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Pérez-Reverte entrevista a Ferrer-Dalmau en el Reina Sofía

Pérez-Reverte entrevista a Ferrer-Dalmau

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

Y allí nos plantamos, en el Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de grato recuerdo para el escritor aquí firmante y gracias a la invitación de Augusto, un gran amigo de ATTICUS y entrevistado estrella en el número SIETE en papel, de reciente presentación.

La sala estaba repleta y pudimos acceder junto a figuras del periodismo (alguno más figura que otros) y de la política, incluidos la ministra de Defensa y el Secretario de Estado de Cultura (y alguna otra que por el bien de este país, más le valdría haberse ido hace años de la noble vocación del buen gobierno).

Presentó el acto Bieito Rubido, director del periódico ABC. Fue conciso, correcto y sin ningún afán de protagonismo, lo cual habla bien de él como persona y como anfitrión.

Arturo Pérez Reverte, buen corresponsal de guerra, aunque retirado, inició las hostilidades con dos preguntas para atrapar al auditorio completo: “¿pintar batallas es de fachas?” y “¿todos tus clientes son de derechas?”, en clara alusión a la temática militar, que no militarista, del autor, el pintor de batallas, como le bautizó el novelista, y así  subrayó el artista. Y Augusto respondió respectivamente: “no, ni yo tampoco, sólo pinto historia de España” y “tú eres cliente mío y no eres de derechas”.

Después analizaron con finura, excelente humor y amistad una serie de cuadros del pintor, cuidadosamente elegidos para la ocasión. Desde los más austeros hasta los más complicados, desde la temática más política hasta la pura belleza de alguno de los trazos y temas escogidos por ese genio que abre de par en par el deseo de querer saber más acerca de cada uno de sus lienzos y su por qué.

De la épica de una carga de la caballería carlista, con Zumalacárregui al frente, al lírico momento del frío regreso de dos soldados perdedores, hombres de don Carlos, abatidos tras perder una guerra finalizada con un abrazo en Vergara y miles de muertos de ambos bandos mientras sus reyezuelos siguieron viviendo, comiendo y bebiendo y que trae a colación esa rima de una canción de Axl Rose: No necesito vuestra guerra civil, alimenta a los ricos mientras entierra a los pobres.

Hablaron también sobre la dificultad técnica que había supuesto para Augusto la pintura con escenario marino, en concreto del Glorioso, uno de los cuadros más significativos y que ahora reposa en el Museo Naval de Madrid. Relataron el proceso del cuadro y el enorme reto planteado por su amigo Reverte y que Dalmau había resuelto de forma magnífica. Y de cómo le había cogido el gustillo a la temática de las contiendas navales y tenía intención de pintar más en el futuro.

La charla, muy dinámica, fue de un lado a otro mientras nos iban relatando vivencias como soldado, artista, novelista, corresponsal de guerra y sobre todo, con muestras de respeto, camaradería y profunda amistad, salpicadas de anécdotas sorprendentes y entrañables.

Entre las obras seleccionadas, todas destacables, unas con capacidad de agarrar al espectador por las tripas y otras puramente bellas a la par que reivindicativas, señalaron dos grandes cuadros pintados en Valladolid. Y un tercero, también realizado en la ciudad de los Austrias y del Pisuerga, que donó Ferrer-Dalmau y que lleva en su reverso escrita una frase de Pérez-Reverte, tal y como dejó constancia en uno de sus artículos de Patente de Corso: «Durante siglos, en cada una de sus huellas estuvo España».

Estuvimos al lado del soldado de artillería del Tercio Viejo de Zamora que toma su espada cual cruz ante el paso de la tabla de la Inmaculada en Empel. Y de Canelo, el perro de Rocroi, y con uno de los más famosos héroes novelescos, aguardando a los franceses junto a lo que queda de aquel ejército maltrecho preparado para vender cara una muerte segura. Y compartimos atardecer con los cuatro soldados en la actual guerra de Afganistán.

Con la emoción y la ilusión in crescendo, pudimos disfrutar y compartir el inmenso bagaje que los dos únicos ocupantes del escenario atesoran. Cada pincelada, cada personaje, cada acción, nos son explicados por su autor con la connivencia de su amigo e interrogador para la ocasión. Fantásticos los dos.

La tarde seduce por completo a los estetas allí presentes y si, como nosotros, además es vallisoletano, resulta emocionante que tantas obras maestras hayan sido concebidas y paridas en nuestra ciudad. Gracias, Augusto.

Pudimos saludar y despedirnos de ambos. Agradecemos haber sido parte de tan elevado acontecimiento. Respondiendo a tu pregunta Augusto: estamos encantados. Ha sido mágico.

Os ofrecemos un extracto de la entrevista realizada a Augusto Ferrer-Dalmau y que publicamos íntegramente en Revista Atticus Siete, su edición impresa. 

Augusto Ferrer-Dalmau, la épica del pincel

Es francamente difícil obviar lo evidente, aunque este país sea un gran  especialista. España atesora, parece que aún sin saberlo, la más rica de las historias y muchos grandes héroes, que salieron de esta piel de toro que Heródoto describiese en los albores del clasicismo griego. Por eso, este rebelde con causa decidió hace años apostar por ellos, por todos esos españoles que se dejaron la piel, la sangre, las extremidades y la vida por el orgullo de portar la bandera española, bien con la cruz de Borgoña, la bicolor borbónica, e incluso la tricolor republicana.

Augusto Ferrer-Dalmau es ese inconformista que se manifiesta, inasequible al desaliento, a través de su obra. Sus amigos, la lectura, la documentación y una titánica voluntad le ayudan a crear, recrear en su imaginación, las escenas de sus pinturas. Ya preparado y armado con sus pinceles, planta cara a la amnesia vergonzante española y, tras luengos combates, deja constancia de batallas y acontecimientos históricos en los que hubiese un soldado español.

Movidos por el entusiasmo, la curiosidad y el interés por conocer a Augusto y saber cómo crea sus cuados Ferrer-Dalmau, entrevistamos al pintor en su estudio, rodeado de recuerdos militares y pictóricos. Está situado, paradojas de la vida, en la capitalina calle con nombre de uno de esos héroes defenestrados de este rincón del mundo, aunque lo retratase el mismísimo Velázquez recibiendo las llaves de Breda de la mano del derrotado Justino de Nassau.

Catalán de nacimiento, vallisoletano de adopción, madrileño de afincamiento descubrimos y admiramos, aún más si cabe, a la persona y al artista, Augusto Ferrer-Dalmau, español y «pintor de batallas» en toda su esencia.

Revista Atticus. Desde hace unos meses eres académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría en Sevilla. ¿Cuál es la sensación íntima de un artista cuando es nombrado académico?

Augusto Ferrer-Dalmau. Yo creo que el mayor premio que puede tener un artista es ser académico, eso por descontado. Y la Academia de Santa Isabel de Hungría, si no recuerdo mal, es de las más antiguas de España. Uno de sus fundadores fue Murillo. Es un prestigio. Además, la Academia de Santa Isabel de Sevilla es mucho más clásica en temas de pintura. Para mí es el mayor reconocimiento que puede tener un artista, al margen de cualquier premio. A mi edad, con cincuenta y dos años… de todo lo que me han dado hasta ahora, es el que más ilusión me ha hecho.

 

¿Qué te aporta como artista y como persona?

AFD. Como persona es una satisfacción personal, que me reconozcan mi trabajo. Y profesionalmente, lo mismo. Es valorar mi pintura y darla a conocer. El hecho de que sea académico es un valor añadido a mi obra.

¿Te ha cambiado?

AFD. No, no me ha cambiado. Mi vida no ha cambiado, mi trabajo es el mismo, mi vanidad sigue siendo la misma; nunca la he tenido.

 

¿Es, quizás el reconocimiento que más te ha llenado?

Sí, sí. Me hizo mucha ilusión, porque yo pensaba que mi obra no tenía cabida en el mundo del arte, y en Sevilla la han valorado. Quizás en otros sitios… en Arco y en estos mundos nunca entre mi pintura, pero que una Academia de este prestigio me haya reconocido es una satisfacción que no me esperaba.

 

¿Estás de acuerdo con el planteamiento expuesto sobre que eres el creador de una nueva corriente?

AFD. Mucha gente lo dice. Es más, cuando comencé con mi pintura era una rara avis. La gente decía: y este… ¿dónde va?… Pintaba cuadros de caballería, ecuestres, temas militares. Tras recorrer las galerías en Madrid… la sorpresa fue que tuvo mucha aceptación. Contra todo pronóstico, a la gente le gustó mi trazo y… se ha convertido en una corriente, que muchos pintores, incluso mayores, están empezando a seguir. Quizás por eso el reconocimiento de la Academia.

 

¿Cómo debería llamarse dicha corriente?

AFD. En otros países existía el pintor batallista. Francia e Inglaterra tenían y Estados Unidos lo tiene. España no tenía como tal, eran artistas que pintaban su época. Por ejemplo, si el rey encargaba un cuadro, lo pintaban, pero podían pintar también cuadros históricos, paisajes, temas variados, retratos… Sin querer, hemos creado una corriente que tiene mucha aceptación.

Arturo (Arturo Pérez Reverte) me llamó así, me rebautizó… y me enterrarán como «pintor de batallas». Cuando la gente va a ver la obra de teatro El pintor de batallas, dicen…. esta es la de Ferrer-Dalmau, y no es así. Arturo escribió la obra antes de conocerme, no tiene nada que ver conmigo.

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Ahora que has pintado a Miguel de Cervantes, que se confesó siempre soldado, ¿has reflejado sólo a Cervantes, el tercio viejo en Lepanto, o a la figura del hombre en conjunto, dada la profundidad del rostro y lo penetrante de su mirada?

AFD. Yo tenía la imagen de que Cervantes, en realidad, era un «tío puesto». Tenía fama de ser un donjuán.

 

De joven era guapísimo.

AFD. Era un crápula, un «tío guaperas». Shakespeare tiene esa fama, pero Cervantes no tiene nada que envidiarle, al revés, y había que darle un giro a su imagen. Tenía la idea de pintar un soldado español, apuesto, con gallardía. La imagen del español. Quiero la imagen del Cervantes joven, no la que solo nos ha llegado: un viejo enjuto, con arrugas, barbita escasa, medio calvo y escribiendo encorvado con una pluma, cuando había sido un gran soldado y un tío «echao pa lante».

¡No! El verdadero. Además, hay que reconocer que Cervantes fue ahí, como soldado de Tercio Viejo en Lepanto, donde empezó su carrera. Luego fue prisionero en Argel. Ese es el inicio de Cervantes. Fue un gran soldado, un valiente. Le hirieron por todos los lados. Vivió y murió como soldado.

 

Pinheiro da Veiga, en Fastiginia, habla de él como un hombre desenvuelto, con simpatía, don de gentes, con un carisma especial… y eso está por escrito… y ya era mayor…

AFD. Sí, sí. Además era rubio, porque él se describe a sí mismo con cabellos de oro, ensortijados y plateados con la edad. En aquella época, rubio, apuesto, con cierta altura, una buena figura. En el cuadro le he pintado como lo que era, un español bragado, espada en mano y mirando de frente…

 

Tiene una dignidad…

AFD. La imagen del español, un guerrero, un caballero, un soldado.

Todos los españoles son valientes, aunque no lo saben, pero cuando hay motivación suficiente, hasta el último, vayan como vayan vestidos… si les toca luchar como soldados, son Cervantes. Somos orgullosos y tenemos ese punto de dignidad, incluso de chulería, de arrogancia. No somos cobardes.

Siempre he dicho que el español es capaz de lo mejor y de lo peor, pero pon un español en algún sitio y dejará de ser imposible. Nos respetan y prefieren en todo el mundo. La imagen del español está por encima, con un prestigio que no se ha borrado en siglos. Y seguimos demostrándolo y manteniéndolo. Somos una garantía. Somos un pueblo muy divertido pero guerrero y a veces nos zurramos entre nosotros. Nos damos de bofetadas entre vino y vino…

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¿Qué opinas de la educación actual? ¿Y del menosprecio de las ciencias sociales y enaltecimiento de las técnicas, que no científicas?

AFD. Las técnicas son importantes, pero las sociales también, igual. Me preocupa. Sobre todo porque estoy convencido de que un pueblo sin cultura es fácil de dominar, fácil de mentir, no tiene criterio. La cultura te hace libre, de pensamiento y de acción. Cuanto menos cultura, más esclavos…

Hay sectores en el mundo, y en la política en particular en España, no visibles, a los que interesa que haya cada vez más ignorantes. Es una praxis que se ha aplicado a lo largo de la historia y se sigue aplicando. Los dictadores y los tiranos, lo primero que eliminan es la cultura. Muchas veces, la imagen que proyecta un gobierno sobre la defensa de la cultura es un paripé. Sólo se subvenciona lo que interesa. Lo cierto es que el nivel cultural de los jóvenes es cada vez menor, más bajo… Las nuevas tecnologías están bien…, navegan…, ven YouTube…, pero no sustituyen a la cultura.

Carlos, Pilar, Augusto y Luisjo en el estudio madrileño del pinto. Foto: Chuchi Guerra

La entrevista la puedes encontrar íntegra en Revista Atticus Siete, nuestra edición impresa (Enero 2017). Si no la encuentras en tu punto de venta habitual, la puedes pedir a nuestro email (15 euros más gastos de envío).

admin@revistaatticus.es

 

Pilar Cañibano y Carlos Ibañez

fotografías: Fernando Garrido

Revista Atticus

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