Crítica película Trash, ladrones de esperanza de Stephen Daldry

Trash, ladrones de esperanza
Los papeles de Angelo

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Ficha
Película: Trash: Ladrones de esperanza.
Interpretación: Rooney Mara (Olivia), Martin Sheen (Padre Julliard), Wagner Moura (Jo´se Angelo), Selton Mello (Frederico), Rickson Tevez (Rafael), Eduardo Luis (Gardo), Gabriel Weinstein (Rato)
Dirección: Stephen Daldry.
País: Reino Unido. Año: 2014. Duración: 114 min. Género:
Drama, thriller.
Guion: Richard Curtis; basado en la novela de Andy Mulligan.
Producción: Tim Bevan, Eric Fellner y Kris Thykier.
Fotografía: Adriano Goldman.
Distribuidora: Universal Pictures International Spain.
Estreno en España: 28 Noviembre 2014.

Sinopsis
Dos niños de las favelas de Río encuentran una cartera en el basurero donde buscan a diario, pero no se imaginan que este descubrimiento cambiará sus vidas para siempre. Cuando la policía local aparece para ofrecerles una generosa recompensa por la cartera, los dos chicos, Rafael (RICKSON TEVEZ) y Gardo (LUIS EDUARDO), comprenden que han encontrado algo importante. Deciden recurrir a su amigo Rato (GABRIEL WEINSTEIN), y los tres se lanzan a una extraordinaria aventura para intentar quedarse con la cartera y descubrir el secreto que esconde.
En el camino, deberán distinguir entre amigos y enemigos, juntar las piezas del rompecabezas para entender la historia de José Angelo (WAGNER MOURA), el dueño de la cartera, y aprender a no fiarse de la policía, especialmente del peligroso Federico (SELTON MELLO). Dos misioneros estadounidenses que trabajan en la favela, el decepcionado padre Julliard (MARTIN SHEEN) y su joven asistente Olivia (ROONEY MARA), quizá tengan la clave para encontrar la solución.
Trash – Ladrones de esperanza está dirigida por STEPHEN DALDRY a partir de un guión de RICHARD CURTIS basado en la novela Reyes de la basura de ANDY MULLIGAN.

Comentario

Para la Grecia clásica, y en particular para Aristóteles, la corrupción es stasis, es decir, lo contrario de equilibrio, límite o moderación. La corrupción supone la degeneración del cuerpo político o de la forma de gobierno que lo ordena y, de este modo, llega a identificarse con desintegración, enfermedad, pérdida de identidad, de salud o de poder de la politeia. Todo se reduce a que la corrupción genera comunidades sin política (tiranías) o políticas sin comunidad (esto es, sin posible referencia al interés común y disueltas en lucha faccional generalizada).
El laberinto de la corrupción. Rafael del Águila

Los protagonistas de Trash – Ladrones de esperanza (en adelante Trash) son tres simpáticos pordioseros, que viven entre la inmundicia de una barriada de casas levantadas sobre pilotes a orillas de un vertedero de basura. Rafael y Gardo, unos adolescentes que se ganan la vida escarbando entre la basura. Rafael encuentra una cartera con dinero y algo más. Junto a Gardo van en busca de Rato para esconder lo encontrado al saber que la policía busca con denuedo esa cartera. El dueño es José Angelo que al ser perseguido por la policía se deshace de ella. El encargado de la búsqueda es Frederico un policía sin escrúpulos que obedece las órdenes de un político. Ayudando a esta comunidad desfavorecida se encuentra un misionero americano, Padre Julliard, y una joven voluntaria, Olivia. Esta es en apenas diez líneas la sinopsis de Trash, una historia basada en la novela de Andy Mulligan, Reyes de la basura, que sitúa la acción en Río de Janeiro. Pero el escritor no fijó una determinación geográfica. La basura existe en cualquier ciudad y, muy lamentablemente, la corrupción también.

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¿Qué es lo que contiene la cartera? ¿Qué es eso tan importante que hace que la policía se ponga a remover todo un vertedero para buscarla? ¿Qué es eso que ha guardado Angelo con tanto celo y que trae en jaque a medio estado?
Lo que viene a poner encima de la mesa Trash es esas grandes diferencias que existen entre la vida mísera, paupérrima de los habitantes de las favelas, de los barrios marginados que están tan lejos y tan cerca de las playas de Ipanema; esas playas que para los habitantes de estos barrios son como postales, unos paraísos que les están vedados. Un tema que es de plena actualidad ya que Brasil acogió el Campeonato del Mundo de fútbol y será el país encargado de acoger los próximos juegos olímpicos, encontrándose un tanto «alterado». A pesar del auge económico del país, los pobres siguen siendo muy pobres y los ricos siguen haciendo de las suyas. Aquí la vida siempre es jodida para los mismos.

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No sabría decir si Trash es una fábula destinada a los adolescentes o es una denuncia social para los mayores o un cuento con moraleja destinado a todos los públicos. Trash es un thriller con momento intensos, es una película de aventuras, no muy compleja en el desarrollo de su argumento, e interpretada por tres jóvenes que aportan mucha frescura. Y también, casi, es un docudrama.
Los tres jóvenes, actores ocasionales (apenas sabían lo que era la industria del cine), son el alma de Trash. El trío aporta savia en forma de inocencia, ingenuidad, picaresca, el humor y la ternura. Desde los primeros planos se hacen querer y pronto empatizamos con ellos, con su desproporcionada lucha entre David y Goliath. Ellos son los que tiene la ética de hacer lo correcto a pesar de que ello les suponga la muerte o verla de muy cerca. Ellos son el perfume del vertedero, el oxígeno que entra por las sucias callejuelas de las favelas. Son el aire fresco frente a lo tóxico de las corrupciones políticas e institucionales de Brasil. Nos sentimos cercanos a los pilluelos protagonistas porque, en el fondo, queremos que triunfe lo correcto, lo que se debe hacer: denunciar la extorsión y que la policía encierre al malo y se persiga el crimen. A esta alturas no desvelo mucho si digo que el contenido de la tan ansiada cartera tiene que ver con unos papeles («los papeles de Angelo») que ponen en peligro la carrera de un político, muy ufano él no titubeaba en llevar una contabilidad de los ingresos ilícitos (estos «prendas» no dudan en jactarse de anotar lo mucho que roban y de cómo van engrosando sus cuentas). Aquí y allá vivimos en una sociedad enferma. Y ellos, los «malos» los políticos, la policía o todo aquel que sucumba a la corrupción son los ladrones de muestras esperanzas. Estamos hartos de buenas palabras mientras que los hechos aseveran lo contrario. Acepto de buen grado que una película me muestra esos lugares desagradables, opresivos, donde no impera la ley y que no están tan lejos de nosotros. Trash nos invita a la reflexión, sin recrearse en el lado oscuro de la violencia física.

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Rafael es un chico obcecado. Travieso, pero muy valiente. Se lleva lo suyo por ser así. Pero se muestra inquebrantable a pesar de su corta edad. O espabilas o te llevan por delante. Gardo es altanero, un tanto chuleta que no rehúye la confrontación con quien sea. Y Rato es un marginado dentro de los suburbios. Se conoce las cloacas como la palma de su mano y por ellas se desenvuelven para evitar a la policía. Los tres harán de la amistad y de la lealtad sus mejores armas. A pesar de su corta edad, casi tienen que desempeñar dos papeles cada uno de ellos, ya que son los protagonistas de una especie de documental que recoge las vicisitudes por las que han tenido que pasar («si estás viendo este vídeo es que…»). La cámara de vídeo doméstico dentro de la cámara de cine. El cine dentro del cine. A su lado, apoyando a estos pillos se encuentra un misionero, el Padre Julliard, algo borrachín, que está de vuelta de todo, al que le ayuda una activista del voluntariado, Olivia, que desempeña labores de profesora, ambos americanos e interpretados por un solvente Martin Sheen y una convincente Rooney Mara. Atención a esta actriz que sube como la espuma.

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No todo es bueno en Trash. La savia riega bien, pero el árbol tiene algunas partes dañadas que afean su aspecto. Tenemos que echar mano a eso que se llama suspensión de la incredulidad que posibilita admitir que la mano derecha del mafioso/político que viste trajes (supuestamente caros) se lleve un frigorífico a su casa «de segunda mano» (vital en la trama); o que uno de los jóvenes protagonistas no dude a la hora de empuñar una pistola para descerrajar un tiro o lo que es casi peor, pegar un cachetazo como si fuera un auténtico profesional del crimen. Pero son pequeñas hojas con manchas que deslucen un poco su semblante, pero el producto está sano en sus raíces y goza de buena salud.
Al hablar de Stephen Daldry es inevitable no referirse a su gran éxito Billy Elliot (2000). Después ha afrontado, con mayor o menor éxito, adaptaciones de novelas exitosas como Las horas (2002), El lector (2008) o Tan fuerte, tan cerca (2012). Para esta ocasión ha contado con la adaptación de la novela de Andy Mulligan a Richard Curtis un mago de la comedia con guiones tan emblemáticos como Cuatro bodas y un funeral (1994), Notting Hill (1998), El diario de Brigdet Jones (2001) o Radio encubierta (2009) y director de otro taquillazo como Love actually (2003). Con la aportación de este último, Daldry se garantizaba cierto toque de humor en la digestión del drama.

 
Al igual que hemos situado al director, debemos de hacerlo con la película. Trash, se encuentra en la línea de Slumdog Millionaire (Danny Bolye, 2008) al tener un desarrollo parecido: tratar un tema serio relacionado con la naturaleza humana y con un paisaje muy similar. Y también con Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002, director de la magnífica y comprometida película El jardinero fiel, 2005) por estar ambientada en la favelas de Río. Ambas pueden ser sus referencias.

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Buena fotografía y buena banda sonora son otros de los aspectos técnicos que solventan con nota. Trash es una película de aventuras, con escenas vibrantes de persecución por medio de las favelas, resuelta con acierto e interpretada por un trío de jovenzuelos que nos cautiva. Lucha de clases y un gran sentido de la honestidad, pero también es una cinta que pone el acento en esa terrible lacra de nuestra sociedad: la corrupción.

Os dejo un tráiler

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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