Comparte esto:

" /> 64 SEMINCI- Crítica A pesar de la niebla (Nonostante la nebbia) de Goran Paskaljevic | | Revista Atticus

64 SEMINCI- Crítica A pesar de la niebla (Nonostante la nebbia) de Goran Paskaljevic

Sección Oficial – 64 SEMINCI Crítica A pesar de la niebla de Goran Paskaljevic

Ficha

Título original: Nonostante la nebbia

Año: 2019

Duración: 100 min.

País: Italia

Dirección: Goran Paskaljevic

Guion: Goran Paskaljevic, Marco Alessi, Filip David, Giuseppe Eusepi

Música: Vlatko Stefanovski

Fotografía: Milan Spasic

Reparto: Giorgio Tirabassi, Anna Galiena, Donatella Finocchiaro, Francesco Acquaroli, Tamara Aleksic, Luigi Diberti, Francesca Cutolo

Productora: Coproducción Italia-Serbia-Macedonia-Francia; Cinemusa / Nova Film / Rosebud Entertainment Pictures / Sektor Film Skopje

Género: Drama | Inmigración

Sinopsis

    Paolo, dueño de un restaurante en un pequeño pueblo de la provincia de Roma, regresa a casa después del trabajo en una tarde lluviosa. En el camino ve a un niño acurrucado en una parada de autobús y decide llevarle a casa. El niño se llama Mohammed y es un refugiado que perdió a sus padres durante el viaje a Italia. La presencia del niño molesta a la mujer de Paolo, Valeria, quien al principio se muestra indecisa y recelosa, aunque finalmente se aviene a acogerle durante aquella noche. Al cabo de un tiempo, Valeria cambia de opinión y decide quedarse con Mohamed contra viento y marea…

Comentario

El realizador serbio Goran Paskaljevic presenta en la 64 SEMINCI Nonostante la nebbia con la intención de volver a alcanzar la Espiga de Oro, sería su cuarto galardón del festival vallisoletano.

Paolo (Giorgio Tirabassi), propietario de un restaurante de la provincia de Roma, recoge en plena noche lluviosa a un niño de origen árabe, el pequeño Mohammed, que se ha escapado de un centro de acogida pretendiendo llegar a Suecia desde tierras italianas. Valeria (Donatella Finocchiaro) algo turbada le acoge en su casa, en principio, con cierto recelo, para después esperanzada con la idea de que Mohammed vaya a ocupar un hueco en su vida.

La xenofobia va en aumento en Europa. Los movimientos populistas que ponen el grito en el cielo, también. Italia es el país de la Unión Europea que más sufre con la llegada masiva de inmigrantes. Con esos datos y esa situación Paskaljevic crea una historia con Mohammed como protagonista. Un niño desubicado, que se agarra a la esperanza de encontrar a sus padres a Suecia en un imposible viaje. El matrimonio ve en él una posibilidad de felicidad al recuperar el tono de una esposa y madre deprimida, que no encuentra consuelo hasta que ve los rizos del pequeño.

La niebla que llena la pantalla y que hace difícil ver a los inmigrantes que caminan a orillas de la carretera funciona como una metáfora. La densa bruma oculta un drama, una tragedia.

Pero ni la niebla es tan espesa (aparece al principio y al final con la única excusa casi de dar título a la película) ni el drama cala entre el público asistente a la sala a primera hora de la mañana. Entre los asistentes e incluso entre colaboradores de Revista Atticus no se ponían (o no nos poníamos) de acuerdo con el resultado final (al final de mi comentario podéis leer el de Carlos Ibañez). Hay excelentes cosas que hacen de ella una película meritoria, pero la pobre resolución o la actuación del pequeño Mohammed que se limita a figurar en los planos sin actuar, sin reír, sin llorar, sin apenas mostrar sentimientos más allá del mensaje de que tiene que ir a Suecia hacen que la propuesta pierda fuelle. Es verdad que el pequeño se le supone bloqueado. Debe de estar casi en estado de shock por el drama de la patera hundida o por la falta de sus padres a su lado, pero creo que le falta esa interpretación para poder haber llegado al público. Lo consiguió al principio con su carita amorosa, pero poco más. Dicho esto, los puntos que tiene a su favor son varios. Al director serbio, no le duelen prendas en poner el acento en el papel de la Iglesia Católica. Desde el púlpito lanza mensajes de amor y en la calle da la espalda a los más necesitados, difundiendo el terrible mensaje de que los inmigrantes son porteadores de una religión contraria.

Los padres de los protagonistas están excelsos con una madre ultracatólica y un padre mucho mas tolerante que se gana al pequeño Mohammed nada más verle y darle el saludo en su idioma (As-Salaam-Alaikum, la paz esté contigo -¡qué contrasentido!-). Esto es integración. Sobresale el papel del hijo del hermano de Paolo que actúa como un auténtico ultra con Mohammed y en vez de acogerle se mofa de él. Pone también el acento en ese puritanismo de la sociedad italiana; una sociedad muy sensible al problema de la inmigración y sin embargo mira para otro lado. Hacen suyos esos mensajes que van calando que los califican de vándalos y delincuentes.

No es de extrañar que en la rueda de prensa posterior el propio director exprese las dificultades que tienen para conseguir la financiación posible para la realización de esta película o cualquier otra que tenga como principales estos temas. «Como europeo me pregunto si tengo el derecho de hacer una película que sea crítica con Europa, pero pienso que como proeuropeo sí que tengo ese derecho». También mostró su preocupación porque las nuevas generaciones son el tramo de la sociedad al que más afecta el populismo de los discursos de los políticos que se aprovechan de esa situación. «No leen, tampoco tienen mucha formación y viven en una atmósfera nacionalista bajo la influencia de sus padres, e imitan lo que ven».

Mi nombre es Mohammed, ese debería haber sido el título, en palabras del propio director, de esta nueva cinta de Goran Paskaljevic y haber dejado para nuestra ciudad la niebla. De esta manera reivindicaría el ser del pequeño Mohammed para que no le cristianizaran no solo con el rebautismo de Marco sino con la visita a la misa del Gallo. Luces y sombras en una propuesta valiente que merece nuestra consideración.

Luisjo Cuadrado

Paskaljevic nos interroga. Una vez más su cine es una muestra de la realidad donde cada espectador debe saber sumar para componer la historia. Un inmigrante de los miles y miles que están entre la espada de la guerra en su país de origen y la pared azul del Mediterráneo, ese bello cementerio que los ricos del norte utilizamos cruelmente para embarcar las riquezas del sur y del este, pero no sus personas. Y comienza la composición vehiculada por Mohammed, un niño de ocho años perdido en algún lugar cercano a Roma, en una parada de autobús, y encontrado por un hombre bienintencionado con un negocio propio, cedido por su suegro, y con una trastienda que se atisba en los ojos de su esposa en cuanto el niño entre en el hogar familiar esa primera noche lluviosa tras una jornada de niebla y huida.

                Cada personaje que aparece es una realidad política europea, en general, e italiana, en particular. El niño musulmán cae en una familia de arraigo católico y la trastienda se va iluminando y oreando con gente desde la ultraderecha inconsciente representada por el hijo único del hermano pequeño burgués del protagonista, más bien izquierdoso, pero no mucho, como todos los socialdemócratas, y que representa a la derecha social que quiso copar la democracia cristiana que tan maravillosamente describe Paolo Sorrentino en Il Divo (2008), en la actualidad rebautizada como Forza Italia en aquel territorio, y la esposa deprimida y asolada por el fallecimiento de su propio hijo y a la que la Iglesia Católica no le ha dado ninguna respuesta y que sería el movimiento Cinque Stelle, que desean avanzar y ser felices, aunque no sepan cómo.

                El director balcánico nos muestra todas sus virtudes, las que descubrieron hace tres décadas en Cannes y que Valladolid subrayó con un cariño rayano en la idolatría, con un llamamiento continuo a la inteligencia del patio de butacas y a no conceder ni un instante de respiro mientras al niño le deciden su futuro sin hacerle ni caso en su deseo, porque el paternalismo del rico dice que él sabe siempre lo que necesita el pobre. No hay pancartas ni discursos, no hay gritos ni imágenes groseras. Aquí no existe el exhibicionismo, aquí sólo hay una cerradura con un agujero en el que el espectador mira para ver lo que hay al otro lado de la puerta. Y lo que hay no tiene por qué gustarnos, porque Paskaljevic es humano y no todo es perfecto, pero sí que cumple en su forma de equilibrar el guion técnico con el literario dando peso específico a cada uno subrayando algunas frases con imágenes y haciendo más válidas las palabras con la luz que reflejan los rostros que saben sufrir y transmitir ese dolor.

                El niño musulmán revuelve todo en esta vieja Europa cristiana, en su manera más conservadora y alejada del mensaje de Cristo. Nos muestra, de hecho, la visión agnóstica de Passolini sobre Jesús aprovechando el momento del bautismo y del blanco y negro, de nuevo para que cada espectador vea su significado.

                La historia nos cuenta una frase de Gandhi a un periodista inglés: ¿Desde cuándo Dios tiene religión? ¿Desde cuándo nos creemos mejores que los demás sólo por vivir en un determinado rincón del mundo?

                Me hubiese gustado mucho ver un mejor aprovechamiento de la meteorología, impresa en el título, y más profundidad en algún personaje, pero el metraje no daba para más y Paskaljevic tampoco se atrevió a más. En la rueda de prensa nos confesó lo difícil que es encontrar dinero para hacer una película. Y eso, quizás se refleje.

Carlos Ibañez

Revista Atticus

No Comments Yet

Comments are closed

Suscribete

Copyright ©2017, Revista Atticus

Siguenos
  • Facebook
  • Twitter