Gregory Peck, el rostro de Atticus Finch

GREGORY PECK, EL ROSTRO DE ATTICUS FINCH

Segunda parte y última

Gregory Peck y Ava Gadner en Las nieves del Kilimajaro, 1953
Gregory Peck y Ava Gadner en Las nieves del Kilimajaro, 1953

La década de los cincuenta sitúa a Gregory Peck entre los diez actores más taquilleros del momento con películas como Las nieves del Kilimanjaro (The Snows of Kilimanjaro, 1953), de Henry King; El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower, 1951) o El mundo en sus manos (The World in his Arms, 1952), dos clásicos del cine de aventuras del estupendo Raoul Walsh, con las que disfrutamos de niños: ¡el mar en technicolor casi se podía tocar! ¡Y además del guapísimo Peck, al frente del timón, estaban nuestras amigas Virginia Mayo y Ann Blyth, dispuestas a darnos envidia! En El mundo en sus manos, además, contaba con situaciones hilarantes y el buen hacer de secundarios de lujo como Anthony Quinn y John Mac Intire. ¡Y no me olvido de la foca amaestrada! La diversión para todos los públicos estaba servida. En cuanto a Las nieves del Kilimanjaro, basada en el bello relato de Hemingway, mejor adaptada a mi entender que Pasión en la selva, hubo disparidad de opiniones en cuanto a su calidad artística. Nos sorprende el añorado Terenci Moix[1], siempre atento a estas cuestiones, con el eslogan relativo al lanzamiento del filme: «Tres mujeres en la vida de Gregory Peck» (Ava Gardner, Susan Hayward e Hildegarde Neff).

Ya fuera porque no quisiera repetir papeles o porque buscara «otros aires», Peck marcha a Europa y protagoniza en Italia la deliciosa comedia Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), de William Wyler, junto a una encantadora y jovencísima Audrey Hepburn, que ganaría el Oscar por esta película; El millonario (The Million Pound Note, 1954), de Ronald Neame, basada en un divertido cuento humorístico de Mark Twain, rodada en los famosos estudios Rank ingleses; y la injustamente recibida Moby Dick, de John Huston, en 1956, toda una joya visual, impecablemente narrada.

Vacaciones en Roma es una fresca, divertida y elegante comedia que gusta ver a menudo. Su guion fue escrito bajo pseudónimo por el tristemente famoso Dalton Trumbo. Y se nota. Peck se divirtió de lo lindo subido a una vespa por las calles de Roma y entabló una duradera amistad con su partenaire, que sólo se rompería con la muerte de ésta. Su interpretación sería recompensada con un Bafta de la Academia británica.

Gregory Peck junto a Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma, 1953
Gregory Peck junto a Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma, 1953

Antes de su viaje a Gran Bretaña rueda Decisión a Medianoche (Night People, 1954), de Nunnally Johnson, un filme de intriga que se inscribe dentro del cine de propaganda anticomunista de su época, de «Guerra Fría». Con guión de su director, sorprende por su modernísimo planteamiento, al mostrarnos sin tapujos, el aspecto más sucio y cruel del espionaje, a ambos lados del Telón de Acero. Por el contrario, El millonario, también titulada The Man with a Million, nos deja con un delicioso sabor de boca, al adaptar de forma eficiente la brillante sátira de Mark Twain El cheque del millón de libras. Peck no desentona en absoluto en esta comedia ligera de paladar  británico[2].

Por esta época conoce a la periodista francesa Veronique Pasanni, que se convertirá en su segunda esposa en 1955. De esta unión, nacerán sus hijos Anthony y Cecilia. Un año después se estrenaría Moby Dick. Con guion del célebre escritor Ray Bradbury y del propio John Huston, la cinta fue maltratada por la crítica, que vapuleó el trabajo de Peck, que daba vida al implacable y obsesivo capitán Ahab. El rodaje fue accidentado: el propio actor se vio arrastrado por una ola gigantesca. «Peck se pasó la mitad de la película en el agua –contó Huston- e hizo cosas que la mayoría de especialistas no harían. En una ocasión, tras casi ahogarse, al final de una toma, pidió repetirla por si habíamos perdido algún detalle». Su estreno fue un fracaso en USA y en Europa. Con el tiempo, como suele suceder, se ha valorado en su justa medida esta fiel y sentida, en ocasiones, lírica adaptación del clásico de Melville.

De vuelta a los E.E. U.U., protagoniza, junto a Jennifer Jones, El hombre del traje gris (The Man in the Gray Flannel Suit, 1956), de Nunnally Johnson, con un rotundo éxito: los propietarios de más de once mil cines lo eligen el actor más taquillero del año. La crítica, en cambio, no fue benévola con Mi desconfiada esposa (Designing Woman, 1957), de Vincente Minelli, sofisticada e inteligente comedia junto a la gran Lauren Bacall, que demostraba en esta película su gran vis cómica. «Creí que después de Mi desconfiada esposa, me asediarían con ofertas para hacer comedia –se lamentaba el actor-, pero no fue así. Quizá no sea tan bueno para la comedia como creía. Me gusta más que cualquier otro género y, sin embargo, apenas la he cultivado»[3]. Basada en una idea de Helen Rose, diseñadora de vestuario de la M.G.M, esta comedia, dirigida con maestría por Minelli, juega con los mundos encontrados de un matrimonio que, por sus respectivas profesiones, se mueven en ambientes dispares. Ella es una prestigiosa diseñadora y él, un cronista deportivo. El cóctel está servido: situaciones hilarantes y mucho glamour. Su estreno fue todo un éxito.

Gregory Peck en Horizontes de grandeza, 1958 138 Revista
Gregory Peck en Horizontes de grandeza, 1958
138 Revista

Peck vuelve a vestirse de vaquero en la infravalorada superproducción Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958), de William Wyler. Escenas épicas de antología, una trama perfectamente engarzada, con emocionantes momentos; arropado todo ello por una memorable banda sonora, son el vehículo perfecto para el lucimiento interpretativo de sus actores: Jean Simmons, Charlton Heston, Carroll Baker, Charles Bickford y Burl Yves, que se llevó finalmente el Oscar por su rotunda interpretación. Ni qué decir tiene que el papel principal de hombre ecuánime, que huye de la fanfarronería y la violencia gratuita, que se ve obligado a escoger entre dos clanes rivales, le iba a Greg como un guante. Significativa es la escena en la que se empeña en montar a solas, sin un público que le vitoree, un caballo rebelde. Pero el rodaje le dejaría un mal sabor de boca: debido a los continuos roces con el director, Wyler, (ambos compartían la producción del filme), su amistad quedaría definitivamente rota.

A Horizontes de grandeza, le seguirían sonoros fracasos: Días sin vida (Beloved Infidel, 1959), de Henry King, sobre la difícil relación entre Scott Fitzgerald y la columnista de Hollywood Sheila Graham; y la pesimista La hora final (On the Beach, 1959), de Stanley Kramer, basada en el aclamado best-seller de Nevil Shute sobre los últimos días de un grupo de personas, que han sobrevivido a un holocausto nuclear y se ven de nuevo amenazados por una mortal nube radioactiva, relato intimista y triste, con buenas interpretaciones de Ava Gardner, Anthony Perkins y Fred Astaire. Ninguna de ellas tuvo la repercusión esperada. Los críticos fueron implacables: «actor unilateral», «supermarioneta» fueron dos de los cariñosos adjetivos dedicados por los críticos al actor.

 

Cartel Los cañones de Navarone, 1961
Cartel Los cañones de Navarone, 1961

Su prestigio volvió al primer plano con la taquillera Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone, 1961) y El cabo del terror (Cape Fear, 1962), insólito thriller en el que compartía cartel con un inquietante y aterrador Robert Mitchum. Y llegó, por fin, el papel de su vida con Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962), de Robert Mulligan, película con la que conseguiría el Oscar (también ganó un merecidísimo Globo de Oro) y el reconocimiento y prestigio definitivos. «Ha sido probablemente el personaje más acabado que he interpretado. Fue maravilloso obtener el Oscar. Cuando llegué aquella noche al auditorio de Santa Mónica –recordaba con emoción Greg- estaba convencido de que iba a perder. Pensé que ganaría Jack Lemmon por su magnífica interpretación de Días de vino y rosas. Había aceptado el hecho de que podía volver a perder»[4]. Se llegó a decir que el Oscar de Gregory Peck no era merecido; que no era más que un premio de reconocimiento a toda una carrera. El tiempo se ha encargado de poner las cosas en su sitio y dar la razón esta vez a los miembros de la Academia: su interpretación del abogado liberal Atticus Finch fue impecable. Todo lo mejor de Gregory Peck como actor estaba, sin lugar a dudas, en ese personaje; encarnando al íntegro abogado, derrochó humanidad y sensibilidad a raudales. La película, adaptación cinematográfica de la ya clásica novela de Harper lee (fue ganadora del prestigioso premio Pulitzer y hoy es de obligada lectura y estudio en los colegios americanos), narra una conmovedora historia protagonizada por un honrado abogado viudo y sus hijos durante la Gran Depresión, que tiene el racismo como telón de fondo[5]. La cinta sería candidata a ocho premios de la Academia. De ellos, competiría en los apartados de Mejor Película, Director, Fotografía, Música (Elmer Berstein) y actriz secundaria. Conseguiría finalmente los relativos a Dirección Artística, Guión adaptado y Actor. «Gregory Peck fue el único actor que siempre tuvimos en mente para protagonizar el filme, afirmó rotundamente su productor, Alan J. Pakula». Por su parte, Peck comentó de su idoneidad para el personaje: «Sentí que era un personaje con el que me podía identificar, que sería capaz de ponerme en su lugar y de andar con sus zapatos. Y también conocía bien a esos dos niños por mi infancia, que fue muy parecida, corriendo descalzo en verano y pasando la mitad del tiempo subido a los árboles». Cuenta Peck cómo el primer día del rodaje de la película estuvo mirando todo el tiempo de reojo a su autora, Harper Lee, y cómo la veía emocionarse. En cuanto pudo, se acercó a ella para preguntarle su parecer y está le dijo: «Peck, tienes un poco de tripa; me recuerdas a mi padre». Ese fue, según el actor, el mayor cumplido que pudo hacerle de su trabajo.

Gregory Peck encarnando a Atticus Finch en Matar un ruiseñor, 1962
Gregory Peck encarnando a Atticus Finch en Matar un ruiseñor, 1962

La puesta en escena del filme es toda una declaración de intenciones: el lirismo y fuerza de sus imágenes nos envuelve y nos conmueve. Los títulos de crédito se suceden mientras vemos, en primerísimo plano, unas manos infantiles mostrándonos sus «tesoros», esos que se esconden en el hueco de un árbol. Son memorables las imágenes de ese bosque amenazador, casi de cuento, por el que se adentran los niños; esos pasos que se confunden con el ruido del aire entre las ramas; la lucha en la arboleda, vista a través de los ojos de Scout; más bien, de lo que le permite el pequeño agujero de su disfraz… E inolvidable también es la aparición de Robert Duball en el que fue su primer papel en la pantalla.

De la década de los sesenta, destacamos La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1963), brillante superproducción que, además de estar rodada en Cinerama y dirigida por varios realizadores (John Ford; Henry Hathaway; George Marshall y Richard Torpe), tenía entre su extenso reparto actores de la talla de Carrol Baker, Debbie Reynolds, James Stewart, Henry Fonda, John Wayne y Richard Widmark; Capitán Newman (Captain Newman, 1963), de David Miller, mezcla de drama, comedia y crítica social al estilo de la desmitificadora y antibelicista M.A.S.H. (pero no, tan corrosiva), narraba el día a día de una unidad de psiquiatría en una base del ejército estadounidense. El cantante Bobby Darin, Angie Dickinson y Tony Curtis acompañaban a Peck en este interesante y minoritario filme; Y llegó el día de la venganza (Behold a Pale Horse, 1964), de Fred Zinneman, plúmbea cinta sobre la Guerra Civil, que supuso, no únicamente el enfado del gobierno español; también, el cierre, durante años, de las oficinas de la Columbia en España; Arabesco (Arabesque, 1966), de Stanley Donen, entretenida intriga al estilo de Charada, con una misteriosa y seductora Sophia Loren.

Yo vigilo el camino (I Walk the Line, 1970) de John Frankenheimer, fue un fracaso de público y crítica (el New York Times, al menos, señaló la valentía de Peck por protagonizarla) que no aceptaron el hecho de ver al actor en el papel de un desquiciado sheriff que llega a arriesgar su vida y su trabajo por la irrefrenable pasión que siente por una jovencita. Greg achacó su fracaso al montaje y a la postproducción del filme: «La película que yo hice era mucho mejor que la que luego se vio en la pantalla», diría. En 1971, sin embargo, recibe un premio honorífico a toda su carrera de la Asociación de Actores de los EE.UU.

En 1976, la tragedia golpeó al actor con la aparición del cadáver de su hijo mayor: lo que en un principio parecía ser un suicidio, resultó, como aclaró ante la prensa el actor después de la investigación, un asesinato perpetrado por una banda de narcotraficantes. «Mi hijo fue víctima de una organización […] Jonathan era un habitual del LSD y fumaba marihuana, algo que le costaba mucho dinero mantener y que le obligó a endeudarse– declaró con honestidad y valentía el actor-. Mi hijo fue débil y, en vez de acudir a mí o a la policía, aceptó el trato». Después del suceso, Gregory Peck quedó destrozado y dejó de trabajar.

Cuando parecía que se había retirado del cine, volvió a ser el centro de atención como en sus mejores tiempos con La profecía (The Omen, 1976), thriller terrorífico que reventaría las taquillas y que daría origen a dos secuelas más. Un año después, se metió en la piel de Mac Arthur en Mac Arthur, el general rebelde, un biopic sobre el controvertido militar. Pero más sorprendente fue su caracterización de Joseph Mengele en Los niños del Brasil (The Boys of Brazil, 1978), de Franklin J. Shaffner, en la que realiza una sorprendente caracterización del terrible «ángel de la muerte» de Auschwicz. Basada en el best-seller de Ira Levin, la película contó con Lili Palmer, James Mason y Laurence Olivier, a los que Greg admiraba profundamente. Olivier sería candidato al Oscar por su papel y, a su vez, Peck lograría una candidatura al Globo de Oro por su inquietante interpretación. De ella, diría: «Encarnar a Mengele, fue todo un reto para mí. Este doctor fue una rata repugnante […] La verdad es que no pude acercarme a él emocionalmente, así que para sacarlo adelante […] me dejé un bigotito horrible, que parecía que me salía de la nariz. Además, me afeité el pelo un centímetro en las sienes […] De esta forma, traté de que Mengele pareciera lo más detestable posible».

Gregory Peck en Gringo viejo, 1989, una de sus últimas películas
Gregory Peck en Gringo viejo, 1989, una de sus últimas películas

En los ochenta, su presencia en el cine es, más bien, episódica (Lobos marinos, La voz del silencio). En la televisión, aparece en Azules y Grises (The Blue and the Gray, 1982), de Andrew V. Mac Laglen, encarnando a Abraham Lincoln. Y obtiene un merecido éxito, interpretando al Monseñor Hugh O’ Flaherty, en la entretenida e impecable miniserie Escarlata y negro (The Scarlet and the Black, 1983), de Jerry London, que adaptaba el aplaudido best-seller histórico The Scarlet Pimpernef of the Vatican (La Pimpinela escarlata del Vaticano), de J.P. Gallagher. Le daban la réplica actores de la talla de Christopher Plummer, como Herbert Kappler, Comandante en jefe de la SS; John Gielgud, como Pío XII o Raf Vallone, como el padre Vittorio. Peck está estupendo en su papel de prelado y demostró con creces que podía moverse con soltura en el nuevo medio. Este mismo año recibe el National Board  of Review a toda una carrera. Y tres años después, visita España por segunda vez (la primera fue con motivo del rodaje de Moby Dick, en 1956) para recibir el Premio Donostia[6] en el Festival de San Sebastián.

En 1989, casi alejado del cine, volvió a la pantalla con Gringo viejo (Old Gringo), de Luis Puenzo, junto a Jane Fonda, basada en la obra homónima de Carlos Fuentes. Y su presencia volvió a brillar en la pantalla como antes. «Al igual que mi padre hizo una magnífica actuación en El estanque dorado, en el cenit de su carrera, creo que la de Peck, en Gringo viejo, está a su misma altura», explicaba Jane Fonda de su compañero de reparto. Este papel animó al actor a seguir con su carrera de actor: «Nunca pronunciaré la palabra retirarme […] Si surgiese otra oportunidad como la de Gringo viejo, volvería a aceptarla. Una de las pocas ventajas de tener setenta y tres años es que me pueden proponer un personaje de las características de Ambrose Bierce, un hombre complejo, contradictorio, creíble y tremendamente humano en el que se mezclan la ironía y la ternura. Hay pocos papeles tan complejos para un actor de mi edad».

Gregory Peck en El cabo del miedo, 1991
Gregory Peck en El cabo del miedo, 1991

Con motivo del estreno de la película y, también, para promocionar el debut de su hijo como actor en El río que nos lleva, de Antonio del Real, volvió a nuestro país. Durante su visita hizo gala de su bonhomía en más de una ocasión. En una de ellas, aceptó grabar en vídeo un mensaje de saludo para la Mostra de Valencia. Cuando la grabación salió mal, en lugar de enfadarse, con una amplia sonrisa, dijo: «Nunca he sido un actor de una sola toma». Repitió entonces su saludo en un castellano -todo hay que decirlo- más que aceptable. Esto nos muestra el carácter cordial de Gregory Peck, que no tenía nada que ver con el divismo propio de una estrella del celuloide.

A partir de aquí, sus apariciones serán escasas: El cabo del miedo (Cape Fear, 1991), de Martin Scorsese, remake de la que protagonizó en 1962, donde tiene un pequeño papel; El dinero de los demás (Other People’s Money, 1991), de Norman Jewison, la que sería su última aparición en el cine; Dos amores y un señor (The Portrait, 1993), de Arthur Penn, telefilme con Peck como productor y donde debutaba como actriz su hija Cecilia. Y como aliciente, la presencia de Lauren Bacall. Y la que sería su última interpretación: Moby Dick, en 1998, de Franc Roddan, por la que ganaría un Globo de Oro al mejor actor de reparto en TV (fue también candidato al Emmy), todo un cierre de oro a su carrera[7]. Tan sólo cinco años después, el 13 de junio de 2003 nos dejaba a la edad de ochenta y siete años. Ese mismo año había recibido el prestigioso David de Donatello como homenaje.

Greg fue un hombre comprometido con la realidad de su tiempo: participó en la famosa marcha, organizada por Martin Luther King a favor de los Derechos Civiles, en contra de la discriminación racial; apoyó siempre al Partido Demócrata; fue Presidente de la American Cancer Society y de la Academy of Motion Pictures Arts and Sciences y miembro activo del National Council on Fine Arts, entre otras actividades sociales y culturales. Todos recordamos sus numerosas discusiones con Charlton Heston por cuestiones ideológicas, hecho este que no les impedía ser cordiales amigos.

Terenci Moix lo describió como un «hombre afectuoso, cordial y profundamente humano»[8]. John Huston dijo de él que era «uno de los hombres más buenos y rectos que había conocido». Compañeros de profesión destacaban su entrega, generosidad y gentileza (Lauren Bacall, Jack Lemmon, Kirk Douglas, Jane Fonda, Polly Bergen, Audrey Hepburn, Sophia Loren, por citar algunos). Unas semanas antes de su muerte, el Instituto Americano del Cine elaboró una lista con los cien héroes y villanos del séptimo arte. Encabezando la lista de los buenos, estaba el honrado y valiente abogado Atticus, al que Greg dio vida en Matar un ruiseñor. Fue el galardón más entrañable, el más valioso que se le podía haber dado: el cariño incondicional de los espectadores. «Era un ser maravilloso, era el padre ideal –decía Liza Minelli- que todos queríamos tener: el que te escucha, el que te saca del bosque cuando oscurece»[9]. El rostro de Atticus Finch.

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[1] Moix, Terenci, Mis inmortales del cine. Hollywood, años cuarenta, Barcelona, Planeta, 1991, pp. 89-93.

[2] En 1983, se realizó un remake, Entre pillos anda el juego (Trading Places), de John Landis, protagonizada por Eddie Murphy, Dan Aycroyd, Jamie Lee Curtis, Don Ameche y Ralp Bellamy, que no está mal pero que no supera a la original.

[3] Gasca, Luis, Las Estrellas, op.cit., p. 196.

[4] Gasca, Luis, Las Estrellas, op.cit., p. 197.

[5] El propio Peck vivió en su niñez un episodio racista. «Nunca he creído ciegamente en el gran “Sueño americano”. Por otra parte, mi propia experiencia personal, me hubiera impedido creer en el famoso sueño –declaraba el actor-. Podría darle, entre otros ejemplos, el de algo que ocurrió en La Jolla… Allí no vivían negros pero sí había Ku Klux Klan, los racistas encapuchados. El jefe de ellos era un tal Hamilton, un mecánico al que siempre recuerdo lleno de grasa con una mirada de animal […] Un día llegó la primera familia negra… Hamilton ordenó a sus hombres ponerse sus hábitos […] Plantaron sus cruces en tierra y las incendiaron […] Los negros salieron de su refugio: un hombre, una mujer, niños…dirigiéndose a quién sabe dónde. El episodio me produjo un malestar que no he podido olvidar» (palabras de Peck, recogidas en Jérez, Silvia, Gregory Peck. El gran liberal de Hollywood, op. cit., p. 22).

[6] En 1989, recibiría el premio del Festival de Cannes y del Instituto Americano del Cine.

[7] Son numerosos los galardones y actos de reconocimiento y cariño. Sería prolijo, en este artículo, incluirlos todos (tampoco he hecho un exhaustivo estudio de ellos a lo largo de sus interpretaciones en el cine). Mencionaré solamente el Oso de Oro del Festival de Berlín, en 1993 y el César honorífico de la Academia Francesa del Cine, en 1995.

[8] Moix, Terenci, op.cit., p. 89.

[9] García Jerez, Silvia, op.cit., p.156.

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Katy Villagrá Saura

Revista Atticus

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