Exposición de Vanessa Winship en la Sala San Benito, Valladolid

Exposición de Vanessa Winship en la Sala San Benito, Valladolid

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Desde que Francisco Javier León de la Riva inauguró la exposición de Cristina García Rodero, España, fiesta y ritos, en la Sala de Exposiciones Municipal de San Benito, han pasado diecinueve años. Desde entonces han sido más de 157 exposiciones de fotografías y por este espacio han pasado más de 1,2 millones de visitantes. La Sala de Exposiciones de San Benito se ha convertido en un referente. Y por extensión, la ciudad, Valladolid. Creo recordar que es la única que tiene una sala dedicada a la fotografía, y, de esto estoy seguro, la primera en cuanto al programa expositivo.

Hoy nos visitaba una de las grandes fotógrafas internacionales, la británica Vanessa Winship (Barton-upon-Humber, Reino Unido, 1960). Una de sus mejores cartas de presentación es la de haber sido la primera mujer en ganar el prestigioso premio Henri Cartier-Bresson (2011). Pero también ha sido galardonada con otros premios: primer premio de la categoría Stories de World Press Photo en sus ediciones de 1998 y 2008; premio en la categoría Descubrimientos de PhotoEspaña de 2010; y con el Godfrey Argent Prize de 2008, otorgado por la National Portrait Gallery de Londres.

La exposición es fruto de la colaboración de la Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid y la Fundación Mapfre. Apenas hace un par de semanas, Madrid (en la Sala Recoletos) pudo gozar de esta exposición ya que fue la artista elegida para inaugurar el nuevo espacio expositivo: Sala Braganza de la Fundación Mapfre. Vanessa Winship es una de esas fotógrafas que aún teniendo cierto prestigio le faltaba el reconocimiento internacional y una retrospectiva. La Fundación Mapfre centró su objetivo sobre esta artista, como nos ha recordado la Directora de Exposiciones de la entidad, Nadia Arroyo.
Carlos Martín García, Comisario de la exposición, destacó la suerte que ha sido para ellos disponer de este segundo espacio expositivo que les ha permitido completar la retrospectiva sobre la artista «una mujer de retratos y paisajes pero pensado en de qué manera la historia quedará marcada en los rostros de las gentes o en el entorno (marcado por la huella humana)».

Las fotografías de Vanessa Winship reflejan una mirada más poética que documental. Empezó su carrera, a finales de la década de los 90, con trabajos en los Balcanes (Turquía, Mar Negro, etc.), zona que estaba bajo el colapso de la ruptura de la antigua Unión Soviética y que ella quería destacar por la fragilidad de las fronteras. Lo que había permanecido rígido, tras cincuenta años de Guerra Fría, ahora se desvanecía por completo. Ya no eres ruso, sino georgiano, ucraniano…

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Viví y trabajé en la región de los Balcanes, en Turquía y en el Cáucaso durante más de una década. Mi trabajo se centra en la yuxtaposición entre la crónica y la ficción, en explorar ideas sobre los conceptos de frontera, tierra, memoria, deseo, identidad e historia. Me interesa cómo se cuenta la historia y nociones como la periferia y el límite. Para mí la fotografía es un proceso de alfabetización, un viaje hacia el entendimiento.

Vanessa Winship

Sus trabajos más recientes tuvieron como foco Almería. Fue un encargo de la Fundación Mapfre que ha sido recogido en una serie que podemos contemplar en la Sala de San Benito. Conocía esa zona del sur de España por trabajos anteriores que tenían que ver con los extensos «campos de plástico», la agricultura bajo el plástico. Pero ahora le interesó más el aspecto fronterizo esa zona que parece desafiar los límites geopolíticos. Molinos y torres de vigilancia abandonados, restos de aljibes árabes, viejos árboles raídos que conviven con antiguos escenarios cinematográficos. Y todo bajo la inspiración de Juan Goytisolo y su Campos de Nijar.
La exposición se divide en una serie de apartados que tienen como denominador común la zona geográfica donde están realizadas. Georgia, Kosovo, Albania, Serbia, el Mar Negro, Anatolia, Jackson (EE. UU.) o Almería.

Vanessa tiene el aspecto de una mujer frágil. De mirada risueña cuando charla con nosotros, pero de gesto más adusto cuando ella es el objetivo de las cámaras. Algún compañero le dice ponte aquí, un poco más allá. No le gusta ser el centro de atención. Se encuentra más segura detrás de la cámara. Una trotamundos que trata de reflejar en sus trabajos ese arraigo (o desarraigo) con la tierra natal y que no se olvida de agradecer a esa gente anónima (para nosotros, pero que a buen seguro para ella no lo son) protagonistas de su retrato. Son fotografía en blanco y negro para poder establecer una abstracción y transmitirnos que son solo eso, fotografías de personas, de rostros, de paisajes desolados y que la realidad está ahí fuera formando parte de un mundo muy frágil, igual de frágil que las personas que lo habitamos.

[El blanco y negro estaba] de alguna manera asociado a la verdad puesto que la mayoría de los periódicos sólo publicaba imágenes en blanco y negro. El color era en gran medida cosa de aficionados y yo, por supuesto, quería que me consideraran de las de verdad. Luego era una cuestión de gustos, a mí simplemente me gustaba el aspecto de las imágenes en blanco y negro.

Para mí ahora significa algo verdaderamente muy diferente. Ya no estoy tan segura sobre la premisa de que el blanco y negro represente la verdad en absoluto; de hecho el mundo es en color, no en blanco y negro. De modo que se ha convertido en una declaración: “esto es una fotografía, no la realidad”.

Por supuesto, mis fotografías están hechas a partir de la vida y la gente que aparece en ellas no son actores o modelos como tales. El blanco y negro es una maravillosa herramienta de abstracción. Nos permite movernos entre el tiempo y la memoria.

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Por último, en su intervención, hizo una alusión a Ismaíl Kadaré. Para ella el escritor albanés supone un referente, lógicamente no tanto en fotografía, sino como cronista de los acontecimientos sobre todo en Albania.

—Una vez me preguntó un derviche en Izmir: ¿a quién quieres más, a tu familia o a Albania? —dijo el artillero Avdo Babaramo—. A Albania, hombre, maldita sea tu sangre, le respondí. Ni que decir tiene que a Albania. Una familia se forma fácilmente. Sales una noche del café, encuentras una mujer en la esquina de la calle, te la llevas al hotel y ya tienes niño y familia juntos. Pero Albania, ¿acaso puedes hacer Albania en una noche, al salir del café? Dímelo tú, ¿puedes hacerlo? No, Albania no se hace en una noche, ni siquiera en mil y una noches eres capaz de hacerla.
[…]
—Albania, muy señor mío, es un asunto complicado —dijo otro viejo.
Ismaíl Kadaré, Crónica de piedra.

Termino con las palabras, de nuestra colaborada,  que ya publicamos con ocasión de su exposición en la Fundación Mapfre. Bernarda Parodi cerraba su crónica: «En conjunto, las potentes imágenes de Winship transmiten la victoria de la vida más allá de la destrucción, así como el terrible peso que la historia supone sobre las personas y el paisaje. Pero, sobre todo, nos invita a reflexionar junto a ella acerca de la noción de frontera, tanto política como natural».

 

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Fotografía de Vanessa Winship en Valladolid. Chuchi Guerra

En la Sala de Exposiciones San Benito, Valladolid hasta el 13 de octubre de 2014

Para más información puedes consultar la Fundación Mapfre (visita virtual).

Luisjo Cuadrado

Fotografías: Chuchi Guerra

Revista Atticus

 

 

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