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Crítica El niño, la película de Daniel Monzón a la manera de Hollywood

Crítica El niño, la película de Daniel Monzón a la manera de Hollywood

Jesús Castro llama a la Puerta

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Película: El Niño.
Dirección: Daniel Monzón.
Interpretación: Luis Tosar (Jesús), Jesús Castro (El Niño), Sergi López (Vicente), Ian McShane (El Inglés), Bárbara Lennie (Eva), Eduard Fernández (Sergio), Jesús Carroza (El Compi), Said Chatiby (Halil), Mariam Bachir (Amina).
Países: España y Francia. Año: 2014. Duración: 130 min.
Género: Thriller.
Guion: Jorge Guerricaechevarría y Daniel Monzón.
Producción: Álvaro Augustin, Ghislain Barrois, Javier Ugarte y Edmon Roch. Música: Roque Baños.
Fotografía: Carles Gusi. Montaje: Mapa Pastor.
Dirección artística: Antón Laguna. Vestuario: Tatiana Hernández.
Distribuidora: Hispano Foxfilm.
Estreno en España: 29 Agosto 2014.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 16 años.

Sinopsis
Estrecho de Gibraltar, la frontera sur de Europa; apenas dieciséis kilómetros separan África del Viejo Continente. Riesgo, adrenalina y dinero al alcance de cualquiera capaz de atravesar esa distancia en una lancha cargada de hachís volando sobre las olas y con la policía pisándote los talones. El Niño y el Compi quieren iniciarse en el mundo del narcotráfico, lo que para ellos es casi un juego.
Jesús y Eva, agentes de Policía, llevan años tratando de demostrar que la ruta del hachís es ahora uno de los principales coladeros de la cocaína en Europa. Su objetivo es El Inglés, el hombre que mueve los hilos desde Gibraltar, su base de operaciones. La violencia creciente de las advertencias que reciben les indica que sus pasos van por buen camino…
Los destinos de estos personajes a ambos lados de la ley terminan por cruzarse para descubrir que el enfrentamiento de sus respectivos mundos era más peligroso, complejo y moralmente ambiguo de lo que hubieran imaginado.

Comentario
Tan solo dieciséis kilómetros nos separan de África. Una estrecha franja de mar que supone un muro retórico que se trasluce en una valla real llena de pinchos y mecanismo antitrepa. Las diferencias, no solo las culturales, van más allá de simples rasgos diferenciadores entre el Norte y el Sur. Suponen todo un abismo, muchas veces insalvable, que para muchos se convierte o bien en una tumba, o bien en una cárcel. Dos particularidades posee esta franja que tiene que ver con el tráfico. Por un lado el de drogas y, por otro, cada vez, con más ramificaciones, el de humanos. El director de cine Daniel Monzón se centra más en el primer aspecto: en el tráfico de estupefacientes.

Jesús (Luis Tosar) y Eva (Bárbara Lennie) son dos policías que investigan el tráfico de drogas por el Estrecho, tratando de desvelar los entresijos para apresar a los responsables. Sus pesquisas demuestran que el Estrecho de Gibraltar se está convirtiendo en la gran puerta no solo de los habituales «menudeos» de hachis, sino los grandes cargamentos de cocaína para las mafias de Europa. Sus investigaciones señalan a «El inglés» (Ian McShane) como una pieza clave en el entramado. Un hombre de nacionalidad británica que se refugia en el Peñón.

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«El Niño» (Jesús Castro) trabaja en la reparación de barcos. Es un joven, un tanto arrogante pero muy seguro de sí mismo, que se divierte cruzando el Estrecho con potentes motos acuáticas, sin más pretensión que la de alardear de sus logros ante sus amigos. Uno de ellos, su gran amigo, «El Compi» (Jesús Carroza) le instiga para que esta afición y su arrojo lo ponga al servicio del dinero, de ganar mucha pasta transportando drogas para las mafias que están establecidas en la Bahía de Algeciras y el norte de Marruecos. «El Niño» y «el Compi», junto con Halil (Said Chatiby), el «otro socio», se vuelven cada vez más ambiciosos y se meterán de lleno en un mundo que desconocen y que les viene un tanto grande.

Daniel Monzón tras su galardonada Celda 211 (2009) acomete la realización de El Niño centrándose en el tráfico de drogas por el Estrecho. Entrelaza dos historias: por un lado la lucha contra el tráfico de drogas y la corrupción, y, por el otro, el modo de vida de unos jóvenes que viven en una zona de frontera donde la droga imprime una forma de vida como lo pueda ser los vientos de Tarifa.
La primera parte de la cinta está rodada casi como si fuera un documental. Nos muestra las inquietudes de unos colegas que ven en el uso de las «gomas» una forma de ganar la vida y de vivir su juventud: enfrentarse al orden establecido a base de adrenalina. Con escenas trepidantes de persecuciones de un helicóptero a una lancha («goma» en el argot sureño) que nos van metiendo, poco a poco, en una historia que tiene que ver más con la cuestión de supervivencia que con la del trapicheo de la droga.

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La segunda parte, mucho más dinámica, tiene que ver con el cerco que la policía somete a los traficantes y el papel que desempeñan los jóvenes protagonistas en esta trama. Un thriller con los roles bien definidos: un poli malo; uno bueno que tiene la honestidad como bandera; una compañera que está de buen ver y que hace ojitos al protagonista. Lo clásico. Funciona. La trama de los jóvenes también está bien planteada: amigos incondicionales. Uno de ellos se ha echado una novia formal. El otro («el Niño») no. Como contrapartida a su guapura, los guionistas le han «creado» un bellezón de amiga, Amina (Mariam Bachir) porteadora ocasional de droga que provoca los desvelos del protagonista. Es la parte más floja (y sobre todo el final, esa búsqueda del encuentro, del happy end).

El guion es obra del propio Daniel Monzón y su coguionista Jorge Guerricaechevarría (Las brujas de Zugarramundi, Álex de la Iglesia, 2013). Ambos no dudaron en sumergirse en este submundo y recibir de primera mano lecciones de cómo se vive esta cultura del contrabando en la que en muchos hogares se pasa de padre a hijos con total naturalidad, y en el que el trapicheo, ya sea en la faceta de porteador, o de chófer, o de mero vigilante, es lo corriente frente a la otra opción: las listas del paro. En su planteamiento –guionista y director- huyen de hacer una crítica social (y mira que tienen motivos). Algeciras, Gibraltar, norte de Marruecos, un punto geográfico denominado el Estrecho de Gibraltar en el que tres administraciones (tres estados) se las ven y se las desean para que la corrupción no sea lo habitual, y que el Orden y la Ley impere frente a las grandes mafias, en un puerto donde transita una parte importante del transporte marítimo mundial.

Uno de los grandes aciertos que tiene esta película radica en su aspecto de superproducción al más puro estilo hollywoodense que atrae al espectador. No hay explosiones deslumbrantes ni grandes efectos técnicos, pero lo parece (es como si los cuatro coches de la Guardia Civil hayan sido cedidos con la cláusula de devolverlos sin un rasguño). Hay mucha acción, rodada magistralmente, sin trucos, sin abusos de efectos digitales y que no se queda en fuegos de artificios, lo que da como resultado credibilidad. Tiene unos diálogos realistas, rápidos, naturales, frescos, dichos con gracejo e ingeniosos. Su tono y el gran sentido del humor son su mejor carta de presentación. Destacaría una escena que no siendo la mejor (ni mucho menos) resume muy bien la filosofía de El Niño. Cuando los tres amigos (metidos a emprendedores del tráfico de hachís) cruzan hasta el norte de Marruecos para contactar con el nuevo proveedor; «el compi» descubre un enorme campo de marihuana, el paraíso del fumeta y no duda en correr por él, abrazarse a las plantas y, eufórico, gritar de alegría por estar en medio del paraíso. Ese paraíso tiene su contrapunto en otro, en las urbanizaciones de lujo del sur de España, llena de mansiones y yates de lujo. Una realidad bien diferente a tan solo dieciséis kilómetros de distancia.

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En cuanto a la nómina de actores, Monzón ha sabido conjugar veteranía con bisoñez. Ha confiado en el gran Tosar (Celda 211, También la lluvia, Icíar Bollaín, 2011), Bárbara Lennie (La piel que habito, Pedro Almodóvar, 2011; Miel de naranjas, Imanol Uribe, 2012), Sergi López (Pan negro, Agustí Villaronga, 2010; Ismael, Marcelo Piñeyro, 2013) y Eduard Fernández (El método, Marcelo Piñeyro, 2005; La piel que habito, Pedro Almodóvar, 2011) y ha apostado por los nóveles Jesús Castro, Jesús Carroza (7 Vírgenes, Alberto Rodríguez, 2005; trabajando también a las órdenes de Monzón en Celda 211) y Said Chatiby. Estos últimos aportan gran frescura y naturalidad logrando un conjunto muy equilibrado. El resultado es que las situaciones resultan convincentes, tanto en las persecuciones (mar y tierra) como en los diálogos o escenas de interiores, donde el cara a cara o plano corto es lo habitual. Más de alguno compara a Jesús Castro (incluso en el propio film lo hace Jesús, el personaje de Luis Tosar) con Steve Mcqueen (Bullit, Peter Yates, 1968, o La gran evasión, John Sturges, 1963), aunque personalmente lo veo más en la línea de Paul Newman en sus inicios. El joven actor tiene un prometedor futuro por delante.

La música compuesta por Roque Baños (un habitual en las obras de Daniel Monzón) es impecable. Se nota, no sobresale, y nos deja un tema magnífico (al final con los títulos de crédito): Niño sin miedo interpretado por India Martínez con Rachid Tata que nos habla de esos críos que no tiene miedo de cruzar el Estrecho por llegar a un mundo de sueños infinitos.

El final de la película es prodigioso. Ese travelling con una vista aérea de los contenedores, de los centenares de ellos, apilados a la espera de ser embarcados, nos transmite un desalentador mensaje que tiene que ver con aquello de una aguja en un pajar (no desvelo más). Este final lo pone en relación con el principio de la película donde una grúa parece bailar entre los containers, pero también con la escena de la mítica saga de Indiana Jones, aquella en que los tesoros se almacenaban en un almacén inabarcable a nuestros ojos.

 

Tan solo dieciséis kilómetros separan un mundo civilizado de otro que parece serlo. Pero solo lo parece porque este último es permisivo con la plantación de droga o la salida indiscriminada de lanchas, gomas, de pequeños botes donde las mafias de tráfico de humanos hacen su agosto. Son terribles (no por cotidianas dejan de serlo) las imágenes de ancianas dobladas por los enormes fardos que portan (pueden pasar por la frontera todo lo que lleven encima), pero más dramáticas son aquellas en las que se ve a la policía marroquí hacer la vista gorda (previo unte) con el trasiego de la droga a las planeadoras. Terrible. Daniel Monzón ha realizado una gran película, con personalidad. El Niño es uno de los mejores proyectos de la nueva temporada que seguro cosechará muchos premios nacionales e internacionales.

Os dejo un tráiler:

 

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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