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Crítica película El olivo de Icíar Bollaín

Crítica película El olivo de Icíar Bollaín

¡Maldita especulación!

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Ficha

Película: El olivo.

Dirección: Icíar Bollaín.

Reparto: Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Pep Ambrós, Manuel Cucala.

País: España. Año: 2016.

Duración: 98 min.

Género: Comedia dramática.

Guion: Paul Laverty.

Estreno en España: 6 Mayo 2016.

Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.

Sinopsis

Alma tiene 20 años y trabaja en una granja de pollos en un pueblo del interior de Castellón. Su abuelo, que para extraña sorpresa de su familia dejó de hablar hace años, es la persona que más le importa en este mundo. Ahora que ha decidido dejar de comer también, Alma se obsesiona con que lo único que puede hacer “volver” a su abuelo a su estado natural es recuperar el olivo milenario que la familia vendió contra su voluntad hace 12 años. Sin decir la verdad, sin un plan, y sin apenas dinero, Alma embarca a su tío “Alcachofa”, de 45 años, arruinado por la crisis, a su compañero de trabajo Rafa, de 30, a sus amigas Wiki y Adelle y a todo su pueblo, en una empresa imposible: recuperar el monumental olivo, replantado en algún lugar de Europa, y traerlo de vuelta a la masía familiar.

 

Comentario

Celebramos una nueva entrega de la directora Icíar Bollaín. En Revista Atticus ya hemos comentado dos de sus aclamadas películas como fueron También la lluvia (2011) y Katmandú, un espejo en el cielo (2012). Nos gustan las realizaciones que hace la madrileña.

La película El olivo arranca con muy pocas palabras. Estamos en una finca rural, en medio de un campo lleno de olivos y almendros, una zona geográfica conocida como El Maestrazgo (entre Castellón y Teruel). Un abuelete sale de la vivienda, con la mirada perdida, viendo como su hijo corta leña. Buenos días, él no responde, sigue su caminar errático. Vemos que algo no va bien, que la relación paterno filial está rota, deteriorada ¿Por qué? El conflicto estalló hace años cuando el hijo tuvo que vender un olivo milenario para conseguir unos ingresos extra de dinero. Un olivo que ha pasado de generación en generación hasta llegar a Ramón, el abuelete, que se lo quiere dejar en herencia a sus hijos, Rafa y «el Alcachofa» quienes a su vez se lo debieran dejar a Alma. Eso ha sido así siempre y así debería seguir siendo por los siglos de los siglos. Además de la importancia del legado de nuestro patrimonio medio ambiental, El olivo nos habla de esa generación de padres que han sufrido en sus carnes los rigores de la crisis y de la relación de un abuelo con su nieta y como éste le inculca el amor a su entorno.

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El abuelo ya está ausente. Su nieta, Alma, se encarga darle todos los cuidados posibles. Pero el abuelo está muerto por dentro. Tiene un vacío que en pantalla se plasma, metafóricamente, en que el hueco dejado por el olea europea lo van rellenado con los guijarros que encuentran en la tierra. El abuelo está mudo desde que sus hijos vendieron el milenario olivo a una institución alemana para lucirlo en su sede de Dusseldorf. Paradojas del destino: una entidad en expansión, hidroeléctrica para más señas, que presume de preocuparse por el medio ambiente y, sobre todo, respetarlo. Por medio de flashback vemos como el abuelo inculcó el amor por los árboles y un respeto por el entorno a su nieta Alma. También vemos como la relación con sus hijos se deterioró porque ellos vieron la posibilidad de hacer dinero de la madera.

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En definitiva, El olivo es una parábola de la que extraemos la enseñanza moral de que no todo tiene que valer cuando se trata del legado de nuestros antepasados de un bien inmaterial como es un árbol milenario. La verdad es que dicho así queda muy bien. Pero el campo es duro y quienes lo trabajan bien lo saben. Bollaín ha tomado partido. Ha dejado a un lado las motivaciones por las que un padre de familia ha tenido que tomar la decisión, me imagino que difícil decisión, de tener que vender uno de los mayores activos de su finca: un olivo milenario, heredado de sus antepasados y que, en definitiva, es una herramienta para su sustento (uno más entre centenares). Eché en falta esa justificación. No es una decisión veleidosa. Es como consecuencia de una maldita crisis que se ha llevado por delante el futuro de toda una generación, arruinando buena parte del fruto de sus antepasados que con tanto trabajo y esfuerzo habían conseguido. Es una pobre justificación la de que el banco daba créditos a tutiplén, sin ton ni son, y que la familia podía haber recurrido a ellos para aliviar su economía o emprender esa nueva aventura. Pero la verdad es que el olivo estaba ahí y era un dinero fácil, cómodo de obtener. ¿Quién puede resistir la tentación? Me viene a la mente la venta el patrimonio histórico cultural (retablos, verjas, cuadros, artesonados, y hasta frescos) que, a comienzos del siglo XX, se vendieron en nuestros pueblos. No era con el afán de enriquecimiento sino, por ejemplo, para reparar el tejado roto que era un autentico colador y que impedía a los feligreses concentrarse en las iglesias. Ahora muchas de estas obras se encuentran en los grandes templos de la cultura, los museos (los afortunados) y otras en manos privadas. Nuestra familia protagonista parece ser que lo hizo con la idea de apuntarse al carro de la modernidad. A ganar dinero fácil poniendo copas y paellas en el chiringuito de la playa. Este duró, lo que dura un castillo de arena ante el envite de las olas.

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El olivo tiene alma. Tiene a una Alma (Anna Castillo) excelsa que encarga a una adolescente en estado puro: a veces histriónica, chillona y otras, enternecedora con su amor hacia el abuelo. Un gran acierto que merece algún reconocimiento. A su lado, un camaleónico Javier Gutiérrez que borda su papel. Ambos contribuyen hacer creíble la historia. También mención especial merecen por un lado el abuelo Ramón (Manuel Cucala) y por otro el hijo, Rafa (Pep Ambrós) el que encabezaba la posición de vender el árbol. Hacen un trabajo muy meritorio. Sobre todo el primero, un vecino de Sant Mateu (donde se rodaron gran parte de los exteriores) sin experiencia en la interpretación, hace de ello una virtud.

El guion es de Paul Laverty, habitual de Ken Loach y que ahora lo hace de la mano de Icíar Bollaín. Se nota su impronta en la preocupación de temas sociales. Tomó la idea de la lectura de una noticia en la prensa que versaba sobre la venta de árboles centenarios y hasta milenarios que viajaban lejos de nuestras fronteras. La directora madrileña ha dado forma a ese hecho. Su carrera viene marcada desde que en 1983 fuera elegida por Víctor Erice para protagonizar El sur. Años después, en 1995 trabajó a las órdenes del director británico Ken Loach y es allí donde conoció a Paul Laverty. Más tarde, 2003, llegaría una de sus mejores realizaciones con Te doy mis ojos anterior a las ya reseñas al comienzo de este articulo.

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Todo ello hace El olivo una película muy recomendable. Se ajusta a los cánones de ese cine de autor, comprometido, que ofrece algo más que entretenimiento. Hay una crítica social, hay muy buenas interpretaciones, hay una buena dirección construida sobre un sólido guion que nos plantea el amor que profesa una nieta hacia su entrañable abuelo y el errático y sinsentido viaje que emprende para tratar de recuperarle. Un viaje iniciático, una búsqueda personal. Todo esto es El olivo. Echo en falta esa voz de aquellos que viven del campo y que son los que sufren sus rigores. «Los pijos» de la ciudad nos echamos las manos a la cabeza y decimos: ¡qué barbaridad! ¿cómo se puede vender un árbol milenario? ¿Y tú, qué harías? ¡Maldita especulación!

Os dejo un tráiler:

Revista Atticus

Luisjo Cuadrado

 

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