Exposición El canto del cisne en la Fundación Mapfre, Madrid

Exposición El canto del cisne en la Fundación Mapfre, Madrid

La pintura académica simbiosis de la tradición y la modernidad

El pasado viernes 13 de febrero se presentó en la Fundación Mapfre la exposición El canto del cisne. Pinturas académicas del Salón de París. Colecciones Musée d’Orsay que recoge una selección de las mejores pinturas dentro de lo que se llama pintura académica francesa (segunda mitad del siglo XIX).

De izquierda a derecha: Guy Cogeval, presidente del Museé d’Orsay; Côme Fabre, comisario científico de la exposición; y Pablo Jiménez Burillo, Director del Área de Cultura de la Fundación Mapfre, momentos antes de presentar la exposición el pasado 13 de febrero de 2015. Fotografía: LJC
De izquierda a derecha: Guy Cogeval, presidente del Museé d’Orsay; Côme Fabre, comisario científico de la exposición; y Pablo Jiménez Burillo, Director del Área de Cultura de la Fundación Mapfre, momentos antes de presentar la exposición el pasado 13 de febrero de 2015. Fotografía: LJC

El acto de la presentación estuvo presidido por Pablo Jiménez Burillo, Director del Área de Cultura de Fundación Mapfre, Guy Cogeval, presidente del Musée d’Orsay y Côme Fabre, comisario científico de la exposición.

Pablo Jiménez destacó la importancia de esta muestra por la dificultad que entraña agrupar tal cantidad de obras fuera de su hábitat natural que es el Musée d’Orsay. Un gran número de obras pertenecen a los fondos del museo parisino y otras proceden de colecciones particulares e instituciones privadas.
Guy Cogeval se mostró encantado con poder ver esta muestra tras haber reunido este número de obras. Son obras que no se valoran en su justa medida por los visitantes que acuden al Musée d’Orsay al estar ensombrecidas por las grandes obras impresionistas. Esta colección de pintura académica tiene su origen en el embrión del museo, en el Museo Luxemburgo, que albergó las pinturas académicas y que compartió espacio con las primeras obras impresionistas.
Côme Fabre expresó la dificultad del montaje de esta exposición entre otras cosas por el gran formato de la mayoría de las obras; por sus marcos dorados, casi escultóricos difíciles de manejar y por la dispersión por toda Francia de algunas de ellas. Pero a pesar de ello, representaba una oportunidad única y suponía un desafío que aceptaron.

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Charles Auguste Emile Durant, llamado Carolus-Duran Retrato de Mademoiselle X, marquesa de Anforti. 1875 Óleo sobre lienzo, 206 x 127,5 cm París, Musée d’Orsay, en depósito en el Musée des Beaux-arts de Cambrai © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski

Quienes han ideado la muestra han querido poner como colofón dos grandes obras enfrentadas por primera vez en la Historia del arte. Se trata de la obra Las oréades (1902) de William Bouguereau y Las bañistas (1918 – 1919) de Auguste Renoir. La primera es una explosión de sensualidad, una exaltación de la belleza a través del cuerpo femenino y la segunda un guiño hacia el clasicismo tras su paso por la experimentación impresionista con ese gusto por lo inacabado y los colores brillantes.
Pablo Jiménez retomó la palabra para señalar que tradicionalmente la idea que se tenía de la pintura académica es de una pintura cerrada, en bloque, aburrida y monolítica. Con esta muestra se pretende poner de manifiesto la existencia de una obra variada, muy distinta y que se enfrenta a una necesidad de modernizar; una pintura que se tenía que adaptar a los nuevos gustos de una sociedad en constante evolución. «En definitiva, quiere poner en valor una pintura refinada pensada en gustar, un canon que ya no es nuestro canon, una idea de libertad por encima de la belleza».
Comentario
El título de la exposición alude a ese canto postrero de los cisnes. Durante su existencia estas aves no cantan nunca, solo produce un graznido, un ronquido sordo. Pero la tradición le otorgó un bello canto justo un momento antes de sobrevenirle la muerte. El canto del cisne, según palabras de Pablo Jiménez aludiría a la historia de una generación de pintores, en la segunda mitad del siglo XIX, que alargan la tradición de la pintura que viene del Renacimiento y que se desarrolla en París.

¿Qué podemos entender por arte académico?
Las obras «académicas» se entiende por tal aquellas que en su ejecución observan unas normas «clásicas». Estas normas eran dictadas por las Academias de arte. Por academicismo podemos entender una corriente artística que se desarrolla principalmente en Francia a lo largo del siglo XIX. Respondería a las instrucciones dictadas por la Academia de Bellas Artes de París y al gusto de un cliente burgués como herencia del Clasicismo. Si hubiera que definir a esta corriente con una sola línea podría decirse que es la idealización de la belleza, eterna y universal, a partir de unos cánones establecidos en la Antigüedad (Roma y Grecia).
La Academia de Bellas Artes pasó paulatinamente a convertirse en una institución pública de primer orden. Dependiente de ella estaba el Salón de París. Era la encargada de exponer «el arte oficial» de la propia Academia que apoyaban la corona y la Iglesia. La primera de estas muestras se celebró en 1725. Toma nombre (y forma) en la exposición celebrada en 1763 en el Salón Carré del Louvre. Y entre 1748 y 1890 fue el acontecimiento artístico más importante del mundo (celebrado de forma anual o bienal). Adquirió gran importancia por su influencia en la difusión de la cultura no solo en Francia sino en el resto de Europa.
Los límites con los que el Salón admitía las obras no estaban nada claros. Los artistas se sirvieron de recursos del pasado en la ejecución de sus obras a los que añadían un toque de modernidad derribando así esos límites. Pablo Jiménez Burillo lo expresa muy bien en el catálogo elaborado para la exposición (página 17): «el realismo de Courbet dialoga con Manet y con su generación; la imaginación de Moreau la encontramos en los orígenes del expresionismo del siglo XX, pero también con los decadentistas; la decadencia de Moreau es uno de los ingredientes del surrealismo, como lo es la idealización de Puvis de Chavannes; no es posible comprender a los impresionistas sin la existencia de Corot […] y así sucesivamente la conexión de unos con otros».
Las obras más importantes dentro de esta tradición académica fueron compradas por el propio estado francés. Pasaron a colecciones públicas francesas y, desde su creación, al Musée d’Orsay. Gracias al préstamo de más de 80 obras se ha podido organizar esta exposición. Son pinturas de grandes artistas académicos como Ingres, Gerôme, Cabanel, Bouguereau o Meissonier y también de otros grandes artistas que se integraron dentro del programa expositivo del Salón y que exploraron otros horizontes como Alma-Tadema, Gustave Moreau, Puvis de Chavannes o Courbet.

Recorrido por la exposición
La Fundación Mapfre nos plantea un recorrido, un discurso expositivo. En este caso se ha organizado en base a los grandes temas que tradicionalmente había establecido la Academia, haciendo hincapié en el diálogo, las ambivalencias y los encuentros entre sus protagonistas.
La muestra está dividida en los siguientes apartados
La antigüedad viva
¿Un desnudo ideal?
Pasión por la historia, historia de las pasiones
El indiscreto encanto de la burguesía
Reiventando la pintura religiosa
Orientalismo: del harén al desierto
Paisajes soñados
El mito: la eternidad de lo humano en cuestión
La ambición decorativa
La transfiguración de la lección académica
Hacia una nueva mirada

Dos cuadros nos dan la bienvenida. El de Jean Auguste Dominique Ingres, El manantial, es una invitación: «toma, bebe un poco; cruza el umbral y sacia tu sed de cultura». Nos recibe una joven de rostro inexpresivo, desnuda, que muestra su candor con formas suaves y una cierta frialdad. La contemplación en público de un cuerpo desnudo siempre ha levantado pasiones y polémicas. Y el otro, Pelea de gallos, constituye una pequeña síntesis de lo que nos vamos a encontrar tras cruzar ese primer espacio. Es una de las primeras grandes obras de Jean Léon Gérôme. Las formas clásicas de la antigüedad se sintetizan en los dos jóvenes, él, completamente desnudo y ella con una fina túnica transparente que la convierte en casi una escultura. Es el clasicismo puro pero con una temática nueva, inusual, ordinaria, como es una pelea de gallos. Muestra ese gusto característico por lo acabado, por el color claro de las carnaciones. Es un prodigio del dibujo. Esta osadía supuso una revolución y añadió aire fresco que el público supo agradecer. Aportaba una nueva iluminación dejando atrás esos negros escenarios propios del romanticismo.

William Bouguereau Nacimiento de Venus, 1879 Óleo sobre lienzo, 300 x 215 cm París, Musée d’Orsay © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski
William Bouguereau
Nacimiento de Venus, 1879
Óleo sobre lienzo, 300 x 215 cm
París, Musée d’Orsay
© RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski

La diosa romana del amor, Venus, nos espera, en el pasillo de la izquierda, al fondo. El mito es solo un pretexto para la plasmación de la belleza en el desnudo femenino, introduciendo, de esta manera, en erotismo en el arte. Una clara provocación al público parisino en ese periodo finisecular de constantes cambios. Se trata de El nacimiento de Venus. Alexandre Cabanel muestra un gran virtuosismo en la ejecución y su obra constituye un claro ejemplo del arte que gustaba. Se presentó por primera vez en la exposición de 1863. Fue un éxito rotundo. El propio Emperador Napoleón III adquirió la obra. Es patente su tono erótico. Lejos de escandalizar a la gente, todo lo contrario; los parisinos se enorgullecían de esta obra. Era una especie de panfleto reivindicativo: esto es lo que hacemos en París al día de hoy, el centro del arte, del buen vivir, de la elegancia y el goce. Pero todo esto conservando ese filtro mitológico para que no fuera considerada una obra realista.
La pintura de historia constituía un género que actuaba como cajón de sastre. Cabía de todo y gozaba de un gran prestigio, no solo a ojos del Estado sino entre la nueva clientela. Episodios sacros, mitológicos o profanos pero de forma académica. Con exquisito gusto están presentadas en la sala de la fundación Mapfre obras de Meissonier (Campaña de Francia), Jean Paul Laurens (La excomunión de Roberto II el Piadoso) o del propio Cabanel (Paolo de Rimini y Francesca Malatesta), pintura realizada tras su paso por Florencia. También podemos contemplar en este apartado un cuadro que nos remite directamente a la obra de Paolo Ucello, La batalla de san Romano. Se trata de la obra de Frank Craig que lleva por título ¡La doncella! Es una exaltación de la heroína francesa Juana de Arco, una figura que se revalorizó a partir de 1870. Los franceses necesitaban a alguien en quien depositar el sentimiento patriótico. El gobierno apostó por ella al concederle un lugar relevante en la decoración del Panteón. Una de las cosas que implica una exposición es el adecentamiento y limpieza las obras que se exhiben y en este caso, en palabras del propio comisario, Guy Cogeval, lucen las lanzas con todo su esplendor.
La exposición continúa en la planta alta con el apartado El indiscreto encanto de la burguesía. Se trata de una serie de retratos minuciosamente ejecutados. El gusto burgués por lo fastuoso, por las obras de gran formato que pusieran sobre la pared el prestigio social del dueño tiene su acomodo en este tipo de pintura. Ese parece ser el caso de La familia de los marqueses de Miramón de James Tissot. Pero también cabe el retrato como héroe, como es el caso del Retrato de Víctor Hugo de Léon Bonnat, el héroe de la República por excelencia. Pero si tuviera que elegir una obra representativa me quedo con la bella y delicada dama, el Retrato de Mademoiselle X, marquesa de Anforti, de Carolus Duran. La concepción del retrato, justo en el momento en que se dispone a apoyar su pie izquierdo en el último peldaño de la escalera; esa brazo desnudo, sin guante, o todos y cada uno de los ricos bordados y detalles que perlan ese hermoso vestido, son magistrales. Es un gran ejercicio de virtuosismo.
Las rígidas normas academicistas obligaron a los artistas a buscar un nuevo imaginario en la pintura de carácter espiritual y religioso. Son composiciones preciosistas y grandilocuentes desprovistas de la violencia extrema de épocas pasadas. Destaca La Virgen de la consolación de William Bouguereau, con una estética mitad icono bizantino, mitad estatuaria griega en una composición piramidal. La Virgen aparece sentada, nimbada con una aureola brillante de oro, en un trono de piedra. Detrás de ella una decoración de lirios. Alza los ojos y las manos implorando misericordia divina para la joven madre que acoge en su seno. El cadáver de su hijo se encuentra a sus pies entre unas rosas. ¿Y qué me dicen de la obra Abel, de Camille Félix Bellanger? ¿Un joven ahí tirado, desnudo en esa extraña postura? Se trata del estudio de un desnudo, casi a tamaño natural. Este tema bíblico es una vez mas (y así desde el siglo XVIII) motivo para la experimentación del desnudo masculino. La figura se muestra dentro de un paisaje casi desértico, frío y tormentoso, débilmente iluminado. Bellanger fue alumno de Cabanel. Hay quien ve en esta obra un claro homenaje a su maestro en el Nacimiento de Venus (la feminización de la figura masculina).
Llegamos a un apartado por el que personalmente siento debilidad, Orientalismos: del harén al desierto. Por aquella época se puso de moda «lo oriental». Las noticias con los descubrimientos de Egipto ponían la nota exótica de la sociedad del XIX. Por otro lado había una serie de artistas que huían del mundo moderno refugiándose en el exotismo del norte de África (Egipto, Marruecos o Argelia, por ejemplo). Un ejemplo es la obra El Sáhara (también conocida como El desierto) de Gustave Guillaumet. Nos presenta un paisaje desgarrador, desprovisto de esa representación idealizada de Oriente. Una pintura donde el desierto es representado de manera sencilla, con un sentimiento de soledad, de abandono, de desolación, subrayado por el tratamiento en bandas horizontales del cuadro. La presencia del esqueleto en primer término rompe la monotonía de las tonalidades frías. Los peregrinos yendo a la Meca, de Léon Belly es otro bello ejemplo.
Pasamos por delante de una serie de paisajes para llegar a ese gran receptáculo que es la última sala rectangular de la Fundación, que alberga los cuatros apartados finales de El canto del cisne.

William Bouguereau. Dante y Virgilio. 1850 Óleo sobre lienzo, 280,5 x 225,3 cm París, Musée d’Orsay © Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt Página siguiente: detalle de Dante y Virgilio
William Bouguereau. Dante y Virgilio. 1850
Óleo sobre lienzo, 280,5 x 225,3 cm
París, Musée d’Orsay © Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
Página siguiente: detalle de Dante y Virgilio

El Mito: la eternidad de lo humano en cuestión, expone tres cuadros grandiosos. Dante y Virgilo, Nacimiento de Venus ambos de William Bouguereau y ¡Calamidad! de Henri Camille Danger. Es la representación del cuerpo desnudo lo que centra este apartado. Los géneros se han subvertido y casi cualquier cosa vale para mostrar estas formas casi arquitectónicas, poderosas, rotundas. Son cuerpos y composiciones casi hasta imposibles de comprender. Así sucede con ¡Calamidad! Una obra en la que aparece un gigantón, completamente desnudo, que ha devastado una ciudad. Es un tanto inquietante ver al descomunal hombre con un gran mazo ensangrentado en su derecha y la ciudad de fondo, derruida. A sus pies se encuentran cuerpos desnudos, cadáveres, esparcidos. ¿Qué ha pasado? La lucha que narra la obra Dante y Virgilio sobrecoge. Pasa por ser una de las obras más poderosas y crueles del Museo d’Orsay. Ilustra un célebre pasaje del poema italiano. Es la lucha de dos condenados. Detrás de ellos Dante y Virgilio asisten aterrorizados a la escena. A su lado un demonio sobrevuela la escena adoptando la forma de murciélago. Más almas condenadas completan la tremenda escena dotada de una poderosa luz. Este otro Nacimiento de Venus es mucho más amable que estos dos últimos. Constituye una explosión de sensualidad. Nos remita más a las formas del Renacimiento con figuras como Boticelli. El empleo de las tonalidades de los colores marrones, rosas y azulados es magistral, demostrando una gran madurez artística.
Mientras llegamos a las dos grandes obras con las que finaliza nuestro recorrido nos podemos detener en La expulsión del paraíso de Franz von Stuck. La fotografía había hecho su presencia. Ya no tenía sentido pintar algo que este nuevo medio podía recoger de forma ejemplar. Son los jóvenes lo que trataran de dar a la pintura un valor añadido, una visión personal, un concepto, con la idea de transmitir ideas y sueños. Es un cuadro que toma como referencia el conocido episodio bíblico de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. En una composición clara, sin abigarramientos, trata de poner en relieve las emociones humanas, algo propio del simbolismo, un movimiento al que pertenecía Von Stuck al igual que Pierre Puvis Chavannes del que podemos ver alguna interesante obra aquí mismo.

William Bouguereau. Las oréades. 1902 Óleo sobre lienzo, 237,5 x 181,5 cm París, Musée d’Orsay © Musée d'Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
William Bouguereau. Las oréades. 1902
Óleo sobre lienzo, 237,5 x 181,5 cm
París, Musée d’Orsay © Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt

El colofón lo constituye las dos obras enfrentadas: Las oréades de William Bouguereau y Las bañistas de Auguste Renoir. Nos muestra dos mundos bien distintos, dos concepciones totalmente diferentes, pero que no dejan de haber bebido casi de las mismas fuentes. El cuadro de Bouguereau marca el final de una tradición, un verdadero canto del cisne. Retoma el motivo que ya experimentó en el Nacimiento de Venus que acabamos de ver para mostrarnos a una Venus desde todos los puntos posibles. Es una auténtica orgía de brazos, muslos, caderas, cabellos… Se puede ver como una reinterpretación de la caída de los ángeles o la resurrección de los muertos tras el día del juicio final. Supone el resumen de una manera de pintar, de la obsesión por el desnudo, el gusto por los matices, por las formas y detalles acabados, la búsqueda de la perfección de la forma, y que marcan el agotamiento de una tradición clásica. Renoir muestra esa vuelta de tuerca a las normas académicas. Su experimentación («habiendo llegado al impresionismo, me di cuenta que no sabía ni pintar ni dibujar») se plasma en un desnudo que tiene el ADN de la Academia pero también es los genes de las vanguardias del siglo XX. Es algo así como conocer el clasicismo y las normas de la Academia para subvertirlas. Es una simbiosis de la tradición y la modernidad.
Como viene siendo habitual en la Fundación Mapfre no falta el catálogo de la exposición (una auténtica joya y una herramienta imprescindible para todo aquel que quiera profundizar en lo que es la pintura académica). También han programado una serie de actividades paralelas.

Ya tienes disponible el acceso a la visita virtual que proporciona la Fundación Mapfre.

 

Luis José Cuadrado

Revista Atticus

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