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Crítica película Manchester frente al mar de Kenneth Lonergan

Surcando las mareas de la pena

Ficha

Título original: Manchester by the Sea

Año: 2016

Duración: 135 min.

País: Estados Unidos

Director: Kenneth Lonergan

Guion: Kenneth Lonergan

Música: Lesley Barber

Fotografía: Jody Lee Lipes

Reparto: Casey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler, Lucas Hedges, Tate Donovan, Erica McDermott, Matthew Broderick, Gretchen Mol, Susan Pourfar, Christian J. Mallen, Frankie Imbergamo, Shawn Fitzgibbon, Richard Donelly, Mark Burzenski, Mary Mallen

Productora: Amazon Studios / K Period Media / B Story / CMP / Pearl Street Films

Género: Drama | Familia. Cine independiente USA

 

Sinopsis

Sinopsis: ’Manchester frente al mar’ cuenta la historia de los Chandler, una familia de la clase obrera afincada en Massachusetts. Después del fallecimiento repentino de Joe, el hermano mayor de Lee, este se convierte en el tutor legal de su sobrino. De pronto, Lee se ve obligado a enfrentarse a un pasado trágico que le llevó a separarse de su esposa Randi y de la comunidad en la que nació y creció.

 

Comentario

Durante los primeros minutos de Manchester frente al mar, el director nos muestra a un personaje, Lee Chandler (Casey Affleck) en su cotidianeidad. Trabaja de «manitas», de «arreglalotodo», en una comunidad de cuatro bloques de vecinos. Acude lo mismo a reparar una avería eléctrica que un desatranque. Es un hombre apuesto que suscita las fantasías sexuales de las mujeres por aquello del fontanero que acude a tu casa. Pero él no está por la labor. Se le ve correcto, pero con mucha desgana. Funcional. Se diría que estamos ante un hombre al que le pasa algo con las relaciones humanas. No demuestra empatía con sus congéneres. No se encuentra a gusto. ¿Qué le pasa a Lee? ¿Cuál es la razón de su comportamiento huraño?

Una terrible noticia va a cambiar su rutinaria vida: Joe, su hermano, ha muerto y tiene que acudir al hospital a la ciudad de Mancheter-by-the-Sea, un pueblecito situado en el condado de Essex en el estado de Massachusetts. En su última voluntad, Joe ha nombrado a su hermano como tutor de su sobrino Patrick, un joven de 16 años. Lee, en su pueblo natal, se tendrá que reencontrar con una vida que dejó atrás hace mucho tiempo por decisión propia.

La información sobre su pasado y el cómo se va a ir desarrollando la relación con su sobrino, nos la irán suministrando el director a través de un hábil montaje. Por medio de saltos en el tiempo iremos conociendo la vida de Lee, el porqué todo el pueblo murmura a sus espaldas y las razones por la que no es bien recibido. Su historia nos irá atrapando.

Como siempre, pero en alguna películas más que en otras (y Manchester frente al mar es de esas) debemos de ir al cine con la mínima información posible acerca de la línea argumental. A esto le añadimos (por lo menos a mí me gusta así) estar muy cerca de la pantalla, si es posible que haya poquita gente delante, la pera limonera sería que no hubiera gente detrás de mí comiendo palomitas, y así me creo un ambiente en el cual parezca que el director me está contando a mí la historia. Una historia intimista, solo para mí (eso no quita que me guste compartir con mis amigos la experiencia). Es la grandeza que tiene la gran pantalla, la sala a oscuras y la buena disposición a disfrutar de la magia del cine. ¿Por qué llegamos a llorar con una historia que no es la nuestra y sin tan siquiera es verdad? Me emocioné al saber la triste historia que hay detrás de la vida de Lee. Su director nos la cuenta, de forma gradual, magistralmente, y la sabe interpretar un genial Casey Affleck. Nos muestra esa cosa que esta difícil que es la introspección del personaje. El cómo sufre en su interior, cómo lo transmite al espectador y cómo busca la violencia para dar desenfreno a toda la ira que lleva encima, a ese afán autodestructivo.

Casey Affleck es el hermano de Ben. Esto parece haber condicionado su carrera como actor. Pero con sus últimos trabajos parece ir quitándose esa pesada carga. Lo vimos en El asesinato de Jesse James por el Robert Ford (Andrew Dominik, 2007) y más recientemente Interstellar (Christopher Nolan, 2014). A las órdenes de su hermano trabajó en una meritoria Adiós pequeña, adiós (Ben Affleck, 2007). Con su trabajo en Manchester disipa todo tipo de dudas. Hace una interpretación contenida que resulta muy sólida. Es un claro favorito a ganar el Oscar a la interpretación masculina. Y algo raro tendría que pasar para que no se alzara con el preciado galardón. Con un corto pero intenso papel, a su lado está Michelle Williams, como Randi. Saltó a la fama a finales de los 90 en la serie Dawson Crece y de ahí su carrera es vertiginosa. Algunas de sus películas: Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) donde conoció a su ex pareja y padre de su hija, el fallecido actor Heath Ledger; Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010); Mi semana con Marilyn (Simon Curtis, 2011) o Suite francesa (Saul Dibb, 2015). Con este trabajo ha conseguido su tercera nominación al Oscar. Papel fundamental es el que representa el joven Lucas Hedges dando vida al sobrino de Lee. Ambos desprenden una buena sintonía y se comunican con la mirada de forma espléndida. Por este papel ha sido nominado al Oscar como Actor Secundario (con apenas 20 años). Debutó con Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) y participó, también con Anderson, en El Gran Hotel Budapest, 2014.

 

Esta es la tercera entrega del director neoyorquino Kenneth Lonergan tras Puedes contar conmigo (2000) y una azarosa Margaret (2011) donde el drama es uno de los protagonistas. Con esta nueva entrega, logra un producto redondo. Pero no nos engañemos, si no es por el buen número de premios y nominaciones que ha obtenido pasaría desapercibida para la gran mayoría del público. La cinta fue estrenada en el Festival de Cine de Sundance y está producida por Matt Damon que en un principio era el encargado de dirigirla y hasta de protagonizarla, pero debido a sus compromiso no pudo llevar a cabo el proyecto, eligiendo él mismo al director neoyorquino. Allí recibió el apoyo de Amazon Studios logrando la distribución en los Estados Unidos.

A las grandes interpretaciones hay que unir un sólido guion y la música a cargo de Lesley Barber, con pasajes de música clásica a cargo de la Filarmónica de Londres que subrayan el drama.

Manchester frente al mar nos habla del dolor, de la dificultad de perdonar y, sobre todo, de saber perdonarse llegado el momento. La tristeza es la moneda común en esta historia. Pero también con una gran dosis de humor para sobrellevar la desventurada vida de nuestros protagonistas. Lo mejor de la película y lo que le hace especial es, por un lado, la gran interpretación de Casey Affleck, y por otro lado, la puesta en escena y la forma narrativa, naturalista, sin grandes alaracas, intimista, con un ritmo pausado, lento y constante. Hay una pequeña escena que resume la forma de narrar de Loregan. Vemos la acción, pero no oímos lo que hablan. Lee está hablando con un matrimonio amigo sobre el futuro de su sobrino. No sabemos lo que acuerdan, pero más tarde, minutos después nos enteramos. Lo muestra, lo enseña, pero no lo explica. Es el espectador el que lo monta en su mente. La película está narrada de forma magistral, con un montaje inteligente en el que se nos cuenta la historia de forma no lineal, a saltos en el tiempo. Manchester frente al mar, surcando las mareas de la pena, nos transmite emoción con un resultado desgarrador para nuestra alma.

Os dejo un tráiler:

 

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus


Pérez-Reverte entrevista a Ferrer-Dalmau

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

Y allí nos plantamos, en el Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de grato recuerdo para el escritor aquí firmante y gracias a la invitación de Augusto, un gran amigo de ATTICUS y entrevistado estrella en el número SIETE en papel, de reciente presentación.

La sala estaba repleta y pudimos acceder junto a figuras del periodismo (alguno más figura que otros) y de la política, incluidos la ministra de Defensa y el Secretario de Estado de Cultura (y alguna otra que por el bien de este país, más le valdría haberse ido hace años de la noble vocación del buen gobierno).

Presentó el acto Bieito Rubido, director del periódico ABC. Fue conciso, correcto y sin ningún afán de protagonismo, lo cual habla bien de él como persona y como anfitrión.

Arturo Pérez Reverte, buen corresponsal de guerra, aunque retirado, inició las hostilidades con dos preguntas para atrapar al auditorio completo: “¿pintar batallas es de fachas?” y “¿todos tus clientes son de derechas?”, en clara alusión a la temática militar, que no militarista, del autor, el pintor de batallas, como le bautizó el novelista, y así  subrayó el artista. Y Augusto respondió respectivamente: “no, ni yo tampoco, sólo pinto historia de España” y “tú eres cliente mío y no eres de derechas”.

Después analizaron con finura, excelente humor y amistad una serie de cuadros del pintor, cuidadosamente elegidos para la ocasión. Desde los más austeros hasta los más complicados, desde la temática más política hasta la pura belleza de alguno de los trazos y temas escogidos por ese genio que abre de par en par el deseo de querer saber más acerca de cada uno de sus lienzos y su por qué.

De la épica de una carga de la caballería carlista, con Zumalacárregui al frente, al lírico momento del frío regreso de dos soldados perdedores, hombres de don Carlos, abatidos tras perder una guerra finalizada con un abrazo en Vergara y miles de muertos de ambos bandos mientras sus reyezuelos siguieron viviendo, comiendo y bebiendo y que trae a colación esa rima de una canción de Axl Rose: No necesito vuestra guerra civil, alimenta a los ricos mientras entierra a los pobres.

Hablaron también sobre la dificultad técnica que había supuesto para Augusto la pintura con escenario marino, en concreto del Glorioso, uno de los cuadros más significativos y que ahora reposa en el Museo Naval de Madrid. Relataron el proceso del cuadro y el enorme reto planteado por su amigo Reverte y que Dalmau había resuelto de forma magnífica. Y de cómo le había cogido el gustillo a la temática de las contiendas navales y tenía intención de pintar más en el futuro.

La charla, muy dinámica, fue de un lado a otro mientras nos iban relatando vivencias como soldado, artista, novelista, corresponsal de guerra y sobre todo, con muestras de respeto, camaradería y profunda amistad, salpicadas de anécdotas sorprendentes y entrañables.

Entre las obras seleccionadas, todas destacables, unas con capacidad de agarrar al espectador por las tripas y otras puramente bellas a la par que reivindicativas, señalaron dos grandes cuadros pintados en Valladolid. Y un tercero, también realizado en la ciudad de los Austrias y del Pisuerga, que donó Ferrer-Dalmau y que lleva en su reverso escrita una frase de Pérez-Reverte, tal y como dejó constancia en uno de sus artículos de Patente de Corso: «Durante siglos, en cada una de sus huellas estuvo España».

Estuvimos al lado del soldado de artillería del Tercio Viejo de Zamora que toma su espada cual cruz ante el paso de la tabla de la Inmaculada en Empel. Y de Canelo, el perro de Rocroi, y con uno de los más famosos héroes novelescos, aguardando a los franceses junto a lo que queda de aquel ejército maltrecho preparado para vender cara una muerte segura. Y compartimos atardecer con los cuatro soldados en la actual guerra de Afganistán.

Con la emoción y la ilusión in crescendo, pudimos disfrutar y compartir el inmenso bagaje que los dos únicos ocupantes del escenario atesoran. Cada pincelada, cada personaje, cada acción, nos son explicados por su autor con la connivencia de su amigo e interrogador para la ocasión. Fantásticos los dos.

La tarde seduce por completo a los estetas allí presentes y si, como nosotros, además es vallisoletano, resulta emocionante que tantas obras maestras hayan sido concebidas y paridas en nuestra ciudad. Gracias, Augusto.

Pudimos saludar y despedirnos de ambos. Agradecemos haber sido parte de tan elevado acontecimiento. Respondiendo a tu pregunta Augusto: estamos encantados. Ha sido mágico.

Os ofrecemos un extracto de la entrevista realizada a Augusto Ferrer-Dalmau y que publicamos íntegramente en Revista Atticus Siete, su edición impresa. 

Augusto Ferrer-Dalmau, la épica del pincel

Es francamente difícil obviar lo evidente, aunque este país sea un gran  especialista. España atesora, parece que aún sin saberlo, la más rica de las historias y muchos grandes héroes, que salieron de esta piel de toro que Heródoto describiese en los albores del clasicismo griego. Por eso, este rebelde con causa decidió hace años apostar por ellos, por todos esos españoles que se dejaron la piel, la sangre, las extremidades y la vida por el orgullo de portar la bandera española, bien con la cruz de Borgoña, la bicolor borbónica, e incluso la tricolor republicana.

Augusto Ferrer-Dalmau es ese inconformista que se manifiesta, inasequible al desaliento, a través de su obra. Sus amigos, la lectura, la documentación y una titánica voluntad le ayudan a crear, recrear en su imaginación, las escenas de sus pinturas. Ya preparado y armado con sus pinceles, planta cara a la amnesia vergonzante española y, tras luengos combates, deja constancia de batallas y acontecimientos históricos en los que hubiese un soldado español.

Movidos por el entusiasmo, la curiosidad y el interés por conocer a Augusto y saber cómo crea sus cuados Ferrer-Dalmau, entrevistamos al pintor en su estudio, rodeado de recuerdos militares y pictóricos. Está situado, paradojas de la vida, en la capitalina calle con nombre de uno de esos héroes defenestrados de este rincón del mundo, aunque lo retratase el mismísimo Velázquez recibiendo las llaves de Breda de la mano del derrotado Justino de Nassau.

Catalán de nacimiento, vallisoletano de adopción, madrileño de afincamiento descubrimos y admiramos, aún más si cabe, a la persona y al artista, Augusto Ferrer-Dalmau, español y «pintor de batallas» en toda su esencia.

Revista Atticus. Desde hace unos meses eres académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría en Sevilla. ¿Cuál es la sensación íntima de un artista cuando es nombrado académico?

Augusto Ferrer-Dalmau. Yo creo que el mayor premio que puede tener un artista es ser académico, eso por descontado. Y la Academia de Santa Isabel de Hungría, si no recuerdo mal, es de las más antiguas de España. Uno de sus fundadores fue Murillo. Es un prestigio. Además, la Academia de Santa Isabel de Sevilla es mucho más clásica en temas de pintura. Para mí es el mayor reconocimiento que puede tener un artista, al margen de cualquier premio. A mi edad, con cincuenta y dos años… de todo lo que me han dado hasta ahora, es el que más ilusión me ha hecho.

 

¿Qué te aporta como artista y como persona?

AFD. Como persona es una satisfacción personal, que me reconozcan mi trabajo. Y profesionalmente, lo mismo. Es valorar mi pintura y darla a conocer. El hecho de que sea académico es un valor añadido a mi obra.

¿Te ha cambiado?

AFD. No, no me ha cambiado. Mi vida no ha cambiado, mi trabajo es el mismo, mi vanidad sigue siendo la misma; nunca la he tenido.

 

¿Es, quizás el reconocimiento que más te ha llenado?

Sí, sí. Me hizo mucha ilusión, porque yo pensaba que mi obra no tenía cabida en el mundo del arte, y en Sevilla la han valorado. Quizás en otros sitios… en Arco y en estos mundos nunca entre mi pintura, pero que una Academia de este prestigio me haya reconocido es una satisfacción que no me esperaba.

 

¿Estás de acuerdo con el planteamiento expuesto sobre que eres el creador de una nueva corriente?

AFD. Mucha gente lo dice. Es más, cuando comencé con mi pintura era una rara avis. La gente decía: y este… ¿dónde va?… Pintaba cuadros de caballería, ecuestres, temas militares. Tras recorrer las galerías en Madrid… la sorpresa fue que tuvo mucha aceptación. Contra todo pronóstico, a la gente le gustó mi trazo y… se ha convertido en una corriente, que muchos pintores, incluso mayores, están empezando a seguir. Quizás por eso el reconocimiento de la Academia.

 

¿Cómo debería llamarse dicha corriente?

AFD. En otros países existía el pintor batallista. Francia e Inglaterra tenían y Estados Unidos lo tiene. España no tenía como tal, eran artistas que pintaban su época. Por ejemplo, si el rey encargaba un cuadro, lo pintaban, pero podían pintar también cuadros históricos, paisajes, temas variados, retratos… Sin querer, hemos creado una corriente que tiene mucha aceptación.

Arturo (Arturo Pérez Reverte) me llamó así, me rebautizó… y me enterrarán como «pintor de batallas». Cuando la gente va a ver la obra de teatro El pintor de batallas, dicen…. esta es la de Ferrer-Dalmau, y no es así. Arturo escribió la obra antes de conocerme, no tiene nada que ver conmigo.

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Ahora que has pintado a Miguel de Cervantes, que se confesó siempre soldado, ¿has reflejado sólo a Cervantes, el tercio viejo en Lepanto, o a la figura del hombre en conjunto, dada la profundidad del rostro y lo penetrante de su mirada?

AFD. Yo tenía la imagen de que Cervantes, en realidad, era un «tío puesto». Tenía fama de ser un donjuán.

 

De joven era guapísimo.

AFD. Era un crápula, un «tío guaperas». Shakespeare tiene esa fama, pero Cervantes no tiene nada que envidiarle, al revés, y había que darle un giro a su imagen. Tenía la idea de pintar un soldado español, apuesto, con gallardía. La imagen del español. Quiero la imagen del Cervantes joven, no la que solo nos ha llegado: un viejo enjuto, con arrugas, barbita escasa, medio calvo y escribiendo encorvado con una pluma, cuando había sido un gran soldado y un tío «echao pa lante».

¡No! El verdadero. Además, hay que reconocer que Cervantes fue ahí, como soldado de Tercio Viejo en Lepanto, donde empezó su carrera. Luego fue prisionero en Argel. Ese es el inicio de Cervantes. Fue un gran soldado, un valiente. Le hirieron por todos los lados. Vivió y murió como soldado.

 

Pinheiro da Veiga, en Fastiginia, habla de él como un hombre desenvuelto, con simpatía, don de gentes, con un carisma especial… y eso está por escrito… y ya era mayor…

AFD. Sí, sí. Además era rubio, porque él se describe a sí mismo con cabellos de oro, ensortijados y plateados con la edad. En aquella época, rubio, apuesto, con cierta altura, una buena figura. En el cuadro le he pintado como lo que era, un español bragado, espada en mano y mirando de frente…

 

Tiene una dignidad…

AFD. La imagen del español, un guerrero, un caballero, un soldado.

Todos los españoles son valientes, aunque no lo saben, pero cuando hay motivación suficiente, hasta el último, vayan como vayan vestidos… si les toca luchar como soldados, son Cervantes. Somos orgullosos y tenemos ese punto de dignidad, incluso de chulería, de arrogancia. No somos cobardes.

Siempre he dicho que el español es capaz de lo mejor y de lo peor, pero pon un español en algún sitio y dejará de ser imposible. Nos respetan y prefieren en todo el mundo. La imagen del español está por encima, con un prestigio que no se ha borrado en siglos. Y seguimos demostrándolo y manteniéndolo. Somos una garantía. Somos un pueblo muy divertido pero guerrero y a veces nos zurramos entre nosotros. Nos damos de bofetadas entre vino y vino…

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¿Qué opinas de la educación actual? ¿Y del menosprecio de las ciencias sociales y enaltecimiento de las técnicas, que no científicas?

AFD. Las técnicas son importantes, pero las sociales también, igual. Me preocupa. Sobre todo porque estoy convencido de que un pueblo sin cultura es fácil de dominar, fácil de mentir, no tiene criterio. La cultura te hace libre, de pensamiento y de acción. Cuanto menos cultura, más esclavos…

Hay sectores en el mundo, y en la política en particular en España, no visibles, a los que interesa que haya cada vez más ignorantes. Es una praxis que se ha aplicado a lo largo de la historia y se sigue aplicando. Los dictadores y los tiranos, lo primero que eliminan es la cultura. Muchas veces, la imagen que proyecta un gobierno sobre la defensa de la cultura es un paripé. Sólo se subvenciona lo que interesa. Lo cierto es que el nivel cultural de los jóvenes es cada vez menor, más bajo… Las nuevas tecnologías están bien…, navegan…, ven YouTube…, pero no sustituyen a la cultura.

Carlos, Pilar, Augusto y Luisjo en el estudio madrileño del pinto. Foto: Chuchi Guerra

La entrevista la puedes encontrar íntegra en Revista Atticus Siete, nuestra edición impresa (Enero 2017). Si no la encuentras en tu punto de venta habitual, la puedes pedir a nuestro email (15 euros más gastos de envío).

admin@revistaatticus.es

 

Pilar Cañibano y Carlos Ibañez

fotografías: Fernando Garrido

Revista Atticus


El Teatro Calderón de Valladolid ha presentado este lunes la producción El Festín de Babette, que se estrenará este jueves, 16 de febrero, en la que intervienen actores profesionales como Ana Otero, María Garralón, María José Alfonso, Paco Lahoz, Javier Semprún y Manuel de Blas junto con un grupo de 15 aficionados vallisoletanos que han formado parte del taller teatral «La Nave senior».

 

El Festín de Babette es una producción teatral sobre el cuento de la autora danesa Karen Blixen apodada Isak Dinesen. La creación escénica se hará a partir de un taller socioteatral impartido por la directora Pepa Gamboa en el Teatro Calderón de Valladolid. Actores profesionales y personas inscritas en ese taller interesados en el teatro como cognición social, aportarán tanto al proyecto, que unos pocos elegidos participarán como personajes en la puesta en escena.

Seis actores y actrices profesionales darán vida a los personajes principales de la dramaturgia de Antonio Álamo y otros seis “no profesionales” harán ese efecto de extraña inclusión social que permite el teatro, y que propone esta historia tan especial donde la condición humana se esconde tras la gastronomía…

 

Revista Atticus

fotografías: Chuchi Guerra


Silvia Verdugo Castaño (1980)

 

Ha cantado desde siempre, aunque el círculo se reducía a amigos y familiares. Ya desde pequeña, con la copla descubrió un género musical con el que se sentía mas identificada y que le permitía desarrollar sus características vocales con gran facilidad.

Diplomada en Turismo por la Universidad de Valladolid y con muchas ganas de recorrer mundo pasa casi una década fuera de su localidad. De vuelta ya en su ciudad, y gracias a su gran afición a la música, comenzó a ahondar en su pasión por el flamenco al que le transportaron algunos de los cantaores a los que le gustaba imitar, sobre todo al gran Valderrama.

Desde entonces su pasión por este arte ha ido in crescendo. Hace ya 7 años que decidió subirse a un escenario acompañada por un guitarrista local y desde entonces no ha parado su evolución.

Sus inquietudes le han llevado a tomar clases en el conservatorio flamenco Casa Patas en Madrid, en la Fundación sevillana Cristina Heeren y en Jerez de la Frontera. Ha participado en concursos flamencos nacionales obteniendo buenos resultados.

Forma parte de la compañía flamenca ” Valladolid suena flamenco” junto a varios artistas locales actuando por toda Castilla y León. Recientemente ha realizado una colaboración especial en el espectáculo ” del fuego y la memoria” junto a La Farruca y La Serrata.

En estos momentos se encuentra inmersa en un nuevo proyecto que verá la luz a mediados de este año.

Consciente de la dificultad a la que se enfrentan los cantaores vallisoletanos fuera de un marco flamenco, no cesa en su empeño por seguir aprendiendo y ya ha adquirido una gran responsabilidad con el cante, mantener viva la afición en su tierra y el conocimiento de lo que hoy es Patrimonio de la Humanidad.

 

Sergio Eden

fotografías: Chuchi Guerra

Revista Atticus


Flamenco. Del fuego y la memoria

DEL FUEGO Y LA MEMORIA INICIÓ SU GIRA EN VALLADOLID

 

Rosario Montoya (“La Farruca”) y Natalia Delmar (“La Serrata”), iniciaron el pasado viernes en el teatro Zorrilla de Valladolid la gira de su espectáculo Del fuego y la Memoria, del que habían hecho un preestreno en septiembre en el Teatro Quintero de Sevilla.

Esta gira tendrá continuidad en diversas ciudades españolas, para ya en otoño pasar a EE.UU.

Con este espectáculo pretenden mostrar el legado y la magia del flamenco a través de dos generaciones, en el que La Farruca, por la edad, la experiencia, la herencia de su padre, etc.,  representa la memoria y el legado que deja, y La Serrata representa el fuego de la juventud. Es por tanto como un hilo conductor, una conjunción y a la vez una complementariedad, buscando la profundidad y huyendo de lo artificial para no perder la memoria y el fuego.

Para ello es fundamental la personalidad de ambas protagonistas.

“La Farruca” es de sobra conocida no solo por su estirpe, hija de Antonio Montoya Flores, el gran “Farruco”; madre de “Farruquito”, “El Farru” y “El Carpeta”; o hermana de Pilar Montoya “La Faraona”. Desde muy pequeña convivió con grandes figuras del baile flamenco y se forjó una gran artista protagonista de espectáculos como “De esas fuentes hemos bebido”, en homenaje a los grandes maestros de este arte, o “Gitanas”, con la participación únicamente de mujeres, y muchos otros espectáculos que han provocado que una crítica periodística indicara que su baile evoca a las musas. No en vano es una de las más grandes bailaoras y encarna las más puras raíces del baile flamenco.

Por su parte La Serrata, nacida en Almería, tuvo como maestro a su abuelo, “El Melilla”, una persona muy especial para ella, que sabía mucho de cante, de baile y de guitarra. Tras un duro aprendizaje, pese a su juventud ha cosechado ya numerosos éxitos.

Estas dos artistas coinciden en afirmar que el flamenco se siente. No es razón; es corazón y alma. “Cuando estás bailando te está rajando el corazón”, me comentaba recientemente “La Farruca”.

Por su parte “La Serrata afirma que “este espectáculo está hecho desde quienes aman el flamenco más que a su vida”. El flamenco entendido como “la pasión y el sentimiento, el dolor y el dramatismo, las fatigas del amor y de la vida; un arte que tiene dentro de sí y por sí mismo todo el sufrimiento y el anhelo de libertad del pueblo que lo ha parido y acuñado a través de los tiempos”.

Para el grandísimo espectáculo escenificado en Valladolid contaron con un gran elenco. Los cantaores Javier Flores “El Indio” (que acaba de sacar su disco “Con Alma”), Juanillorro (su reciente disco “Plazuela viva” ha sido declarado como mejor disco flamenco de 2016), Juan Fernández “El Negro” y Ezequiel Montoya, y contando expresamente con la colaboración especial de la gran cantaora vallisoletana Silvia Verdugo, que interpretó magistralmente unas alegrías y una minera. A la guitarra, David Caro y José Antonio “Fity” Carrillo. A la percusión Lolo Montoya y Fali “El Eléctrico”.

En definitiva una gran escenificación, llena de arte y sentimiento. En palabras de La Serrata “un intento de que no se pierda la memoria (de dónde venimos) y el fuego (a dónde vamos); si hay una unión y el fuego se mantiene, no se pierde la memoria”.

 

 

 

Fernando Pastor

fotografías: Chuchi Guerra

Revista Atticus


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