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Crítica películas El insulto y Bajo el árbol 62 SEMINCI

Crítica películas El insulto (L’Insulte) y Bajo el árbol (Undir trénu)

62 SEMINCI de Valladolid

Dos películas de corte bien distinto pero con un denominador común se han presentado hoy en la sección oficial de esta 62 SEMINCI de Valladolid. Intolerancia y odio puede ser ese vínculo que une a estas dos magníficas películas. Se trata de L’Insulte (El insulto) de Ziad Doueiri y Undir trénu (Bajo el árbol) de Hafsteinn Gunnar Siguroson.

L’Insulte (El insulto)

El director franco-libanés Ziad Doueiri presenta su cuarto largometraje. Sus anteriores trabajos han recibido distintas distinciones. El insulto nos llega a la SEMINCI tras su paso por festivales como Toronto y la Mostra de Venecia. En la Serenissima su actor protagonista, Kamel El Basha, se alzó con la Copa Volpi a la Mejor interpretación masculina. Se ha convertido en el primer actor árabe en alzarse con este galardón. La película ha sido preseleccionada para competir en los próximos premios Oscar 2018 en el apartado a la película extranjera de habla no inglesa.

Doueiri nos adentra en la sociedad libanesa actual con un detallado repaso a la sociedad, religión y política gracias a lo que en un momento parecía un insignificante asunto: un canalón de una pequeña terraza que vierte agua a la calle. La historia, en pleno Oriente Medio, se convierte en un choque entre cristianos libaneses y palestinos musulmanes.

Beirut es el escenario. Un barrio está siendo remodelado. Toni, cristiano libanés, se encuentra regando su terraza y las plantas. El desagüe vierte directamente a la calle cayendo, el agua sucia, sobre Yasser, el capataz de la obra. Yasser trata de arreglar el canalón, pero Toni no quiere ni verle y echa a Yasser de su casa y éste le insulta llamándole «capullo de mierda». El jefe de la obra trata de lidiar. Los políticos están controlando el asunto de la renovación del barrio y no quiere problemas. Insta a Yasser a que le pida perdón. Ambos se presentan en el taller que regenta Toni. Lejos de pedirle disculpas, le agrede físicamente al insultarle Toni de manera muy ofensiva. El orgullo de uno y la tozudez del otro contribuirán a crear una espiral de despropósitos que se descontrolarán en el momento en que los abogados hacen acto de presencia. A esto hay que añadirle la repercusión mediática. El cóctel está servido. El resultado es un tremendo conflicto donde las cuentas pendientes entre palestinos y cristianos saldrán a la luz.

Tras presentarnos el conflicto en la calle, el director lleva la acción a la sala de un tribunal de justicia. Por un momento nos convertimos en jueces de los hechos que ya conocemos. Nos van presentando cada una de las intervenciones de la parte defensora y la parte agredida, la denunciante. El resultado es que no se trata de dirimir quien tiene la culpa por el agua sucia que salió por una pequeña tubería y fue a caer sobre la cabeza de una persona. En el fondo de la cuestión está la guerra civil que vivió Líbano (enfrentamiento entre distintas facciones cristianas, musulmanas agravado por las intervenciones de Siria e Israel) que asoló el país entre 1975 y finales de 1990.

Un simple acto que desemboca en una cuestión política llegando incluso hasta la intervención del propio presidente de la nación. Tozudez, orgullo, odio, crítica al victimismo de los palestinos, pero también un serio repaso a los recientes conflictos en Oriente Medio. Nadie tiene el monopolio del sufrimiento. Es lo que esgrime el abogado de la defensa. Tal vez nos tendríamos que mirar un poco nuestro propio ombligo y calibrar aquellos insultos que vertimos. Las palabras dichas en un momento de ofuscación ya no pueden volver a nuestras bocas. Un simple abrazo, un lo siento a tiempo hubiera bastado para evitar todo un conflicto político en el que se ha convertido un vertido de aguas sucias a la calle, implicando a toda la población.

Magistrales las intervenciones de los dos protagonistas Kamel El Basha (Yaser Salameh) y Adel Karam (Toni Hanna). Sus enfrentamientos verbales (y físicos) van creando un ritmo a medida que va creciendo la espiral de violencia en la que se ven inmersos. Intentando poner un poco de cordura en su marido (Toni) está Rita Hayek. Un rostro bello, con una interpretación muy convincente. En esta película el papel de las mujeres es el de sanar las heridas de sus maridos, sin tener capacidad de intervenir en la disputa, pero siendo más racionales y menos viscerales que ellos. Sus maridos no atienden a razones, por tener la mente nublada por sus credos. También es excelente la elección de Camille Salameh como abogado defensor. Su rostro es de esos que cautivan al espectador. Tiene un magnetismo que te atrapa. El guion tiene un pequeño giro protagonizado por él, que sorprende y casi pone una nota de humor en tanto desvarío.

El insulto es una emotiva historia. No solo de un hombre frente a otro, sino de una familia y de toda una generación. Nos habla de lo estúpido que puede ser el género humano cuando se deja llevar por las bajas pasiones. Nos habla de esas cicatrices que la cordura y la racionalización no son suficientes para que terminen de cerrase. Un proyecto dinámico, con brío, ejecutado de manera ejemplar que ha causado muy buena impresión entre el numeroso público asistente a la matinal de hoy. Seria candidata a alzarse con algún singular galardón.

 

Bajo el árbol (Undir trénu)

 

Hafsteinn Gunnar Siguroson presentó, coincidiendo con el Día de Islandia en el festival, su película Undir trénu (Bajo el árbol) en la 62 Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci). La cinta narra la historia de unos vecinos de una urbanización cualquiera, de las que abundan en nuestras ciudades. Clase media, acomodados, relativo lujo y confort. Todo parece normal en una zona tranquila de la ciudad. Baldwin e Inga tiene en su pequeño jardín un frondoso árbol. Su sombra parece molestar a la nueva vecina. La nueva pareja de su vecino de siempre. Atli (hijo de Bladwin e Inga) acude a la casa familiar alojándose en ella hasta que solucione sus problemas con su mujer, Agnes, con quien tiene una hija de corta edad, Ása.

La sombra del árbol será la punta del iceberg del conflicto entre los vecinos. Un «problema banal» pero que en un país donde las horas de sol son tan escasas puede llevar a un tremendo conflicto. La situación se agrava porque Inga sigue bajo shock por la ausencia de su hijo mayor, Uggi. Desaparición de mascotas, pinchazos de ruedas, enanos de jardín que parecen tener vida propia, instalación de cámaras de seguridad y la presencia de una motosierra hacen que el clima de desconfianza y confrontación vaya subiendo hasta alcanzar un inesperado (por violento) trágico final. Quien siembra vientos, tiene que estar dispuesto a recoger tempestades. Una vez que se ha desenfundado el odio es difícil que no haga diana en su objetivo.

Enlazando la vida de los dos matrimonios está un tercero: la de Atli y su pareja Agnes que atraviesan unos momentos delicados que pone en serios problemas la supervivencia de su relación. Es la trama con la que arranca la película. Parece indicarnos por dónde va ir la narración: las desavenencias de una cotidiana pareja y sus problemas con la custodia, pero los derroteros serán otros bien distintos.

Una comedia negra con un clímax terrorífico (parece que está basado en un hecho real, en Islandia parece que son frecuentes las disputas por plantar un árbol y que sería propio de un director como Tarantino). Pequeñas pinceladas de humor, pero con una carga de mala baba que no deja de invitarnos a la reflexión.

Solventes interpretaciones con un buen equilibrio entre los personajes femeninos y masculinos. Si en El insulto las mujeres tenían un papel conciliador, aquí en Bajo el árbol, son las que azuzan y espolean a sus maridos para que vayan y se enfrenten, eso sí muy educadamente (¿no habrás visto si alguien por la noche me ha pinchado las ruedas del coche?).

Al salir de la sala, rápidamente me vino a la cabeza otra película de corte muy parecido. Se trata de El hombre de al lado de Gastón Duprat y Mariano Cohn en la que manifesté que al vecino no se le elige. Vigente para Bajo el árbol, pero sí que es cierto que sí que podemos elegir el tamaño de nuestro ego para que su sombra no moleste (o lo haga mínimamente) a nuestro vecino y podamos vivir, y relacionarnos con relativa paz.

Luisjo Cuadrado

fotografía: Sofía Guijarro

Revista Atticus

 

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