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Crítica película La la land de Damien Chazelle

La la land (La ciudad de las estrellas)

Perseguir un sueño

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Ficha

Dirección: Damien Chazelle

Guión: Damien Chazelle

Reparto: Ryan Gosling, Emma Stone, John Legend, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons

Montaje: Tom Cross

Arte: David Wasco

Fotografía: Linus Sandgren

Productora: Black Label Media, Gilbert Films, Impostor Pictures, Marc Platt Productions

Productores: Marc Platt, Fred Berger, Gary Gilbert, Jordan Horowitz

Productores ejecutivos: Michael Beugg, Mike Jackson, John Legend, Thad Luckinbill, Trent Luckinbill, Jasmine McGlade, Molly Smith, Ty Stiklorius

Distribución: Universal Pictures International Spain

 

Sinopsis

La película empieza como todo en Los Ángeles: en la autopista. Aquí es donde Sebastian conoce a Mia, gracias a un desdeñoso claxon en medio de un atasco, que refleja a la perfección el estancamiento de sus respectivas vidas. Los dos están centrados en las esperanzas habituales que ofrece la ciudad. Sebastian intenta convencer a la gente en pleno siglo XXI de que les guste el jazz tradicional y Mia solo quiere acabar por una vez una prueba de casting sin que la interrumpan con un “gracias por venir”. Ninguno de los dos espera que su inesperado encuentro les va a llevar por un camino que jamás habrían podido recorrer solos.

 

Comentario

La historia con la que parte La la land no puede ser más sencilla e incluso repetitiva en la historia del cine. Mia (Emma Stonne) es, como tantas otras, una aspirante a actriz que se ha acercado hasta la meca del cine, Los Ángeles, para poder alcanzar su sueño: ser actriz. Mientras eso llega, va alternando las audiciones con su trabajo de camarera para poder sobrevivir. El bar se encuentra en los propios estudios cinematográficos, en el centro de la ciudad de las estrellas. Permanece casi dentro de sus propios sueños al pasear por las calles donde se ruedan películas y se pueden ver a los actores famosos. Sebastian (Ryan Gosling) es un joven pianista que malvive haciendo casi ridículas actuaciones en baretos y fiestas mientras sueña con lograr regentar su propio club de jazz.

Pero llega un momento en que la desesperación y el desánimo aparecen en sus vidas. Mia no soporta más los desaires, el rechazo, la falta de tacto (magnífica escena cuando está metida de lleno en un papel que requiere ser tan dramática que te lleva a derramar lágrimas y de repente la interrumpen por una bobada que le ha surgido a la entrevistadora). Todo esto le hace dudar de su capacidad. A Ryan no le va mucho mejor. Va dando tumbos porque nadie quiere darle trabajo como pianista de jazz puro y duro. Lo que quieren de él es que amenice las fiestas o las veladas de un bar con pachangas por un lado y por otro, clásicos navideños. Pero lo que él anhela es tener su propio club de jazz con actuaciones en directo, donde todo el mundo pueda tocar, para así relanzar el moribundo género. Es su manera de rendir culto a la música. Mientras, le surge una gran oportunidad con un antiguo socio (John Legend): entrar a formar parte de un grupo como teclista; pero… ¡ay! tiene que meter algo de sintetizadores y sonidos electrónicos. Es lo que se lleva. Es lo que demanda la gente. Y es tan bueno que hasta triunfa con ese nuevo grupo. Tiene que realizar una extensa gira. Ha alcanzado… ¿la fama?, ¿el dinero?, ¿su sueño? ¿O se ha «prostituido» en pos de él?

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Después de las presentaciones de los sueños de ambos protagonistas, viene la parte de la experiencia en común. Atrás han quedado los fuegos de artificio, con la música, los bailes, los colores, para dar paso, sin abandonar el estilo, a la búsqueda del compromiso, de los sueños con temas musicales, en parte dialogados, que le confieren un ritmo perfecto.

La película está estructurada en un prólogo, cuatro capítulos (cada una de las estaciones del año) y otro más a modo de epílogo que realiza mediante un flashfoward, muy curioso, rodado casi sin palabras a modo de sucesión de imágenes.

 

El arranque de La la land me recordó a Grease (Randal Kleiser, 1978). ¡Qué le voy a hacer! Quizás por la edad, quizás por ser uno de mis primeros musicales en la pantalla grande, quizás por su aspecto gamberro, alegre y juvenil, no lo sé, pero lo cierto es que me remitió a aquella fiesta de final de curso. Un arranque soberbio con la autopista colapsada y grabada sin cortes. Una secuencia llena de vitalidad que nos augura y a la vez nos prepara para las siguientes dos horas. La crítica especializada busca otras referencias más clásicas. Uno de los guiños más claros que hace Chazelle a los grandes musicales de los años dorados de Hollywood, es la escena que tiene lugar en el parque a la salida de la fiesta, cuando ambos protagonistas van en busca de sus respectivos automóviles. La planificación, la estética y algunos de los elementos (bancos y farolas) nos remiten al gran tema Dancing in the dark de la mítica película Melodías de Broadway (The Band Wagon, 1953, Vincent Minelli) protagonizada por Fred Astaire y Cyd Charisse. Es un espacio natural, al aire libre, en el crepúsculo del día, huyendo de los decorados. Ryan Gosling se mueve con ligereza, demuestra un don natural al calzarse los zapatos de claqué. Emma Stonne, grácil, le sigue un poco forzada en algunos momentos (en esta secuencia, en el resto está simplemente maravillosa). Juntos se marcan una de esas secuencias memorables, sin cortes, rodada de un tirón y son algo más de seis minutos. Es el cortejo amoroso. El baile actúa como sucediera en Dancing in the dark: al principio no se sienten atraídos, juguetean «con que tú a mi no me pones nada», y esas cosas del amor. El baile les une y marcará su devenir. Así sucedió con los papeles de Fred Astaire y Cyd Charisse quienes gracias a esos compases en el parque vieron que era posible que pudieran trabajar juntos en la ficción.

Esta larga, larguísima secuencia inicial ha supuesto todo un reto en el rodaje, llegando a paralizar una de las autopistas de entrada a la ciudad de Los Ángeles. La cámara se mueve sin sobresaltos con dulzura desde un plano corto a uno largo, con panorámica y con un gran número de actores saltando sobre los coches.

La acción se desarrolla en un momento actual, indeterminado, pero con una estética vintage, más propia de los años 50. Si no fuera por la presencia, entre otras cosas, de los móviles (como complemento), la historia podía desarrollarse en aquella época.

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El cine musical tiene sus detractores y, por supuesto, sus seguidores. Ha sufrido duras críticas por ser considerado un cine banal, de entretenimiento, ingenuo y hasta simple. La temática puede ser un tanto vacua (el caso que nos compete es una «simple» historia de amor de dos jóvenes que persiguen sus sueños) pero lo cierto es que requiere de una gran planificación para obtener una gran puesta en escena.

A partir de los años 40, la industria de Hollywood se tuvo que reinventar. Su industria corría el peligro de desaparecer. Atrás quedaban los duros años de la Segunda Guerra Mundial, el surgimiento de la Guerra Fría y un enemigo terrible: el televisor. Con la implantación de la TV (surgió en 1947 y a finales de los 50 en el 90% de los hogares había una televisión). Es en este momento en el que muchas productoras van a fomentar los musicales, echando mano de las grandes estrellas del baile y la canción. La gente quería algo más real; querían ver en la pantalla reflejados el lujo de los vestuarios y las grandes mansiones. Y para esto era necesario el uso del color y una pantalla más grande. Se desarrolla el Technicolor y surge el Cinemascope. Si a esto añadimos un sonido más envolvente tenemos el caldo de cultivo más que apropiado para que en los años 40 y 50 el musical viva su época dorada. En la tendencia realista, se abandonan los rodajes en los estudios. En el musical, se siguen rodando en los grandes platós de los estudios, pero cada vez salen más a rodar en el exterior. Vincent Minnelli fue uno de los directores que potenció el género con su luz y colorido y, por lo tanto, una nueva estética. En ella no había espacio para el drama o la tristeza. Todo tenía que ser de buen rollito, con triunfadores y gente guapa. Para que una película sea considerada como musical tiene que tener, lógicamente, temas musicales, con sus números de baile, pero que enlacen perfectamente con la trama (en La la land, la ciudad de las estrellas los temas están creados para la película –o la inversa- es decir, que las letras tiene que ver con la trama). Estos temas musicales quedan anclados en la estructura narrativa. Además del citado Minnelli, fueron grandes directores de musicales Stanley Donen y Gene Kelly (Un día en Nueva York, 1949, Cantando bajo la lluvia, 1952). Mostraron sus grandes habilidades en el musical, el propio Gene Kelly, Fred Astaire, Judy Garland y/o Ginger Rogers.

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Una de las claves del triunfo de La la land, es el magnetismo de la pareja protagonista. Tanto juntos o por separado. Cuando aparecen de forma individual, llenan la pantalla. Emma Stone (Crazy Stupid Love, 2011; Magia a la luz de la luna, 2014; Birdman, 2014) sin poseer una gran belleza es muy sexy, encandila y simplemente enamora al espectador con su mejor arma: su mirada. Es muy buena actriz. Ryan Gosling (Diario de Noa, 2004; Blue Valentine, 2010; Drive, 2011; Los idus de marzo; 2011) no le va a la zaga. Su carrera es imparable y por algo será. Los dos actores coincidieron en Crazy Stupid Love y la química se ha mantenido hasta ahora. Tres películas y no sería extraño volverles a ver juntos. Es tal la fuerza que tienen que logramos empatizar tanto con ellos, que hacemos nuestra su historia y, en nuestros delirios oníricos, marcamos nuestros pasos de baile en el pantalla junto a el/la protagonista. Ah, la magia del cine.

La fotografía corre a cargo de Linus Sandgren con un soberbio manejo de los colores, las compasiones que impregna a la cinta un toque de fantasía. La banda sonora, con grandes temas creados para la ocasión (en vez de recurrir a grandes éxitos como suele ser habitual en los musicales) es obra del compositor Justin Hurwitz. Canciones llenas de vitalidad, de fuerza, que refuerzan la acción de la pantalla. Al igual que me sucedió con Whiplash (2014) es oír ciertos temas y dejar a un lado tu vida cotidiana y ponerte a tararear. Unos temas musicales que son el engranaje perfecto.

En cuanto al director, Damien Chazelle, se ha convertido en uno de los grandes con tan solo 31 años y tres películas en su haber. Con la anterior me sedujo y ahora con esta me ha enamorado. Estaré esperando su nueva entrega como un colegial espera a su chica a la puerta del colegio. Whiplash narraba el largo camino hasta el éxito de un estudiante de batería y su relación tormentosa con su profesor. Y todo en busca de su sueño. Aquí el director riza el rizo y se embarca en la persecución de un sueño en el que se mete de por medio el amor y cómo este puede «entorpecer» el camino hasta la meta (ya vimos cómo el batería tenía que renunciar a su pareja por el sacrificio que suponía estar continuamente practicando hasta sangrar). Chazelle, ha reservado un pequeño papel para JK Simmons (aquel tiránico profesor) como dueño de un local en el que se ameniza la velada con música en directo. Y es destacable la intervención de John Legend, icono de la modernidad pop, que actúa de sí mismo al frente de su grupo. También es el productor ejecutivo. El director ha realizado un canto al amor, no solo al amor terrenal, al amor cortés, con sus rapsodas, poetas, juglares y trovadores modernos, sino un canto al amor por el oficio con un buen número de referencias a grandes secuencias míticas de musicales o, por poner un ejemplo, el homenaje a la mítica Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955).

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La la land (a la que en España se ha añadido La ciudad de las estrellas) es una soberbia película. Según la estás viendo te das cuenta de que es de esos filmes que pasarán a la historia del cine. El colorido del vestuario, la composición de los planos, la cuidada fotografía, la excelsa banda sonora… todo ello hace que La la land tenga una estética que la hace atractiva. Pero no solo luce el envoltorio si no que está rodada e interpretada magistralmente. Constituye un doble homenaje, por un lado  a un género, el musical que ha sufrido altibajos y, por otro al jazz, un género que también ha entrado en crisis, a partir de 1980, con el auge del rock y ahora se ve de nuevo fortalecido con la introducción de la música electrónica (un aspecto que recoge muy bien la cinta). Curiosamente, son dos mundos totalmente contrapuestos. El musical requiere de toda una planificación y cuidada puesta en escena, mientras que el jazz su fuerte es la improvisación supeditada al ingenio que desbordan sus intérpretes. Y todo esto con el trasfondo de poner en entredicho una cuestión: ¿merece la pena abandonarlo todo por conseguir un sueño? La secuencia final, con el cruce de miradas de los protagonistas que se cierra con una leve sonrisa nos invita a esa reflexión: ¿Valen los sueños más que el amor?

Os dejo un tráiler:

 

Todo el equipo de La la land en la entrega de los Globos de Oro
Todo el equipo de La la land en la entrega de los Globos de Oro

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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