso en fracaso. “Creo que sólo existía cuando un hombre la amaba –explicaba, refiriéndose a Rita, Frank Langella, compañero de reparto de La ira de Dios-. Era así de sencillo… no existía a no ser en los brazos, frente a los ojos… a veces, frente a la brutalidad de un hombre”. Sin embargo, Rita supo rodearse de buenos amigos que la apoyaron en sus peores momentos. Uno de ellos, Glenn Ford, dijo a la muerte de Rita: “Si de verdad has amado a esa rosa… aunque se caigan sus pétalos y se marchite, seguirás viendo lo que has amado”.

Después de todo, es lo que seguimos viendo cuando Rita Hayworth aparece ante nosotros en una foto o en una película: una bella rosa.

publicado en Revista Atticus 35

Katy Villagrá Saura

Revista Atticus

 

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