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" /> Toulouse-Latrec y el espíritu de Montmartre | | Revista Atticus

Toulouse-Latrec y el espíritu de Montmartre

Exposición en CaixaForum Madrid

Toulouse-Latrec y el espíritu de Montmartre

Exposición en CaixaForum Madrid

En 1880, el barrio de Montmartre era un lugar marginal, empobrecido y apartado de París. Pero en un período relativamente breve se transformó en el centro literario y artístico de París. ”la Caixa” presenta Toulouse-Lautrec y el espíritu de Montmartre, una exposición sin precedentes en nuestro país para conocer los principales aspectos del arte francés radical de finales del siglo XIX. El «espíritu» al que remite el título de la muestra fue un estado de ánimo, una mentalidad vanguardista que practicaron numerosos artistas. Destaca entre todos ellos Henri de Toulouse-Lautrec, que jugó un papel clave en la escena con grandes logros estéticos. A partir de 339 obras procedentes de colecciones de todo el mundo, la exposición ilustra la riqueza del fecundo intercambio que se produjo entre artistas de mentalidad similar. También muestra el papel que tuvieron en la trayectoria de Toulouse-Lautrec y de sus coetáneos —Vincent van Gogh, Pierre Bonnard, Pablo Picasso, Georges Bottini, Henri-Gabriel Ibels, Henri Rivière, Louis Valtat, Jules Chéret, Suzanne Valadon o Édouard Manet- las producciones artísticas efímeras —grabados, carteles, ilustraciones de libros y prensa—, que ofrecieron a los artistas un medio para ampliar su público y ganarse la vida fuera del restrictivo sistema académico.

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Montmartre: radical, antiestablishment y antiburgués

Situado en las afueras de París en dirección norte, Montmartre era en 1880 un lugar habitado por la miseria y la marginación. Pronto, sin embargo, empezó a atraer a jóvenes artistas de vanguardia, como Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Signac, Pierre Bonnard y Henri-Gabriel Ibels; intérpretes como Aristide Bruant e Yvette Guilbert; escritores como Émile Goudeau, Alphonse Allais y Alfred Jarry, y músicos y compositores como Erik Satie, Vincent Hyspa y Gustave Charpentier.

A finales de 1881, el artista frustrado Rodolphe Salis fundó en Montmartre el cabaré Le Chat Noir. Le Chat Noir y sus parroquianos, especialmente los artistas y escritores afines a Les Arts Incohérents (Las Artes Incoherentes), una especie de protodadaístas o protosurrealistas, fueron quienes más influyeron en hacer del Montmartre de principios del decenio de 1880 un foco de atención de la vida artística y literaria de la vanguardia parisina.

En un período relativamente breve, Montmartre se transformó en el centro literario y artístico de París. A finales de siglo, ya existían más de cuarenta locales de entretenimiento: cabarés, cafés concierto, salas de baile, music-halls, teatros, circos, etc. Con el tiempo, este ambiente cultural y lúdico terminó siendo comercializado por sus propios creadores, hasta el punto de que, irónicamente, la bohemia se convirtió en una gran atracción turística internacional.

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Montmartre era radical, anti-establishment y antiburgués por definición. Lejos de los espacios tradicionales, los artistas, intérpretes, poetas y escritores presentaban sus obras en cabarés, cafés concierto, circos, teatros experimentales, en la calle (carteles y procesiones) y en libros y revistas populares.

La comunidad artística de Montmartre adoptó de forma innovadora ciertas herramientas antiacademicistas, como el humor, los juegos de palabras, la ironía, la sátira, la parodia, la caricatura y los títeres, para criticar la sociedad de su tiempo y la condición humana, en general. El tema preferido de estos artistas era la vida moderna que los rodeaba en el propio Montmartre: calles, cabarés, salas de baile, intérpretes, artistas, prostitutas, vagabundos… Los miembros de la comunidad artística de Montmartre proclamaban su independencia, su compromiso social y político, y sus preferencias artísticas mediante la manipulación de las técnicas artísticas en pintura, escultura, estampación, música, teatro y, también, cine.

Estructurada en nueve ámbitos, la muestra ahonda en las importantes contribuciones que todos estos artistas hicieron al arte de fin-de-siècle. Se inicia mostrando los paisajes de Montmartre; prosigue con una sección sobre el cabaré Le Chat Noir —centrándose especialmente en el teatro de sombras y el grupo de Las Artes Incoherentes, que preludia el movimiento dadá—, la prensa, los carteles y la relación del arte con los procedimientos de reproducción seriada y la comunicación de masas, y acaba con la vida nocturna, los espectáculos, el circo y la imagen de la mujer.

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Como es habitual, la exposición se completa con la edición de un a publicación a cargo de ”la Caixa” que cuenta con textos del comisario Phillip Dennis Cate, así como de los especialistas Saskia Ooms, Michela Niccolai, Laurent Bihl y Ricard Bru , quien detalla la relación de Montmartre con los artistas catalanes. A partir de la muestra, también se despliega un programa de actividades para todos los públicos que incluye una conferencia a cargo del comisario, así como el ciclo de conferencias Montmartre, paisaje de la bohemia, coordinado por la revista Historia y Vida. Las visitas comentadas para el público general y los cafés tertulia se complementan con la visita en familia Una noche en Montmartre

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Con motivo de la exposición de Toulouse-Latrec y el espíritu de Montmartre, publicamos el siguiente relato de Luna Allo.

Montmartre … Anécdotas

Hoy quiero contarles de un lugar emblemático, de un viejo hotel que fue bautizado como “el Barco Lavandería” (le Bateau Lavoir). Barco porque sus habitaciones estaban separadas por mamparas en vez de tabiques, como en un paquebote, y Lavandería porque todo el edificio disponía de un solo grifo, para todo y para todos. Sofocante en verano y gélido en invierno se había convertido en residencia/taller de locos veinteañeros muertos de hambre: Picasso, Modigliani, Juan Gris, Kees Van Dongen o Brancusi, entre otros.

La casa era frecuentada por otros artistas y escritores: Henri Matisse, Apollinaire, Georges Braque, Fernand Léger, André Derain, Raoul Dufy, Maurice Utrillo, Jean Metzinger, Jean Cocteau, Gertrude Stein, el galerista Ambroise Vollard …

En el Bateau Lavoir, compartimento con simples paneles de madera, no sólo el olor a disolvente se esparcía por toda la casa, también la genialidad, los estilos y las influencias de cada uno. En aquel edificio, se fraguó el golpe de gracia a la pintura de academia.

Fue el golpe final, porque antes Montmartre ya había albergado a los primeros genios de la pintura moderna: Claude Monet, Degas, Van Gogh –que vivió dos años en casa de su hermano Theo –Renoir y, sobre todo, el hombre que se ha asociado para siempre a Montmartre: Toulouse-Lautrec.

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¿Qué tenía Montmartre para atraer a todos ellos?

Montmartre se anexó a París en 1860. La ladera sur de la colina -orientada al llano de París- fue rápidamente urbanizada. Pero la ladera norte mantuvo su carácter rural, con sus molinos perfilando la silueta de la colina. Se hizo una urbanización precaria: solares vacíos, barracas junto a casas modestas, calles embarradas y flora tan asilvestrada como el personal.

Los artistas buscaban allí primordialmente una cosa: alquileres baratos. Todos menos Lautrec.

Aquellas empinadas callejuelas que serpenteaban hacia las blancas cúpulas del Sacré Coeur también albergaban otros establecimientos que, por su peculiar oferta de moral relajada, se habían instalado lejos del centro burgués de París: el Folies Bergère, el Moulin de la Galette, Le Chat Noir, el Mirliton y, sobre todo, el Moulin Rouge. Nombres ahora míticos que eran auténticos antros, donde delincuentes, prostitutas y vagabundos campaban a sus anchas… junto a los pintores.

Se produjo en Montmartre la conjunción de una vida diurna tranquila y nocturna canalla, una atmósfera libre y alegre. Y a medida que se instalaban artistas se creó el llamado Espíritu de Montmartre: convivencia, diversidad, sentido del humor, sensibilidad artística y compañía estimulante. El conjunto permitía adquirir una nueva perspectiva, no de los paisajes, sino de la vida misma, alejándose o acercándose a ella según el momento del día. Salvo excepciones –todos recordamos el Baile en el Moulin de la Galette de Renoir (1876) –en Montmartre se fue abandonando el plein air de los impresionistas para trabajar en el estudio (o en el cabaret) en busca de nuevas expresiones artísticas.

El talento llama al talento. Antes que Picasso, los modernistas ya habían conocido Montmartre y su espíritu artístico y bohemio. Rusiñol, Ramón Casas y Miquel Utrillo conocieron en Le Chat Noir a un personaje descacharrante, que dejaba a un lado las bandejas de camarero para hacer sesiones de sombras chinescas, marionetas o imitaciones. Era Pere Romeu y con él crearon en Barcelona “Els Quatre Gats” para trasladar aquel espíritu de Montmartre a Barcelona.

Fue en las tertulias del “Els Quatre Gats” donde contagiaron al joven malagueño llegado de La Coruña el virus de la bohemia. Picasso hizo su primer viaje a París en 1900 con su amigo Casagemas, que acabó fatal.

Cuando regresó en 1904 para instalarse en el “Bateau Lavoir” todo fue diferente, abandonó su período azul para comenzar su período rosa y después pintaría allí “Las Señoritas de Aviñón” (1907) donde elimina todo lo sublime de la tradición para crear uno de los lienzos clave del arte contemporáneo. Picasso escribió:

“En Montmartre es donde fuimos verdaderamente felices, fuimos considerados como pintores”.

Pero volvamos a Toulouse-Lautrec: él no se instaló en Montmartre por los alquileres baratos, su familia era aristocrática y adinerada. Andaba tras otra búsqueda: necesitaba aire para respirar, poder encontrarse a sí mismo lejos de los círculos sociales parisinos de alta alcurnia, donde su desgraciada fisonomía era siempre objeto de atención, a veces por lástima, a veces por burla.

La consanguinidad de sus padres le produjo una enfermedad genética que afectaba al desarrollo de los huesos. De niño se fracturó los dos fémures y sus piernas dejaron de crecer, mientras el resto del cuerpo se desarrolló con normalidad. Lejos de los elegantes salones de la época, entre la fauna de Montmartre se sentía uno más y allí pudo dar rienda suelta a su talento y tras el impresionismo cambiar la historia del arte con el vibrante trazo expresionista que compartía con los dos grandes amigos que hizo en el barrio: Degas (vivían en el mismo edificio) y su compañero de la academia Cormon: Van Gogh.

Lautrec vivió la bohemia y el espíritu de Montmartre como ningún otro. Con mesa siempre reservada en el Moulin Rouge, su catedral, confraternizaba con la fauna de todos los locales: como la bailarina Louise Weber “La Goulue” o Valentín le Désossé (el deshuesado), que aparecen en muchas de sus obras.

Porque ese es el punto que convirtió a Toulouse en el cronista social de la bohemia: no le interesaba el paisaje sino el paisanaje, la figura humana. Con su trazo vibrante, portentoso, todavía inconfundible más de un siglo y medio después, tomaba apuntes de amigos, artistas, bailarinas, prostitutas y los parroquianos del lugar con una percepción del movimiento prodigiosa y una enorme capacidad para captar la psicología de los personajes. Sus dibujos no son tanto descriptivos como expresivos, con la libertad de color y de composición asimétrica que había aprendido de las estampas japonesas y la exótica sencillez y el delicado minimalismo de la estética oriental.

Sus figuras planas transmiten un dinamismo que solo Degas igualó, las escenas de baile de ambos son una invitación al movimiento. Nadie ha captado tanto la espontaneidad. Baudelaire acuñó la expresión de modernidad artística en su tratado El pintor de la vida moderna, que entendía como: un amante de la vida: un observador nato cuyas ansias de ver y sentir son inagotables.

¿Qué queda de aquel Montmartre?

Charles Aznavour, “La Bohème” (1965):

Je ne reconnais plus/ Ni les murs, ni les rues/ Qui ont vu ma jeunesse/ En haut d’un escalier/ Je cherche l’atelier/ Dont plus rien ne subsiste/ Dans son nouveau décor/ Montmartre semble triste/Et les lilas sont morts.

(Ya no reconozco/ Ni los muros ni las calles/ Que habían visto mi juventud/ En lo alto de una escalera/ Busco un taller/ Del que nada sobrevive/ Con su nueva decoración/Montmartre parece triste/ Y las lilas están muertas).

El genio, la locura y la fiesta se desplazaron años más tarde a Montparnasse.

El Bateau-Lavoir está en el número 13 de la calle Ravignan, actualmente taller/multiespacio, el edificio ardió y sólo se conserva la fachada original.

Sin embargo, todavía hoy Montmartre significa la convivencia, el sentido del humor y la creatividad. Sus habitantes actuales siguen hablando de “bajar a París” y la Plaza de Tertre es el lugar con más pintores por metro cuadrado del mundo. El espíritu de Montmartre fue tan intenso que todavía impregna sus rincones.

Luna Allo

Revista Atticus

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