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Teatro – Voltaire y Rousseau: la disputa

Voltaire y Rousseau: la disputa

Teatro Calderon, Valladolid

Josep María Flotats tiene querencia por la filosofía y se le nota. Le atrae de ella el vano intento de comprender la fascinante y dura condición humana. Pere Ponce se tiene por una persona inofensiva y pacífica, aunque puede haber otras opiniones –por desgracia- que no estén de acuerdo. Flotats y Ponce son dos grandes actores que saben mentir muy bien. Sin la ficción nadie puede vivir.

Una obra de teatro no es algo acabado. Siempre encuentras algo para aprender. Una obra de teatro, como la Disputa entre Voltaire y Rousseau, se nutre de muchas lecturas, fantasías y sobre todo ganas de construir con el público una conversación. Ganas de construir algo con el otro y no en contra.

La influencia que tiene Voltaire y Rousseau en el público es instantánea. Cuando llevas en el teatro más de quince minutos te has convertido en un liberal de tomo y lomo. Un liberal que respeta las opiniones  y la libre y tranquila discusión racional sobre la política y la vida. Te das cuenta de que no solo merece respeto tu opinión, también el mismo respeto merece tu contrario.

Voltaire vive retirado en su palacio de invierno y recibe contadas visitas; una de ellas es la de Rousseau. Voltaire hace años que lo que sucede fuera no le interesa. No le interesa el ruido. Rousseau, sin embargo,  sí que escucha lo que dicen “los otros”. Y van contando las pequeñas historias que simbolizan gráficamente la condición humana, aquello bueno y malo que tiene el género humano.

Hablan y hablan durante más de hora y media pero les hubiera estado escuchando toda la noche. Hablan de una manera bellísima. Tan bella que iluminan el teatro, el mundo y la vida. Ya se sabe que el lenguaje no es inocuo, que siempre tira con bala. Pero lo peor que tiene el lenguaje es cuando se pervierte porque anestesia lo que pasa a nuestro alrededor.

En definitiva, Flotats y Ponce dan una lección magistral del poder del lenguaje, del poder de dos inteligencias de primera clase que son capaces,  como decía Fitzgerald,  de retener dos ideas opuestas en la mente y seguir conservando la capacidad de funcionar.

La naturalidad de estos dos actores en el escenario está muy ensayada. Para ello necesitas muchas horas de ensayo y repeticiones si quieres conseguir que todo funcione como la seda. Y claro, notas, sientes que son dos actores libres, muy libres.

Marcos Pérez

Revista Atticus

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