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" /> 64 SEMINCI – Crítica Adam de Maryam Touzani | | Revista Atticus

64 SEMINCI – Crítica Adam de Maryam Touzani

Sección Oficial – 64 SEMINCI Adam de Maryam Touzani

Ficha

Título original: Adam

Año: 2019

Duración: 98 min.

País: Marruecos

Dirección: Maryam Touzani

Guion: Maryam Touzani, Nabil Ayouch

Fotografía: Virginie Surdej

Reparto: Lubna Azabal, Nisrine Erradi, Douae Belkhaouda, Aziz Hattab, Hasnaa Tamtaoui

Productora: Coproducción Marruecos-Francia-Bélgica; Ali n’ Productions / Les films du nouveau monde / Artemis Films

Género: Drama

Sinopsis

    Abla regenta una humilde pastelería en su propia vivienda de Casablanca, donde vive sola con Warda, su hija de 8 años. Su rutina, dictada por el trabajo y las labores domésticas, se ve un día interrumpida cuando alguien llama a su puerta. Se trata de Samia, una joven embarazada que busca empleo y techo. A la pequeña le atrae la recién llegada desde el primer momento, pero la madre se opone inicialmente a acoger a la extraña en su casa. Poco a poco, sin embargo, la determinación de Abla va cediendo y la llegada de Samia les abre a las tres la posibilidad de una nueva vida.

Comentario

La poesía de crudos versos escritos con la pulcritud de un maestro calígrafo es lo que nos ha regalado Maryam Touzani en su ópera prima. La vida de una joven, Samia, en avanzado estado de gestación en una ciudad marroquí en busca de un trabajo para poder seguir ocultando a los suyos la deshonra de ser madre soltera. Es curioso como el honor de las familias reside en la entrepierna de sus hijas y no en sus logros, siempre me ha dejado estupefacto, desde mi infancia cuando las mujeres de mi pueblo o de mi barrio cuchicheaban creyéndose mejores que la sentenciada por traer un hijo al mundo sin esposo.

            Como contrapeso una viuda, Abla, con una hija pequeña, de unos seis o siete años, de nombre Warda como la cantante favorita de su madre, y que es muy respetada por su comunidad y en su negocio de panadería. La niña es el límpido pegamento entre la progenitora amargada y la mujer que toca su puerta en busca de empleo y que duerme frente a su casa, apoyada en una puerta. La conciencia come a la panadera y le hace pasar, pero todo con desconfianza y una distancia que congelaría el cercano Sahara.

            La mirada de la niña y su fuerza para hacer continuar a su madre subrayados ambos papeles con unos planos maravillosos, no hay ni uno solo regalado en toda la película, nos va contando quien es esa madre y el motivo de su tristeza y aspereza y quien es esa chica engañada por algún rufián para ganarse sus favores sexuales y todo con el trasfondo del qué dirán, ese asesino silencioso para tanta gente y que ha movido más personas en la historia que la Diáspora, la guerra o el hambre.

            Abla va mudando su gesto, su ropa, su ser, pero frena en seco y echa a Samia. La alegría no parece tener cabida y menos si viene de la mano de una chavalita con un crío sin padre en ciernes. De nuevo Warda, la inocencia, pero no la estupidez, encola lo despegado y para cualquiera que conozca El Magreb sabe que es una realidad diaria y nocturna los autobuses repletos de cabras y personas moviéndose por sus sinuosas carreteras de hermosos y polvorientos paisajes. Allí, en una de esas estaciones de autobús prácticamente improvisadas, se reúne de nuevo la historia y sus personajes. Otra vez la luz aparece en los ojos de ambas mujeres, aunque una no lo quiera reconocer ni la otra agradecer. Y todo mientras hacen, comen y venden msemens o rzizlas, pequeñas joyas de la gastronomía de subsistencia del día a día en Marruecos.

            Luego llega el pretendiente de la viuda y la música de Warda, la cantante de sonidos hachemitas, que universalizó el gran Brian Jones poco antes de ingresar en el Club de los 27, que da nombre a la niña, y todo se acelera, se vuelve a alterar y parece que va a tener evolución hacia la comedia hasta que llega el fin del ramadán, más como curiosidad social que como hecho religioso, es de una laicidad digna de encomio la cinta, y la ruptura de aguas de Samia. Entonces retomamos el drama, su crueldad y la idea de la nueva madre de dar a su hijo en una kafala antes que condenarlo a las murmuraciones eternas que la gente mezquina hará obligándole a ser desgraciado. Llegan planos, primeros planos y primerísimos primeros planos de una enorme belleza estética y que nos hacen digerir el dolor de Samia hasta hacerlo propio. No pone nombre al niño, no le alimenta, no aguanta su llanto… Hasta que el lloro del inocente es calmado y su hambre es saciada, entonces recibe un nombre, el de la película. Y nos congratulamos los asistentes al ver una historia de verdad y de verdades, como diría Godard y como rodaría Truffaut, pero todo en tonos tan cercanos como los que nos ofrece nuestro vecino del sur.

            Como nos contó en una entrevista un director hace tiempo y fuera de micrófono: no podemos cambiar la realidad, pero sí mostrarla para que se avergüencen quienes alientan lo más reprobable de ésta.

            El final nos deja la hermosa duda de la huida o la kafala mientras Abla duerme junto a Warda y sólo una puerta se cierra para que la vida se abra. Y todo el mundo sabe que mientras hay vida hay esperanza.

Os dejo un tráiler (eso sí, con subtítulos en alemán):

Carlos Ibañez

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