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Crítica película Al final del túnel. El cine argentino, algo más que caras lindas

Crítica película Al final del túnel

El cine argentino, algo más que caras lindas

Ficha

Wal_final_del_tunel-693476769-largeDirector: Rodrigo Grande

Año: 2016

Duración: 120 m. País: Argentina

Guion: Rodrigo Grande

Música: Lucio Godoy, Federico Jusid

Fotografía: Félix Monti

Intérpretes: Leonardo Sbaraglia, Clara Lago, Pablo Echarri, Federico Luppi, Javier Godino, Walter Donado, Uma Salduende, Daniel Morales Comini, Laura Faienza, Sergio Ferreiro, Facundo Nahuel Giménez, Ariel Nuñez Di Croce, Cristóbal Pinto.

Productora: Coproducción Argentina-España; Haddock Films / Televisión Española / Telefe / Tornasol Films / Árbol Contenidos

Género: Thriller. Intriga | Robos & Atracos

Sinopsis

Joaquín está en silla de ruedas. Su casa, que conoció tiempos mejores, ahora es lúgubre y oscura. Berta, bailarina de striptease, y su hija Betty, llaman a su puerta respondiendo a un anuncio que puso Joaquín para alquilar una habitación. Su presencia alegra la casa y anima la vida de Joaquín. Una noche, mientras trabaja en su sótano, Joaquín escucha un ruido casi imperceptible. Se da cuenta entonces que una banda de delincuentes está construyendo un túnel que pasa bajo su casa con la intención de robar un banco cercano.

Comentario

El arranque de la primera década del año 2000 supuso un boom en el cine argentino a juzgar por las brillantes muestras que llegaban a nuestro país. Siguiendo la línea del tiempo, en 2001 se estrenó El hijo de la novia (Juan José Campanella) y un año más tarde Lugares comunes (Adolfo Aristarain). Ambas producciones exitosas en las que ya despuntaban actores que posteriormente triunfarían en nuestras tierras. En la primera de ellas, deslumbró un Ricardo Darín (que ya había sobresalido como estafador en Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000) y a una jovencísima Natalia Verbeke, que a raíz de su interpretación daría el gran salto a nuestras pantallas. Les acompañaban unos veteranos: Norma Aleandro y Héctor Alterio. La producción de Aristarain sirvió para ponernos sobre la pista del un gran actor argentino como es Federico Luppi (bien es cierto que ya había participado en Un lugar en el mundo (1992) y Martin (Hache), 1997, ambas de Adolfo Aristarain, y donde también descubrimos a la actriz Cecilia Roth). Luppi, a raíz de esta película (según ha confesado el veterano actor) se instalaría definitivamente en España hastiado de los vaivenes de la política argentina (léase corralito).

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Dando un salto en el tiempo, nos trasladamos al año 2009 donde otra vez Juan José Campanella nos vuelve a sorprender con El secreto de sus ojos de la mano de un excelso Ricardo Darín. En ella, el actor argentino, estuvo acompañado por una soberbia Soledad Villamil. La actriz y cantante latinoamericana ya era conocida en nuestro país al haber protagonizado El mismo amor, la misma lluvia (Juan José Campanella, 1999) y en la comedia No sos vos, soy yo (Juan Taratuto, 2004).

En estos últimos años, de nuevo el cine argentino vuelve a brillar con luz propia. Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014) nos permite ver en nuestras pantallas a Leonardo Sbaraglia junto al ya mencionado Ricardo Darín y a otro gran actorazo argentino: Darío Grandinetti (Despabílate amor, Elíseo Subiela, 1996, Hable con ella, Pedro Almodóvar, 2002). Truman (Cesc Gay) es una coproducción española-argentina que arrasó en la pasada edición de los premios Goya de nuestro cine. Ricardo Darín vuelve a ser el protagonista, en este caso acompañado de Javier Cámara. Y otra vez más… Ricardo Darín, el sempiterno, en esta ocasión dando viendo a un piloto que tuvo que asumir las órdenes de hacer desaparecer a sus compatriotas. Estoy hablando de Kóblick de Sebastián Borensztein recién estrenada en nuestras salas. Y, por último, en inevitable aludir a la también coproducción hispano argentina dirigida por Daniel Calparsoro, Cien años de perdón, recién estrenada y que tiene como punto en común el robo a un banco.

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La película que nos ocupa Al final del túnel, una coproducción argentino-española, se produce un viaje a la inversa, en este caso, de una de nuestras más rutilantes estrellas, Clara Lago (Ocho apellidos vascos, 2014, Ocho apellidos catalanes, 2016 Emilio Martínez Lázaro). La actriz ha tenido que amoldarse al acento argentino. No creo que falten actrices argentinas que pudieran acometer con el mismo grado de acierto en la interpretación que Clara Lago, más bien obedecerá a una operación de marketing para así tener enganchado al público de uno y otro lado del océano. Comparte cartel con Leonardo Sbaraglia otro de los «productos» argentinos que han triunfado en nuestras tierras.

Sbaraglia se mete en la piel de un hombre solitario, Joaquín, que se encuentra postrado en una silla de ruedas como consecuencia de un trágico accidente que segó no solo su vida sino la de su familia. Anda trasteando en el sótano arreglando y reutilizando aparatos electrónicos. Tiene problemas financieros para poder mantener el gran caserío en el que vive. Decide buscar un inquilino al que le alquila una habitación. Se trata de una joven madre soltera, Berta, de profesión stripper, y a la que acompaña su pequeña hija de diez años, Betty.

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Joaquín se quedado prendado de la joven y ve como su vida se revitaliza compartiendo momentos con Berta, su hija (que lleva tiempo sin querer hablar) y un perro, Casimiro, que no puede andar de lo mayor que está. Extraña familia, pero más extraños resultan ser los ruidos que provienen del sótano, de la habitación contigua a donde trabaja Joaquín. Un grupo de malhechores está trabajando en la construcción de un túnel para acceder a un banco cercano. Joaquín quiere poner en práctica aquello de quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón. Si tenemos en cuenta de que se trata de un desvalido (algo parecido podíamos ver en La ventana indiscreta, 1954, Alfred Hitchcock) esta circunstancia proporciona al thriller un punto interesante de humor negro. Joaquín tratará de convertirse en un héroe para hacerse deslumbrar a la chica y que ésta caiga rendida en sus brazo. Pero es un héroe algo atípico ya que no quiera salvar el mundo sino, simple y llanamente mejorar la situación económica por la que atraviesa. Y de esta forma reencontrarse con la vida familiar que tanto añoraba. Un héroe casero.

Las cuestiones técnicas también están muy cuidadas. La música nos sumerge en el suspense y en la intriga y la fotografía es más que meritoria. Buena iluminación en los espacios angostos que nos llevan sin esfuerzo a sentir la claustrofobia. Pero hay una escena de esas que se te quedan en la mente y te atrapa: la conversación del comisario con el protagonista, a contraluz. Digna de ser ensalzada.

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Al final del túnel constituye un trabajo interesante, con una buena factura visual y una sólida estructura que aunque pueda tambalearse en algún momento, por mor de algún fallito de guion, se mantiene estable. El elenco de actores es atractivo, con personajes principales malos malotes que dan miedo (como el del jefe de la banda, Galereto, interpretado por Pablo Echarri) y secundarios de lujo (Federico Luppi interpretando a un comisario de policía). Lo mejor es el desenlace, cuando parece que todo iba abocado al caos narrativo, ahí sale a relucir la maestría de su director Rodrigo Grande para reimpulsar la cinta, recreando una atmósfera de intriga y suspenso, dejando un buen regusto en nuestras retinas. Este final es digno de estudio por lo bien resuelto que está y nos remite a un director con una seña propia como es Quentin Tarantino. Te quedas embobado contemplando la resolución. Brillante y magnífico.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

 

 

 

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