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Crítica película Ático sin ascensor, con Freeman y Keaton

Ático sin ascensor
La vorágine de la modernidad

WATICO_SIN_ASCENSOR-poster_b Ficha
Título: Ático sin ascensor
Título original: 5 Flights Up
Interpretes: Morgan Freeman, Diane Keeaton, Cynthia Nixon, Claire van der Boom, Korey Jackson, Carrie Preston, Sterling Jerins, Josh Pais, Miriam Shor
Director: Richard Loncraine
Año: 2014
Duración: 92 minutos
País: Estados Unidos
Guion Charlie Peters
Fotografía: Jonathan Freeman
Género: Drama
A contracorrientes Films

Sinopsis
Un largo fin de semana en la vida de una pareja mayor de Nueva York que intenta vender su apartamento del East Village donde han vivido más de 40 años. Ruth es una profesora retirada y Alex es artista. Ambos quieren mudarse a un nuevo apartamento y mientras esperan ofertas, recuerdan juntos los años vividos en su hogar.

Comentario
Alex (Morgan Freeman), artista, y Ruth (Diane Keaton), profesora jubilada, es un matrimonio interracial que vive en Brooklyn desde hace cuarenta y pico años, cuando esta parte de la ciudad, East Village, no era tan chic y no estaba llena de hipster y gente pija. Desde su ático tiene unas vistas magníficas sobre la ciudad y una gran cantidad de luz entra por los grandes ventanales, lo cual hacen que este piso sea ideal para ejercer la faceta artística de Alex (pintor). Pero, no tiene ascensor y Ruth comienza a sopesar la posibilidad de hacer una mudanza pues la fatiga se hace presente en cada escalón. La primera que sufre las consecuencias será la perrita Dorothy. La pobre ya tiene unos años (diez). En su abnegación, al subir las escaleras, se fractura la columna. Suenan las alarmas en la familia.

 
Ático sin ascensor se nos presenta como un periódico que tiene muy buenos titulares, incluso la entradilla inicial del artículo es destacable, pero que al pasar a las páginas siguientes para leer el artículo completo, este o bien no está o se diluye. No se profundiza en la noticia (en la trama fílmica). Ático sin ascensor toca varios temas con relativa enjundia. El primero de ellos es el matrimonio interracial. La pareja protagonista, Alex (Morgan Freeman) y Ruth (Diane Keaton) tuvieron que luchar desde muy jóvenes para llevar a cabo su relación. Se impusieron por encima de su propia familia. Hay un alegato contra la modernidad que se nos materializa a la hora de la venta del piso, todo deprisa y corriendo. Está presente la codicia del dios dinero, la avaricia, que incluso puede llegar a romper una relación familiar. También hay un lugar para el cáncer del siglo XXI: el terrorismo (en este caso de la mano de un musulmán). El terrorismo hace estragos en la sociedad y si encima lo aderezamos con una prensa sensacionalista nos da un explosivo cóctel. Esta locura mediática, convierte una ciudad tan emblemática como Nueva York en una ciudad paranoica. También se puede llamar París o Roma. Los medios de comunicación se han encargado de ello metiendo sus cámaras hasta en las letrinas si con ello son capaces de conseguir más audiencia. Ponen alcachofas delante de gente que es capaz casi de todo por sus cinco minutos de gloria (y a la inversa: hay gente capaz de todo por fama). También de ese aspecto deleznable trata Ático sin ascensor.

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La película, con todo este trasfondo, flojea. Hay momentos en que la trama no avanza y es cuando aparece el tedio. Entonces, todo el peso de la cinta recae sobre la pareja protagonista. Diane Keaton y Morgan Freeman aportan lo mejor de sí. Desprenden naturalidad. Entre ellos existe eso que cuando falta se nota mucho: química. Diane en un papel de persona divertida, que afronta con valentía las decisiones. Quiere ese cambio porque ve que llega el momento de mudarse a un piso que tenga ese ascensor para evitar que Alex se quede atrapado. Como mujer tiene visión de futuro. El papel de Freeman aporta sabiduría, experiencia con una gran dosis de ironía ante la adversidad que se le presenta. No es partidario de cambios en la etapa crepuscular de su vida.
WDSC_0009Tras verla, es de esas películas que dices: bueno, no está mal. Aporta poco, muy poco. Entretenida, con planteamiento y resolución correctos. Brilla por las actuaciones de la pareja protagonista y por la gran fotografía. Pero donde realmente me interesa (y destaca) es en un aspecto sociológico. Como reflejo de una sociedad moderna. Es en un aspecto muy concreto: la hora de la compra venta de un piso. Es un alegato contra la modernidad, contra la cultura de vivir deprisa. Carecer de ascensor, entre otras cosas favorece una vida activa, una charla con tu perro mientras asciendes por la escalera (y si no tienes perro, pues contigo mismo), una reflexión sobre el paso de la vida. Subir cinco o diez pisos da para mucho. Esto puede parecer un tanto baladí, pero no lo es. Alex mantiene así una rutina cotidiana y, en su caso, creadora.

 
Donde el director Richard Loncraine lo borda es al reflejar la jornada de puertas abiertas. Ese día puede ir quien quiera a tu casa; se pueden sentar en tu butacón, abrir tu frigorífico y husmear tu intimidad (hasta tumbarse en tu cama). Todo por la rentabilidad económica. Todo por alcanzar una buena oferta sobre tu vivienda. Incluso tendrás que aguantar las críticas de que vaya un color más feo, o esto habría que tirarlo. Quién o quienes nos hayamos visto alguna vez en la decisión de la compra de una vivienda sabrá muy bien de lo que estoy hablando. Esa vorágine de oferta y contraoferta y tener que salir corriendo para dar una señal no siendo que los propietarios se vuelva para atrás y te quedes sin EL PISO DE TU VIDA, es estresante. Eso lo refleja muy bien Ático sin ascensor. Las prisas por hacerte con un piso, quizás te lleven, de manera alocada, a la toma de un decisión que puedes lamentar el resto de tus días. Como si la vida fuera un artículo en ebay. Y todo por no tener la calma suficiente, la reflexión oportuna, movido por el aluvión imparable de WhatsApp, sms, emails diabólicos que te alteran el puso. Y si ahondamos más, esto es perfectamente aplicable a la reserva de un hotel o vuelo, que cada vez que consultas te dicen que solo queda ya uno a ese precio. La modernidad.
Y una vez más, Nueva York aparece retratado de forma magistral, sobre todo en esas imágenes desde el aire, con una luz dorada, con la cámara muy lenta, que dan un repaso visual muy bello con la luz crepuscular. Invitan, a pesar de esos medios de comunicación tan cuestionables, a una visita a la Gran Manzana.

 
Por último, el director parece hacer un guiño a Woody Allen con su Manhattan (1979) cuando sitúa a la pareja protagonista en un banco frente al puente que cruza la bahía (aunque no sea el de Brooklyn). El tiempo detenido frente a la vorágine de la modernidad.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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