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Zona hostil de Adolfo Martínez

Nuestro cine bélico está de enhorabuena

Ficha

Dirección: Adolfo Martínez

Reparto: Ariadna Gil, Raúl Mérida, Roberto Álamo, Antonio Garrido, Ingrid García Jonsson, Jacobo Dicenta, Ismael Martínez, Mariam Hernández, Ruth Gabriel y Javier Bódalo

Nacionalidades: España Año: 2017 Fecha de estreno: 10-03-2017

Duración: 93 min.

Género: Bélica

Color o en B/N: Color

Guion: Andrés Koppel y Luis Arranz

Fotografía: Alfredo Mayo

Música: Roque Baños

 

Sinopsis

A un convoy americano escoltado por la Legión española le estalla una mina al norte de Afganistán y el inexperto Teniente Conte (Raúl Mérida) queda al mando de una dotación para proteger a los heridos hasta que los evacuen. La Capitán médico Varela (Ariadna Gil) acude al rescate en un helicóptero medicalizado del Ejército Español, pero el terreno cede durante el aterrizaje y el helicóptero vuelca, dejando a los rescatadores atrapados junto a los legionarios en medio de la nada. El impulsivo Comandante Ledesma (Antonio Garrido) propone un arriesgado plan para rescatarlos a todos y, además, llevarse el aparato siniestrado. Pero con la noche llega el enemigo y el plan sólo será posible si el Teniente y la Capitán logran sobrevivir hasta el amanecer.

 

Comentario

Hecho a la manera americana. O producto «Made in Spain», pero que se asemeja a una producción americana, no parece una película española. Esto es un topicazo que, poco a poco, tenemos que ir desterrando precisamente por la buena labor que hay detrás (y delante) de la cámara. Zona hostil se adentra en un género, el bélico, que no había sido bien resuelto en las propuestas acometidas (como así ha sucedido con otros como el thriller o, incluso, el western –magnífica película Blackthorn de Mateo Gil, 2011-). Recientemente hemos podido disfrutar en la cartelera de 1898, los últimos de Filipinas (Salvador Calvo), interesante, con altibajos, pero que no cuajó como era de esperar. Más atrás en el tiempo, Daniel Calparsoro realizó dos fallidas películas con el tema militar de fondo: Invasor (2012) y Guerreros (2002).

Pero ahora ya la cosa ha cambiado. Las buenas maneras en el cine español, de manera general, tanto en la dirección, como en la producción o como en los propios actores no tienen nada que envidiar, definitivamente, a las del otro lado del océano. La cadena está bien engrasada. Bien es cierto que hay y habrá producciones que todavía tengan ese tufillo de «españolada», pero son las mínimas.

Basado en un hecho real, Zona hostil lleva a la gran pantalla un suceso ocurrido en Afganistán cuyo protagonista fue, fundamentalmente, nuestro ejército español. Un convoy se desplazaba por territorio enemigo. Uno de los vehículos se salió de las rodadas y pisó una mina. El resultado fue de dos militares americanos heridos de gravedad. La capitana Varela, una médico, junto a su pequeño equipo, encargada de atender a las tropas, tenía que acudir en helicóptero a socorrer a los accidentados. Lo que en un principio era una misión casi rutinaria, se convirtió en todo una operación compleja al decidir transportar al campo base los restos del aparato siniestrado para evitar que cayera en manos enemigas, sustrayéndoles la posibilidad de hacerse una foto con un trofeo (y de paso aprovechar el Super Puma como suministrador de piezas para otras aeronaves). Al encontrarse en una zona hostil, nuestros militares tuvieron que esperar cerca de catorce horas al angustioso recate mientras los talibanes no dejaban de acechar.

Acción trepidante y una gran dosis de tensión logran un producto muy digno. A eso han ayudado un conjunto de actores y actrices del que sobresale una veterana como Ariadna Gil (que se deja ver poco por las pantallas) y un sorprendente Antonio Garrido (desde La playa de los ahogados no lo habíamos vuelto a ver). Gil realiza una actuación muy comedida gracias a un papel bien perfilado en el que no cuenta todo y eso le da una gran verosimilitud. Garrido le da un toque graciosete a su papel, para desengrasar de tanta tensión. Al lado de ambos, el actor de moda: Roberto Álamo. No es papel para lucirse, pero está más que correcto. Junto a ellos, dos promesas: Raúl Mérida e Ingrid García Jonsson. Y con un gran secundario, Jacobo Dicenta en un regalo de papel de veterano militar que se las sabe todas (debería repetir en la gran pantalla).

Jacobo Dicenta / Sargento 1º Aguilar

El director Adolfo Martínez Pérez, reputado ilustrador español, afincado en Los Ángeles, tiene un extenso currículo como responsable artístico (creación de los storyboard) en la industria de EE. UU. en películas como Alien, Terminator, El libro de la selva o Los ángeles de Charlie. Plantea la acción en dos frentes bien diferenciados. Por un lado, la zona donde el helicóptero sufre el accidente. Y por otro, la base española de Qala i Naw, en la provincia afgana de Badghis, a 300 km de la zona de combate. Mientras que en la primera se desarrolla la acción, en la segunda es donde se toman las decisiones de la cúpula militar del ejército.

El ejército español se ha implicado en el proyecto, no solo por el apoyo técnico, con la cesión de material (incluso los helicópteros Super Puma, Tigre y Chinook) sino también con la instrucción militar a los actores. Se mueven con soltura, como si lo hubieran hecho toda la vida. Y eso que tienen que cargar con todo el equipo como si de una auténtica guerra se tratara.

Zona hostil se ha rodado en el desierto de Tabernas (Almería). Desierto que albergó grandes western. Hay alguna referencia más a este género. Las acciones de los talibanes y cómo mediante tretas tratan de engañar a nuestros soldados, me recordó las viejas películas de indios contra el séptimo de caballería, cuando jugaban con la noche, con el cansancio, con el conocimiento del terreno y así –los indios- conseguir desmoralizar y atemorizar a los militares.

Zona hostil, una película «española» coral, que nos habla de una guerra, sin entrar en los juicios morales que la confrontación supone. Nos habla de valores como el coraje, la amistad, la valentía, la solidaridad sin posicionarse moralmente. Ni política belicista ni antibelicista, ni intervencionista, ni gaitas. Es acción, bien rodada, mejor interpretada cuyo resultado es una cinta entretenida al más puro estilo hollywoodiense (si esto es sinónimo de calidad), con buena dosis de tensión y suspense. Una cinta que merece un reconocimiento, lo que me hace reflexionar en lo mal planificado que ha estado su estreno, tan cerca de los pasados premios Goya y tan lejos de los siguientes. Sea como fuera, muy entretenida y realizada con un presupuesto muy ajustado (cerca de 5 millones) que nos hace concebir muchas esperanzas sobre su director, Adolfo Martínez y sus próximos proyectos.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

 

Moonlight

La lucha por encontrarse uno mismo

Ficha

Título original: Moonlight

Director: Barry Jenkins

Reparto: Trevante Rhodes, André Holland, Janelle Monáe, Ashton Sanders, Jharrel Jerome, Naomie Harris, Mahershala Ali, Shariff Earp, Duan Sanderson, Edson Jean

País: Estados Unidos

Guion: Barry Jenkins

Música: Nicholas Britell

Fotografía: James Laxton

Género: Drama

Duración: 111 min.

Estreno: 10 de febrero de 2017

 

 

Sinopsis

Chiron es un joven afroamericano con una difícil infancia, adolescencia y madurez que crece en una zona conflictiva de Miami. A medida que pasan los años, el joven se descubre a sí mismo y encuentra el amor en lugares inesperados. Al mismo tiempo, tiene que hacer frente a la incomprensión de su familia y a la violencia de los chicos del barrio.

 

Comentario

Moonlight nos cuenta la historia de un personaje desde su más tierna infancia hasta la edad adulta interpretado por tres actores diferentes. La película arranca con el pequeño Chiron al que todos llaman Little (Alex R. Hibbert). Convive con su madre más preocupada de lograr su chute que en la educación de su hijo. Un traficante (papel interpretado por Mahershala  Alí –conocido por su intervención en House of Cards-) lo acoge en su hogar, casi actuando, junto a su «chica», como padres adoptivos del pequeño. Años más tarde, lo vemos como adolescente (Ashton Sanders) al lado de su amigo Kevin. Ambos mantienen una curiosa amistad. Otro salto de tiempo nos sitúa al joven como Black (Trevante Rhodes). Ya no es tan joven, su cuerpo ha experimentado un gran cambio y el modus de vida de aquel que hiciera las veces de padre se ha convertido en su propia vida. Luce fundas de oro, collar también de oro y un extravagante y llamativo coche como signo de su estatus. Pero hay algo que todavía no ha abandonado de aquel entonces: el hermetismo sobre su propia vida que apenas deja vislumbrar sentimientos, lo cual lo convierte en un hombre retraído y algo arisco.

No es una película sobre pandilleros o sobre el mundo del trapicheo de la droga. Como sucediera con Boyhood (Richard Linklater, 2014) es la historia de un muchacho a lo largo de tres etapas bien diferenciadas de su vida en los suburbios de Miami. Pero pone el acento en la condición sexual del protagonista. Y ahí la película se vuelve casi única. No he encontrado ninguna que centre el argumento en la homosexualidad de un negro. Barry Jenkins lo narra de forma magistral, no muestra sexo, ni tan siquiera hay una escena subida de tono, apenas un roce, una muestra de cariño y todo lo demás es sufrimiento. Tiene su apogeo en esa segunda etapa cuando el joven se encuentra con sus compañeros de clase y lo toman por rarito porque rehúye el trato. Sufre bullying, sufre el abandono de su madre y experimenta el primer acercamiento a una persona de su mismo sexo. Intenso.

Uno de los grandes logros es la encarnación de los tres actores para un mismo papel (magnífico póster que recoge este aspecto) en las etapas de infancia, adolescencia y adulto (o madurez) que nos transmiten perfectamente (a través de esa mirada perdida) los miedos, los recelos, las preocupaciones del personaje; con una presencia muy importante de los silencios. También es muy meritoria la técnica de la elipsis, esos saltos en el tiempo, sin brusquedad, que mantiene el hilo argumental de una forma lineal en la que no caben explicaciones o subrayados innecesarios.

La fotografía le aporta un plus al estar muy bien resuelta. Muchos planos secuencia y algunos con cámara en mano para crear la tensión necesaria. Ayudan a crear un retrato naturalista. El mérito se debe a James Laxton.

Moonlight es la adaptación de la obra de teatro de In Moonlight Black Boys Look Blue de Tarell Alvin McCraney. Este título hace referencia a que los chicos negros parecen azules bajo la luz de la luna. Tras su ópera prima, Medicine for Melancholy (2008) Barry Jenkins decidió acometer este proyecto semiautobiográfico tras sufrir el rechazo de varios guiones. Ha conseguido hasta ocho nominaciones para los premios Oscar (entre ellas mejor película y mejor director). No lo tiene fácil. La la land arrasó en la antesala. Moonlight se llevará alguna pedrea como pueda ser el mejor guion adaptado y, tal vez, al mejor actor secundario. El producto final es original. No es una película que guste a todo el mundo, por su temática y por tener un ritmo muy pausado. No parece que pase nada relevante pero todo está en los pequeños detalles, en el drama interno de vivir en un cuerpo de hombretón negro y no poder manifestar lo que sientes porque eso es de maricones. ¡Qué valentía la de su director (y la de todos aquellos que ha apostado por este proyecto) para llevar a la pantalla este tema! Y qué pena que todavía haya gente (al frente de todos un tal Trump) que piensen que eres menos persona porque amas a otra de tu mismo sexo. Y que tu color no es digno. ¿Cuántos años tendrán que pasar para aceptar esto como una cosa normal? Mientras eso llega, Moonlight se ha convertido en una experiencia cinematográfica hermosa que pone luz y poética en un tema tabú. Moonlight es el retrato de un drama, personal y social, de un joven que lucha por encontrarse mientras vive la vida.

Trevante Rhodes, Naomie Harris, Mahershala Ali, Alex R. Hibbert, Barry Jenkins (director), André Holland

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

 

Crítica película Lion de Garth Davis

La búsqueda de la identidad

Ficha

Título original: Lion

Director: Garth Davis

Reparto: Dev Patel, Sunny Pawar, Nicole Kidman, Rooney Mara, David Wenham,Nawazuddin Siddiqui, Tannishtha Chatterjee, Deepti Naval, Priyanka Bose, Divian Ladwa

Año: 2016 (Australia)

Duración: 120 min.

Guion: Luke Davies

Fotografía: Michael Gioulakis

Música:Volker Bertelmann, Dustin O’Halloran

Género: Drama

 

Sinopsis

Saroo Brierley es un niño que con tan sólo cinco años se perdió en las calles de Calcuta, a miles de kilómetros de casa. Tras un largo viaje acabó siendo adoptado por una pareja australiana. Veinticinco años después, con la única ayuda de Google Earth, Saroo intentará encontrar a su familia biológica.

Comentario

Lion está basada en el libro autobiográfico Un largo camino a casa (Ediciones Península) del propio Saroo Brierley y guionizada por Luke Davies. Al hablar de Lion podemos hablar, en la película, de dos partes bien claras y bien diferenciadas, siendo la clave la ambientación. La primera de ellas arranca situándonos en India. Allí el niño de cinco años, Saroo Brierley (interpretado con gran naturalidad por un encantador Sunny Pawar) junto a su hermano, deambulan por las callejuelas buscándose la vida como buenamente pueden para poder ayudar al sostenimiento de su familia. Saroo pierde de vista a su hermano. Se pierde y se queda dormido en el banco de un tren. Cuando se despierta, quiere bajarse y no puede. Se encuentra solo y a más de 1600 km de su casa. Estos minutos se nos muestran sin apenas diálogos con un silencio que acentúa el drama. Perdido y desamparado tendrá que estar atento para no caer en las redes de explotación infantil. Su suerte cambia cuando es adoptado por Sue (Nicole Kidman) y John (David Wenham) un matrimonio australiano. La segunda parte comienza con un salto en el tiempo. Está ambientada en Tasmania, han pasado casi veinticinco años. Vemos a un Saroo adulto (Dev Patel) con una vida acomodada, mientras que su hermanastro Mantosh (Keshav Jadhav, también indio, no consigue encontrar un hueco en la sociedad. Nuestro protagonista conoce a Lucy (Rooney Mara), pieza clave en el desarrollo de su búsqueda de identidad. Una reunión de amigos y estudiantes le provocará una convulsión en sus recuerdos sacando a la luz un pasado que tenía olvidado. Con apenas un puñado de recuerdos y Google Earth como herramienta tratará de reconstruir sus orígenes para tratar de encontrar a su familia biológica, y, de esta manera, superar la crisis de identidad. No es tarea fácil. Han pasado muchos años y el pueblo, de cual no recuerda el nombre exacto, puede que haya cambiado su fisonomía. No sabe ni el apellido de su madre, analfabeta, y no habla bengalí. La herramienta «on line» le ayudará a matizar, a poner color a esos vagos recuerdos sensoriales que permanecen en su mente.

La TV ha hecho mucho daño. Estamos acostumbrados a ver películas de sobremesa con la vitola de «basado en una historia real» que, a veces, lo único que consiguen es adormecer realmente. Lion en algunas fases parece pertenecer a este grupo porque su fuerza se diluye según van pasando los minutos. El arranque es poderoso. Todo lo que sucede en la India está rodado magistralmente sobre todo por el tratamiento en la luz y el uso del silencio como elemento dramático.

Para sacar provecho al visionado de Lion me quedaría con el drama que supone para Saroo saber que su familia biológica, su madre y su hermano, puedan estar buscándolo o que no tengan respuesta a qué es lo que le sucedió o cómo y por qué desapareció. Y lo más angustioso: ¿dónde se encuentra el pequeño? Esa lucha emocional que mantiene Saroo y la planificación a escondidas de sus padres es de lo mejor. Para él supone una traición a sus padres adoptivos y una desconsideración con su familia biológica al estar disfrutando de una buena vida. Incluso esta lucha la extiende a su pareja. Mientras que para su madre biológica lo considera una circunstancia normal que quiera saber quiénes eran sus progenitores. Sue se muestra muy comprensiva y le explica que su adopción tiene poco que ver con el instinto maternal, más bien por dar amor a gente que lo necesita en un mundo superpoblado.

El actor británico Dev patel se ha convertido en un clásico en la representación de papeles de personajes indios de origen humilde. Deslumbró con Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008). También lo vimos en El hombre que conocía el infinito (Matt Brown, 2016) como Srinivasa Ramanujan, un brillante y atormentado matemático. Aquí está más que correcto en su papel de atribulado hijo adoptado. Nicole Kidman (por poner una de sus mejores películas: Las horas Stephen Daldry, 2003) tiene un papel secundario, pero le sabe aportar una buena dosis de verosimilitud ayudado por una muy buena caracterización que la aleja de los papeles de chica mona. Destacable como sufrida y anegada madre adoptiva. Rooney Mara tiene un papel cortito pero lo sabe aprovechar muy bien.

La fotografía es de lo mejorcito. Corre a cargo de Greig Fraser (La noche más oscura, Kathryn Bigelow, 2013) y también es meritoria la banda sonora de Dustin O’Halloran y Volker Bertelmann. La mayoría de los temas no tienen letra, salvo el tema final con la pegadiza canción Never Give up de Sia.

Garth Davis, director novel, con el final que nos presenta, echa por tierra todo lo que antes había conseguido. Esa primera parte rodada de forma magistral constituye su mejor carta de presentación. Es innecesario el subrayado de aportar las imágenes reales, lo único que aporta es que la realidad es más fea que el cine. Los actores son más guapos que los reales y los escenarios también están maquillado. La vida es más real que el cine. Pero, sea como fuere, merece mi máximo respeto aquellas películas que ponen en el acento en el drama social, como es en esta ocasión: 80.000 niños desaparecen al año en India.

Lion de Garth Davis es una entretenida propuesta que aúna ingredientes que suelen dar buenos resultados de cara a la galería: aventura de acá apara allá, niños en apuros con búsqueda de su identidad, desamparo, basada en hechos reales… Pero el producto final no es todo lo redondo que cabría esperar con esos buenos mimbres que se nos muestran en una magnífica primera parte. Eso sí, Garth Davis ha conseguido crédito para futuros proyectos gracias a las nominaciones a los Premios Óscar, pero no creo que alcance alguno de ellos.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

Raúl Arévalo, Tarde para la ira y Revista Atticus

Entrevista

Con motivo de la 61 edición de la SEMINCI, Revista Atticus se acercó hasta el actor/director Raúl Arévalo. Arévalo fue nombrado padrino de la pasada edición. Nuestro equipo acababa de ver Tarde para la ira y todavía bajo el influjo de su magistral ópera prima le realizamos una jugosa entrevista. A la cita acudieron nuestros colaboradores Carlos Ibañez y Pilar Cañibano, nuestro editor Luisjo Cuadrado y Chuchi Guerra como fotógrafo. La conversación que mantuvimos con el gran triunfador de la gala de los Goya 2017 (además de su galardón como director novel ha obtenido otros 3 premios Goya: Mejor Película, Mejor Actor de reparto -Manolo Solo- y Mejor Guion original -David Pulido y Raúl Arévalo-).  La entrevista se ha publicado en neustra edición impresa Revista Atticus Siete que ya está a la venta.  Ofrecemos la introducción y las primeras custiones planteadas.

Luisjo Cuadrado, Pilar Cañibano, Raúl Arévalo y Carlos Ibañez

Sólo el director con inequívocos visos de grandeza, el guionista con precisión de maestro flamenco y el actor capaz de helar la sangre por su sed de mal y ambición o plagar una platea de sonrisas y ternura por su amistad juvenil con un alcohólico cinéfilo que regresa a su pueblo con sus primos se ve superado por la persona y su personalidad, Raúl Arévalo nos regaló sus impresiones y conocimientos, sus vivencias y una sincera sonrisa en esta entrevista para la Revista Atticus realizada durante la última SEMINCI, de la que fue padrino. Con nosotros se encontró a gusto, cercano, y con ese poso de autor seguro de su obra tras ser ofrecida al público.

El cine español está en buenas manos. Nos reveló, sin intención, el futuro de un gran director que ya es un gran presente. Conocimiento y modestia. Personalidad, compostura y carácter que nace de la observación y la reflexión. Nos sentimos afortunados por poder verlo y disfrutar un más que agradable rato entrevistando a este grande de nuestro cine (tal y como acaba de corroborar la Academia, en el momento de maquetar esta entrevista) con once nominaciones a los Goya por su ópera prima.

Raúl Arévalo es como un junco: alto, delgado, con aire juvenil, que probablemente conserve siempre, pero con una madurez y seguridad que desarman. Manos finas, delicadas como sus ademanes, aunque firmes. Mirada inteligente, intuitiva, sincera, cordial. Atento a la conversación, no aparta la vista en ningún momento. Nota nuestra curiosidad y también nos observa. Sonrisa sincera, cálida. Claramente, le gustan las personas.

Se nos reveló el niño de Móstoles que quería ser director de cine y también el adolescente que hizo un curso de teatro, pero además la esponja cultural que debe ser todo creador que se precie de serlo. Aquí os dejamos la entrevista de un fumador que no vende humo.

 

Revista Atticus: ¿Dónde se encuentra Raúl Arévalo más cómodo dentro de sus facetas artísticas?

Raúl Arévalo: Pues no lo sé. Tanto como actor como director. Me divierten mucho los dos oficios. Lo que sí es cierto es que siempre he querido dirigir antes que actuar, y hacer Tarde Para La Ira ha sido cumplir mi sueño, por fin. Pero como actor disfruto muchísimo también. Son dos facetas diferentes que tienen que ver con el oficio del cine, que es lo que más me apasiona.

AT: ¿La comodidad emana de la experiencia o de la ilusión?  

RA: De las dos. Aunque yo siempre he querido dirigir, estos últimos doce años en los que he tenido la suerte de trabajar con muchos de los grandes de nuestra cinematografía actual española han sido mi gran escuela. Y esa experiencia me ha servido, ha sido fundamental para poder ahora dirigir y afrontar la película. Pero… Tanto en el rodaje como en todo. La experiencia, la ilusión y la pasión son fundamentales para llevar a cabo una empresa así.

AT: ¿De qué fuentes bebe el actor, de cuáles el director y el guionista?

RA: De muchísimas, e incluso inconscientemente de todo, tanto bueno como malo.

Lo bonito de todas esas fuentes, esas inspiraciones, es cómo surgen luego, cuando te pones a trabajar en algo y una vez que lo  empiezas a compartir con el equipo con el que trabajas. El cine es un trabajo en equipo y todo va cobrando su propia personalidad y su propio carácter.

AT: ¿Fagocitas a tus fuentes, tal y cómo has dicho en alguna entrevista como director, o también lo haces como actor y guionista?

 RA: Sí, sí. Yo veo mucho cine y hay películas que rápidamente me impresionan… A veces es una cuestión de intuición. –De repente veo algo que me sirve, concuerda y que va acorde con la historia, o el tipo de historia que quiero contar…

AT: ¿Te fijas en las fuentes de las que tus directores y guionistas, al ejercer de actor, se alimentan?

RA: Sí… mucho cine francés actual: Jacques Audiearn, Un Profeta, De Óxido y Hueso. El Hijo, de los hermanos Dardenne, belgas. Una película italiana, Gomorra, de Garrone. Cine de los setenta y los ochenta en España, Saura o producido por Querejeta, eran fuentes inspiradoras para mí.

Toda mi experiencia acumulada de los treinta y seis años que tengo y lo que he visto.  Tomo un poco de todo aquello que me va sirviendo… como persona y para el cine…

AT: Hemos visto en tu película similitudes con otros directores, como por ejemplo, Antoine Fuqua, a través del montaje y Calparsoro… Pero muy tuyo, muy cañí.

RA: No. Ni siquiera lo había pensado… Aunque, puede que sí… Me he visto todo de él y me ha gustado mucho, salvo la última, Los Siete Magníficos Son esas inspiraciones, como  decía al principio, en las que no reparas, pero que a lo mejor de una forma inconsciente…Es el poso… Lo que queda después de dormirlo

AT: ¿Tomas sólo las referencias del cine, o también de la novela, escultura, pintura, música, literatura… en general?

RA: Un poco de todo y nada en concreto. Dentro de mí edad, mi experiencia, todo lo que he leído y visto…Es como si en mi cabeza… cada vez que pienso en historias,… a veces, la idea me puede surgir de una conversación que escucho en un bar, o de cuadros que vi, o  libros de fotografía o algo que he visto en internet… y, de repente me inspira para una escena. O para mostrar al director artístico de la película… Nada en concreto.

AT: Tenemos claro que vas a ganar el Goya al mejor director novel…

RA: ¡Bueno! Ya veremos… Ya os lo diré si volvemos a coincidir. Ya veremos…

Hasta aquí podemos ofrecer. Puedes disfrutar de la entrevista completa, realizada el 28 de octubre de 2016, en nuestro ejemplar impreso Revista Atticus Siete, en nuestros puntos de venta habituales y solicitando un ejemplar a admin@revistaatticus.es

Raúl Arévalo, Carlos Ibañez y Pilar Cañibano

Tarde para la ira

Ficha

Director: Raúl Arévalo

Guión: Raúl Arévalo y David Pulido

Intérpretes: Antonio de la Torre (Jose), Luís Callejo (Curro), Ruth Díaz (Ana)

Productora: Beatriz Bodegas

Música Original: Lucio Godoy y Vanessa Garde

Montaje: Ángel Hernández Zoido

Director de Fotografía: Arnau Valls Colomer A.E.C.

Diseño de Producción: Antón Laguna

Montaje de Sonido: Pelayo Gutiérrez y Alberto Ovejero

Sonido Directo: Tamara Arévalo

Maquillaje y peluquería: Piluca Guillem y Esther Guillem

Vestuario: Cristina Rodríguez y Alberto Valcárcel

Director de Producción: Sergio Díaz Bermejo

Ayudante de dirección: José Ramón Otegui

Foto fija: Ramón Palacios Pelletier

 

Sinopsis

Madrid, Agosto de 2007. Curro, es el único detenido en el atraco a una joyería. Ocho años después, Ana, su novia, espera, junto al hijo de ambos, que Curro salga en libertad. Jose, es un hombre solitario y reservado, que no parece encajar en ninguna parte. Una mañana, entra a tomar un café al bar dónde Ana trabaja con su hermano. Ese invierno, su vida se entremezcla con las de la gente del bar, que adoptan al desconocido como uno de los suyos y, sobre todo, con la de Ana, quien verá en el extraño una vía de escape a una vida que le angustia. Tras cumplir su condena, Curro sale de la cárcel con la ilusión de empezar una nueva vida junto a Ana. Pero todo ha cambiado en muy poco tiempo. Curro se encontrará con una mujer confundida, y con un hombre que le romperá todos los esquemas. No puede imaginarse hasta que punto Jose va a cambiar sus planes. El desconocido le obligará a enfrentarse a viejos fantasmas del pasado. Los dos hombres emprenderán un extraño y trepidante viaje de tres días; una ruta de violencia que les obligará a convivir, a jugar una partida en constante confrontación, que les hará entenderse inevitablemente. Una historia sobre la naturaleza violenta del ser humano y el espejismo de la redención.

Comentario

Ocho años ha tardado Raúl Arévalo en ver en su ópera prima, como director, en las grandes pantallas de nuestros cines. Lo hace en un género que se está convirtiendo en habitual en nuestro cine: el thriller. Un thriller sí, pero que, a veces, parece un western. Tarde para la ira es la historia de una venganza pergeñada a lo largo del tiempo, es decir, servida en plato frío y narrada desde las entrañas. Su director no rehúye a mostrar la violencia seca y descarnada.

La potente historia tiene tres pilares fundamentales y muy sólidos. Por un lado está el plantel de actores. El drama se concreta en tres personajes sabiamente delineados: Antonio de la Torre (Jose), impagable regalo que le hace su amigo Arévalo. De la Torre realiza uno de los trabajos más rotundos de los últimos tiempos. Ruth Díaz (Ana) es el lado femenino de la cinta, es la novia, la esposa y la madre. Es la esperanza de aquel que ha pasado una década en la cárcel. Su trabajo está a la altura del personaje. Luis Callejo (Curro), soberbio, supone un gran contrapunto a De la Torre. Uno misterioso, el otro un canalla. Uno atormentado y el otro tan leal a sus amigos, que le ha llevado a la cárcel. De los secundarios destacaría la gran actuación (otra vez estamos ante un buen personaje creado en el papel) de Manolo Solo. Su caracterización podía caer en lo ridículo, pero lo salva con un notable. Lo hace muy creíble. Suma en vez de restar. Brillante. El segundo pilar es el sólido guion. Escrito por el mismo Raúl Arévalo y un debutante David Pulido. Algún despiste hay, pero nada grave. Habrá que estar muy atentos a las próximas propuestas de este dúo para ver su evolucionan y consiguen la cuadratura del círculo. Y el tercer apoyo es la labor de dirección. Qué un debutante ponga el listón tan alto no es lo habitual. Arévalo se ha tomado su tiempo. A buen seguro que también su enorme bagaje como actor tiene su reflejo en Tarde para la ira. Su currículo nos deja sin aliento. En su primer trabajo lo hizo de la mano de un novel, Daniel Sánchez Arévalo, en Azuloscurocasinegro (2006). Después ha estado bajo las órdenes de Antonio Banderas, Gracia Querejeta, José Luis Cuerda, Álex de la Iglesia, Icíar Bollaín, Alberto Rodríguez (inolvidable La Isla mínima) o Daniel Calparsoro. Raúl Arévalo está en la línea (por su triunfo en su ópera prima) de directores como Quentin Tarantino o, por poner un ejemplo más cercano, Cesc Gay. Arévalo ha sabido asumir todas esas influencias (junto a otros directores con los que no ha trabajado –ver entrevista-) y realizar un relato con voz propia.

Raúl Arévalo demuestra que sabe del oficio y cómo plasmarlo. Conoce a los actores, de ahí que se rodee de un buen trío de protagonistas, sin olvidar a los secundarios. Conoce la calle, el barrio, los gimnasios, los garitos oscuros, los bares y lo plasma en la gran pantalla. Y hasta conoce bien sus raíces y nos lleva, como si fuera una road movie, en esos exteriores casi más propios de otra época anterior. Y no descuida los apartados técnicos, como por ejemplo la música, apenas perceptible, se nota lo justo y nos subraya esos pasajes de realismo sucio con la recreación de una atmósfera propia.

En definitiva, estamos ante una gran película que tiene el mérito de ser una ópera prima y que constituye una esperanza en la realización de nuevas propuestas de la mano de uno de los grandes actores españoles del momento: Raúl Arévalo.

Os dejo un tráiler:

Entrevista: Carlos Ibañez y Pilar Cañibano

Comentario Tarde para la ira: Luisjo Cuadrado

Fotografías: Chuchi Guerra

 

 

 

La la land (La ciudad de las estrellas)

Perseguir un sueño

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Ficha

Dirección: Damien Chazelle

Guión: Damien Chazelle

Reparto: Ryan Gosling, Emma Stone, John Legend, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons

Montaje: Tom Cross

Arte: David Wasco

Fotografía: Linus Sandgren

Productora: Black Label Media, Gilbert Films, Impostor Pictures, Marc Platt Productions

Productores: Marc Platt, Fred Berger, Gary Gilbert, Jordan Horowitz

Productores ejecutivos: Michael Beugg, Mike Jackson, John Legend, Thad Luckinbill, Trent Luckinbill, Jasmine McGlade, Molly Smith, Ty Stiklorius

Distribución: Universal Pictures International Spain

 

Sinopsis

La película empieza como todo en Los Ángeles: en la autopista. Aquí es donde Sebastian conoce a Mia, gracias a un desdeñoso claxon en medio de un atasco, que refleja a la perfección el estancamiento de sus respectivas vidas. Los dos están centrados en las esperanzas habituales que ofrece la ciudad. Sebastian intenta convencer a la gente en pleno siglo XXI de que les guste el jazz tradicional y Mia solo quiere acabar por una vez una prueba de casting sin que la interrumpan con un “gracias por venir”. Ninguno de los dos espera que su inesperado encuentro les va a llevar por un camino que jamás habrían podido recorrer solos.

 

Comentario

La historia con la que parte La la land no puede ser más sencilla e incluso repetitiva en la historia del cine. Mia (Emma Stonne) es, como tantas otras, una aspirante a actriz que se ha acercado hasta la meca del cine, Los Ángeles, para poder alcanzar su sueño: ser actriz. Mientras eso llega, va alternando las audiciones con su trabajo de camarera para poder sobrevivir. El bar se encuentra en los propios estudios cinematográficos, en el centro de la ciudad de las estrellas. Permanece casi dentro de sus propios sueños al pasear por las calles donde se ruedan películas y se pueden ver a los actores famosos. Sebastian (Ryan Gosling) es un joven pianista que malvive haciendo casi ridículas actuaciones en baretos y fiestas mientras sueña con lograr regentar su propio club de jazz.

Pero llega un momento en que la desesperación y el desánimo aparecen en sus vidas. Mia no soporta más los desaires, el rechazo, la falta de tacto (magnífica escena cuando está metida de lleno en un papel que requiere ser tan dramática que te lleva a derramar lágrimas y de repente la interrumpen por una bobada que le ha surgido a la entrevistadora). Todo esto le hace dudar de su capacidad. A Ryan no le va mucho mejor. Va dando tumbos porque nadie quiere darle trabajo como pianista de jazz puro y duro. Lo que quieren de él es que amenice las fiestas o las veladas de un bar con pachangas por un lado y por otro, clásicos navideños. Pero lo que él anhela es tener su propio club de jazz con actuaciones en directo, donde todo el mundo pueda tocar, para así relanzar el moribundo género. Es su manera de rendir culto a la música. Mientras, le surge una gran oportunidad con un antiguo socio (John Legend): entrar a formar parte de un grupo como teclista; pero… ¡ay! tiene que meter algo de sintetizadores y sonidos electrónicos. Es lo que se lleva. Es lo que demanda la gente. Y es tan bueno que hasta triunfa con ese nuevo grupo. Tiene que realizar una extensa gira. Ha alcanzado… ¿la fama?, ¿el dinero?, ¿su sueño? ¿O se ha «prostituido» en pos de él?

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Después de las presentaciones de los sueños de ambos protagonistas, viene la parte de la experiencia en común. Atrás han quedado los fuegos de artificio, con la música, los bailes, los colores, para dar paso, sin abandonar el estilo, a la búsqueda del compromiso, de los sueños con temas musicales, en parte dialogados, que le confieren un ritmo perfecto.

La película está estructurada en un prólogo, cuatro capítulos (cada una de las estaciones del año) y otro más a modo de epílogo que realiza mediante un flashfoward, muy curioso, rodado casi sin palabras a modo de sucesión de imágenes.

 

El arranque de La la land me recordó a Grease (Randal Kleiser, 1978). ¡Qué le voy a hacer! Quizás por la edad, quizás por ser uno de mis primeros musicales en la pantalla grande, quizás por su aspecto gamberro, alegre y juvenil, no lo sé, pero lo cierto es que me remitió a aquella fiesta de final de curso. Un arranque soberbio con la autopista colapsada y grabada sin cortes. Una secuencia llena de vitalidad que nos augura y a la vez nos prepara para las siguientes dos horas. La crítica especializada busca otras referencias más clásicas. Uno de los guiños más claros que hace Chazelle a los grandes musicales de los años dorados de Hollywood, es la escena que tiene lugar en el parque a la salida de la fiesta, cuando ambos protagonistas van en busca de sus respectivos automóviles. La planificación, la estética y algunos de los elementos (bancos y farolas) nos remiten al gran tema Dancing in the dark de la mítica película Melodías de Broadway (The Band Wagon, 1953, Vincent Minelli) protagonizada por Fred Astaire y Cyd Charisse. Es un espacio natural, al aire libre, en el crepúsculo del día, huyendo de los decorados. Ryan Gosling se mueve con ligereza, demuestra un don natural al calzarse los zapatos de claqué. Emma Stonne, grácil, le sigue un poco forzada en algunos momentos (en esta secuencia, en el resto está simplemente maravillosa). Juntos se marcan una de esas secuencias memorables, sin cortes, rodada de un tirón y son algo más de seis minutos. Es el cortejo amoroso. El baile actúa como sucediera en Dancing in the dark: al principio no se sienten atraídos, juguetean «con que tú a mi no me pones nada», y esas cosas del amor. El baile les une y marcará su devenir. Así sucedió con los papeles de Fred Astaire y Cyd Charisse quienes gracias a esos compases en el parque vieron que era posible que pudieran trabajar juntos en la ficción.

Esta larga, larguísima secuencia inicial ha supuesto todo un reto en el rodaje, llegando a paralizar una de las autopistas de entrada a la ciudad de Los Ángeles. La cámara se mueve sin sobresaltos con dulzura desde un plano corto a uno largo, con panorámica y con un gran número de actores saltando sobre los coches.

La acción se desarrolla en un momento actual, indeterminado, pero con una estética vintage, más propia de los años 50. Si no fuera por la presencia, entre otras cosas, de los móviles (como complemento), la historia podía desarrollarse en aquella época.

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El cine musical tiene sus detractores y, por supuesto, sus seguidores. Ha sufrido duras críticas por ser considerado un cine banal, de entretenimiento, ingenuo y hasta simple. La temática puede ser un tanto vacua (el caso que nos compete es una «simple» historia de amor de dos jóvenes que persiguen sus sueños) pero lo cierto es que requiere de una gran planificación para obtener una gran puesta en escena.

A partir de los años 40, la industria de Hollywood se tuvo que reinventar. Su industria corría el peligro de desaparecer. Atrás quedaban los duros años de la Segunda Guerra Mundial, el surgimiento de la Guerra Fría y un enemigo terrible: el televisor. Con la implantación de la TV (surgió en 1947 y a finales de los 50 en el 90% de los hogares había una televisión). Es en este momento en el que muchas productoras van a fomentar los musicales, echando mano de las grandes estrellas del baile y la canción. La gente quería algo más real; querían ver en la pantalla reflejados el lujo de los vestuarios y las grandes mansiones. Y para esto era necesario el uso del color y una pantalla más grande. Se desarrolla el Technicolor y surge el Cinemascope. Si a esto añadimos un sonido más envolvente tenemos el caldo de cultivo más que apropiado para que en los años 40 y 50 el musical viva su época dorada. En la tendencia realista, se abandonan los rodajes en los estudios. En el musical, se siguen rodando en los grandes platós de los estudios, pero cada vez salen más a rodar en el exterior. Vincent Minnelli fue uno de los directores que potenció el género con su luz y colorido y, por lo tanto, una nueva estética. En ella no había espacio para el drama o la tristeza. Todo tenía que ser de buen rollito, con triunfadores y gente guapa. Para que una película sea considerada como musical tiene que tener, lógicamente, temas musicales, con sus números de baile, pero que enlacen perfectamente con la trama (en La la land, la ciudad de las estrellas los temas están creados para la película –o la inversa- es decir, que las letras tiene que ver con la trama). Estos temas musicales quedan anclados en la estructura narrativa. Además del citado Minnelli, fueron grandes directores de musicales Stanley Donen y Gene Kelly (Un día en Nueva York, 1949, Cantando bajo la lluvia, 1952). Mostraron sus grandes habilidades en el musical, el propio Gene Kelly, Fred Astaire, Judy Garland y/o Ginger Rogers.

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Una de las claves del triunfo de La la land, es el magnetismo de la pareja protagonista. Tanto juntos o por separado. Cuando aparecen de forma individual, llenan la pantalla. Emma Stone (Crazy Stupid Love, 2011; Magia a la luz de la luna, 2014; Birdman, 2014) sin poseer una gran belleza es muy sexy, encandila y simplemente enamora al espectador con su mejor arma: su mirada. Es muy buena actriz. Ryan Gosling (Diario de Noa, 2004; Blue Valentine, 2010; Drive, 2011; Los idus de marzo; 2011) no le va a la zaga. Su carrera es imparable y por algo será. Los dos actores coincidieron en Crazy Stupid Love y la química se ha mantenido hasta ahora. Tres películas y no sería extraño volverles a ver juntos. Es tal la fuerza que tienen que logramos empatizar tanto con ellos, que hacemos nuestra su historia y, en nuestros delirios oníricos, marcamos nuestros pasos de baile en el pantalla junto a el/la protagonista. Ah, la magia del cine.

La fotografía corre a cargo de Linus Sandgren con un soberbio manejo de los colores, las compasiones que impregna a la cinta un toque de fantasía. La banda sonora, con grandes temas creados para la ocasión (en vez de recurrir a grandes éxitos como suele ser habitual en los musicales) es obra del compositor Justin Hurwitz. Canciones llenas de vitalidad, de fuerza, que refuerzan la acción de la pantalla. Al igual que me sucedió con Whiplash (2014) es oír ciertos temas y dejar a un lado tu vida cotidiana y ponerte a tararear. Unos temas musicales que son el engranaje perfecto.

En cuanto al director, Damien Chazelle, se ha convertido en uno de los grandes con tan solo 31 años y tres películas en su haber. Con la anterior me sedujo y ahora con esta me ha enamorado. Estaré esperando su nueva entrega como un colegial espera a su chica a la puerta del colegio. Whiplash narraba el largo camino hasta el éxito de un estudiante de batería y su relación tormentosa con su profesor. Y todo en busca de su sueño. Aquí el director riza el rizo y se embarca en la persecución de un sueño en el que se mete de por medio el amor y cómo este puede «entorpecer» el camino hasta la meta (ya vimos cómo el batería tenía que renunciar a su pareja por el sacrificio que suponía estar continuamente practicando hasta sangrar). Chazelle, ha reservado un pequeño papel para JK Simmons (aquel tiránico profesor) como dueño de un local en el que se ameniza la velada con música en directo. Y es destacable la intervención de John Legend, icono de la modernidad pop, que actúa de sí mismo al frente de su grupo. También es el productor ejecutivo. El director ha realizado un canto al amor, no solo al amor terrenal, al amor cortés, con sus rapsodas, poetas, juglares y trovadores modernos, sino un canto al amor por el oficio con un buen número de referencias a grandes secuencias míticas de musicales o, por poner un ejemplo, el homenaje a la mítica Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955).

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La la land (a la que en España se ha añadido La ciudad de las estrellas) es una soberbia película. Según la estás viendo te das cuenta de que es de esos filmes que pasarán a la historia del cine. El colorido del vestuario, la composición de los planos, la cuidada fotografía, la excelsa banda sonora… todo ello hace que La la land tenga una estética que la hace atractiva. Pero no solo luce el envoltorio si no que está rodada e interpretada magistralmente. Constituye un doble homenaje, por un lado  a un género, el musical que ha sufrido altibajos y, por otro al jazz, un género que también ha entrado en crisis, a partir de 1980, con el auge del rock y ahora se ve de nuevo fortalecido con la introducción de la música electrónica (un aspecto que recoge muy bien la cinta). Curiosamente, son dos mundos totalmente contrapuestos. El musical requiere de toda una planificación y cuidada puesta en escena, mientras que el jazz su fuerte es la improvisación supeditada al ingenio que desbordan sus intérpretes. Y todo esto con el trasfondo de poner en entredicho una cuestión: ¿merece la pena abandonarlo todo por conseguir un sueño? La secuencia final, con el cruce de miradas de los protagonistas que se cierra con una leve sonrisa nos invita a esa reflexión: ¿Valen los sueños más que el amor?

Os dejo un tráiler:

 

Todo el equipo de La la land en la entrega de los Globos de Oro

Todo el equipo de La la land en la entrega de los Globos de Oro

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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